No confíes en nadie (Leticia Santos 3) 3
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No dejó de caminar hasta doblar tres calles más abajo de la estación.

La lluvia había empezado a caer con más fuerza y el agua le resbalaba por el pelo y la cara, mezclándose con el sudor frío que todavía le mantenía la ropa pegada al cuerpo.

Madrid continuaba brillando bajo los neones y la luz de los semáforos todavía se reflejaba sobre el asfalto mojado.

Era una ciudad hermosa y sucia al mismo tiempo, acostumbrada a esconder demasiadas cosas bajo la luz que emitía la luna pasada la medianoche.

Caminaba deprisa pero sin llegar a correr, girando la cabeza hacia atrás, y abrazando inconscientemente el sobre contra el pecho cada vez que alguien pasaba demasiado cerca por su lado.

Cada vez que un coche disminuía la velocidad junto a la acera, sentía el impulso inmediato de echar a correr otra vez.

El corazón se le aceleraba antes incluso de comprobar si el vehículo continuaba avanzando o no.

Ya no confiaba en nada, ni en las luces de la calle, ni en la gente, ni en el ruido normal de la ciudad.

Su mente continuaba viendo al hombre desplomándose sobre el suelo del andén cada vez que parpadeaba: el golpe seco del cuerpo contra las baldosas húmedas, la sangre extendiéndose bajo él mientras sus dedos, ya sin fuerza, continuaban aferrados a su muñeca como si todavía intentaran retenerla allí…

Pero lo peor era su mirada: aquellos ojos llenos de un miedo demasiado real para fingirse.

La mirada de alguien que sabía que iba a morir y, aun así, seguía más preocupado por lo que venía detrás que por la propia muerte que le acechaba.

Y aquella frase, la misma una y otra vez, retumbando dentro de su cabeza como una aguja.

Busca Arcoíris treinta y cuatro.

No sabía qué significaba, quizás una dirección, un nombre en clave, un lugar o tal vez nada.

Pero la manera en que el hombre lo había dicho, apenas capaz de respirar mientras la sangre le llenaba la boca, convertía aquellas palabras en algo mucho más peligroso que una simple frase.

Detrás de aquellas palabras existía algo capaz de matar por mantenerse oculto.

Volvió a mirar a la calle, el coche negro siempre iba un paso detrás de ella.

Terminó entrando en el primer bar abierto que encontró.

Un local estrecho y casi vacío iluminado por unas luces amarillentas que hacían que todo pareciera más viejo y más cansado de lo que en realidad era.

El aire y la humedad se acumulaban en la ropa de los pocos clientes que aún quedaban allí refugiados de la lluvia.

Desde un televisor colgado en una esquina sonaba a bajo volumen, el resumen de un partido de fútbol que nadie parecía estar mirando.

Detrás de la barra, el camarero limpiaba los vasos con una expresión ausente, como si llevara demasiadas horas despierto para interesarse por nada.

Ni siquiera levantó la vista cuando Leticia entró empapada.

Eso debería haberla tranquilizado, la normalidad de pasar desapercibida, pero solo consiguió que se sintiera todavía más aislada, como si acabara de cruzar una puerta invisible que la separaba del resto del mundo.

Se sentó al fondo del local, junto a una ventana empañada por la lluvia, intentando controlar la respiración antes de que alguien notara el temblor de sus manos.

Tenía los dedos helados y el corazón seguía golpeándole el pecho demasiado deprisa.

Cada vez que las luces de un coche atravesaban el cristal, volvía a mirar automáticamente hacia la calle, esperando ver el mismo coche negro detenido frente al bar, esperando aquella silueta inmóvil al volante.

Pero no había nadie o al menos eso parecía.

Con movimientos lentos y casi inseguros, sacó el sobre de debajo de la chaqueta.

La sangre seca había oscurecido parte del papel y algunas manchas se habían quedado pegadas a sus dedos, ásperas ya por el frío.

Durante unos segundos se limitó a observarlo en silencio.

Aquel objeto pesaba más de lo que debería, como si no guardara documentos, sino una vida entera.

Abrirlo le daba miedo, un miedo profundo e irracional porque mientras permaneciera cerrado todavía podía fingir que todo aquello no estaba ocurriendo, que el hombre del metro no había muerto y que nadie la estaba siguiendo, que podía levantarse, salir del bar y regresar a su vida anterior como si aquella noche nunca hubiera existido.

Sin embargo, la curiosidad, aquella que mata al gato, la hizo acabar abriéndolo.

Dentro había varias hojas dobladas de forma apresurada, como si quien las hubiera guardado hubiera tenido que hacerlo segundos antes de salir corriendo.

Eran simples impresiones cubiertas de anotaciones hechas a mano con tinta negra y roja; nombres, fechas, y símbolos.

Códigos incomprensibles repartidos entre columnas perfectamente ordenadas.

Todo tenía un aspecto meticuloso y enfermizo al mismo tiempo, como si detrás de aquellas páginas existiera una lógica demasiado oscura para entenderla a simple vista.

Algunos nombres, estaban rodeados con círculos rojos y dibujados con tanta presión que casi habían rasgado el papel.

Otros aparecían tachados con líneas negras violentas, gruesas, como si alguien hubiera querido borrarlos no solo de la lista, sino también del mundo.

Tragó saliva mientras pasaba las hojas. Al lado de los nombres, pequeñas marcas que parecían formar parte de algún sistema interno.

OBSERVACIÓN. CONTROLADO. LIMPIO. CANCELADO.

Aquello no parecía el trabajo de una sola persona, parecía una estructura, una organización.

Algo demasiado grande para esconderse dentro de un simple sobre manchado de sangre.

Intentó encontrar sentido a todo aquello, unir nombres con fechas, símbolos con direcciones, pero cuanto más miraba menos entendía.

Era como observar una pieza diminuta de algo mucho más enorme y perturbador.

Un registro construido con precisión obsesiva.

Una mezcla enfermiza entre un archivo policial y una lista de condenados a muerte antes de la ejecución.