No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 31 · ABRIL
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CAPÍTULO 31 · ABRIL

La última noche antes del arreglo empezó con una mentira de cartulina. POCAS MESAS, decía el cartel.

A las siete y media ya había gente de pie junto a la entrada, cuatro mensajes sin leer en el móvil de Ona, dos reservas duplicadas, una señora asegurando que Pepa le había prometido sitio y un niño metiendo la mano en el cubo de los cubiertos limpios porque, según su madre, era “muy curioso”.

—Curioso va a salir con una cucharilla clavada en el orgullo —dijo Tina, arrebatándole el cubo con una sonrisa que habría asustado a un adulto responsable.

La madre se llevó al niño. Tina dejó el cubo junto a la barra, me miró y señaló el cartel con la barbilla.

—Pocas mesas, mis ovarios.

—No cabía más texto.

—Cabía “sálvese quien pueda”.

Jana apareció con una bandeja de vasos y el pelo recogido con una pinza que no aguantaba ni su carácter.

—Eso vende poco. Yo habría puesto: última noche antes de que el baño deje de ser patrimonio con grasa.

—El baño no se menciona en marketing —dijo Ona desde la mesa de siempre, con el móvil en la mano y cara de estar luchando contra veinte instintos profesionales.

—El baño se menciona en misa —murmuró Quimet desde la cocina—. Porque lo de ahí necesita fe.

Biel pasó detrás de mí con una caja de cerveza y me tocó la cintura con dos dedos, solo para que me apartara.

Lo normal. Lo operativo. Lo que se hace cuando no hay espacio detrás de una barra y una caja te pesa en el antebrazo.

Lo nuevo fue que no retiró la mano como algo que quemaba, y yo no fingí que no la había notado.

Mi cuerpo, poco sindicalista, lo convirtió en otra cosa.

—No te quedes ahí —dijo.

—Estoy gestionando.

—Estás mirando una caja de servilletas con gesto de que te ha pedido matrimonio.

—La caja y yo tenemos asuntos pendientes.

—Dile que hoy no firme nada.

Le di con el trapo en el brazo.

Apenas. Lo justo para que sonriera de lado y siguiera andando.

Esa era la parte peligrosa de la noche: Biel y yo ya no fingíamos delante de las demás.

Tampoco hacíamos anuncio.

No íbamos de la mano ni nos besábamos en la barra.

Hablar bonito tampoco se nos daba. Pero él me rozaba al pasar y yo había dejado de apartarme con pinta de delito.

Le pedía que comprobara los cubitos y ya no me contestaba con aquella cara cerrada.

Cuando el TPV se puso tonto, metimos los dos la mano bajo la barra y aguantamos diez segundos sin discutir.

En Lola y Sal, aquello rozaba la pornografía doméstica.

Jana nos observó desde la cafetera.

—Qué madurez más desagradable.

—Trabaja —dije.

—Estoy trabajando. También evito que os pongáis solemnes.

Nil Borràs Vidal estaba junto a la pizarra, ajustando un altavoz pequeño con una concentración que Jana llevaba media hora intentando romper.

Él había venido a ayudar con el sonido bajo, nada de fiesta, solo una lista de canciones antiguas de Lola y Sal que Ona había encontrado en una carpeta y que Quimet calificó de “amenaza generacional”.

—Ahí no va —dijo Jana, pasando cerca de Nil sin necesidad real.

Nil no miró al frente.

—Sí va.

—No. Ahí molesta.

—Te molesta a ti porque quieres pasar cada tres minutos.

Jana respiró para decir algo.

La cerró. Aquello, en ella, equivalía a una caída grave. Nil conectó el cable, se incorporó y la miró tranquilo.

—Si quieres que me quite de en medio, dilo sin montar espectáculo.

—No quiero que te quites.

Lo dije bajo. Baja para Jana. Alta para todas las que estábamos pendientes sin disimular.

Nil la sostuvo un segundo. Luego sonó un acople horrible por el altavoz y Quimet gritó que iba a tirar el aparato a la freidora.

Jana se recuperó con la velocidad de una profesional.

—¿Ves? Lo tuyo siempre acaba haciendo ruido.

Nil sonrió poco.

—Lo mío, dice.

Me guardé esa escena en un rincón de la cabeza. No para usarla. Para avisarme de que cuando terminara mi desastre, otra de nosotras ya tenía el suyo calentando.

