No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 24 · BIEL
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CAPÍTULO 24 · BIEL

Abrir sin terraza era como intentar vender sombra con las manos vacías.

A las doce y media ya había seis personas de pie junto a la barra, dos apoyadas en el cartel lateral que técnicamente no podían tocar, una señora protestando porque siempre se había sentado “ahí, donde la brisa”, y Jana explicando a un turista que no, que de experiencia de autenticidad mediterránea no tenía nada: era una putada con licencia provisional.

—Jana —dijo Vega.

—Qué. No le he cobrado suplemento.

El turista sonrió sin entender. Pagó igual.

Cala Saurina en temporada funcionaba así: si sonreías lo suficiente y señalabas una pizarra, alguien terminaba pagando por no saber qué pasaba.

Abril trabajaba en la barra con el móvil girado junto al cajón de la caja.

Cada vez que vibraba, no lo miraba. Cada vez que no lo miraba, yo lo notaba igual.

Tenía la camiseta pegada a la espalda, una mancha de café cerca del bajo y la cara de una mujer que estaba sosteniendo una decisión con uñas, sudor y bastante mala leche.

Me gustaba demasiado verla así. No ayudaba a nadie.

—Dos claras —dijo.

—No queda limón cortado.

—Jana.

—Voy —dijo Jana—. Pero aviso que cortar limones de pie en un local sin terraza tiene algo de castigo bíblico.

—Tú no sabrías reconocer un castigo bíblico si viniera con sandalias —contestó Tina desde la cocina.

Tina estaba en modo ahorro de energía. Contestaba, cortaba pan, sacaba bravas, limpiaba una esquina y se sujetaba la muñeca cuando creía que nadie miraba. Roc Sallarès Montoliu apareció a la una con un pack de agua fría y la dejó en la entrada sin hacer teatro.

—Para la gente que espera fuera —dijo.

Tina salió con una bandeja en la mano.

—No he pedido nada.

—Ya.

—No me hagas repetir conversaciones ajenas.

—No pienso.

Roc miró la cola, luego a ella.

—Te falta hielo.

—Nos falta terraza, Roc. Los cubitos ya ni se ofenden.

Él casi sonrió.

—Tengo dos bolsas en Bar L’Estaca si las queréis.

—Se pagan.

—Luego.

Tina le aguantó la mirada.

—Luego es una palabra de gente que confía demasiado.

—Soy de bar. Confío poco, pero apunto bien.

Jana, que pasaba con medio limón y un cuchillo, murmuró:

—Uy.

Tina giró la cabeza.

—Te corto el flequillo con esto.

—Mi flequillo no existe.

—Pues invento uno para castigarlo.

Roc dejó la caja donde no molestaba y se fue sin mirar atrás más de lo necesario. Tina sí lo miró. Dos segundos. Luego volvió a la cocina como si la hubieran pillado robando un botiquín.

No éramos los únicos con algo a punto de arder.

Nil llegó a la una y cuarto con el altavoz y una regleta.

—No hay música —dijo Abril antes de que él abriera la boca.

—No venía a tocar. Venía a que la cola no suene a entierro.

—Peor me lo pones.

Jana salió de detrás de la cafetera.

—¿Tú no trabajas o eres parte del mobiliario de crisis?

Nil se apoyó en la barra, tranquilo, con esa cara suya de parecer menos atento de lo que era.

—Hoy soy acústica de barra.

—Qué horror de frase.

—Te ha gustado.

—Me ha dado gases.

Nil sonrió. Jana le quitó la regleta de la mano con demasiada violencia para no tocarle los dedos. Él no apartó los suyos. Ella sí. Tarde.

Abril lo vio. Ona lo vio. Vega lo vio. Yo lo vi.

Jana fingió que no había ocurrido nada con una rapidez profesional.

—¿Dónde lo pongo, jefa? —preguntó, mirándole a Abril.

Abril señaló la repisa junto a la foto vieja de las cinco.

—Bajo. Que no parezca fiesta.

—Cariño, esto parece evacuación con bravas. Fiesta no iba a parecer.

Nil instaló el altavoz. Puso música baja.

Mala no. Discreta. El local dejó de sonar solo a vaso, protesta y TPV herido.

La cola se aflojó un poco. La gente hablaba, se apoyaba en la pared, bebía de pie.

Algunos se fueron. Otros se quedaron porque el pueblo, cuando huele dificultad, también quiere poder decir que estuvo.

Ona subió el texto que Abril había dictado. Sin filtro. Sin luz bonita. Sin plano favorecedor.

Hoy Lola y Sal sirve en barra. Sin terraza por revisión municipal. Sí, es una faena. Sí, hay bravas.

A los diez minutos empezó a llegar gente que decía “solo vengo a apoyar” y pedía una clara compartida entre dos. Apoyo con pajita. Muy Cala Saurina.

A las dos, la caja seguía corta.

A las tres, también. A las cuatro, Vega nos sentó por turnos a revisar números en la mesa que nunca callaba, que ahora estaba tan encajada al fondo que para salir había que molestar a tres personas y pedir perdón a la pared.

—Falta bastante —dijo.

Abril no se sentó. Se quedó de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla.

—¿Cuánto es bastante?

Vega le enseñó la libreta. Abril no hizo ningún gesto. Eso me preocupó más.

—Puedo hablar con Marblava —dije.

—No —dijo ella.

—No digo que vaya a pagar.

—Tu voz ya estaba sacando cartera.

—Mi voz tiene mala fama.

—Ganada.

Cinta, que llevaba una hora sirviendo agua sin que nadie se atreviera a discutirle, dejó una jarra en la barra.

—Yo tengo algo en casa.

—No —dijo Abril.

—No he dicho cuánto.

—Y yo no he preguntado.

