No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 26 · BIEL #2
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CAPÍTULO 26 · BIEL #2

Abril miró a Ona. Luego la terraza apilada. Luego la barra.

—No quiero convertir esto en pena pública.

—No sería pena —dijo Ona—. Sería decir: seguimos aquí, pero cabemos menos. Si quieres venir, ven bien. Si no, no estorbes.

Jana se quitó las gafas.

—Eso último lo escribo yo.

—Tú no escribes nada sin supervisión —dijo Vega.

—Censura.

—Prevención.

Abril pensó. Pensando con todo el cuerpo: mordió el interior de la mejilla, dejó caer la mirada, tocó el respaldo de la silla con dos dedos. Yo no intervine. La ayuda, a veces, era cerrar la boca, aunque escociera.

—Vale —dijo al fin—. Publicación informativa. Sin convertir Lola y Sal en postal ni en funeral.

Ona asintió.

—Puedo hacerlo sucio.

—No digas eso con tanta ilusión —murmuró Cinta.

Vega señaló el segundo correo.

—Y a las doce y media, Ayuntamiento. Llevamos fotos, recibos y todo lo que demuestre el uso de la terraza. Si conseguimos firmas, mejor.

—Firmas —repitió Abril.

—Sí.

Jana enseñó la sonrisa de quien acababa de encontrar un delito útil.

—Pueblo mirando, pueblo firmando. Justicia poética de barra.

—No voy a mendigar firmas —dijo Abril.

—No vas a mendigar —dijo Cinta—. Vas a cobrar todas las veces que esta gente comió, opinó y dejó arena hasta en el alma. Que firmen.

Abril no apartó los ojos de mí.

—No me mires a mí —dije.

—Te miro porque vas a opinar igual.

—Sí. Que firmen.

—Qué sorpresa.

—Ayer dijiste que mañana buscábamos dinero sin vendernos baratos. Hoy toca buscar sitio sin pedir perdón.

Jana apoyó la barbilla en la mano.

—A veces dices cosas casi útiles. Qué pena el carácter.

—Gracias.

La mañana se puso en marcha con una fea eficacia.

Ona preparó el texto sin filtros ni frases de influencer herida.

Vega redactó un encabezado para la hoja de firmas que sonaba tan seco que daba ganas de obedecer.

Tina revisó qué raciones podían salir para llevar sin terraza.

Jana escribió a tres grupos de gente con una mezcla de amenaza, cariño y mayúsculas.

Cinta se instaló en la mesa de siempre para vigilar que nadie hiciera una tontería sin ella verlo.

Abril vino tras la barra conmigo para revisar caja.

Nos quedamos solos tres minutos. Solos de verdad, no. Al otro lado, Cinta podía oír una caída de pestañas. Pero solos en lo que importaba.

—Te he cortado antes —dijo.

—Sí.

—Lo del dinero.

—Sí.

—No iba solo de orgullo.

La miré.

—Un poco sí.

—Un poco sí —aceptó—. Pero también era otra cosa.

—Lo sé.

—No quiero que después de anoche todo lo que hagas por mí parezca una prueba.

—No hago exámenes desde hace años.

—Tú haces exámenes todo el rato. Solo que los llamas abrir, cerrar, cargar y no romperle la nariz a un comprador.

Me reí bajo.

—Ayer aprobé ese último.

—Raspado.

—Cuenta.

Abril apoyó las manos en la caja. Tenía las uñas cortas, un resto de tinta en el pulgar y una marca mía en el cuello, muy pequeña, casi escondida bajo el pelo.

La vi. Ella vio que la veía. Se llevó la mano al cuello tarde.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Tu cara iba sobrada.

—Mi cara está contenta de seguir viva.

Me dio con el codo. Suave. Íntimo. De día. Delante de una caja que no alcanzaba. Aquello me desarmó.

No la cama. No la puerta cerrada. Ese codo pequeño, torpe, con Cinta a tres metros y Marblava en la garganta.

—Biel.

—Qué.

—Si hoy me asusto, no dejes que lo convierta en crueldad.

—No puedo prometer eso.

—¿Por qué?

—Porque a veces vas muy rápida.

Se le escapó una risa breve.

—Vale.