A las ocho llegaron Àngels Boix y Joan Prats. Vega les entregó la memoria antes de que yo pudiera estrujarla.

Joan comprobó la cinta del lateral, las mesas y el paso. Àngels miró a Biel.

—Hoy no figura como garantía de ninguna operación, ¿correcto?

—Correcto —dijo él.

No se adelantó. Me dejó contestar.

—Trabaja aquí porque quiere y porque yo se lo he pedido. No está en venta ni sostiene mi decisión.

Àngels tomó nota. Joan cerró la carpeta.

—La terraza principal sigue como está. El lateral, fuera. Cerráis cuarenta y ocho horas, reparáis y entregáis las facturas. No hay suspensión.

Jana apoyó una bandeja.

—¿Traducción?

—Podéis seguir si no hacéis el animal —dijo Àngels.

Tina levantó el cuchillo.

—Eso sí lo entiendo.

La inspección terminó. Lola y Sal siguió.

Con la inspección terminada, Pepa entró con cambio, Nuri trajo coca porque «una última noche sin coca es de gente sin valores» y Roc llegó con hielo desde Bar L’Estaca. Tina lo miró como si el hielo también tuviera culpa.

—No me mires así —le dijo ella.

—Te he traído hielo.

—Eso es mirar en formato bolsa.

Roc dejó las bolsas junto al almacén.

—De nada, Tina.

Ella no contestó. Pero cogió una bolsa antes de que Biel pudiera cargarla. Pequeñas grietas por todas partes.

Vega se sentó cinco minutos por primera vez en dos días. Ona consiguió hacer una publicación sin caras, sin prometer encanto y sin esconder la silla coja. Jana la leyó y dijo que había quedado “muy decente para este antro”. Ona le tiró una servilleta.

Nil puso la lista de canciones de Lola y Sal. Baja. Raspada. Una canción vieja que sonaba a verano usado. Jana se apoyó en la barra con una bandeja vacía.

—Esta canción es horrible.

—La has tarareado —dijo Nil.

—Tengo oído solidario.

—Tienes miedo de que algo te guste sin poder reírte.

Jana dejó de moverse. Yo también.

El mundo no nos daba descanso ni para recoger nuestro propio desastre.

A medianoche, la última mesa pagó en efectivo porque el TPV volvió a desertar. Àngels y Joan se fueron con una carpeta menos hostil. Quimet apagó la cocina y Pepa, Nuri y Cinta se marcharon discutiendo si aquello había sido cena, misa o juicio.

A la una y media, bajamos el toldo principal. Biel y yo tiramos de la cuerda juntos. Esta vez no se atascó.

—Mira —dijo él—. Algo madura.

—No hables del toldo en tono paternal.

—Aguanta mejor de pie.

—Y más manchas.

—Eso también.

La tela bajó con un ruido áspero. La terraza se quedó a media sombra, con vasos por recoger y sillas torcidas. La última noche antes del arreglo había terminado sin venderse, sin cerrarse y sin dejarnos limpios.

Yo saqué una cartulina nueva. Biel siguió mirándome.

—¿Otra?

—La anterior ya ha cumplido.

Escribí con rotulador negro, apoyando el papel sobre la barra.

CERRADO 48 HORAS POR ARREGLO.

NO POR VENTA.

Jana leyó por encima de mi hombro.

—Le falta mala leche.

Cogió el rotulador y añadió debajo:

NO INSISTÁIS CON MOJITOS.

—Ahora sí —dijo Tina.

Colgué el cartel en la puerta. La chincheta entró torcida. La dejé así. Biel estaba detrás de mí, sin tocarme.

—¿Cerramos? —preguntó.

Miré la puerta, el cartel, la terraza viva a medias y a mis amigas recogiendo como podían. Las llaves estaban en mi bolsillo.

—Cierra conmigo —dije.

Biel metió la mano en el bolsillo y sacó sus llaves. Yo saqué las mías. Ninguno se las dio al otro.

Metimos una llave cada uno en la puerta vieja, levantamos un poco la hoja, como había que hacer desde agosto, y giramos a la vez.

La cerradura cedió con su ruido feo. Detrás, Jana murmuró:

—Qué pareja más problemática hasta para cerrar.

La puerta quedó cerrada. Por dentro, Lola y Sal siguió oliendo a aceite, sal y trabajo pendiente.

El cartel aguantó fuera. Cerré la mano alrededor de la llave y subí. A la mañana siguiente cerraríamos cuarenta y ocho horas.