CAPÍTULO 30 · BIEL
A la mañana siguiente, Lola y Sal amaneció con una lista pegada en la barra, cuatro moscas con exceso de confianza y Abril dormida en la mesa de siempre.
Dormida de verdad.
No caída con estilo, ni apoyada cinco minutos, ni fingiendo que revisaba papeles con los ojos cerrados.
Tenía la mejilla contra una carpeta, un boli bajo el antebrazo y el pelo pegado a la nuca.
La camiseta de Lola y Sal se le había subido un poco por la espalda.
En una mano seguía sujetando el móvil. En la otra, una servilleta donde ponía: seguro, Marblava, delimitación, no matar a nadie.
El último punto tenía tres rayas debajo. Me quedé quieto en la entrada.
El local despertaba despacio. La nevera goteaba, los toldos recogidos dejaban entrar una luz blanca y aún quedaban vasos de la noche. Abril estaba detrás de la barra con el pelo húmedo y una camiseta mía que fingía no haber elegido.
Abril había retirado la venta. No había dicho que se quedaba.
Esa diferencia me había tenido despierto toda la noche.
Porque mi parte más idiota quería agarrarse a lo primero y convertirlo en promesa.
Mi parte menos idiota, que era pequeña, pero trabajaba en temporada alta, sabía que una mujer podía no venderse barata y aun así marcharse.
Abril tenía derecho a las dos cosas. A decir no.
A irse. A quedarse. A hacerme daño sin ser culpable de todas mis expectativas acumuladas.
Qué pensamiento tan maduro. Me dieron ganas de tirarlo al cubo de la fregona.
Entré sin hacer ruido. Mal. El suelo crujió donde llevaba años crujiendo. Abril levantó la cabeza de golpe.
—No estaba durmiendo.
—Ya.
—No digas claro.
—No lo he dicho.
—Lo has pensado con la puerta.
Tenía una marca de carpeta en la mejilla y tinta azul en la barbilla. Me mordí la boca por dentro.
—Tienes un sello administrativo en la cara.
—Dime que es sexy.
—Es preocupante.
—Qué decepción de hombre.
Se incorporó y se llevó una mano al cuello. Le crujió algo. Puso cara de señora de ochenta años y luego de mujer ofendida por su propio cuerpo.
—¿Qué hora es?
—Ocho y diez.
—Mierda.
—Mucho.
—Tenía que llamar al seguro a las ocho.
—El seguro no va a huir por diez minutos.
—No conoces mi vida administrativa.
—Conozco ese boli. Ha muerto.
Miró el boli bajo su brazo. Tenía la punta doblada y había dejado una mancha en la carpeta.
—Ha servido bien.
—Funeral después del servicio.
Abril se frotó la cara, se vio la tinta en los dedos y parpadeó despacio.
—Por favor, dime que no ha entrado nadie.
—Solo yo.
Abrió un ojo.
—Eso no tranquiliza tanto como crees.
Dejé una bolsa del Forn Nuri sobre la mesa.
—Café. Pan. Algo dulce que Nuri ha dicho que no se cobra porque ayer “le hicimos pasar una tarde municipal muy entretenida”.
Abril apoyó la frente sobre la carpeta.
—El pueblo va a matarme por fascículos.
—El pueblo ya lo hacía. Ahora trae bollería.
Se rio contra el papel. Me senté enfrente. A distancia prudente. La mesa de las cinco cojeó y el café tembló en el vaso de cartón.
—No he firmado nada mientras dormía, ¿no? —preguntó.
—Solo la adopción del baño.
—Cabronazo.
Bebió café. Hizo una mueca.
—Está horrible.
—Es gratis.
—Tiene sabor a culpa de panadera.
—Nuri tiene buen fondo y mal café para llevar.
Abril cogió la lista. La sabía de memoria; aun así, volvió a leerla.
—Necesitamos demostrar que seguimos aquí y pagarlo todo antes de que el día termine.
