No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 24 · BIEL #2
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CAPÍTULO 24 · BIEL #2

Me apoyé en la pared contraria. Entre los dos estaba el hueco de la ducha desmontada. Una pared sin agua. Una falta.

—Entonces dime un verbo mío que te sirva.

Abril dejó de mirar la barra y me miró a mí.

El cansancio le había bajado la guardia. Tenía el pelo suelto, por un lado, la boca seca, una mancha de salsa en la camiseta y las manos marcadas por vasos, caja, móvil, decisión.

—Quédate.

La palabra salió baja. No bonita. Sucia de miedo. Me atravesó igual.

—Hoy —añadió enseguida—. No hagas cara. Hoy. No estoy pidiéndote una vida, ni una promesa, ni que me salves de la caja de Marblava. Te estoy pidiendo que no te vayas cinco minutos mientras me aguanto.

No me moví. Tenía que no moverme porque si lo hacía mal, si me acercaba a toda prisa, aquella palabra podía convertirse en otra deuda. Y ya teníamos demasiadas.

—Puedo quedarme cinco minutos —dije.

—Qué generoso.

—No aspiro a tanto.

Abril soltó una risa pequeña. No llegó a estar bien. Pero salió.

Luego se tapó la cara con las dos manos.

No lloró. Abril tenía una relación complicada con el llanto. Lo dejaba en la puerta, le cobraba entrada y luego igual no lo dejaba pasar. Pero le temblaron los hombros una vez, solo una, y yo me quedé donde estaba porque ella había pedido quedarse, no ser recogida.

La pared sin ducha goteaba por una tubería mal cerrada. Una gota cayó entre los dos.

—He perdido la salida —dijo detrás de las manos.

—Has perdido esa salida.

—No empieces a hacer inventario de esperanzas.

—No sé hacerlo. Era una corrección pequeña.

Bajó las manos. Tenía los ojos brillantes y mucha rabia por tenerlos así.

—No quiero que esto signifique que me quedo por ti.

—Entonces no lo permitas.

—Qué fácil lo haces sonar.

—No. Fácil sería dejar que me uses de cartel: “me quedé por amor y por un señor que sabe arreglar tuberías”.

—Tuberías, poco. Has desmontado la ducha y ahora llora la pared.

—Está procesando.

La sonrisa amagó y murió. Luego se acercó un paso.

Uno. Accidente no. Caída tampoco. Teníamos demasiado cansancio encima para fingir torpeza.

—Biel.

—Qué.

—No sé qué quiero mañana.

—Ya.

—Pero ahora mismo quiero que no te apartes.

Ahí sí me costó respirar bien.

Me llegó por la precisión miserable del momento. Abril no prometía ni arreglaba nada. Con las manos sucias y un proveedor esperando cobrar al día siguiente, solo me pedía una distancia concreta.

Podía darle eso. Di un paso.

Quedamos cerca. La cocina gritaba al fondo. Jana dijo mi nombre desde dentro y luego se calló sola, milagro que habría que comentar con el cura si Cala Saurina tuviera uno en condiciones. El aire olía a aceite, cartón húmedo y pared sin ducha.

Abril levantó la mano y me tocó la camiseta, justo en el pecho. Sin agarrar. Solo apoyó los dedos.

—No voy a usar esto para firmar nada —dijo.

—Más te vale.

—Ni para no firmar.

—También.

—Ni para demostrar que he cambiado.

—Abril.

—Qué.

—Calla un poco.

Me miró con una indignación tan viva que casi me hizo reír.

—No me mandes.

—Te lo he pedido con ternura de almacén.

—Eso no existe.

—Aquí sí.

La besé.

Sin fuerza. Feo. La besé con cuidado al principio porque los dos estábamos llenos de bordes y porque detrás de nosotros había un chiringuito medio cerrado, una caja corta, un comprador retirado y demasiada gente que podía aparecer en cualquier momento.

Abril respondió sin esperar a decidir si era buena idea.

Su mano subió a mi nuca, me arañó apenas con las uñas, y entonces el cuidado se estropeó.

Mejor. El cuidado también podía ser otra forma de esconderse.

Me agarró la camiseta con rabia. Yo la sujeté por la cintura. No para salvarla. Para no irme yo.

El beso sabía a café frío, sal de piel y bravas.

Ella hizo un ruido contra mi boca, pequeño, enfadado consigo misma, y ese ruido me dio en las rodillas con una falta absoluta de educación.

La empujé contra la pared sin ducha antes de pensar si la pared seguía húmeda.

Lo estaba. Abril dejó escapar una risa ahogada al notar el frío en la espalda, y esa risa me dijo más que cualquier frase seria de las nuestras.

