No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 25 · ABRIL
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CAPÍTULO 25 · ABRIL

La puerta cerrada por dentro sonó peor que cualquier beso.

Portazo, no. Biel no hacía esa clase de ruido cuando quería que algo pesara. Giró la llave, la dejó sobre la barra y el metal quedó allí, quieto, con una vulgaridad indecente: dos llaves, una anilla vieja, una mancha de óxido y mi frase aún abierta entre los dos.

Por mí. Yo había dicho eso.

Con la boca que también había dicho vendo, cierro, me voy, no me mandes, no te metas, no te necesito.

Qué variedad de estupideces para una sola mujer.

Biel no se acercó. Fue lo primero que hizo mal, o bien, ya no sabía. Se quedó al otro lado de la barra, con las manos apoyadas en la madera marcada, los hombros tensos y la cara de quien estaba sujetando una puerta por dentro para no atravesarla.

—Has cerrado —dije.

—Sí.

—Por dentro.

—También.

—Eso en Lola y Sal suele acabar en problema.

—Hoy el local va tarde.

La freidora ya estaba apagada. El extractor seguía sacando un zumbido cansado.

El terminal tenía la pantalla negra, pero no me fiaba de él.

El baño, desde el fondo, goteaba con esa paciencia suya de amenaza vieja.

En la mesa que nunca callaba quedaban tres vasos con marcas de labios, una brava mordida, una servilleta escrita por Vega y una moneda de veinte céntimos pegada a una gota de salsa.

Nada estaba limpio. Yo tampoco. Me quedé con la boca cerrada, que ya era una proeza.

—No sé hacer esto bien —dije.

Biel miró las llaves.

—Eso ya lo habíamos visto.

—No seas cabrón justo ahora.

—Estoy haciendo esfuerzo.

Casi me reí. Me salió un sonido raro, seco, con cansancio. Me froté la frente con los dedos y olí a limón de fregona, a cerveza y a tinta de tickets. Todo mi cuerpo tenía Lola y Sal encima. No había ducha que quitara eso.

—Te he pedido que no te vayas —dije.

—Sí.

—Por mí.

—También.

—Podrías ayudar un poco más con la conversación.

Levantó la mirada.

—Si ayudo, acabas diciendo que lo he empujado yo.

La frase entró donde tocaba. Fea. Precisa. Con toda la razón del mundo, que es una forma poco elegante de violencia.

—No voy a decir eso.

—Ahora no.

—Mañana tampoco.

—Mañana te puedes levantar asustada.

—Seguro.

—Y decir una barbaridad.

—Probablemente.

—Y fingir que esto tuvo que ver con la caja, con Marblava, con la terraza o con el comprador.

Tragué.

—No.

—Abril.

—No.

Me rodeé la cintura con los brazos. La camiseta se me pegaba a la piel por el sudor de cierre.

Tenía un tirón en la espalda de cargar cajas, la ampolla del talón latiendo dentro de la zapatilla y una marca roja en la cadera donde me había golpeado con una silla al apilarla.

El deseo no venía limpio. Venía con dolor pequeño, olor a fritura y miedo a la mañana.

—No voy a usar esto para vender —dije.

Biel permaneció ahí.

—Ni para quedarme.

Eso sí lo tocó. Lo vi en la mandíbula.

—¿Entonces?

Me acerqué a la barra despacio; las piernas se me habían puesto torpes.

—Para dejar de fingir que no quiero tocarte cuando todo el pueblo ya ha visto que soy una idiota mojada detrás de un cañizo.

Biel expulsó el aire.

—La del cañizo no ha cuajado, según Jana.

—Jana miente para proteger mal.

—Lo hace con constancia.

Puse las manos sobre la barra. La madera estaba pegajosa. Algo se me quedó en la palma. Probablemente cerveza. Quizá alioli. La intimidad mediterránea tenía muy poco glamour y mucha necesidad de lejía.

—Biel.

—Qué.

—No voy a prometerte mañana.

—De acuerdo.

Me dolió, aunque era justo.

—Pero puedo decirte ahora.