—También papel de cocina.
Aguantó la mirada.
—Biel.
—Si no hay papel de cocina, la memoria se imprime sobre servilletas con alioli.
—No me hagas reír cuando tengo ganas de vomitar.
—Es mi especialidad.
Guardó silencio. Miró la foto vieja. La tocó por una esquina.
—Me pasé media noche mirando esto.
—Se nota. Tienes arena en la ceja.
—Eso es de antes.
—Claro.
—Mírate. Tú tienes una marca de grasa en el cuello y acabas de llegar.
—Vivo adelantado.
La conversación pequeña nos sostuvo un rato.
Esa era una de las cosas que más miedo me daban.
No los besos, ni el sexo arriba, ni la forma en que su mano encontraba mi cintura cuando creía que nadie miraba.
Lo peligroso era poder hablar de café malo, grasa, boli muerto y seguro caducado sin que la habitación pidiera una gran escena.
A las nueve llegó Vega con el pelo mojado, gafas oscuras y un ordenador portátil metido en una bolsa de farmacia.
—No quiero preguntas.
—No pensaba hacerlas —dijo Abril.
—Eso también es mentira, pero gracias por intentarlo.
Tina apareció tres minutos después con una bolsa de cubitos, dos paquetes de papel de cocina y cara de no haber elegido vivir.
—He comprado papel porque Biel lo habrá apuntado mentalmente y Abril lo habrá considerado secundario hasta que el local empiece a sangrar tomate.
—Te queremos —dijo Abril.
—No lo uses contra mí.
Jana llegó a las nueve y media con Nil Borràs Vidal.
Ese fue un problema nuevo dentro del problema viejo.
Nil traía dos altavoces pequeños, un rollo de cable y la tranquilidad de alguien que sabía entrar en un sitio lleno de mujeres cansadas sin ocupar más aire del necesario. Jana entró delante de él, hablando muy rápido.
—Antes de que nadie diga nada: ha venido por el sonido. Él pasaba. Yo le he escrito. Fin.
Nil alzó una mano.
—No pasaba.
Jana giró.
—Podrías colaborar.
—He venido porque me lo pediste a las dos y diecisiete de la mañana.
—Eso cuenta como pasar si una lleva tres horas sin dormir.
Abril alzó la mirada de la carpeta.
—¿Tenemos música?
—Tenemos sonido para mañana —dijo Nil—. Si hacéis la última noche esa.
Yo miré a Abril.
—¿La última noche esa?
Abril bajó los ojos al papel.
—Era un borrador.
Jana sonrió con todos los dientes.
—Era un mensaje en el grupo a las tres de la mañana que decía: “Y si mañana hacemos última noche de Lola y Sal antes de arreglarlo todo o romperlo del todo”. Serenísima. Ejecutiva del desastre.
Vega cerró los ojos.
—Yo pedí que no escribiéramos ideas con sueño.
—Y nadie te hizo caso —dijo Tina—, porque estabas dormida sobre el Excel.
Abril cogió el café.
—No es una fiesta.
—Menos mal —dijo Jana—. Porque una fiesta implica ilusión y yo hoy llevo desodorante de emergencia.
—Es una noche para hacer caja —dijo Abril—. Y para decir que cerramos cuarenta y ocho horas después, arreglamos baño, frío y papeles, y reabrimos con la terraza principal marcada. Sin vender. Sin lateral, de momento. Sin ducha. Con menos mesas. Con más vergüenza, probablemente.
—Eso cabe fatal en un cartel —dijo Nil.
Jana lo señaló.
—Para eso lo he traído. Es músico, no milagroso.
Nil la miró.
—Me pediste que viniera porque “si pones música, la gente bebe más y Abril llora menos”.
—Confidencial.
Abril soltó una risa breve y se tapó la cara con la mano.
—Me encanta que mi estrategia comercial sea beber y no llorar.
