No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 26 · BIEL
81%

CAPÍTULO 26 · BIEL

Jana no nos pilló desnudos por tres botones y un milagro de escalera vieja.

Abril bajó primero, con mi camiseta puesta, el pelo recogido con una goma que encontró en el suelo y la expresión de quien iba a morder a cualquiera que respirara cerca. Yo bajé detrás, abrochándome el pantalón con más dignidad de la que merecía aquella escena.

La luz de la barra seguía encendida. La terraza estaba a oscuras. Detrás del cristal, Jana tenía la nariz casi pegada a la puerta, una bolsa de patatas en una mano y una expresión de santa patrona del cotilleo útil.

Abril giró la llave.

—No estabais muertos —dijo Jana.

—Qué decepción para ti —contestó Abril.

Jana miró mi camiseta en el cuerpo de Abril. Luego mi cuello. Luego las llaves sobre la barra. Luego a mí.

—Voy a elegir no ser vulgar porque mañana quiero presumir de madurez.

—Quédate con la intención —dije.

—La intención va fuerte.

Abril abrió la puerta solo lo justo para que Jana entrara. La dejó pasar con un gesto de propietaria agotada. Jana llevaba las zapatillas desatadas y la expresión de quien había vuelto a por algo y se había encontrado el desastre entero.

—Tina dice que falta el resumen de caja —dijo.

—La caja sigue corta —contestó Abril.

—Eso ya lo sabíamos antes de que os encerrarais a hacer contabilidad sin ropa.

—Jana.

—¿He dicho sin ropa? Perdón. Sin supervisión.

Abril le quitó la bolsa de patatas.

—¿A qué has venido?

—A por el cargador. Y a comprobar que no habíais hecho una estupidez triste.

—¿Y?

Jana la miró de arriba abajo. La camiseta mía le caía torcida sobre un hombro. Abril no se la recolocó. Eso me hizo algo en el pecho que no tenía nombre cómodo.

—Triste no —dijo Jana al fin.

Abril respiró por la nariz.

—Fuera.

—Me voy. Pero mañana no vengáis con pinta de aquí no ha pasado nada, porque me levanto violenta si me toman por tonta.

—Tú te levantas violenta por genética —dijo Abril.

—Y por amistad.

Jana encontró el cargador detrás del TPV, donde nadie en su sano juicio habría buscado. Lo guardó en el bolso y se fue sin abrazar, sin discurso, sin frase de apoyo empaquetada. Antes de salir, señaló la barra.

—Limpiad eso.

Abril cerró la puerta con la frente apoyada un segundo contra la madera.

—La barra estaba limpia.

—No lo estaba antes.

Se giró hacia mí. Tenía la boca hinchada, los ojos brillantes de cansancio y el gesto tenso de quien acababa de darse cuenta de que el mundo no se había detenido para dejarle un rato sin consecuencias.

—Mañana va a ser horrible —dijo.

—Probablemente.

—Tú y tu capacidad de consuelo.

—¿Quieres mentira?

—No.

—Pues horrible.

Se rio. Poco. La risa se le quedó en la boca sin saber qué hacer.

Recogimos de verdad entonces. Limpiamos la barra dos veces. Abril insistió en pasar el trapo por donde había estado sentada, con una concentración casi religiosa. Yo no hice comentario. Aprender también podía consistir en no meter el dedo en todas las heridas disponibles.

A la una y veinte salimos por la puerta trasera.

No la llevé al Hostal Mar de Fora. Tampoco me lo pidió.

Caminamos separados por un palmo, lo bastante lejos para no dar espectáculo y lo bastante cerca para que cualquier vecino con ojos supiera que no éramos dos personas volviendo de una reunión de caja.

Cala Saurina olía a basura tibia, sal vieja y pan del Forn Nuri preparándose para la mañana. En una ventana, una persiana se movió. Abril la vio.

—Mañana ya lo sabrá medio pueblo.

