No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 32 · ABRIL
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CAPÍTULO 32 · ABRIL

A la mañana siguiente, el silencio pesó más que la persiana bajada.

Abrir te engañaba. Abrir hacía ruido, sacaba gente de debajo de las piedras, llenaba bandejas, tapaba grietas con voces y convertía una avería en una anécdota hasta que alguien tenía que meter la mano en el baño.

Cerrar para arreglar, en cambio, quitaba el ruido. Y cuando Lola y Sal se quedaba sin ruido, enseñaba todo.

La primera mañana, el fontanero dejó una herramienta dentro del baño y Tina le dijo que, si aquello volvía a atascarse, le mandaría la pieza por correo certificado en una caja con agujeros. El hombre no supo si reír. Nadie sabía eso con Tina.

Quimet apareció, aunque la cocina estaba cerrada, abrió la nevera, insultó al congelador grande y se fue con una bolsa de pan que, según él, “iba a salvar de nuestra incompetencia”.

Ona vino a hacer fotos de las reparaciones para la memoria y acabó sentada en el suelo, editando una imagen donde solo salía una fregona, porque decía que la fregona “tenía presencia”. Vega la amenazó con bloquearle el móvil si ponía filtros.

Jana llegó tarde las dos mañanas. La primera dijo que había dormido mal. La segunda se tragó la respuesta.

Lo raro fue eso. Nil había dejado los cables recogidos en una caja junto a la pizarra, con una nota escrita en un trozo de cartón: no los pierdas, Jana. No todo lo que haces desaparecer vuelve solo.

Jana leyó la nota, la dobló y se la metió en el bolsillo trasero.

—¿Vas a contestarle? —preguntó Ona.

—Voy a trabajar.

Tina levantó una ceja.

—Eso tampoco responde.

—Qué ganas tenéis todas de vivir mi vida sentimental.

—¿Tienes una vida sentimental? —pregunté.

—Tengo piernas. Con eso voy tirando.

Nadie compró la broma del todo. Ella tampoco. Yo estuve fuera veintiséis horas.

Barcelona me recibió con una reunión aplazada, un piso lleno de ropa que no olía a aceite, dos plantas medio muertas y una vecina que me dijo que tenía “cara de playa” con esa alegría de quien no sabe que la playa también puede dejarte hecha polvo.

Metí en cajas lo imprescindible. Papeles.

Cargadores. Un par de vestidos que ya no sabía cuándo usaría.

Tres pantalones de lino que miré con rencor y guardé igual porque una puede elegir quedarse y seguir siendo ridícula a ratos.

Dejé otra bolsa para volver. Avisé en el trabajo de que necesitaba reorganizarme durante el verano.

No dije “me quedo”. Dije “voy a estar entre dos sitios”.

Mentira parcial. O verdad con ruedas.

Volví a Cala Saurina en un coche alquilado que olía a ambientador barato, con dos cajas en el maletero y una marca roja en el hombro de cargar sola por orgullo. Al bajar por la calle hacia Lola y Sal, Nuri me vio desde el Forn Nuri y levantó la mano.

—Ya decía yo que volvías con más trastos.

—Buenos días.

—Buenos eran antes de que tuvieras cara de mudanza.

Cala Saurina no necesitaba cámaras. Tenía panaderas.

Lola y Sal estaba abierto sin abrir. La puerta levantada, las sillas dentro, el cartel de CERRADO 48 HORAS POR ARREGLO. NO POR VENTA pegado todavía y el añadido de Jana sobre mojitos medio despegado por la humedad.

Biel estaba de rodillas junto a la barra, ajustando el cable nuevo del TPV.

Tenía la camiseta subida por la espalda, una brida entre los dientes y una concentración que me dio ganas de dejar las cajas en la calle y meterme debajo de la barra con él.

No lo hice. Crecimiento.

—Traigo ropa que no sirve para cargar sardinas —dije.

Biel levantó la cabeza. La brida siguió entre sus dientes. Sus ojos fueron a las cajas, a mi hombro rojo, a mi cara.

Se quitó la brida de la boca.

—¿Vuelves o descargas nostalgia?

—Vuelvo.

Una palabra. Otra vez. Él apoyó el destornillador en el suelo.

—De acuerdo.

—¿Solo vale?

—Estoy revisando el lector y no quiero asustarlo con emociones.

Dejé una caja sobre la mesa que nunca callaba, que seguía dentro porque el lateral continuaba fuera de uso hasta nueva revisión.

—El TPV y tú tenéis una relación más estable que nosotros.

—El terminal me ha traicionado menos.

—Dale tiempo.

Biel se levantó. Tenía polvo en la rodilla, cinta aislante pegada al antebrazo y una mancha de grasa en el cuello. Me miró con esa prudencia nueva que había aprendido a medias, la de no ocupar todo el hueco, aunque quisiera.

—¿Barcelona?

—Sigue en su sitio.

—Qué bien por ella.