—Es muy Cala Saurina —dijo Tina.
Ona llegó tarde, con el móvil en la mano y pinta de haber llorado un poco en la ducha, pero con eyeliner. Muy suyo: romperse sin renunciar al trazo.
—He preparado un texto —dijo.
Todos la miramos. Ella levantó el móvil.
—Sin subirlo todavía. Solo para leer. Y no pone “rincones con encanto”.
—Eso ya merece una subvención —dijo Jana.
Ona leyó en voz baja, con una vergüenza que no se ponía nunca para grabarse:
—“Mañana Lola y Sal hace su última noche antes de cerrar cuarenta y ocho horas para arreglar lo que toca y ordenar lo que lleva años atado con bridas. Habrá pocas mesas, mucho calor, terminal poco fiable y gente cansada. Si quieres venir, reserva. Si vienes a mirar drama, al menos pide algo.”
Tina apoyó las dos manos en la mesa.
—Yo iría.
—Tú ya estás explotada dentro —dijo Jana.
—Por eso lo digo con conocimiento.
Abril no habló. Miraba a Ona con una cara rara. Cansada, sí. Pero también tocada en un sitio al que yo no tenía nombre.
—No está bonito —dijo Ona rápido—. Puedo hacerlo mejor.
—No —dijo Abril.
Ona se encogió.
—Vale, lo cambio.
—No. Que no lo cambies.
Ona apretó el móvil contra el pecho. La cara se le cerró. Asintió, que en ella pesaba más. Nos pusimos a trabajar.
Vega abrió el portátil y la mesa se llenó de papeles, vasos sudados y manos entrando donde podían.
Abril peleó con el seguro; Tina separó el dinero de Marblava bajo un «NO TOCAR O MUERDO»; Ona fotografió el cartel sin filtros; Jana y Nil discutieron demasiado cerca sobre los altavoces.
Cinta apareció con Joan y los puso a limpiar sillas antes de que nadie pudiera convertir la ayuda en discurso.
Su padre.
Seguía sonándome raro pensarlo así para Abril.
Joan Rovira Serra era, para mí, un hueco con barba, un hombre que entraba poco y se marchaba antes de que las cosas pidieran manos.
Ese día llevaba una camiseta vieja y no preguntó dónde se guardaba el trapo.
Miró a Abril, esperó una orden y, cuando no llegó, Cinta se la dio por ella.
—Tú, sillas. Y no pongas cara de mártir, que te queda ancho.
Joan cogió el cubo.
—De acuerdo.
Abril lo vio desde la mesa. Se tragó la respuesta. Pero no lo echó.
A mediodía abrimos solo barra y tres mesas, con menú corto. El cartel de Ona empezó a circular por los grupos del pueblo antes de que llegara el primer cliente. Levantamos la persiana sin triunfo, con lo que había.
Pepa vino con monedas.
—He visto el anuncio.
—No es anuncio —dijo Abril.
—Si pone ven y paga, es anuncio. No te pongas fina.
Le dejó una bolsa con cambio y otra con tomates.
—Esto para mañana.
—Pepa, no puedo aceptar…
—No aceptes. Úsalos y luego discutimos el orgullo con pan.
Nuri mandó coca salada, Marblava aceptó el pago parcial y Roc apareció desde Bar L’Estaca con vasos prestados y una caja de hielo. Nadie hizo ceremonia. Había demasiado que sostener.
Tina lo vio entrar y bajó la cabeza hacia la caja.
—No hacía falta —dijo ella.
—Ya.
—¿Entonces?
—Lo traje igual.
Jana, a mi lado, murmuró:
—Aquí todo el mundo está fatal y yo soy la única señalada.
Nil, que estaba conectando un cable, dijo sin levantar la vista:
—Tú te señalas con luces.
—No me hables así si no vas a asumir consecuencias.
Él la miró entonces.
—Igual mañana.