Su mirada bajó a mi boca. Esta vez no tarde, no por accidente, no con disimulo inútil. La bajó porque quiso.

—Ahora no es poco —dijo.

El cuerpo se me adelantó con la misma torpeza que llevaba días traicionándome. Rodeé la barra por el lateral. Él no vino hacia mí. Esperó. Eso me enfadó y me sostuvo al mismo tiempo.

—Si vuelves a obedecer tan rápido, te odio —murmuré.

—Si no obedezco, también.

—Correcto.

—Qué plan tan estable.

Me puse delante de él. Cerca. Sin rozarlo.

El local entero escuchaba con sus ruidos idiotas: una gota en el baño, la nevera pequeña, el toldo lateral moviéndose fuera, aunque ya no tenía nada que tapar.

Biel olía a sudor, a humo de cocina, a cerveza y a cansancio de hombre real.

Tenía una línea de sal seca en el cuello.

Le toqué ahí. Solo con dos dedos. La piel le saltó bajo mi mano.

—Abril.

—No me digas que no.

—No iba a decir eso.

—Entonces qué.

Me agarró la muñeca. No con fuerza. Con firmeza. Me obligó a mirarlo, y eso dolió más que cualquier mano en la cintura.

—Dime que sí sin rabia.

Respiré mal.

—Sí.

—Sin el comprador metido en el bolsillo.

Saqué el móvil del pantalón, lo dejé boca abajo sobre la barra y lo empujé lejos con dos dedos.

—Sí.

—Sin usarme para castigarte.

Me escocieron los ojos.

—Sí, joder.

Biel me soltó la muñeca y me cogió la cara con las dos manos.

El beso no tuvo entrada bonita. Entró torcido, con dientes, con una prisa vieja y una pausa nueva en mitad, porque los dos paramos un segundo al mismo tiempo.

Frentes juntas. Boca contra boca sin moverse.

Comprobando si todavía sabíamos estar ahí sin romper algo a propósito.

Comprobando también si alguno iba a usar el deseo como salida de emergencia.

Yo fui la primera en volver.

Le mordí el labio bajo, poco, y él hizo un ruido que me subió por la barriga con una vergüenza feroz. Sus manos bajaron a mi cuello, a mis hombros, a mi espalda. Me apretó contra él y el borde de la barra se me clavó en la cadera. Dolió. Me gustó. Me dio rabia que me gustara.

—La barra está asquerosa —dije contra su boca.

—La lavó Tina.

—Eso no mejora la imagen.

—Mejora la supervivencia.

Me reí dentro del beso. Él también. Un segundo. Después ya no.

Me levantó con una facilidad práctica, sin gesto de película, empujando primero un trapo, luego una libreta, luego una caja de servilletas que cayó al suelo con un golpe blando. Me sentó sobre la barra y yo protesté por orgullo, no por ganas.

—Biel.

—Qué.

—Aquí cobramos comida.

—Hoy no.

—Mañana sí.

—Mañana la limpiaremos otra vez.

Me besó el cuello sin teatro, con la boca abierta y las manos agarrándome las caderas, separándome las rodillas para colocarse entre ellas.

La madera estaba fría por debajo de los muslos.

Mi pantalón se me subió. Su camiseta olía a servicio largo.

Apreté los dedos en su nuca y tiré un poco del pelo corto.

—Quédate aquí —dije.

Lo hizo. Tenía los ojos oscuros, cansados, llenos de una paciencia que se estaba rompiendo por el centro.

—No cierres la cara —le pedí.

—No sé cuál tengo.

—La de pensar que luego me iré.

—Esa la llevo puesta desde que entraste con las llaves equivocadas.

Me dolió. Me abrió. Me lo merecía y aun así me dolió.

Le cogí la mano y la llevé bajo mi camiseta, sobre mi piel sudada, torpe, real. No la dejé en el pecho. Primero en las costillas. Luego más arriba. Le enseñé sin palabras porque hablar había sido nuestro deporte más peligroso.

—Estoy aquí —dije.

—Ahora.

Biel parpadeó despacio un segundo y apoyó la frente en mi hombro.

—Qué poco y qué cabrón.

