No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 28 · BIEL
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CAPÍTULO 28 · BIEL

El mensaje se fue con un ruido mínimo. Un toque seco de pantalla, nada más.

Y aun así lo oí dentro de las costillas.

Abril sostuvo el móvil en la mano un segundo después de enviarlo, quieta en la entrada del Ayuntamiento, con el sol pegándole en la cara y la carpeta de alegaciones contra el pecho.

Ni sonrió. No se alivió. No hizo ninguna de esas cosas que la gente cree que pasan cuando una toma una decisión correcta.

Se quedó pálida.

—Ya está —dijo.

Cinta le quitó el abanico a nadie, porque era suyo, y se dio aire con más fuerza.

—Pues ahora a pagar, que la dignidad no cubre recibos.

Vega miró el reloj.

—Tenemos menos de seis horas para cerrar Marblava, recoger las firmas que faltan, preparar el plano de mesas y conseguir el justificante del recibo antes de mañana.

Abril se giró hacia mí.

No me pidió que dijera nada. Tampoco me dijo que callara. Me miró, y esa vez la pregunta no tenía palabras ni dientes.

—Volvemos —dije.

—Sí.

—Y no contestas si responde ahora.

Levantó una ceja.

—Eso suena a orden.

—Es una recomendación hecha por un hombre que ha visto cómo escribes cuando tienes hambre y rabia.

—Qué imagen tan favorecedora.

—Realista.

Cinta empezó a caminar hacia la salida.

—Si vais a ligar, hacedlo andando. El Ayuntamiento no merece erotismo gratis.

Vega soltó un sonido pequeño que podía ser risa o infarto.

Abril se puso roja. A mí también me subió calor, pero el mío tenía menos derecho a esconderse.

Salimos a la calle con la lista de Àngels doblada dentro de la carpeta. La luz pegaba fuerte sobre las fachadas, los coches mal aparcados y los toldos de los bares. Cala Saurina seguía con su rutina como si no acabáramos de negar una salida, abrir otra guerra y poner precio a cada metro de sombra.

En el móvil de Abril entró una respuesta antes de llegar al Forn Nuri.

Lo noté por el modo en que se le tensó la muñeca. No miró.

—Bien —dije.

—Lo hago porque toca, no porque hayas ganado.

—Claro.

—No digas claro.

—Me lo has puesto muy fácil.

Cinta caminaba delante con Vega.

—Estos dos van a matarnos antes que el recibo —dijo sin girarse.

—Los recibos al menos tienen número —contestó Vega.

De vuelta a Lola y Sal, el local estaba funcionando en versión reducida y con mala leche.

Ona había colocado en la barra un cartel escrito a mano: HOY CABEMOS MENOS.

LA PACIENCIA TAMBIÉN. Jana estaba junto a la puerta con la hoja de firmas y una sonrisa que prometía consecuencias.

Tina manejaba la cocina con el pelo recogido, la camiseta pegada a la espalda y una cara de concentración que habría ordenado ponerse en fila a un ejército.

Nil Borràs Vidal estaba sentado en una esquina con un altavoz pequeño apagado, un cable enrollado en la mano y la mirada puesta en Jana.

—¿Por qué hay un músico sin música? —preguntó Abril.

—Porque el Ayuntamiento ha dicho nada de ruido —contestó Jana desde la puerta— y este señor ha venido a sufrir en silencio, que es lo más parecido que tiene a madurar.

Nil sonrió sin enseñar los dientes.

—He venido a arreglar el cable de Ona.

—Ese cable no necesita camiseta ajustada —dijo Jana.

—No sabía que la camiseta trabajara.

—Todo en ti pretende trabajar poco.

—Y aun así aquí estoy.

Jana le clavó el boli en la mano a un cliente antes de contestar.

—Firma y luego seduce a la pared.

El cliente firmó con miedo. Abril los miró medio segundo. Luego se volvió hacia mí.

—Peligroso —murmuró.

—Jana entera es una advertencia municipal.

—Nil no se queda corto.

—No parece tener prisa.

—Eso a Jana le va a poner enferma.

—Ya está empezando.

No seguimos. Había que trabajar.

La tarde nos cayó encima sin terraza suficiente.

Gente que quería mesa, gente que quería firmar, gente que quería saber, gente que fingía que solo pasaba por allí.