—He cerrado cosas. He dejado otras abiertas.

—¿Piso?

—Vuelvo en unos días a recoger más.

—¿Trabajo?

—Reorganizado.

—Qué palabra más peligrosa.

—La he usado porque “no sé qué estoy haciendo, pero por primera vez no estoy corriendo hacia la salida más limpia” no cabía en el correo.

Biel bajó la cabeza. Sonrió poco.

—Recursos humanos se habría asustado.

—Recursos humanos vive asustado por definición.

Me acerqué a la barra. El local olía a silicona fresca, lejía, madera mojada y café viejo. Seguía siendo Lola y Sal. Menos sucio en dos puntos, más caro en todos.

—¿Y tú? —pregunté.

—He cambiado un cable.

—Biel.

—He dormido cuatro horas, he discutido con el fontanero, he conseguido que Marblava acepte otra entrega pequeña, he llamado a Noguera, he revisado la nevera y he pensado en irme tres veces.

—¿Y?

—Luego el baño hizo un ruido y me quedé.

Me reí. No tenía tanta gracia. Era nuestro idioma menos cobarde: decir algo serio con una avería en medio.

—No quiero que te quedes por no saber irte —dije.

—Yo tampoco quiero que te quedes por no saber estar en otro sitio.

—Entonces estamos igual de mal.

—Un poco mejor. Ahora lo decimos.

Vega llegó con un correo impreso.

—Podemos seguir.

Joan Prats confirmaba la reparación, la terraza principal reducida y el lateral fuera hasta después de temporada. Nada de suspensión.

Me entraron ganas de llorar por una frase de ventanilla. Muy digno.

—Entonces seguimos a medias —dijo Ona.

—Lola y Sal siempre ha seguido a medias —murmuró Cinta desde la entrada.

Nos giramos.

Cinta venía con una bolsa de tela y cara de haber venido a opinar antes de que nadie se lo pidiera. Sacó de la bolsa la foto vieja de las cinco con dieciocho años. La que había estado arriba, medio pegada al cartón, con una esquina doblada.

—La he llevado a que le pusieran un marco decente. Decente de pueblo, tampoco os vengáis arriba.

Ona se llevó una mano al pecho.

—Cinta.

—No llores, que luego se te hincha la cara y sales en las fotos con gesto de picadura mala.

Jana cogió el marco. La foto enseñaba cinco crías sudadas, quemadas de sol, maquilladas con exceso para ir a la playa, subidas a la mesa del centro con una jarra de sangría en medio y Lola detrás, fuera de foco, levantando una mano para que bajáramos de ahí.

Abril de antes miraba a cámara con expresión de querer parecer mayor.

Abril de ahora tenía las manos manchadas de polvo de caja y la garganta ocupada.

—La pondremos donde se vea —dijo Ona.

—Donde no la estropee la humedad —dijo Vega.

—Donde moleste —dijo Jana.

—En la entrada —dije yo.

Todas me miraron.

—En la entrada —repetí—. Que se vea antes de decidir si entras.

Biel cogió un clavo pequeño de una caja. No preguntó. No decidió por mí. Solo me lo puso en la mano.

—Tú marcas.

La pared junto al cartel tenía desconchones, salitre y una mancha antigua que nadie supo identificar. Perfecta. Marqué el punto. Biel clavó.

El martillo sonó contra la pared con un ruido seco. Una vez. Dos. Tres. Colgamos la foto torcida.

—Está torcida —dijo Vega.

—Es tradición —contestó Jana.

A las seis de la tarde reabrimos. No con fiesta.

Con la persiana atascándose al subir, el TPV funcionando a la segunda, el baño oliendo a producto nuevo y amenaza antigua, y la terraza principal con menos mesas de las que queríamos y más gente de la que convenía.

El lateral seguía cerrado. La ducha exterior ya no estaba.

En su lugar quedaban una marca clara en la pared y un tubo cortado.

Me dolió verla así. También me alivió. Algunas cosas había que quitarlas para no seguir tropezando con ellas.

A las seis y veinte el móvil vibró otra vez. No miré la pantalla. Lo apagué y lo dejé dentro del cajón de la caja, debajo de los tickets.

Biel siguió cortando pan. No preguntó.

La noche fue menos salvaje que San Juan y más nuestra que cualquiera de las anteriores.

Pepa entró con monedas y cenó de pie. Nuri trajo pan y dijo que lo apuntáramos «como inversión, pero pagada».

Quimet se peleó con la plancha y ganó por cansancio.

Yas llegó para cubrir dos horas y, al verme con una bandeja, dijo:

—Has mejorado.

—Gracias.

—No mucho.

—También gracias.

Joan Rovira Serra apareció a las nueve.

Mi padre se frenó en la entrada, con una camisa vieja, las manos en los bolsillos y la cara de no saber si entrar en la vida de su hija requería reserva. Lo vi antes de que él pudiera esconderse.

Fui hasta la puerta.

