No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 27 · ABRIL
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CAPÍTULO 27 · ABRIL

El Ayuntamiento de Cala Saurina olía a aire frío barato y a papeles que habían pasado por muchas manos.

No olía a derrota, pero solo porque la derrota allí usaba ambientador de limón.

Entramos los cuatro con el calor pegado a la nuca y las firmas dobladas dentro de mi carpeta.

Vega caminaba a mi izquierda, recta, con el boli preparado.

Cinta iba delante, moviendo un abanico de propaganda de Forn Nuri con la agresividad de una mujer dispuesta a discutir con un ventilador si hacía falta. Biel iba a mi derecha.

Al lado. A mi paso. Sin ir detrás tampoco.

Me lo repetí porque mi cuerpo tenía tendencia a moverse hacia él cuando me asustaba, y yo no quería entrar en el Ayuntamiento colgándome de nadie. Tampoco quería entrar sola. Las dos cosas cabían mal dentro de mí, apretadas, sudadas, con mala convivencia.

La sala de espera tenía dos sillas de plástico, una planta moribunda y una máquina de números que no daba número. El móvil vibró dentro del bolso. No lo saqué. Biel miró el bolso, luego a mí, y guardó silencio. La espera duró un minuto municipal.

Joan Prats nos hizo pasar a una sala pequeña con una mesa rectangular, cuatro sillas y una ventana que daba a una pared blanca.

Àngels Boix estaba ya dentro, con una carpeta abierta y el pelo recogido de esa manera perfecta que solo conseguía la gente que no había descargado hielo a las ocho de la mañana.

Nos saludó con una corrección de cuchillo limpio.

—Abril. Vega. Cinta. Biel.

No sé por qué me molestó que supiera su nombre con tanta normalidad. Todo el pueblo lo sabía. Lo raro habría sido lo contrario. Aun así, escucharlo allí, en una mesa donde podían quitarnos metros, me apretó algo bajo las costillas.

Nos sentamos. Biel eligió la silla a mi derecha. Cinta se dejó caer frente a Àngels con el abanico abierto. Vega colocó la carpeta con precisión de quirófano.

Àngels fue clara: la terraza principal podía mantenerse de forma provisional; el lateral, no.

—El problema ahora es la terraza principal. La solicitud presentada por el interesado…

—El comprador —dije.

—El interesado —corrigió ella, suave y firme— pide que se compruebe si la terraza siempre funcionó así o si se amplió sin papeles.

Vega empujó la hoja de firmas.

—Aquí hay apoyo vecinal y de clientes habituales. También fotografías y recibos de actividad con uso de la terraza en temporadas anteriores.

Àngels revisó las firmas. Joan Prats recordó que ayudaban a demostrar el uso, pero no sustituían los documentos.

Biel seguía callado. Lo notaba más que si hablara.

Tenía las manos apoyadas sobre los muslos, abiertas, con los dedos marcados por pequeñas heridas de trabajo.

Sus nudillos tenían restos de sal y tinta.

No parecía cómodo dentro de esa sala. Tampoco parecía a punto de saltar.

Había prometido al lado y estaba cumpliendo.

Àngels puso una foto encima de la mesa.

Era una foto antigua: Lola detrás de la barra exterior, la mesa de las cinco al lado y nosotras con dieciocho años, quemadas de sol y con vasos de plástico. Yo salía riéndome de algo fuera de plano. Biel estaba al fondo, medio cortado por el encuadre. Aun así, yo miraba hacia él.

Tragué. El pasado tenía la mala educación de venir siempre con pruebas.

—Esto demuestra uso —dijo Àngels—. Pero también demuestra que durante años se han mezclado zonas de servicio, paso y terraza sin delimitar.

—Porque esto no es un museo —dijo Cinta—. Es un chiringuito.

—Precisamente.

El móvil volvió a vibrar dentro del bolso.

Una vez. Después otra. Me sudó la nuca. No miré. Biel tampoco. Vega sí miró el bolso, luego mi cara, y no contestó. Gracias. En aquella mesa, no decir era una forma de amistad bastante avanzada.

—Abril —dijo Àngels—. Confirma una cosa antes de seguir. ¿Tu intención es seguir abiertos esta temporada o formalizar traspaso inmediato?

La pregunta no parecía romántica. Por eso dolía más.

La sala se encogió un poco. O yo me hice más pequeña dentro de mi camisa. Noté a Biel a mi derecha. Noté que no respiraba hondo, no se movía, no metía su mano en la mía, no me daba una respuesta en bandeja. Me dejó el hueco entero.

Qué generoso. Qué cabrón.

—Mi intención —dije— es no aceptar una oferta que usa la vergüenza, la franja y a Biel para bajar precio.

Joan Prats parpadeó. Àngels levantó un poco la barbilla.

—No te he preguntado por la oferta.

—Ya. Pero forma parte de la respuesta. Ahora mismo mantengo actividad. Defiendo la terraza. Y si vendo más adelante, será con condiciones limpias, no porque alguien me apriete por donde cree que me va a doler.

Cinta dejó de abanicar. Vega escribió algo en su libreta. No sé qué. Igual solo una raya para no ponerse a aplaudir.

Biel mantuvo la vista en otra parte. Miró la mesa. Sus dedos se cerraron una vez sobre el muslo y se abrieron después.

