CAPÍTULO 22 · BIEL #2
—No llegamos.
Abril dejó dos vasos en la barra.
—¿A qué?
—Con seis mesas menos no llegamos a mañana —dijo Vega—. Y ya no queda nadie a quien pedirle otro margen.
—¿Cuánto falta?
Vega se lo dijo. La cifra era pequeña. Por eso dolía más.
Las cantidades pequeñas son las que te humillan mejor: te obligan a mirar el desastre sin poder convertirlo en tragedia épica.
Abril dejó las dos manos sobre la madera. Los nudillos seguían marcados bajo la tirita.
—Hacemos cena.
—Estamos haciendo cena —dije.
—Hacemos algo más.
—¿Qué?
—Mesa corrida dentro. Turno rápido. Menú corto. Sin reservar. Cobramos al sentar.
Quimet asomó desde la cocina.
—No.
—Quimet.
—He dicho que no antes de saber qué era porque seguro que es una mierda.
—Es una mierda útil.
—Lo que faltaba.
Yas se cruzó de brazos.
—Si hacéis eso, alguien tiene que explicar a los turistas que no pueden estar dos horas con una clara.
Jana alzó la palma.
—Yo sé ser desagradable con encanto.
—Tú sabes ser desagradable —dijo Tina—. Lo del encanto lo revisamos otro día.
Ona miró la mesa de siempre.
—Podría anunciar solo en stories cercanas que hay turno sin enseñar el lateral.
Abril se tensó. Ona levantó las manos.
—Sin vídeo. Sin drama. Solo texto. “Hoy mesa corrida, cena rápida, bravas, sardinas, almejas, venid limpios de paciencia.”
—Eso último me gusta —dijo Jana.
Vega negó despacio.
—Si atraemos gente de sobra y no tenemos espacio…
—No atraeremos demasiada —dijo Abril—. Atraeremos pueblo. El pueblo quiere mirar. Que pague.
Cinta aplaudió una vez.
—Lola habría cobrado entrada por el entierro de su orgullo.
—No hables de mi madre como si fuera una atracción.
—Hablo de mi hermana como si la hubiera visto cobrar hielo a un primo.
Abril miró al suelo. Luego asintió.
—Mesa corrida.
No apartó los ojos. No me pidió permiso. Bien.
—Necesito que movamos la mesa de las cinco al centro sin invadir pasillo.
—No cabe.
—Entonces hacemos que quepa.
—Abril.
—No como milagro. Como chapuza medible.
Aquello podía respetarlo.
Movimos mesas, quitamos dos sillas, apilamos otras, desplazamos la mesa de siempre hasta que quedó torcida pero útil.
Nil colocó el altavoz en una repisa y consiguió que sonara música baja sin que Joan Prats pudiera acusarnos de invadir medio municipio desde su casa.
Ona subió el texto. Jana respondió a tres mensajes con audios que empezaban por “si vienes a posturear, no vengas”.
Tina preparó jarras de agua y dejó claro que quien pidiera mojito sería entregado al mar real, no metafórico.
Quimet maldijo durante veinte minutos y luego sacó la primera tanda de bravas con más rabia que aceite.
La mesa corrida funcionó. Mal. Pero funcionó.
La gente vino porque Cala Saurina olía rumor a quinientos metros y porque las bravas de Quimet seguían teniendo una reputación que ni nuestra vida sentimental podía arruinar.
Vinieron Pepa, Nuri, dos parejas del Hostal Mar de Fora, tres chicas de Club Aleta y Roc Sallarès Montoliu con una caja de vasos que no pidió que le pagaran en ese momento.
—Luego hablamos —le dijo a Tina.
—No he pedido nada.
—Ya.
—No hagas de santo de bar.
—No sé hacer de santo. Soy autónomo.
Tina lo miró dos segundos más de lo normal. Luego cogió la caja.
—Déjala en la barra.
Jana, al pasar, susurró:
—Uy.
Tina ni la miró.
—No empieces otras vidas mientras la tuya arde con cableado.
Jana se quedó seca. Nil, desde el altavoz, levantó una ceja.
Yo vi todo eso desde la cocina y pensé que Lola y Sal, incluso desangrándose por el lateral, seguía repartiendo problemas de pareja con una eficiencia obscena.
A las once y veinte, la caja estaba mejor. Sin arreglar. Como casi todo, pero al menos a la vista.
Mejor. Abril contó monedas tras la barra con la concentración de una mujer que estaba aprendiendo a no confundir control con salida. Yo estaba a su lado, secando vasos. Nuestros hombros casi se tocaban. No los apartamos.
—No llegamos del todo —dijo Vega.
—¿Cuánto falta?
Menos. Seguía faltando. Abril cerró la caja.
—Mañana lo cubrimos.
—Mañana tenemos Ayuntamiento a las nueve —dijo Ona.
—Y servicio.
—Y sin ducha —añadió Jana.
—Y con Joan aprendiendo a no ponerse en medio —dijo Tina.
El padre de ella, desde una esquina, alzó una mano cansada.
—Estoy aquí.
—Por eso lo digo —contestó Tina.
Abril cargó el peso sobre la madera. Estaba agotada. Se le veía en la boca, en los hombros, en la forma de sostener el boli. Quise tocarle la nuca. No lo hice.
Ella lo notó igual. Volvió la cara hacia mí. No había promesa en esa mirada. Tampoco salida fácil. Había algo que molestaba más: presencia.
Entonces el móvil de Vega vibró encima de la mesa de las cinco. Ella lo abrió. Se le cambió la cara.
—Es de Àngels.
Abril se acercó. Yo también. Vega leyó en voz alta, sin adornar:
—«Mañana se revisará también la terraza principal mientras siga abierta la disputa por el lateral».
Nadie habló. La terraza principal. Abril apoyó una mano en la barra.
Jana dejó una jarra en la mesa con demasiado cuidado. Ona bajó el móvil. Tina cerró los ojos.
Yo miré el lateral vacío, la pared sin ducha, las marcas de tiza todavía visibles en el suelo. Pensé en decir algo.
No encontré nada que no sonara a mentira. Vega bajó el teléfono.
—Mañana podemos perder la terraza entera.