No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 29 · ABRIL
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CAPÍTULO 29 · ABRIL

A la reunión final llegué con la carpeta de firmas debajo del brazo, una ampolla en el talón, una mancha de café en la camiseta y un miedo muy poco institucional. El Ayuntamiento olía a papel caliente y aire viejo.

Las cuatro venían detrás: Vega armada de carpetas, Tina con agua y tiritas, Ona con la carpeta de firmas, Jana con un café por si la democracia municipal daba bajón. Cinta cerraba el grupo.

Mi padre no estaba. Miré la puerta hasta que Tina me tocó el codo.

—No te gastes antes de entrar.

Biel apareció cinco minutos antes de las seis.

Venía andando desde la calle lateral, con el pelo húmedo en la nuca, camiseta gris, vaqueros y la carpeta azul de Lola bajo el brazo.

No había venido conmigo. Eso lo habíamos decidido sin discutirlo, que en nosotros casi contaba como acto de madurez.

Yo tenía que entrar como titular. Él tenía que entrar porque conocía el local, no porque fuera mi defensa con piernas.

Al verme, no sonrió. Me miró los pies.

—¿La ampolla?

—Está negociando.

—Mal sitio. Aquí negocian fatal.

Le tendí una botella de agua. La cogió. Nuestros dedos se tocaron lo justo para que mi cuerpo recordara el cuarto de arriba, la sábana con arena, su pecho bajo mi mejilla y el móvil vibrando abajo con el correo de Àngels.

Biel también lo recordó. Se le notó en la mandíbula.

—¿Preparada? —preguntó.

—No.

—Ya.

—Tu concepto de ánimo sigue siendo una desgracia.

—Lo tengo en revisión.

Joan Prats abrió la sala. Àngels estaba dentro y el comprador ya había ocupado una silla.

Me senté delante. Vega a mi lado; Biel, una fila atrás. No como escudo.

Àngels resumió sin repetirnos el expediente. Joan extendió el plano. Ya sabíamos dónde dolía.

El comprador habló de problemas económicos y personales, y de una continuidad demasiado ligada a Biel. No levantó la voz. Tampoco necesitaba hacerlo.

Vega me tocó la rodilla bajo la mesa. Biel permaneció una silla atrás.

—Abril, tienes la palabra —dijo Àngels.

—Lola y Sal tiene problemas. También tiene caja, personal, actividad y gente que ha trabajado aquí sin convertirse en garantía de venta.

Vega entregó pagos, turnos, firmas y fotos.

—Y que conste —añadí—: Biel Ferrer Sintes no forma parte de ninguna rebaja, transición ni condición.

—No he dicho eso —dijo el comprador.

—Lo ha insinuado con demasiada limpieza.

Àngels pidió tono. Cinta abrió el abanico. Biel respiró detrás de mí, pero no ocupó mi frase.

El comprador preguntó quién sostendría el local si yo me marchaba.

La puerta se abrió antes de que respondiera.

Mi padre entró justo entonces.

No llamó. No pidió perdón. Abrió la puerta con esa torpeza suya de hombre que llega tarde incluso cuando está a tiempo. Llevaba una camisa arrugada, una carpeta marrón y una cara que no supe leer. Lo normal, con Joan Rovira Serra: casi nunca se le leía nada sin acabar con dolor de cabeza.

—Perdón —dijo—. He tenido que buscar esto.

Nadie habló. Mi padre avanzó hasta la mesa y dejó la carpeta delante de mí.

—Son recibos de Sal. Y dos fotos. Tu madre me los dio cuando empezó lo de la ocupación, hace años. Yo… los guardé mal.

Guardé mal. Casi me reí.

Casi lloré. Elegí coger la carpeta porque era lo único útil.

Dentro había dos fotografías viejas, dobladas por una esquina.

En una se veía el lateral de Lola y Sal con la ducha exterior, una mesa larga, Salomé Pujol Vidal de pie con un cubo y Lola riéndose con la mano en la boca.

En la otra estábamos nosotras cinco con dieciocho años en la mesa de las cinco.