—Hola.

—Hola, Abril.

Miró el local, la foto nueva, la barra, a Biel, que estaba junto a la cafetera y no se acercó.

—Me ha dicho Cinta que no vendes.

—Cinta informa más que el Ayuntamiento.

—Sí.

Silencio. De esos nuestros. Cómodos para él. Carísimos para mí.

—No sé qué hacer aquí —dijo al fin.

Esa frase, viniendo de mi padre, era casi una caída de rodillas.

—Puedes empezar por no desaparecer cuando algo se complica.

Asintió.

—Vale.

—Y por pagar la deuda que escondiste si te toca pagarla.

—También.

—Y por venir otro día sin esperar que te aplauda.

—Eso puedo hacerlo.

Lo miré. Tenía años en la cara que yo no había querido contar. No me dio pena limpia. Me dio una mezcla fea de cansancio, rabia y un cariño mal educado.

—Hoy puedes cenar —dije—. Pero pides en barra.

Su boca se movió apenas.

—Me parece justo.

Volví al interior antes de que aquello se convirtiera en reconciliación de película. No teníamos presupuesto para eso. Ni ganas.

A las diez, la mesa coja volvió a ocupar su sitio, no el lateral de siempre, pero sí una esquina desde donde se veía la entrada, la barra y la foto recién colgada. Nos sentamos por turnos porque el servicio no permitía ceremonias largas.

Jana robó una brava. Vega le apartó la mano. Ona hizo una foto sin subirla.

Tina apoyó la frente dos segundos en el hombro de Vega y luego fingió que había sido un estiramiento cervical. Yo me senté junto a Biel.

A mi lado, sin ocuparme el sitio. No a mi espalda. Conmigo.

—¿Tú sabes lo que estás eligiendo? —me preguntó bajo, mientras las demás discutían por el último trozo de pan.

—No todo.

—Buena respuesta.

—Me quedo este verano.

—Vale.

—Y después ya veremos cómo. No si me quedo.

—También.

—Y no me quedo por ti.

Biel mordió una brava.

—Ya tardabas.

—Me quedo porque este sitio me da miedo cuando lo pienso como jaula y me da más miedo cuando lo pienso cerrado por cobardía.

—Eso es larguísimo para ponerlo en una pizarra.

—Por eso tenemos a Ona.

—Ona lo convertiría en “volver también puede doler”.

—La bloquearía.

Me aguantó el pulso.

—¿Y conmigo?

La pregunta salió sin pose.

Sin rodilla en el suelo, sin promesa limpia, sin música. Con olor a aceite, pan, sudor, lejía del baño nuevo y verano encima de la piel.

—Contigo, si aprendemos a no usarnos para cerrar puertas.

Biel dejó la brava.

—Vas fuerte.

—Estoy agotada. Sale la verdad por falta de personal.

—Me vale.

—Y tú no me retienes.

—No.

—Ni haces de mártir con llaves.

—Intentaré tener aficiones nuevas.

—Y si me voy a Barcelona dos días, no decides que he huido para siempre.

—Haré preguntas molestas.

—Eso puedes.

—Y tú vuelves.

—Vuelvo.

Me creyó. Pruebas no tenía.

Porque esta vez dejé las llaves sobre la mesa entre los dos, no para devolvérselas, sino para que estuvieran donde todos pudieran verlas.

Biel apoyó su mano junto a ellas.

No encima. Junto. La diferencia me gustó. Después me besó tras la barra, a la vista de gente de sobra y justo cuando sonó el TPV. No buscaba demostrar nada. Ahí estaba el lío: ya no hacía falta esconderlo.

Fue corto. Muy poco práctico. Jana silbó. Tina dijo que la barra era zona de trabajo. Quimet gritó desde la cocina que, si se iban a besar, al menos no bloquearan la salida de platos.

Me separé riendo contra la boca de Biel.

—Qué familia más fina.

—Has elegido quedarte.

—Culpa mía.

A las once y media, Nil empezó a recoger los cables. Jana lo vigilaba con un vaso vacío entre las manos.

Él dejó una púa negra junto a sus dedos.

—Cuando quieras pedirme que me quede sin convertirlo en chiste, me llamas.

Jana abrió la boca. No salió nada útil. Nil cogió la caja y cruzó la puerta.

Ella guardó la púa en el bolsillo con rabia. Por primera vez en toda la noche, perdió el chiste.

Bastaba. Aquella púa ya había abierto una puerta; no hacía falta empujarla esa noche.

Biel dejó la mano abierta junto a las dos llaves. Puse la mía encima.

—¿Cerramos? —preguntó.

Miré la foto torcida, la barra marcada y el hueco que seguía siendo mío, aunque ya no tuviera que sostenerlo sola.

—Cuando toque.

Biel cerró los dedos sobre los míos. El congelador arrancó con su tos de siempre y los vasos vibraron sobre la barra. Dejé las llaves entre los dos .

FIN