Pepa entró dos veces: una para traer cambio y otra para traer a un vecino que decía que no firmaba papeles “sin leerlos” y acabó firmando porque Cinta le leyó la hoja en voz alta, despacio y con desprecio.

Nuri Vidal dejó una bolsa de cocas en la barra.

—Para vender por porciones —dijo—. Y para que no os muráis todos con patatas.

Abril le dio las gracias. Nuri la miró un segundo demasiado.

—Tu madre habría dicho que esto es montar mucho circo para cuatro mesas.

Abril tragó.

—Y luego habría cobrado entrada.

Nuri sonrió.

—Exacto.

No hubo abrazo. Menos mal. Abril estaba aguantando por una capa fina, y los abrazos de pueblo tenían fama de entrar sin llamar y mover muebles.

A las cinco ya teníamos más firmas que sillas y Marblava había aceptado el pago parcial. Ona subió una foto de la barra marcada y la hoja sin nombres, con una frase de Jana que Vega dejó lo bastante borde para ser nuestra:

Si Lola y Sal te ha dado sombra, hoy firma por la sombra. Abril dijo que sonaba a amenaza. Jana contestó que era tradición local.

A las cinco y media, Roc apareció por la barra con dos bolsas de hielo.

—De Bar L’Estaca —dijo.

Tina, que estaba sacando una tanda de bravas, levantó la cabeza.

—No hemos pedido hielo.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Os falta.

Tina lo miró como miraba una caja a punto de ceder por abajo: sin tocarla todavía, pero sabiendo dónde iba a romperse.

—¿Quieres cobrarlo?

—No.

—Mal negocio.

—Hoy sí.

Le dejó las bolsas junto al congelador, no invadió, no preguntó. Solo miró la muñeca de Tina, donde ella se había puesto una venda porque le dolía desde San Juan.

—Eso sigue hinchado.

—Y tú sigues mirando demasiado.

—También.

Tina se quedó sin respuesta medio segundo. En Tina, medio segundo era una alerta completa, pero no pensé eso muy fuerte porque si ella me oía me tiraba la espumadera.

Abril lo vio.

—Otro problema —dijo bajo.

—Este local debería cobrar por plantar futuros desastres.

—No tenemos licencia para eso.

—De momento.

A las seis menos diez, mientras Vega imprimía una copia del plano reducido en una impresora pequeña que había traído de su casa y que sonaba mejor que nuestro TPV, el móvil de Abril volvió a vibrar.

Esta vez lo sacó. Lo miró.

No se escondió detrás del almacén, no salió al Camí de les Figueres, no lo puso boca abajo con mano culpable. Lo leyó en la barra, delante de mí, de Vega, de Jana, de Cinta y de un señor que esperaba una caña y salió con conocimiento parcial de nuestra ruina.

—Ha contestado —dijo.

—Lee —pidió Vega.

Abril leyó:

—“Entendido. Retiro la oferta por el local en esas condiciones. Presentaré escrito sobre la franja lateral y estudiaré otras opciones si queda disponible.”

El señor de la caña murmuró:

—Qué hijo de…

Jana le puso la caña delante.

—Dos euros con ochenta y gracias por la síntesis.

Abril dejó el móvil sobre la barra. No le temblaba la mano. O sí, pero menos.

—Ya no compra —dijo Ona.

—No así —corrigió Vega.

—Pero va a por la franja —dijo Cinta.

—Sí —dijo Abril.

No cedió.

—No digas que lo sientes.

—No iba a decirlo.

—Ni que te lo dije.

—Tampoco.

—Ni que ahora está peor.

—Eso sí, pero puedo callarme.

Abril soltó una risa rota.

—Progreso.

—Lento.

—Temporada alta.

Levantó el móvil y escribió una respuesta corta.

—¿Qué pones? —preguntó Vega.

—Nada bonito.

Me lo enseñó antes de enviar.

Recibido. Solo eso. Recibido. Ni por favor, ni insulto, ni miedo.

Pulsó enviar. El mensaje salió, y algo salió con él. No todo. Abril seguía tensa, sudada, de pie en un chiringuito medio cerrado, con menos metros, menos dinero y un tío limpio intentando quitarnos la franja. Pero ya no tenía el móvil como cuerda al cuello.

Tenía un problema. Casi más manejable.

