CAPÍTULO 30 · BIEL #2
Jana guardó silencio. Tres segundos enteros. Abril, desde la barra, levantó la cabeza. Yo también. Tina fingió contar monedas. Ona sonrió hacia la mesa.
El siguiente incendio estaba haciendo ruido con un cable en la mano. Lola y Sal tenía talento para no dejar respirar a nadie.
A las seis, la memoria seguía incompleta. Vega sudaba sobre el portátil. Abril dictaba frases y luego las borraba porque sonaban a folleto, a disculpa o a mentira.
—Ponlo simple —le dije.
—No estás en el comité de redacción.
—Por suerte.
—Necesito que suene serio.
—Necesitas que suene a verdad.
Siguió mirándome.
—¿Y cuál es la verdad, Biel?
La pregunta cayó sobre la mesa llena de papeles, tickets, migas, vasos, bolis muertos y una foto vieja donde yo la miraba con dieciocho años y poca vergüenza.
Me habría gustado contestar algo útil. No tenía tanto.
—Que no sabes si puedes con esto —dije—. Pero ayer decidiste no salir corriendo por la puerta que te habían puesto delante.
Abril miró el teclado.
—Eso no cabe en una memoria.
—Entonces pon: actividad viva con reducción provisional y plan de reparación en cuarenta y ocho horas.
—Mucho más sexy.
—Tengo mis momentos.
Lo escribió. Con palabras de Vega alrededor, claro. Pero lo escribió.
A las ocho y media, imprimimos la memoria en el Forn Nuri porque nuestra impresora decidió desertar. Volvimos con las hojas calientes. Abril firmó al final, con el cuerpo donde antes ponía excusas.
Eso me movió algo. Me fui al almacén antes de que se me notara. La encontré allí cinco minutos después.
—Te escondes fatal —dijo.
—Estoy contando cajas.
—Hay cuatro.
—Conteo profundo.
Se apoyó en el marco. El almacén olía a cartón húmedo, cerveza, hielo y pintura vieja. La ducha desmontada seguía en una caja, envuelta en una toalla de Tina, con una dignidad bastante dudosa.
Abril la miró.
—Mañana no vuelve la ducha.
—No.
—Ni el lateral.
—No este verano.
—Igual no puedo sostenerlo con menos mesas.
—Igual no.
—Qué alegría hablar contigo.
—No quieres que te venda humo.
—Tampoco que me tires piedras.
Cogí una caja y la moví de sitio solo por tener algo en las manos.
—Puedes intentarlo sin prometerte para siempre.
Abril se cruzó de brazos.
—¿Eso has tardado siete años en aprenderlo?
—Soy lento.
—Mucho.
—También insistente.
—Eso lo sabía.
Se acercó y me quitó la caja de las manos.
—No me quedo por ti.
Asentí.
—Ya.
—Lo digo porque necesito oírlo fuera de mi cabeza.
—Vale.
—Y porque una parte de mí se quedaría por ti si pudiera llamarlo amor y no trabajo, y sería muy cómodo y muy peligroso.
Aquello me dejó quieto. Abril miró la caja en sus manos, una caja vacía de cerveza con el cartón blando por una esquina.
—Me quedo porque ayer, cuando pude venderlo barato para quitarme la vergüenza, no quise.
Porque he visto la foto de Sal y Lola en el lateral y me dio rabia que alguien decidiera que solo era espacio aprovechable.
Porque mis amigas están metidas hasta el cuello y no se han ido, aunque las trato regular.
Porque mi padre ha limpiado dos sillas sin hacer teatro y eso tampoco sé dónde ponerlo.
Porque mi madre dejó una libreta llena de mierda y de instrucciones feas y, aun así, me dejó el cajón abierto.
Se frotó la garganta con dos dedos.
—Y porque si me voy ahora, no me voy. Me escapo. Otra vez.
No la toqué enseguida. Me costó. Me costó mucho.
Pero no quería convertir una frase suya en una mano mía. No tan rápido.
—¿Eso cabe en una memoria? —pregunté.
Se rio. Mal. Con los ojos brillantes.
—Vega me mata.
—Entonces pon actividad viva.
—Ya lo he puesto.
—Bien.
—No uses el bien para apuntarte el tanto.
—Ni se me ocurriría.
La caja se le resbaló un poco. La cogí por el otro lado. Nuestras manos quedaron a los lados del cartón, frente a frente, sujetando algo vacío y húmedo. Muy nuestro, la verdad.
—¿Y tú? —preguntó.
—Qué.
—¿Te quedas por costumbre o por decisión?
Esa pregunta sí venía con cuchillo.
Miré hacia la terraza. Se oían risas de Jana, la voz de Nil probando sonido, Tina diciéndole a Roc que no pusiera hielo donde molestara, Ona leyendo reservas y Vega discutiendo con la impresora que ya no estaba allí, pero había dejado trauma.
—Me quedé por costumbre muchos años —dije.
Abril no parpadeó.
—Y por rabia. Y por Lola. Y porque si me iba, sentía que todo lo que habíamos sido se quedaba sin testigo.