El padre de ella estaba en la esquina, recogiendo vasos vacíos con una torpeza tan constante que casi podía confundirse con esfuerzo. Al oír a Cinta levantó la cabeza.

—Yo también podría…

—Tú ya has contribuido bastante —dijeron Abril y Cinta a la vez.

Jana aplaudió desde la cafetera.

—Sincronía familiar. Qué miedo.

A las cuatro y media, el móvil de Abril vibró otra vez. Esta vez lo miró.

Yo estaba a su lado, secando vasos. No leí. Esperé a que ella decidiera si la pantalla iba a ser suya o de todos.

La decisión duró dos segundos. Giró el móvil hacia Vega.

—Es él.

Vega leyó.

—Dice que confirma retirada a las dieciocho si no aceptas por escrito la oferta revisada. Que después solo valorará el activo sin licencia exterior.

—El activo —murmuró Tina desde la cocina—. Me cago en su vocabulario limpio.

Abril cogió el móvil. No temblaba.

Cuando Abril no temblaba, algo estaba a punto de romperse por dentro y salir convertido en frase útil.

—Voy a contestar.

Todos se quedaron quietos.

—¿Ahora? —preguntó Vega.

—Ahora.

—Abril —dije.

No bajó los ojos.

—No me digas que espere.

—No iba a decir eso.

—¿Entonces?

—Respira antes.

Su boca se movió apenas.

—Eso puedo aceptarlo.

Respiró. Una vez. No alcanzaba, pero algo era.

Escribió de pie, al otro lado de la barra, con una cola de clientes esperando agua, Jana cortando limones, Nil sujetando un cable con el pie, Tina gritándole a Quimet que no sacara más bravas de las que cabían en la barra, Ona mirando su propio móvil con gesto de no querer tocar el mundo, Cinta vigilando a Joan para que no rompiera vasos, Vega al lado lista para quitarle el teléfono si se lanzaba por un barranco administrativo.

Abril escribió allí, con la vida real pegada a los codos. No acepto la oferta revisada.

Paró. Volvió la cara hacia mí. No había pregunta en sus ojos. Había miedo, sí. Mucho. Pero no pregunta.

Siguió.

No voy a vender Lola y Sal con una rebaja basada en mi vida privada, en Biel Ferrer Sintes por escrito ni en una incidencia municipal que usted mismo ha ayudado a tensionar.

Si presenta una oferta limpia, por escrito y sin condiciones personales, la revisaré.

Si no, damos por cerrada la negociación.

Vega hizo un gesto con la mano.

—Pon “por el momento” al final.

Jana levantó el cuchillo.

—No. Que suene a puerta con bisagra rota, pero puerta.

—Jana, esto no es literatura.

—Todo es literatura cuando un hombre con camisa limpia se cree listo.

Abril borró la última frase que estaba a punto de escribir. Se quedó con lo de negociación.

—¿Lo envío?

Nadie contestó. Bien. Algunas decisiones no admiten coro. Giró hacia mí.

—No me digas qué quieres.

—No iba a hacerlo.

—Dime si estoy usando el orgullo.

Eso podía contestarlo. Miré el móvil, la barra, la terraza vacía detrás de las sillas apiladas, la cara del padre de ella, el cansancio de Tina, las manos quietas de Vega, a Jana mordiéndose la lengua por una vez, a Ona tragando culpa.

Miré a Abril.

—Sí.

Le cambió la cara.

—Pero no solo.

—Qué generoso.

—Te dije que iba a opinar bastante.

—Completa entonces.

—Hay orgullo. Hay miedo. Hay rabia. También hay una parte que ya sabe que esa oferta te dejaría limpia por fuera y hecha polvo aquí dentro.

Abril apretó la lengua contra los dientes. No dije más. Ella envió el mensaje.

El sonido de salida fue ridículo. Un chasquido pequeño para una puerta enorme.

A las cinco y dos, el comprador respondió. Entendido. Retiro la oferta.

Fue todo. Tres palabras y media. Ni reproche. Ni negociación. Ni rabia. Un corte limpio de señor que todavía creía que estaba cerrando una carpeta, no empujando a una mujer a mirar el sitio exacto donde ya no tenía salida cómoda.

Abril leyó el mensaje. Vega lo leyó por encima. Jana dijo:

—Bueno, pues que le sienten mal las almejas donde vaya.

—Jana —dijo Ona, pero sin fuerza.

Tina salió de la cocina con un plato de bravas quemadas, por un lado.

—Se come esto quien necesite morder algo.

Abril giró el móvil y lo dejó boca abajo.

—Seguimos.

—Abril —dije.

—Seguimos.

Y seguimos. Porque a veces la vida tiene la delicadeza de romperte una salida y pedirte dos aguas con gas en la misma frase.

Trabajamos hasta las siete con la oferta retirada, la terraza prohibida y la caja coja.

Llegó más gente de la que cabía de pie. Quimet tiró el pañuelo al fregadero.

Yas apareció una hora antes porque la publicación de Ona y la frase barra sin terraza le habían dado mala espina.

Pepa dejó monedas y un comentario sobre el comprador que en otro pueblo habría costado una denuncia.

La caja mejoró. No alcanzó. A las ocho menos cuarto, Marblava llamó.

Abril contestó en la puerta trasera, no en la barra. Yo la vi desde dentro. Tenía una mano apoyada en la pared donde antes estaba la ducha. Escuchó, asintió, se pasó los dedos por la frente y dijo tres veces “mañana”.

Cuando colgó, no volvió enseguida. Salí.

—¿Cuánto margen?

—Hasta mañana al mediodía.

—Puedo…

—No.

—Ni sabes qué iba a decir.

—Sí. Pagar, llamar, adelantar, pedir, arreglar. Verbos tuyos.