—Joder.

—¿Mal?

—Pared.

—Perdón.

—No he dicho que pares.

El mundo, por una vez, tuvo la indecencia de callarse medio segundo. Luego Tina gritó desde dentro:

—¡Biel, si no estás muerto, necesito manos!

Abril apoyó la frente en mi hombro.

—Voy a matar a alguien.

—Pide número.

Me mordió la camiseta. No el cuello. La camiseta. Como si hasta su deseo tuviera que pasar por algodón para no salir demasiado desnudo.

Me aparté lo justo para mirarla.

—Abril.

—No.

—No voy a seguir si luego vas a fingir que fue presión, cansancio u otra avería.

—No iba a fingir.

—Sí ibas.

Me odió con toda la cara. Bien. Que me odiara si hacía falta.

—No ahora —dijo.

—No ahora qué.

—Ahora no puedo hablar. Ahora no puedo hacerlo bien. Y no puedo prometerte que mañana no vaya a levantarme asustada y decir una barbaridad.

—Eso último lo doy por hecho.

—Cállate.

—Está bien.

Se pasó una mano por la boca. Me miró los labios. Volvió a mirarme a los ojos tarde, y esa tardanza me dejó bastante peor que el beso.

—Pero no ha sido presión —dijo.

—Me vale.

—Ni cansancio.

—Vale.

—Ni avería.

—La pared discrepa.

Se rio. Esta vez sí. Con la boca rota y los ojos todavía húmedos. Tina volvió a gritar:

—¡Biel!

—Voy.

Abril me agarró de la camiseta antes de que me apartara.

—Cinco minutos no han terminado.

No lo dijo con voz de romance. Lo dijo con voz de mujer cabezona, agotada, sin terraza y con la salida retirada por escrito.

Me quedé. Un minuto más.

Dos. El tiempo justo para que desde dentro llegara otro ruido, esta vez de plato cayendo, y Jana gritara:

—¡Está todo bien, solo ha muerto cerámica barata!

Abril entornó los ojos.

—Tenemos que volver.

—Sí.

—Mañana al mediodía hay que pagar Marblava.

—Sí.

—Y puede que la terraza siga cerrada.

—Sí.

—Y el comprador se ha ido.

—Sí.

—Deja de decir sí.

—No tengo mejores noticias.

Me soltó la camiseta.

Volvimos dentro separados por una distancia que no engañaba a nadie. Jana nos miró y abrió la boca. Tina, desde la cocina, le lanzó una mirada que la cerró. Ona fingió que revisaba vasos. Vega miró primero a Abril, luego a mí, luego al móvil de Abril boca abajo.

Se tragó el comentario. A veces Vega también sabía ser humana, o lo bastante cruel como para esperar al momento exacto.

Cerramos tarde. La caja seguía corta. Menos corta. Pero corta.

Marblava esperaba al mediodía. El Ayuntamiento, un informe. La terraza, permiso. Del comprador ya no esperaba nada.

A las doce y veinte, cuando el último cliente se fue bebiéndose media agua que no había pagado porque Jana decidió que perseguirlo era menos rentable que insultarlo en privado, Abril cerró el cajón de la caja y no miró el móvil.

—Mañana —dijo.

—Mañana qué.

Miró la terraza apilada, la barra marcada, aquella mesa encajada al fondo, la pared sin ducha y el cartel desgastado de Lola y Sal.

—Mañana buscamos dinero sin vendernos barata.

Cinta resopló desde una silla.

—Por fin una frase con ovarios y sin Excel.

Vega la miró.

—El Excel también tiene ovarios.

—El Excel tiene mala leche y celdas.

Jana levantó una brava fría.

—Brindo por las celdas.

Nadie brindó bien. Todos estábamos demasiado cansados.

Después, cuando cada uno empezó a irse, Abril siguió en la barra recogiendo servilletas. Yo recogí vasos del fondo para no irme antes de que ella me pidiera otra vez algo que quizá no se atrevía a pedir.

Al final, lo pidió.

—Biel.

—Qué.

—No te vayas todavía.

La miré. Ella siguió doblando servilletas mal. Muy mal. Hacía montones torcidos, inútiles, con una concentración absurda.

—No por la caja —dijo.

—Ya.

—Ni por Marblava.

—Ya.

—Ni por la terraza.

—Abril.

Miró al frente.

—Por mí.

La palabra quedó sobre la madera, entre vasos pegajosos y monedas que no alcanzaban. No la recogí deprisa. No la convertí en promesa.

Cerré por dentro, dejé las llaves sobre la barra y me senté a esperar.