—Pero puedo quedarme cerca para que tengas menos puntería.

Me miró con la boca cansada.

—Eso sí es romance de chiringuito.

—Tiene garantía limitada.

—Sin devolución.

—Sin transición de tres meses.

Ahí sí sonrió. Ona apareció desde la terraza.

—Texto.

Abril se enderezó.

—Lee.

Ona leyó: Lola y Sal sigue abierto, pero hoy cabemos menos.

Terraza reducida por trámite municipal. Barra, raciones para llevar, paciencia limitada y cero sitio para prisas.

Si has comido aquí, bailado aquí, llorado aquí o dejado arena debajo de nuestras mesas, hoy se agradece que vengas bien o firmes mejor.

Jana levantó las dos manos.

—Yo no habría podido hacerlo más bonito y más borde. Me ofende.

Tina asintió.

—Publica.

Abril se limpió el pulgar en el pantalón, aunque no tenía nada. Miró a Ona.

—Publica.

El gesto fue pequeño: un dedo tocando pantalla.

Pero Lola y Sal cambió de posición con ese toque. Dejó de esconder que estaba perdiendo espacio y pidió al pueblo que se mojara sin decirlo bonito.

A los siete minutos, Pepa entró por la puerta con un boli en la mano.

—¿Dónde se firma?

Cinta se levantó.

—Aquí, donde no estorbes.

—Tú siempre tan dulce.

—He desayunado poco.

Pepa firmó. Luego firmó Nuri Vidal, que apareció con una bolsa de cocas y cara de haber venido a dejar pan y opinión. Después dos clientes habituales. Después una pareja que solo quería café y salió con una ración para llevar y una firma. Jana empezó a cobrar firmas con una eficacia alarmante.

—Esto es bonito —dijo Ona, mirando la hoja.

Abril la señaló con el boli.

—No lo digas así.

—Vale. Esto es útil y un poco mugriento.

—Mejor.

A las once y cuarenta, Marblava llamó. Abril contestó en altavoz sin pedirnos permiso.

—Lola y Sal. Abril Rovira Mas.

La voz del proveedor sonó seca. Quería el pago al mediodía.

Abril dijo cuánto podía transferir entonces, cuánto al cierre y qué pedido mínimo manteníamos.

Habló sin adornos y sin prometer una caja que no tenía.

Vega le pasó una cifra por servilleta; Tina corrigió otra desde la cocina.

Yo me callé hasta que Abril buscó mi respuesta.

Solo entonces señalé la libreta.

—Diles que recogemos nosotros mañana lo seco y así bajan transporte.

Abril asintió. Lo dijo. El proveedor aceptó de mala gana.

Cuando colgó, nadie aplaudió. Bien. Aplaudir habría sido ofensivo. Jana levantó una brava fría, que era su idioma.

—Por las deudas que no matan antes de comer.

—No brindes con comida vieja —dijo Tina.

—Eres enemiga de la épica.

—Soy enemiga de la salmonela.

Abril dejó el móvil sobre la madera. Boca arriba.

Sin esconderlo. A las doce y diez salimos hacia el Ayuntamiento: Abril, Vega, Cinta y yo. Abril llevaba la carpeta de alegaciones contra el pecho, una hoja de firmas doblada dentro y la cara de quien iba a entrar con miedo, sí, pero no sola ni empujada.

En la puerta de Lola y Sal, se detuvo.

—Biel.

—Qué.

—Dentro hablas solo si hace falta.

—Vale.

—Y si hablas, no para salvarme.

—Vale.

—Ni para pelearte.

—Eso ya cuesta más.

Cinta resopló.

—Madre mía, qué agotadores sois con tanta norma para quereros mal.

Vega la miró.

—Cinta.

—Qué. Me he levantado sincera.

Abril no se rio. Me miró.

—Al lado —dijo.

A la misma altura. No cubriéndome. Conmigo. Asentí.

—Al lado.

Caminamos hacia el Ayuntamiento con el calor pegado a la nuca, la hoja de firmas doblada en la carpeta y el móvil de Abril vibrando una vez dentro del bolso.

No lo sacó. Tampoco lo giró para esconderlo. Siguió andando. Acorté el paso hasta quedar a su lado.