—Entonces necesitaremos un compromiso de apertura —dijo Àngels—. Horarios, responsables y firma.

—Gracias por especificar —murmuró Cinta.

Àngels la ignoró con clase municipal.

—Plano reducido, lateral limpio, seguro, recibo y declaración de actividad. Mañana antes de las seis. Si falta algo, suspenden la terraza principal.

Me apoyé contra el respaldo. Mañana a las seis.

El plazo hizo ruido dentro de mi cabeza, feo, no dramático: ruido de caja registradora, impresora vieja y cubo de fregona.

—¿Cuánto es el recibo pendiente? —pregunté.

Joan Prats me dio la cifra. Cinta dijo una palabra fea. Vega entornó los ojos.

Biel movió la mandíbula. Yo saqué la libreta, no el móvil, y apunté el número. Me tembló un poco el boli. Lo vi. Todos lo vieron. Nadie fue tan imbécil de comentarlo.

—Podemos pagar una parte hoy —dije.

—Debe estar completo mañana a las seis —dijo Joan Prats.

—De acuerdo.

La palabra salió pequeña. La sostuve como pude. Àngels colocó otra hoja delante de mí.

—Hay otro asunto. El interesado ha solicitado acceso a la información de la franja lateral y ha manifestado interés en presentar una propuesta de aprovechamiento si el espacio queda libre.

Biel soltó una risa sin humor.

—Qué sorpresa.

—Biel —dije, bajo.

—No he dicho camisa clara.

Cinta se llevó el abanico a la boca para taparse. Vega le dio un golpe con el codo. Àngels miró a Biel.

—Entiendo la tensión, pero esta mesa necesita hechos.

—El hecho —dije antes de que él contestara— es que Lola y Sal ha usado esa zona durante años. Mal documentada, sí. Pero usada. Y no se puede fingir que aparece libre justo cuando alguien no consigue comprar barato.

Àngels me observó. No con cariño. Mejor. Con atención.

—Eso tendrás que demostrarlo.

—Para eso estamos aquí.

—Y tendrás que separar la defensa del espacio de la relación personal con Biel.

Me ardió la cara. Biel se incorporó apenas. Le puse una mano en el antebrazo antes de pensar.

Tarde. Muy visible. Muy mío. Àngels miró mi mano. Cinta también. Vega no, porque Vega era santa cuando había que serlo y juez cuando convenía. No aparté la mano.

La dejé ahí un segundo más de lo prudente. Luego la retiré despacio.

—No están separadas del todo —dije.

Biel giró la cabeza hacia mí.

—Pero no se compran juntas —añadí—. Ni se usan juntas para bajar nada.

Àngels asintió una vez.

—Ahí sí hay una respuesta útil.

Cinta resopló.

—Aleluya.

—Tía.

—Callo. Estoy orgullosa y me sale vulgar.

La reunión terminó con una lista fea, un plazo peor y ninguna garantía. Salimos de la sala con los papeles calientes de mano en mano y la sensación de haber ganado permiso para seguir ahogándonos un día más.

En la entrada, mientras Vega revisaba la lista con Joan Prats y Cinta intentaba sonsacar a una trabajadora si el pago podía entrar por transferencia rápida, Biel siguió junto a mí bajo el corcho de avisos.

—Has hablado —dije.

—Poco.

—Casi bien.

—Gracias por el entusiasmo.

—No te acostumbres.

Me miró la mano. La que le había puesto sobre el antebrazo delante de Àngels.

—No la has quitado rápido.

—Me he vuelto lenta.

—Ya.

—No digas ya como si fuera una caricia.

—No sabía que tenía esa opción.

Me habría reído, pero el móvil vibró otra vez.

Lo saqué. Cinco llamadas perdidas. Dos mensajes. EL COMPRADOR: Respuesta antes de medianoche.

EL COMPRADOR: Si no aceptas, sigo por otra vía. La franja me interesa, aunque el local no. Le enseñé la pantalla a Biel. No la tapé.

Él leyó los mensajes. Su cara se cerró, pero no avanzó, no cogió el móvil, no escupió ninguna frase de hombre salvando a una mujer en pasillo municipal.

Al lado.

—Quiere la franja —dijo.

—Sí.

—Y el local si puede llevarte a ti y a mí en el precio.

—Sí.

Vega llegó con la hoja de pagos y nos encontró así, mirando el móvil como si fuera una gamba pasada.

—¿Qué ha dicho?

Le pasé la pantalla. Vega leyó, apretó los labios y dijo:

—No contestes desde la rabia.

—No voy a hacerlo.

Cinta asomó detrás.

—Pues contesto yo y lo mando a la…

—Tía.

—Lo mando educadamente a un sitio feo.

Guardé el móvil un segundo. Luego lo saqué otra vez.

No quería esperar a medianoche. Medianoche era una trampa para cobardes con pantalla iluminada y cama sin dormir. Abrí el mensaje, escribí despacio y leí cada palabra antes de enviarla.

No acepto la oferta revisada. No acepto condiciones que incluyan a Biel ni rebajas por mi vida privada. Si quiere hablar del local cuando el Ayuntamiento resuelva, tendrá que ser sin usar la franja como amenaza.

Biel leyó por encima de mi hombro.

—No has puesto por favor.

—Estoy creciendo.

—Lento.

—Es temporada alta.

Pulsé enviar antes de poder borrarlo.