No confíes en nadie (Leticia Santos 3)
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Leticia no supo en qué momento exacto empezó a correr.
No hubo una decisión clara, ni un pensamiento ordenado que lo justificara, solo el cuerpo reaccionando antes que la mente, como si algo antiguo dentro de ella hubiera reconocido el peligro antes de que tuviera forma.
Detrás, los pasos. No era el sonido en sí lo que la aterraba, sino la manera en que el túnel los devolvía, ampliados y deformados, como si no pertenecieran a una sola persona, sino a varias, o a algo que venía multiplicándose en la oscuridad.
A esas horas, el metro no era un lugar, sino la versión alterada y deteriorada de la ciudad, una copia cansada de sí misma pero más honesta en su decadencia.
La estación, una de las más antiguas de la línea, parecía haber olvidado cuándo dejó de ser nueva.
Los azulejos amarillentos conservaban capas de grafitis superpuestos, nombres y símbolos que nadie había borrado del todo, parecía que el tiempo hubiera pasado por encima sin molestarse en limpiar.
Los anuncios arrancados colgaban aún de las paredes con una insistencia casi orgánica, era como piel muerta aferrada a su último soporte vital.
Bajo la luz fría y famélica de los fluorescentes, el andén se volvía más estrecho de lo que era.
Algunas lámparas fallaban de forma intermitente, el espacio se contraía con cada parpadeo, y cada apagón breve dejaba tramos enteros de un pasillo suspendido en una oscuridad que no era completa, pero sí suficiente para sugerir lo peor.
El aire olía a humedad atrapada, a metal oxidado y a algo más difícil de nombrar.
Aquella vieja estación había absorbido demasiadas ausencias.
Un hombre sin techo empujaba en silencio un carrito cargado de bolsas negras junto a las máquinas expendedoras.
Su presencia era una especie de continuidad del entorno, como si perteneciera más a la estación que a la calle.
Al otro lado de las vías, una mujer dormía en un banco metálico con el cuerpo vencido en una postura incómoda que, aun así, parecía habitual y aprendida.
Nada en ella reaccionaba al mundo. Ni el mundo reaccionaba ante ella.
El eco volvió a cambiarlo todo. Un simple movimiento, un roce de suelas sobre el suelo mojado, se convertía en algo más cercano de lo que debería. El sonido viajaba por los túneles como si buscara una salida propia, distorsionada e insistente.
A lo lejos, el último tren atravesó la oscuridad subterránea sin detenerse.
El aire vibró antes de que el ruido llegara y cuando lo hizo, fue como una ola metálica golpeando las paredes del túnel, sacudiendo la estación durante unos segundos que parecieron más largos de lo que debían.
Después, otra vez el silencio. Pero no el mismo silencio de antes.
El sobre seguía aplastado contra su pecho, arrugado por la presión de sus dedos y húmedo en las esquinas.
La sangre ya había atravesado parte del papel y comenzaba a extenderse sobre la tela de su chaqueta en una mancha oscura que brillaba bajo la luz enfermiza de los fluorescentes.
Sangre espesa y todavía tibia. La mano le temblaba tanto que apenas conseguía sujetarlo.
Los dedos le resbalaban, entumecidos por la adrenalina, y durante un instante pensó que iba a caérsele al suelo.
La idea de perderlo le produjo más miedo que los pasos que seguían resonando detrás de ella.
Giró la cabeza apenas un segundo, sin observar nada definido, solo sombras agitándose con lentitud al fondo del túnel, fragmentadas por las luces que parpadeaban sobre el andén, y una silueta inmóvil junto a la entrada por la que acababa de escapar.
Aquella silueta mantenía sus pasos quietos, parecía que no tuviera ninguna prisa porque supiera que ella no podía ir muy lejos.
Leticia aceleró. Las botas golpearon el suelo mojado con un sonido seco que el túnel devolvió multiplicado.