—Sí.

Sus dedos subieron. Me rozó el sujetador, la piel húmeda debajo, el borde donde la tela me había dejado marca.

Suave del todo, no. Brusco tampoco. Tocaba como alguien que recordaba, comprobaba y se obligaba a no convertir mi cuerpo en una respuesta fácil.

Yo arqueé la espalda sin querer y el TPV sonó.

Los dos nos quedamos quietos. Miramos la máquina.

—No —dije.

Biel soltó una risa contra mi clavícula.

—Ha sentido movimiento.

—No bromees con el aparato del demonio cuando tienes la mano ahí.

—¿Aquí?

Apretó con los dedos, lo justo. Se me escapó un sonido bajo, nada digno.

—Sí. Ahí.

—Entonces no bromearé.

Mentira. Sonrió antes de besarme otra vez.

Le quité la camiseta con torpeza porque el cuello se enganchó en su oreja.

Nos reímos. Me dio vergüenza reírme medio desnuda de deseo, sentada sobre una barra pegajosa, y esa vergüenza me calentó más.

Él me bajó de la barra solo para girarme y apoyarme contra la madera desde el otro lado, donde nadie nos vería si alguien miraba desde fuera.

Esa prudencia me rozó la cabeza. Me gustó que pensara. Me enfadó que tuviera que pensar.

—Si alguien llama —dijo.

—No abrimos.

—Si es Tina con un cuchillo.

—Negociamos.

Me besó por detrás de la oreja y me aferré al borde de la barra.

La cremallera del pantalón cedió bajo sus dedos. Me preguntó sin hacer pregunta bonita: una pausa, su mano quieta, mi nombre contra mi nuca.

—Sí —dije.

Me tocó por encima de la ropa interior y yo apreté los párpados un segundo con rabia.

Rabia por haber tardado tanto. Por haber intentado convertir todo ese hambre en horarios, correos, excusas y frases de mujer eficiente.

Biel me conocía suficiente para no ir limpio.

Usó los dedos con paciencia y mala leche, buscando dónde me doblaba, dónde dejaba de discutir, y parando justo lo bastante para obligarme a elegir.

Le dije su nombre muy bajo y noté su respiración romperse en mi cuello.

—No te calles —murmuró.

—Nos oye hasta Pepa desde Ultramarinos.

—Pepa ya sabe más que nosotros.

Reí y se me cortó la risa cuando apartó la tela y me tocó directo.

La barra se me clavó en la cadera. Los vasos del estante tintinearon cuando moví el pie.

El local olía a cierre malo, a detergente barato y a piel.

Biel me besó el hombro, la mandíbula, la boca, y yo le abrí el pantalón con manos torpes, con una necesidad que no tenía nada de elegante.

Lo toqué y él apoyó una mano en la pared, junto a mi cabeza.

—Abril.

—No pares.

—No voy a entrar en ti encima de una barra sin saber si mañana me vas a mirar.

Cayó con todo el peso. No me enfrió. Me ordenó.

Me giré hacia él, respirando mal, el pantalón abierto, la camiseta subida, el pelo pegado a la cara.

—Mañana te voy a mirar.

—Abril.

—Y me va a dar miedo.

Sus dedos se relajaron en mi cintura.

—Bien.

—Y quizá diga algo feo.

—Seguro.

—Pero no voy a decir que no pasó.

Biel aguantó la mirada un segundo largo.

—Eso me sirve.

—Qué estándar tan triste.

—Es temporada alta.

Me reí contra su boca.

Subimos a la habitación de arriba chocándonos con media vida por el camino.

Yo pisé una servilleta mojada. Él se golpeó el hombro con el marco.

El escalón crujió bajo nosotros con muy poca discreción.

En la habitación hacía calor cerrado, olía a papel viejo, a sábana guardada, a cajas y a todo lo que Lola había dejado sin ordenar.

No usamos la cama al principio. No llegamos.

Me apoyó contra la puerta por dentro y me besó ahí, donde tantas veces habíamos fingido buscar vasos. La memoria entró con cuerpo. No limpia. Con mi espalda contra la madera, su rodilla entre mis piernas, mis dedos bajándole el pantalón y el ruido de Lola y Sal apagado debajo.