La tarde se convirtió en una cadena de cosas feas y útiles: cobrar, firmar, esquivar preguntas y seguir sirviendo sin hacer de la terraza un funeral. A las siete, Yas entró, vio la cola de firmas y dijo:

—¿Ahora también somos notaría con fritanga?

—Sin notaría —contestó Abril—. Solo fritanga y mala leche.

—Entonces sí sé trabajar.

Yas se puso junto a la barra y el local respiró medio centímetro.

A las ocho y cuarto, Nil enchufó el altavoz sin poner música para comprobar el cable.

El aparato soltó dos segundos de una canción vieja de Lola y Sal, una de esas que siempre aparecían al final de una noche, aunque nadie recordara haberla elegido.

Jana se giró de golpe.

—Apaga eso.

Nil lo apagó.

—Era prueba.

—Pues la has aprobado. Vete.

—Estoy esperando que me pidas que me quede.

Jana se rio.

—Tú espera sentado, que el suelo está caro.

—No tengo prisa.

La frase le tocó. Se notó porque Jana habló más alto con el siguiente cliente, firmó mal una línea y llamó “cariño” a una señora que no se lo merecía. Abril la miró con una mezcla de preocupación y alegría sucia.

—Eso va a acabar fatal —dijo.

—Todo aquí acaba manchado —contesté.

—No todo.

Me miró al decirlo. Yo seguía con una bandeja en la mano y una caja de vasos en el pie. Muy digno.

—Abril.

—Qué.

—Si me miras así, se me cae esto.

—Pues no presumas de fuerza con vasos.

Le sonreí. Mal. Ella también. Cinta, desde la mesa del centro:

—Por favor, follad menos con los ojos que hay menores esperando bravas.

Una niña de la mesa tres levantó la mano.

—Yo no quiero bravas.

Jana se dobló de risa contra la puerta. Abril se puso roja hasta la raíz del pelo. Yo casi tiré la bandeja.

Lola y Sal siguió vivo porque tenía esa crueldad: no te dejaba esconder nada, pero tampoco te dejaba quedarte quieto dentro de la vergüenza.

Cerramos tarde.

No por victoria. Tarde porque sin la terraza completa cada gesto costaba el doble. Cuando la última clienta se fue, Tina apoyó la frente contra la puerta de la cocina.

—Si mañana alguien dice terraza, lo pincho con un palillo.

—Palillo no impresiona —dijo Jana.

—Depende de dónde.

Ona guardó el móvil.

—La publicación ha funcionado.

Abril miró al frente.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para que mañana vengan más a firmar y quizá a mirar. Aviso.

—Que firmen antes de mirar —dijo Cinta.

Vega ordenó las hojas con cuidado.

—Mañana a las seis vence el plazo. Si pagamos y entregamos plano y firmas, podemos conservar la terraza principal. El lateral seguirá en disputa.

—Y el comprador va a por ella —dijo Abril.

—Sí.

La palabra cayó sobre la barra. No había forma bonita de ponerla.

A medianoche, quedamos solos Abril y yo porque los demás tenían la decencia o el agotamiento de irse. Cinta fue la última en salir. Se quedó en la puerta, nos miró a los dos y señaló el cartel torcido.

—Cerrad bien. Y no me hagáis nietos encima de una caja de cerveza, que eso luego se cuenta solo.

—Tía.

—Qué. Precaución familiar.

Se fue.

Abril acabó con las dos manos en la barra y la cabeza baja.

Tenía el pelo suelto, por un lado, una mancha de tinta en la mejilla y la camiseta arrugada de servicio.

La miré desde el fregadero, con las manos llenas de agua y detergente, y pensé que el deseo de antes no había sido un accidente de noche.

Seguía allí, con menos urgencia y más peligro.

De día había sobrevivido. Eso lo hacía más serio.

—¿Estás bien? —pregunté.

—No.

—Vale.

—Pero no estoy peor por haber enviado el mensaje.

Cerré el grifo.

—Eso cuenta.

—No sé cuánto.

—En Lola y Sal, cualquier cosa que no empeora ya es casi gestión excelente.

Se rio sin ganas. Me acerqué despacio. Ella no se movió.

—¿Te arrepientes? —pregunté.

—Del mensaje, no.

—No preguntaba por el mensaje.

Alzó la mirada. No llevaba cara de mujer tranquila. Mejor. Abril tranquila me daba miedo porque siempre estaba preparando salida. Esta Abril estaba cansada, sucia, roja de calor, con miedo a la mañana y sin ninguna salida rápida en la mano.