El aire le quemaba los pulmones y cada respiración salía rota, demasiado fuerte dentro de aquel silencio subterráneo donde cualquier ruido parecía una confesión amarga.
Sentía el corazón golpeándole el pecho con violencia, tan rápido que por momentos creyó que iba a desmayarse antes de alcanzar el final del andén.
El sudor le descendía frío por la espalda mientras avanzaba entre charcos oscuros que reflejaban fragmentos deformes de luz blanca.
Todo parecía más estrecho ahora, más bajo, como si las paredes estuvieran cerrándose abruptamente a su alrededor.
Y pensar que todo había ocurrido en menos de un minuto para que la noche se partiera en dos.
Todavía podía verlo, una imagen incapaz de borrarse de cualquier mente.
Un hombre había aparecido tambaleándose desde las escaleras de servicio, emergiendo de la oscuridad del túnel como si el propio metro lo hubiera condenado a vagar como un fantasma por el andén.
Cada paso parecía el último. Llevaba una mano apretada contra el vientre intentando contener una hemorragia imposible, pero la sangre seguía abriéndose paso entre sus dedos y descendía por la camisa empapada, oscureciendo la tela hasta volverla casi negra bajo las luces frías del andén.
Su respiración sonaba rota, húmeda y demasiado pesada para alguien que aún intentaba mantenerse en pie.
Tenía la mirada quebrada de los hombres que llevan demasiado tiempo huyendo, esa mezcla de agotamiento y terror que aparece cuando alguien comprende que ya no queda ningún lugar seguro al que escapar.
Y aun así, la reconoció. Sus ojos se encontraron con los de Leticia antes incluso de acercarse, la había estado buscándola desde mucho antes de entrar en aquella estación.
Leticia apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El hombre llegó hasta ella dando tumbos, chocando contra el poco mobiliario, y dejando pequeñas gotas de sangre sobre el suelo blanco del andén.
Cuando le agarró el brazo, sus dedos estaban helados.
La fuerza con la que la sujetó no parecía humana, sino desesperada.
Le empujó el sobre contra el pecho con violencia, obligándola a sostenerlo mientras intentaba recuperar el aire.
Entonces miró detrás de él y el miedo cambió.
Hasta ese momento parecía solo un hombre herido intentando escapar sin embargo, aquella mirada fue distinta, más profunda y más oscura.
No era el terror desordenado de alguien perseguido por delincuentes, era el miedo absoluto de alguien que no tenía ninguna duda de quién venía a por él.
De alguien que conocía a la perfección lo que eran capaces de hacer.
Sus pupilas temblaron al clavarse en el extremo oscuro del andén y el color desapareció de su rostro ya pálido. La intentó decir algo.
—Escúchame…
Su voz era apenas un hilo. Continuó empujando el sobre contra el pecho, el papel todavía estaba caliente.
—No confíes en nadie…
La voz se le quebró en mitad de la frase.
Un ruido metálico resonó en el túnel, seco y violento, como el sonido de una puerta golpeando contra el hierro.
Leticia levantó la cabeza justo a tiempo para ver dos siluetas apareciendo al fondo del pasillo.
Caminaban deprisa. El hombre les vio también, y algo cambió en su rostro al instante. No era miedo, era certeza.
—No hay tiempo… Busca… Arcoíris treinta y cuatro… Vete. ¡Corre!
Leticia permaneció inmóvil durante un segundo, incapaz de reaccionar, con la mirada fija en el hombre mientras su mente intentaba ordenar lo que estaba ocurriendo antes de aceptar que aquello era real.
La escena parecía resistirse a cualquier explicación inmediata, cada detalle llegaba con un instante de retraso respecto a su comprensión.
Aquel hombre moribundo la agarró del brazo con las pocas fuerzas que aún le quedaban y la sacudió con una desesperación que no nacía de la violencia, sino de la urgencia de quien sabe que el tiempo se ha agotado y solo dispone de unos segundos para impedir que algo aún peor suceda.
—¡¡Ahora!!