—Mañana medio pueblo inventará mal y la otra mitad corregirá peor.

—Qué descanso.

—Es nuestro sistema de comunicación local.

Se detuvo delante del Hostal Mar de Fora. No entró.

—No subes.

—No.

—Aquello no iba de invitación.

—Lo tengo.

—Y si lo hubiera sido, tampoco.

—También lo sé.

Mantuvo los ojos en mí.

Le aguanté la mirada porque esta vez no había que pedir permiso ni prometer nada que el día siguiente pudiera cobrarnos con intereses.

—Mañana bajo a las nueve —dijo.

—Tienes ampolla.

—Y tú tienes tendencia a mandar.

—A las nueve y media.

—A las nueve.

—A las nueve y cuarto si quieres fingir que has ganado.

—Acepto la ficción.

Me devolvió la camiseta allí mismo, en la puerta del hostal, de una manera que habría sido prudente si no lo hubiera hecho mirándome a la boca. Debajo llevaba la suya, arrugada y medio metida en el pantalón. La mía quedó entre los dos, tibia por su cuerpo.

—No es deuda —dijo.

—No.

—Ni despedida.

—No.

—Ni garantía de nada.

—Abril.

—Qué.

—Duerme.

Me la habría liado por mandarla a dormir si le quedara energía. No le quedaba. Sonrió con un lado de la boca y entró en el hostal.

Remei Casas alzó la mirada desde recepción. Me vio con la camiseta en la mano.

No preguntó. Me gustó esa mujer un poco más.

A la mañana siguiente, a las ocho y media, Lola y Sal ya tenía dos problemas nuevos y uno viejo haciéndose grande.

El viejo: Marblava quería cobrar al mediodía la parte pendiente o cortaba el suministro de seco hasta nuevo aviso.

Los nuevos: Àngels Boix había enviado un correo citando a Abril a las doce y media por la ocupación provisional de terraza, y Cinta Mas Pujol estaba sentada en la mesa del centro con una bolsa de churros y pinta de haber venido a juzgar sin azúcar suficiente.

—Tienes pinta de haber dormido fatal —me dijo al verme entrar.

—Buenos días.

—Eso no iba de pregunta.

Tina estaba en la barra, haciendo café con una expresión de duelo. Jana llevaba gafas de sol dentro del local. Ona tenía los brazos cruzados. Vega había colocado el portátil, una carpeta y una calculadora en la mesa del lateral.

—Falta Abril —dije.

—No falta —dijo Cinta—. Llega tarde, que es su manera fina de entrar haciendo daño.

—Llega a las nueve y cuarto.

Jana bajó las gafas.

—Qué precisión tan postcoital.

Tina dejó una taza sobre la madera con un golpe seco.

—Jana.

—He dicho precisión. Lo otro lo has añadido tú con tu mente sanitaria.

—Tengo ojos, no soy ciega.

Ona cerró los ojos.

—¿Podemos no hablar de esto hasta que haya café?

—Podemos, pero sería tirar talento —dijo Jana.

Me serví un café y no contesté. Había mañanas en las que la dignidad consistía en no morder ningún anzuelo con nombre propio.

Abril llegó a las nueve y dieciséis. Una derrota pequeña para ambos.

Entró con zapatillas, pantalón corto negro, camiseta blanca sencilla y el pelo atado. Sin maquillaje. Sin camisa de guerra. Sin móvil en la mano. Miró primero la barra, luego la mesa del centro, luego a mí.

No apartó los ojos. Jana hizo un sonido diminuto.

—Ni una palabra —dijo Abril.

—Tengo muchas.

—Guárdalas en una caja de Lola.

Cinta mordió un churro.

—Bien. Al menos follar no le ha quitado mala leche.

Ona se atragantó con el café. Tina se tapó la cara con un trapo. Vega no levantó la cabeza del portátil.

—Cinta, por favor.

—Qué. Si el local no tiene terraza, necesitáis alguna actividad interior.