—De ti no —dijo.

Cuatro palabras. Nada más. Suficiente para dejarme sin una respuesta útil.

—Vale —dije.

—Qué triste eres contestando.

—Estoy concentrado en no hacer una barbaridad encima de la barra porque Cinta ha sido muy específica.

Abril se rio y el sonido se le rompió en la boca.

—Ven.

Fui.

Esta vez no hubo cañizo, carrera escaleras arriba ni puerta cerrada con drama. Fui hasta ella y me dejó ponerle las manos en la cintura, allí mismo, al otro lado de la barra, con las luces pobres encendidas y la carpeta de firmas sobre la mesa coja.

La besé más lento que anoche. Más peligroso.

Ella me abrió la boca con la suya y apoyó las manos en mi pecho, no para apartarme, no para sujetarse. Para estar. La barra nos pegaba a las caderas, el suelo estaba húmedo y el baño volvió a gotear en el fondo, porque aquel local tenía un talento inmenso para no respetar nada íntimo.

Abril se apartó un poco.

—Mañana me puedo asustar.

—Ya.

—Y puedo decir algo feo.

—También.

—Pero no me dejes convertirte en excusa.

—No.

—Ni en castigo.

—No.

—Ni en salvavidas.

—Abril.

—Qué.

—Me estás quitando todos los oficios.

Se rio contra mi cuello. Yo parpadeé despacio.

Me besó allí, justo donde llevaba sal seca desde la tarde. Un beso pequeño. Casi indecente por lo simple. Luego otro, más abajo. Se me tensaron las manos en su cintura.

—Arriba —dije.

—¿Por Cinta?

—Por higiene pública.

—Qué hombre tan sensual.

—Tengo mis momentos.

Subimos despacio, sin correr. Esa fue la diferencia. La escalera crujió igual. La habitación seguía oliendo a papel viejo y calor, y la sábana tenía arena porque allí todo acababa con arena, incluso lo que intentabas proteger.

Esta vez no corrimos. Nos quitamos la ropa a medias, con torpeza de cansancio y risas bajas. Abril se enganchó el pelo en el tirante. Yo me golpeé la rodilla con una caja. Ella me llamó inútil. Yo le dije heredera. Me tapó la boca con la mano.

—No me llames así aquí.

Le besé la palma.

—Vale.

La tumbé de lado, no por delicadeza bonita, sino porque los dos estábamos hechos polvo.

La toqué despacio, con más memoria que hambre al principio, hasta que su respiración cambió y me mordió el hombro para no hacer ruido.

Ella me tocó también, sin pedir perdón por querer, sin convertir cada gesto en una huida.

Cuando entré en ella, se me agarró a la espalda y dijo mi nombre, bajo, sucio, con miedo y ganas en la misma sílaba.

Lo que terminó de desarmarme vino después: no se apartó.

Acabó con la pierna sobre la mía, sudada, incómoda, y una caja de papeles de Lola tocándonos el pie.

—Esto mañana va a ser raro —dijo.

—Sí.

—Y Jana va a hacer chistes.

—Muchos.

—Y Cinta quizá nos mire con pinta de haber pagado entrada.

—Eso ya lo hace.

Abril se rio contra mi pecho. El móvil vibró abajo. Los dos nos quedamos quietos. No bajamos enseguida. Ese fue el avance.

Cuando por fin bajamos, el móvil seguía sobre la madera. Abril lo cogió, leyó y me lo pasó sin esconder pantalla. Era un correo de Àngels.

Reunión final mañana a las 18:00. Se incorporará el escrito presentado por el interesado sobre la franja lateral. Necesitamos documentación completa antes de esa hora.

Debajo, otro mensaje del comprador. Mañana nos veremos allí. Abril apoyó la espalda en la barra. Yo le devolví el móvil.

—Ya no viene a comprar —dijo.

Miré hacia el lateral vacío, hacia la pared donde antes estaba la ducha, hacia la terraza principal reducida con las sillas apiladas.

—No.

Abril cogió aire, lo soltó a medias.

—Viene a quitarnos sitio.

Fuera, el toldo viejo se movió con un golpe seco contra la barra exterior.

El toldo golpeó otra vez. Abril me agarró la muñeca antes de que fuera a sujetarlo.