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Reconoció el primer nombre de la lista y sintió un pequeño golpe en el estómago.
Samuel Varela. Durante un instante se quedó inmóvil, observando aquellas letras impresas como si esperara haber leído mal.
No conocía en persona a aquel chico, pero sí recordaba su caso.
Había ocurrido diez años atrás. Samuel tenía veintitrés años cuando apareció muerto en su piso de Vallecas con un corte profundo en la garganta.
El informe oficial habló de suicidio y el caso se archivó en apenas unos días.
Pero Leticia todavía recordaba la fotografía borrosa publicada en un periódico local, la cinta policial acordonando el portal y, sobre todo, a la madre del chico insistiendo entre lágrimas en que su hijo jamás habría hecho algo así.
Aquella mujer llevaba una desesperación auténtica en la voz, una convicción tan feroz que incluso ahora, tantos años después, Leticia seguía recordándola.
Había sido una de sus primeras investigaciones como periodista.
Una de esas historias pequeñas que los periódicos relegaban a una esquina perdida de sucesos y que nadie parecía querer leer más de dos días seguidos sin embargo, Leticia sí siguió tirando del hilo.
Encontró contradicciones en el informe, horarios que no encajaban y testimonios que desaparecieron de repente cuando empezó a preguntar demasiado.
También fue una de las primeras veces que alguien le sugirió, de manera poco sutil, que dejara de hacer preguntas.
Un coche aparcado varios días frente a su portal, llamadas sin respuesta al otro lado de la línea, y un superior recomendándole «centrarse en temas menos delicados».
En aquel momento pensó que solo era presión normal y dejó la investigación por completo, y ahora la persona que yacía muerto en el andén, le recordó que el pasado siempre vuelve.
Bajó la mirada hacia el lateral del nombre, junto a Samuel Varela había una única palabra escrita a mano.
LIMPIO.
La tinta negra había atravesado el papel como si quien lo hubiera escrito hubiera presionado con demasiada fuerza.
Sintió un escalofrío recorriéndole la pierna hasta que llegó a la espalda mientras algo empezaba a encajar dentro de su cabeza de la peor manera posible.
Porque lo que tenía entre sus dedos húmedos y fríos, no era una lista cualquiera.
—Perdona, guapa, pero voy a cerrar ya.
La voz del camarero atravesó sus pensamientos como un golpe seco y levantó la cabeza de inmediato, sobresaltada.
Durante un segundo no supo ni dónde estaba.
El hombre la observaba desde el otro lado del local con una expresión cansada, más aburrida que curiosa, mientras apagaba una de las luces de la barra.
El pequeño chasquido del interruptor hizo que parte del bar quedara sumida en una penumbra amarillenta todavía más triste.
El partido de fútbol había terminado hacía rato y ahora solo quedaba el murmullo bajo de la televisión emitiendo anuncios sin sonido y el golpeteo constante de la lluvia contra los cristales empañados.
Se había quedado tan absorta en sus pensamientos y en la lista, que no advirtió el paso del tiempo.
Cuando alzó la vista, el bar se había vaciado por completo.
Solo quedaban ella, el camarero y una noche que aun no había hecho más que empezar.
La ciudad seguía despierta e indiferente a todo lo que acababa de descubrir.
—¿Me puede poner una tila, por favor?
El camarero suspiró mirando el reloj que llevaba en la muñeca.
—Si es que estoy cerrando ya…
Ella miró un instante hacia la calle. El coche negro ya no estaba donde lo había visto antes.
Aquello debió haberla tranquilizado, pero fue al contrario; la ausencia la resultaba más inquietante que la propia vigilancia.
No sabía si habían decidido marcharse, o si tan solo aguardaban un poco más adelante, oculto entre las sombras y dispuestos a reaparecer en cualquier momento con los faros encendidos.
Estaba comprendiendo que lo realmente peligroso no era verlo, sino no saber cuándo volvería a encender las luces.
—Por favor… solo necesito estar aquí cinco minutos, solo cinco minutos.
El hombre dudó unos segundos. Sus ojos bajaron un momento hacia las manchas oscuras que todavía tenía Leticia en las manos antes de volver a mirarla a la cara.
—¿Te encuentras bien?
Leticia, bajo su instinto, escondió las manos debajo de la mesa.
—Sí… sí, estoy bien.
Mentira.
Lo notaba en la respiración demasiado rápida, en el temblor de las piernas y en aquella sensación creciente de que alguien podía entrar por la puerta en cualquier momento.
El camarero terminó asintiendo con desgana.
—Cinco minutos.
Se giró hacia la barra mientras ella volvía la mirada hacia el sobre abierto. Tras la ventana, la noche se ahogaba en una penumbra artificial, donde los coches pasaban como espectros mudos bajo la lluvia.