Abril dejó el bolso junto a la barra.

—Buenos días a ti también, tía.

—Son regulares.

—Ya veo.

Se acercó a la mesa que nunca callaba. No se sentó. Puso las manos sobre el respaldo de una silla, la de siempre, la que habíamos tenido que encajar al fondo desde que la terraza quedó en el aire.

—Antes de que empecemos —dijo—. Biel no es garantía de venta, ni transición, ni trabajador clave negociable, ni motivo para bajar precio, ni excusa para que yo haga una cosa u otra.

Nadie habló. El café dejó de saber a quemado durante un segundo. Abril siguió:

—Y lo de anoche no cambia eso.

Jana hizo una señal desde la mesa.

—Aclaración técnica: ¿lo de anoche cambia otras cosas?

Abril la miró.

—Sí.

Jana bajó la mano.

—Me callo por respeto al momento.

A mí se me calentó el pecho de una forma estúpida y peligrosa.

Aquello no sonaba a declaración ni a final.

Era Abril colocándome fuera de la venta y dentro del día, delante de todas.

Con la cara colorada, con la caja corta y la terraza cerrada.

Eso valía más que cualquier promesa dicha en una cama con arena.

—Bien —dijo Vega—. Entonces pasamos a lo que nos puede arruinar antes de comer.

—Qué manera tan tuya de celebrar —murmuró Ona.

Vega giró el portátil.

—Marblava quiere el pago a las doce. Si no, bloquea suministro.

—¿Cuánto exacto? —preguntó Abril.

Vega se lo dijo. Abril no se sentó, pero apoyó más peso en la silla.

—¿Caja de ayer?

—Corta —dije.

—¿Cuánto corta?

Se lo dije. No hizo mueca.

—Vale. Tengo una parte.

—Abril —dije.

—No.

—Estoy callado.

—Ibas a decir que no ponga dinero mío sin pensar.

—Sí.

—Lo he pensado. Me duele. Siguiente.

Cinta sonrió con media boca.

—Esa es de Lola.

Abril la ignoró con una eficacia hereditaria.

—¿Qué opción tenemos además de pagar?

—Pagar parte y negociar resto con pedido reducido —dijo Vega—. Pero necesitan señal seria.

—La caja puede poner esto —dije.

Di la cifra. Abril sacó su libreta, no el móvil. Me gustó. Pequeñas cosas que no arreglan nada, pero hacen menos ruido.

—Yo pongo esto —dijo ella.

—No todo —dije.

—No todo. Esto.

—Y yo puedo adelantar—

—No.

Me cortó tan rápido que Jana volvió a hacer un sonido. Abril se volvió hacia mí.

—Quiero ayuda. Lo que no quiero es buscar dinero vendiéndome barata ni meterte a ti debajo de la caja.

Me quedé quieto. Cinta dejó el churro.

—Por fin empieza a hablar sin hacer la tonta.

—Tía.

—Qué. Estoy emocionada y me sale feo.

Tina dejó los codos sobre la madera.

—Yo puedo poner algo para el pago y lo devolvéis cuando entre caja.

—No —dijo Abril.

—He dicho algo, no un riñón.

—No quiero que esto sea otra lista de gente cargando.

—Pues entonces busca otra forma de que la gente cargue sin llamarlo cargar —dijo Tina—. Porque eso es un negocio, Abril. Y una familia, aunque esta sea defectuosa y con olor a aceite.

Abril abrió la boca. La cerró. Vega sonrió apenas.

—Tina acaba de decir algo útil y desagradable. Aprovechémoslo.

Ona levantó la mano.

—Puedo hacer una publicación.

—No —dijo Abril por reflejo.

Ona no se ofendió. Aquello era nuevo.

—No de ti. No de Biel. No de drama. De apertura interior. Barra viva. Horario reducido. Sin terraza hasta nuevo aviso. Reserva de raciones para llevar. Nada bonito falso. Solo información.