Cuando por fin llegamos a la cama, la sábana tenía arena. Me dio igual. Él se detuvo otra vez, encima de mí, con la mano en mi muslo.

—No te vayas de mí.

—Te estoy mirando.

—Si mañana huyes de esta habitación, no voy a perseguirte.

—No quiero que me persigas.

—Está bien.

—Quiero que estés cuando baje.

Ahí sí se le rompió algo en la cara. Pequeño. Suficiente.

—Eso puedo hacerlo.

Le rodeé la cintura con las piernas.

—Hazlo ahora también.

El resto no fue limpio. Fue lento donde yo tenía prisa, brusco donde la rabia pedía sitio, torpe cuando nos estorbó la ropa, casi gracioso cuando algo crujió de una manera vergonzosa.

Me dolieron las rodillas, el pelo se me pegó a la boca, Biel se rio una vez contra mi pecho porque no encontraba dónde había caído su camiseta, y después ya no hubo risa.

Hubo su mano entre los dos, mi sí contra su cuello, él entrando despacio porque los dos necesitábamos saber que aquello no iba contra el miedo: entraba con piel, decisión y una mañana pendiente de cumplir.

Me agarré a su espalda. Lo dije. Me salió mal. No completo.

—Quédate.

Biel bajó la frente a la mía.

—Estoy.

Y por primera vez en años, esa palabra no me sonó a jaula.

Después no hubo silencio elegante. Hubo mi respiración fea, su pecho sudado contra el mío y una caja cediendo en algún rincón de la habitación con un crujido tardío.

—Si aquello ha sido la silla plegable, no bajo a identificar restos —murmuré.

—No digas restos en este local.

—Tienes razón. Bastante tenemos con el baño.

Biel se rio sin levantar la cabeza. Me acarició la cadera con el pulgar. En el sitio donde la barra me había dejado marca.

—¿Te he hecho daño?

—La barra más que tú.

—Competencia dura.

Me tapé los ojos con el antebrazo.

La vergüenza llegó después. No mala. Viva. Me pilló desnuda, sudada, con una sábana vieja pegada al muslo y el móvil abajo, lejos, sin dueño durante un rato. Pensé en el comprador, en Marblava, en la terraza, en la caja corta. Pensé en la frase que había dicho en la barra.

Mañana buscamos dinero sin vendernos barata.

Ahora había que cumplirla con el cuerpo cambiado de sitio y sin poder fingir que Biel seguía fuera de esa decisión.

Biel me apartó el brazo de la cara.

—No te vayas ahí.

—No me he movido.

—Sí.

Me giré hacia él.

—Mañana me va a dar vergüenza bajar.

—A mí también.

—Jana va a saberlo.

—Jana sabía lo antes que nosotros.

—Vega va a fingir que no.

—Y lo hará fatal.

—Tina nos va a amenazar.

—Por deporte.

—Ona intentará no mirar.

—Tampoco lo logrará.

Me reí. Poco. Con la boca contra su hombro. Entonces alguien llamó a la puerta de abajo. Tres golpes. Secos. Biel levantó la cabeza.

—No.

Otros dos golpes.

—¡Abril! —gritó Jana desde la calle—. Si estáis vivos, tosed. Si estáis muertos, decidme dónde guardáis el datáfono, que Tina quiere cerrar caja.

Entorné los ojos.

—La odio.

—No.

—Mucho.

—Tampoco.

Desde abajo, Jana volvió a golpear.

—¡Y si estáis haciendo algo que luego vais a negar, que sepáis que negar desgasta muchísimo y mañana hay que pagar Marblava!

Biel apoyó la frente en mi pecho.

—Nos ha oído media calle —murmuró.

Le di un golpe suave en el hombro.

—Ni una palabra.

—No he abierto la boca.

—Lo has dicho con toda la boca.

Abajo, Jana gritó mi nombre otra vez. Yo busqué mi camiseta en el suelo, encontré la de Biel y me la puse sin preguntar.

Esta vez no iba de deuda textil.