No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 23 · ABRIL
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CAPÍTULO 23 · ABRIL

A las ocho y cincuenta y cuatro, antes de que llegara el Ayuntamiento, ya habíamos quitado cuatro sillas que no nos habían pedido quitar.

Esa era la clase de estupidez que se hace cuando una no controla nada y necesita mover algo con las manos.

Cogí sillas, apilé sillas, arrastré una mesa diez centímetros, la volví a dejar donde estaba y me clavé una astilla bajo la uña.

Todo muy digno. Todo muy útil para no mirar la terraza principal como se mira a alguien enfermo.

Lola y Sal olía a café malo, lejía barata y toldo húmedo.

Sin la ducha exterior, el lateral parecía un cuerpo al que le hubieran arrancado una muela.

La pared quedaba desnuda, marcada por las abrazaderas viejas, con un rectángulo claro donde el salitre no había llegado.

Biel había dejado las piezas desmontadas en el almacén, ordenadas por tamaños, porque incluso cuando el mundo se venía abajo él encontraba la forma de clasificar tornillos.

Yo había dormido poco. Nada nuevo. Lo nuevo era que no había soñado con vender.

Había soñado con una cinta blanca rodeando la terraza entera.

Jana miraba la cuerda que marcaba el lateral como si pudiera insultarla hasta que cediera. Tina llegó con hielo contra la nuca; Ona, sin grabar; Vega, con la carpeta abierta.

Biel salió del almacén con una caja de vasos. Desde la noche anterior me daba espacio sin desaparecer. Era una habilidad nueva y bastante molesta.

Biel salió del almacén con una caja de vasos bajos y la dejó en la barra.

No levantó la vista enseguida. Desde la noche anterior había decidido darme espacio, y el espacio, en él, era una forma de presencia más molesta que una persecución.

Se movía cerca, respondía cuando se le preguntaba, no se metía antes de tiempo. Horrible.

—Àngels acaba de aparcar en la esquina —dijo.

Me limpié las manos en el pantalón corto.

—¿Sola?

—Con Joan Prats.

—¿Y mi padre?

—En la puerta del Forn Nuri, intentando parecer mobiliario urbano.

Jana se levantó con una rapidez impropia de su resaca.

—Eso quiero verlo.

—Te sientas —dijo Vega.

—Pero si es patrimonio familiar.

—Jana.

Se sentó. Mal, pero se sentó.

Mi padre entró con una camisa sudada y una frase preparada que no llegó a usar. Cinta apareció detrás.

—Cuéntale lo del plano —dijo.

La rabia me subió por la nuca.

—¿Qué plano?

—Me preguntaron si la franja estaba clara —admitió él—. Pensé que ayudaría a una venta limpia.

—¿Limpia?

—Si se vende, se acaba el problema.

Me reí sin ganas.

—Has dado munición para que paguen menos y ahora lo llamas solución.

Biel se movió detrás de la barra. No intervino. Su silencio me dejó decir lo que era mío.

—Nunca quieres hacer daño —añadí—. Solo firmas, callas y llegas cuando ya lo ha recibido otro.

Àngels y Joan Prats entraron antes de que mi padre encontrara otra excusa. Salimos a la terraza.

—Hasta revisar el plano, la franja lateral sigue fuera y la terraza principal queda sin servicio exterior —dijo Joan.

—¿Toda?

—Cuarenta y ocho horas. Barra y comida para llevar sí. Mesas fuera antes de las doce.

El suelo se movió sin moverse. Dos horas y media para desmontar lo que pagaba la caja de ese día.

—No es una sanción —dijo Àngels.

—La caja no distingue.

Biel miró las marcas del suelo, no mi cara.

—¿Qué podemos mantener?

Joan señaló la barra, la pizarra y la cola interior. Nada de sillas.

Jana soltó aire por la nariz.

—Dentro cabemos nosotras, el lector y dos fantasmas delgados.

Nadie le rio. Eso fue peor.

Vega leyó la nota completa. Yo solo vi el plazo y el hueco donde habían estado las mesas.

Al salir, Pepa y Nuri ya miraban desde sus puertas. Cala Saurina no necesitaba redes. Tenía piernas.

Cuando Àngels y Joan se fueron, Vega dijo que sin terraza quizá abrir costaba más de lo que daba. Tina podía quedarse hasta las cuatro; Jana tenía una boda en Marblava; Ona ofreció avisar sin convertirnos en postal triste.

—No quiero otra pérdida en escaparate —dije.

—Comunicar no es venderte —contestó Ona.

Biel levantó la primera mesa.

—A las doce tiene que estar dentro.

—No desmontes sin decidir.

—Esta parte ya la han decidido. Lo que hacemos después sigue siendo tuyo.

Tenía razón de una forma que me daba ganas de empujarlo.

—Abrimos de pie —dije—. Barra, bravas y nada de fingir que no pasa.

Ona escribió: «Hoy Lola y Sal sirve en barra. Sin terraza por revisión. Sí, es una faena. Sí, hay bravas».

—Feo —dije.

—Es lo que has pedido.

—Entonces sirve.

Vega iba a decir algo sobre la oferta cuando mi móvil vibró.

EL COMPRADOR: Sé lo de la terraza. La oferta aguanta hasta las 18:00.

Mi padre leyó por encima de mi hombro.

—Es dinero seguro.

—No acabes esa frase.

Biel dejó la mesa que llevaba.

—No firmes por miedo.

—No necesito que me lo digas.

—Hoy sí.

La verdad llegó sudada y tarde: no tenía terraza, debía dinero y me ofrecían una salida rápida con descuento de vergüenza.

Me acerqué a Biel.

—Dime si quieres que me quede.

El grupo se quedó quieto. Él no.

—No.

—¿No?

—No voy a contestarte con una oferta esperando a las seis. Si digo que sí, me conviertes en motivo. Si digo que no, en excusa.

—Qué cómodo.

—Cómodo sería besarte en el almacén y fingir que eso decide algo.

Me ardió la cara porque era verdad.

—Vale. Abrimos barra. Y no contesto hoy.

Cogí una silla. Biel cogió la siguiente. Esta vez no discutimos sobre quién mandaba.

A las once y cuarenta y ocho, la terraza principal estaba retirada.

No vacía del todo, porque las ausencias también ocupan.

Las mesas apiladas en el interior parecían demasiado altas.

Las sillas formaban una pared absurda junto al almacén.

La mesa de las cinco, desplazada otra vez, quedó encajada al fondo, bajo la foto vieja donde salíamos con dieciocho años y las piernas llenas de arena, sin saber que algún día necesitaríamos permiso para sentarnos.

A las doce, abrí la barra. El primer cliente fue el hombre de la mesa seis. Naturalmente.

—¿Y dónde me siento? —preguntó.

Cogí un vaso.

—Hoy se bebe de pie.

—¿Y si me canso?

Detrás de mí, Biel dejó una caja en el suelo.

—Entonces paga antes de cansarte.

El hombre rio porque no sabía si era broma.

Yo sí. Mi móvil volvió a vibrar. No lo miré.

Serví la primera caña con la mano temblándome. La espuma me cubrió los dedos y el cliente fingió no verlo. Al cerrar, ya no teníamos terraza para el día siguiente.