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Echó a correr. No pensó ni dudó. Su cuerpo reaccionó antes que la mente, impulsado por ese instinto primitivo que aparece cuando el miedo deja de ser una sensación y se convierte en una realidad.
Dobló la esquina del túnel sin mirar atrás, incapaz de soportar la idea de descubrir qué podía venir persiguiéndola.
Los pasos resonaban sobre el suelo húmedo mientras el eco los deformaba hasta convertirlos en algo más cercano, más rápido y casi pegado a ella.
El aire le aplastaba los pulmones y cada bocanada llegaba tarde e insuficiente, cargada de dolor.
Las piernas empezaban a fallarle, pesadas por la adrenalina, pero siguió corriendo hasta distinguir al fondo las escaleras mecánicas detenidas que conducían a la salida.
Subió los peldaños de dos en dos, resbalando varias veces sobre el metal mojado.
Las manos le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la barandilla para no caer.
El sobre seguía aplastado contra su pecho como si ya formara parte de ella, como si separarlo de su cuerpo pudiera desencadenar algo peor.
Sentía todavía el calor húmedo de la sangre atravesando el papel y no se atrevía ni a mirarlo.
Cuando empujó la puerta de acceso a la calle, el ruido de Madrid la golpeó de lleno.
El sonido de los coches deslizándose sobre el asfalto mojado bajo una lluvia fina; música escapando desde algún bar todavía abierto, sirenas lejanas perdiéndose entre las avenidas, gente riendo al otro lado de la calle completamente ajena a todo y los neones reflejándose en los charcos y el humo salía de las alcantarillas como un aliento cansado elevándose hacia la malograda noche.
Era la normalidad. Y eso era lo que más pánico le daba.
El mundo seguía exactamente igual. La ciudad continuaba respirando con la misma indiferencia de siempre sin tener constancia de lo ocurrido bajo sus pies hacía apenas unos minutos, como si aquel hombre no acabara de morir y nadie estuviera ya buscándola entre millones de personas.
Leticia supo que algo había cambiado para siempre.
Lo sintió en la forma en que sujetaba el sobre, en el temblor que seguía recorriéndole las manos y en aquella sensación insoportable de que la noche acababa de abrir una puerta que ya no podría volver a cerrar.
Se detuvo bajo la marquesina de una parada de autobús intentando recuperar el aire.
Este le subía y bajaba con violencia mientras la lluvia fina resbalaba desde el borde de la estructura y caía frente a ella como una cortina translúcida.
Tenía la ropa pegada al cuerpo por el sudor y la humedad.
Las manos aún mostraban manchadas de sangre seca.
Sangre oscurecida ya por el frío de la noche e incrustada entre los dedos y bajo las uñas como una prueba imposible de borrar.
Durante unos segundos, no movió ni un músculo.
Se mantuvo doblada ligeramente hacia delante e intentando convencerse de que nadie la había seguido hasta allí.
Después levantó la vista y miró alrededor casi por instinto.
Nadie parecía fijarse en ella. Una pareja discutía junto a un taxi con el motor encendido mientras el humo escapaba sin fuerza del tubo de escape.
Un repartidor cruzó la calle en bicicleta sin siquiera levantar la vista del semáforo.
Más abajo, una mujer fumaba frente a un portal mientras deslizaba el dedo por la pantalla del móvil con absoluta indiferencia.
Sin embargo, le entró una sensación insoportable de que el mundo seguía funcionando de la misma manera mientras un hombre acababa de morir a pocos metros bajo tierra.
Madrid engulló aquel secreto sin molestarse siquiera en mirar atrás.
Bajó la mirada hacia el sobre. La sangre seguía allí, oscura y brillante bajo la luz amarillenta de la calle, adherida al papel como una advertencia.
Durante un instante dudó. Sentía todavía el impulso de tirarlo, dejarlo caer en cualquier papelera y alejarse antes de que todo aquello terminara arrastrándola también a ella.
Pero la curiosidad pudo más que el miedo, o quizá ya eran la misma cosa.
Con dedos temblorosos abrió apenas una esquina del sobre.
Solo fue segundo, lo suficiente para distinguir varias hojas dobladas, nombres escritos en columnas, fechas, símbolos y palabras incomprensibles dispersas entre anotaciones hechas a mano.
Algunos nombres estaban tachados con una línea negra gruesa, casi violenta, como si alguien hubiera intentado borrarlos con rabia.
Las luces de un coche atravesaron la lluvia e iluminaron el papel durante un instante fugaz.
Leticia observó algo concreto, algo imposible.
Sus ojos se quedaron clavados en aquella página mientras una sensación helada le vaciaba el pecho desde dentro.
El ruido de la ciudad desapareció a su alrededor.
Ya no escuchaba coches, ni voces, ni sirenas lejanas; solo el golpe salvaje de su corazón retumbándole en los oídos tan fuerte que creyó que iba a perder el equilibrio allí mismo.
Cerró el sobre de golpe, como si el simple hecho de seguir mirando pudiera empeorar todavía más las cosas, y al contemplar la calle, lo vio.
Al otro lado de la avenida, un coche negro permanecía detenido bajo la lluvia con el motor aún en marcha.
No tenía las luces encendidas. Solo aquella carrocería oscura reflejando débilmente los neones de la calle y una silueta inmóvil al volante.
Observándola.