La caja crujió entre los dos.
—Ahora no sé qué haré para siempre. Pero mañana me quedo porque quiero abrir.
Abril soltó el aire.
—Eso es muy poco romántico.
—Y muy útil.
—Me sirve.
Dejó la caja en el suelo. Luego me tocó.
No como en la habitación de arriba. No con prisa, ni hambre, ni miedo a que nos pillaran. Me puso una mano en el pecho, plana, justo donde la camiseta estaba caliente del día. Una mano simple. De esas que no saben mentir mucho y que, por eso mismo, comprometen más.
—Después de mañana —dijo—, tengo que ir a Barcelona.
Lo sabía. Aun así, dolió.
—Vale.
—No para irme. Para cerrar cosas. Trabajo. Piso. Papeles. Ropa que no sirve para cargar sardinas.
—La ropa de lino merece despedida pública.
—No la provoques.
—¿Vuelves?
La pregunta salió antes de que pudiera hacerme el hombre paciente. Abril volvió la cara hacia mí.
—Sí.
Una palabra. Yo llevaba años desconfiando de las palabras únicas. Esa vez decidí no destrozarla pidiendo tres pruebas.
—Vale —dije.
—Qué triste eres contestando al amor administrativo.
—Estoy concentrado en no empujarte contra las cajas, porque mañana tenemos última noche y las cajas no están fuertes.
—Siempre pensando en estructuras.
—Alguien tiene que hacerlo.
Me besó.
Corto. Sucio de cansancio. Con sabor a café malo y a sal de labios mordidos.
Me agarró de la camiseta y yo le puse una mano en la nuca.
El almacén crujió alrededor, una caja se hundió bajo mi codo y el cubo de trapos cayó al suelo con un golpe húmedo.
Nadie podía llamar aquello una solución. Por eso me lo creí.
—Qué escena más elegante —murmuró ella.
—Muy vendible.
—No vendas.
Nos dejó quietos. Abril cerró los ojos contra mi pecho.
—Perdón. Ha salido sola.
Le acaricié la nuca con el pulgar.
—Lo sé.
—No quería usarlo así.
—Sigue aquí.
Desde fuera, Jana gritó:
—¡Si estáis teniendo una conversación profunda o sexo con materiales de hostelería, necesitamos saber si sacamos las bravas!
Abril cerró los ojos y contó hasta algo.
—La voy a matar.
—Después de mañana. Necesitamos personal.
Volvimos a la terraza.
Nil estaba probando un altavoz con una canción vieja de verano que hizo que Quimet, desde la cocina, gritara que eso no se ponía ni en un entierro con resaca.
Jana le dijo que no insultara la cultura popular.
Nil cambió la canción y la miró esperando que aprobara.
Ella puso cara de que le daba igual. Le dio igual de una forma muy intensa.
Ona publicó el texto a las nueve y doce.
Sin filtros raros. Sin caras. Sin prometer belleza. El cartel desgastado, las luces pobres, la pizarra torcida y una frase al final:
“Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.” Abril lo vio y guardó silencio.
Solo cogió una servilleta, se limpió debajo del ojo y le pidió a Tina que dejara de mirarla.
A las once y diez, las reservas para la última noche seguían entrando.
Abril miró la pantalla.
—Mañana abrimos. Pasado cerramos cuarenta y ocho horas. Y luego ya veremos.
—Plan pobre.
—Pero nuestro. De momento.
—Eso casi ha sonado bonito.
—Perdón.
—Contrólate.
Me apoyé en la barra a su lado. La terraza estaba vacía, pero las reservas entraban en el móvil de Ona, los papeles seguían calientes dentro de la carpeta y la foto vieja estaba pegada al lateral de la pizarra con cinta de carrocero.
Abril cogió un rotulador negro y escribió en una cartulina arrancada de una caja de cerveza:
MAÑANA · ÚLTIMA NOCHE ANTES DEL ARREGLO
POCAS MESAS
TPV INESTABLE
HAMbrE REAL
Jana se acercó, leyó y añadió debajo:
VENID LLORADOS DE CASA
Tina miró el cartel.
—Falta “no pidáis mojitos”.
—Eso va en normativa europea —dijo Jana.
Abril clavó el cartel junto a la entrada con dos chinchetas y un golpe de palma. Se pinchó un dedo.
—Joder.
Le cogí la mano.
—¿Sangre?
—Drama menor.
Le chupó la gota antes de que yo pudiera buscar papel. Lo hizo sin pensar. Luego se dio cuenta de que la miraba.
—Qué.
—Nada.
—Tu nada tiene cara.
—Mañana va a ser un desastre.
—Sí.
—Vendrá medio pueblo.
—Sí.
—Medio pueblo vendrá a comprobar si seguimos vivos.
—Que reserve.
Jana soltó una carcajada detrás. Abril sonrió con la boca torcida, aún con miedo, y aun así con la mano firme en el cartel de la puerta.
Antes de clavar la segunda chincheta entró una reserva. Abril leyó el nombre y me pasó el móvil.