Jana enseñando la lengua. Vega con pinta de no querer salir.

Ona maquillada por encima de sus posibilidades.

Tina sujetando un vaso de plástico. Yo en el borde, con las rodillas llenas de arena.

Y Biel detrás, apoyado en la pared, mirando hacia mí.

El muy idiota llevaba años mirándome igual. Dejé la foto encima de la mesa.

—Esto es el lateral —dije, porque si hablaba de otra cosa se me rompería la voz—. No es una ampliación inventada de hace dos semanas. Es uso histórico. Malo, cutre, con cubos, con una ducha que dispara de lado y con sillas feas. Pero uso.

Joan Prats cogió la foto. Àngels se inclinó. El comprador apretó la boca. Mi padre seguía de pie. No lo miré. Todavía no.

Nos mandaron al pasillo mientras revisaban las fotos. Jana abrió los caramelos. Vega aceptó uno sin discutir.

Biel se quedó a dos pasos.

—No sabía que existía esa foto.

—Yo tampoco.

—Miras fatal.

—Tú llevabas una camiseta criminal.

La risa me salió pequeña y dolió bien.

Joan se acercó.

—Abril.

—Ahora no.

Se quedó quieto. Por una vez, no convirtió mi límite en una salida.

Àngels nos hizo volver a la sala.

—Con la documentación y las fotografías, no procede entregar el lateral a un tercero. Seguirá fuera hasta después de temporada. La terraza principal puede mantenerse reducida si completáis reparación, seguro y pagos en cuarenta y ocho horas.

No era una victoria limpia. Era sitio para respirar.

—Necesito que la titular confirme que no habrá una transferencia inmediata —añadió.

Miré la foto de las cinco. Después a Biel.

Él no suplicó. No hizo cara de hombre bueno esperando premio. Dejó el hueco entero delante de mí.

—Retiro la venta —dije—. Y cualquier operación que use la vergüenza, el local o a Biel para rebajarme.

El comprador se incorporó.

—Te estás equivocando.

Guardé las fotos.

—Seguramente. Pero esta equivocación es mía.

Àngels cerró la carpeta. El comprador recogió la suya. Ahí terminó.

Salimos a la calle sin celebrar. Nos quedaban cuarenta y ocho horas, menos mesas y demasiadas facturas.

El comprador vino detrás.

—Puedo mejorar las condiciones.

Biel dio un paso y se frenó. Yo no.

—La venta está retirada.

—Volverás a llamar.

—Entonces será porque yo decida vender. Encontrar dónde me duele no te da derecho a poner precio.

Se marchó. Esta vez no dejé ninguna puerta abierta para él.

Mi padre seguía junto a la entrada.

—Gracias por traer las fotos —dije.

—Abril, yo…

—No hoy.

Asintió. No arreglaba nada. Al menos no salió corriendo.

Biel se acercó cuando las demás empezaron a bajar hacia Lola y Sal, discutiendo sobre si quedaba pan, si Marblava aceptaría otro pago parcial y si Jana podía o no llamar rata al comprador en voz alta dentro del término municipal.

—Has retirado la venta —dijo.

—Con él.

—Sí.

—No hagas cara de final.

—No tengo cara de final. Tengo cara de cuarenta y ocho horas.

—Mucho más sensual.

—Estoy trabajando mi atractivo administrativo.

Le miré la boca. Error. No tan error.

—No lo he hecho por ti —dije.

Él asintió.

—Lo sé de sobra.

—Pero también por ti.

—Eso ya me complica más.

—Pues ponte a la cola.

Bajamos juntos hacia Lola y Sal. No escondidos. Tampoco celebrando.

—Hay que abrir —dijo Biel.

—Y abrir.

Abrimos con la terraza reducida llena y el lateral vacío. Cinta puso a Joan a limpiar. Jana enseñó a Nil la carpeta de firmas como si hubiera ganado una guerra.

A última hora llegó el requerimiento: cuarenta y ocho horas para entregar reparación, seguro y plano.

Biel leyó la pantalla, me quitó un vaso roto de la mano y lo dejó en la basura.

—Mañana limpiamos donde duele.