CAPÍTULO 22 · BIEL
La ducha exterior no quería salir.
Había cosas que una podía quitar con fuerza, otras con paciencia y otras con una mezcla de sudor, llave inglesa y humillación pública.
La ducha de Lola y Sal pertenecía a la tercera categoría.
Estaba agarrada a la pared con una cabezonería vieja, llena de óxido, sal y años de gente enjuagándose los pies sin pensar que aquello algún día acabaría en un papel del Ayuntamiento.
Abril estaba empapada delante de mí. Mirarla entonces fue una idea pésima. Miré.
La camiseta se le había pegado al pecho y al vientre.
Tenía el pelo mojado por las puntas, una gota bajándole desde el cuello hasta perderse bajo la tela, los nudillos envueltos en un trapo y la cara de una mujer a la que le acababan de arrancar otro trozo de salida.
No había nada limpio en la escena. Ni la pared, ni el charco, ni mi cabeza.
—No mires así —dijo.
—Estoy mirando la tuerca.
—La tuerca está más abajo.
—La tuerca tiene presencia.
Jana, desde la terraza, soltó una carcajada.
—Me encanta una mentira técnica.
—Mesa cuatro —dijo Tina.
—Mesa cuatro se está educando.
Abril intentó girar otra vez la pieza. El trapo se le resbaló y la llave dio contra el tubo con un golpe metálico.
—Joder.
—Déjame probar.
—No.
—No te estoy quitando nada.
—Me estás quitando la herramienta.
—La herramienta no tiene sentimientos.
—Hoy todo tiene sentimientos. Hasta el TPV.
El TPV sonó desde la barra. Nadie lo había tocado. Abril levantó un dedo hacia el interior.
—No empieces tú también.
Me agaché sin quitarle la llave de la mano. Abrí la tapa pequeña que protegía la llave de paso, metí los dedos entre arena húmeda y una telaraña que había decidido vivir mejor que nosotros, y cerré un cuarto más.
—Ahora prueba.
—¿Ahora sí puedo?
—Ahora te estoy obedeciendo con logística.
—Qué sensual.
—No me provoques cerca de una tubería.
Siguió mirándome.
El chiringuito seguía detrás, abierto, lleno de ruido de mediodía, aceite, pasos, platos, clientes que no sabían que un punto de agua podía convertirse en una guerra.
Mi padre no estaba allí. El suyo sí, a dos metros, sujetando un cubo vacío con la misma torpeza con la que había sujetado casi todo lo importante.
Cinta fingía ordenar pajitas en la barra.
Ona estaba junto a Vega con una caja de fotos antiguas que había aparecido demasiado tarde y a la vez justo a tiempo.
Nil peleaba con un cable bajo la mesa de siempre.
Jana decía que no lo miraba, pero se le caía la jarra cada vez que él levantaba la cabeza.
Todo el mundo cerca. Demasiado.
Abril volvió a tirar. La tuerca cedió otro poco.
El tubo escupió un chorro corto hacia el cubo. Joan se asustó y movió el cubo en la dirección contraria.
—¡Joan! —gritaron Abril y Cinta a la vez.
El agua cayó al suelo. Jana levantó los brazos.
—Trabajo en equipo: todos contra la lógica.
—Lo siento —dijo Joan.
Abril parpadeó despacio.
—No digas lo siento al agua. Solo pon el cubo debajo.
Él obedeció.
Le vi las manos. Temblaban un poco. No me dio pena. Bueno, sí. Algo. La pena me molestó porque yo prefería tenerlo colocado en la categoría de culpable útil. Pero Joan Rovira Serra, con un cubo azul en las manos y las mangas subidas, parecía mucho menos amenaza que hueco.
Abril también lo vio. Lo noté en la forma en que aflojó la mandíbula.
—Así —dijo ella, más bajo—. Ahí.
Joan sujetó el cubo bien. La ducha terminó de ceder con un crujido.
Abril acabó con la pieza en las manos. La alcachofa vieja, el tubo, un soporte oxidado que dejó en la pared una marca clara y fea. Durante un segundo nadie habló.
Una cosa tan pequeña. Un trozo de metal barato, con cal en los agujeros y el mango quemado por el sol.
Y, aun así, Lola y Sal quedó distinto.
La pared enseñaba un cuadrado limpio donde el soporte había estado años. Debajo, el charco se extendía hacia el lateral vacío. Sin cañizo, sin mesas, sin ducha, aquel sitio parecía una parte arrancada a medias.
Abril dejó la ducha en el cubo.
—Ya está.
No sonó a triunfo. Tina apareció con una toalla vieja.
—Toma. Antes de que te conviertas en denuncia por transparencia.
Abril la cogió.
—Gracias.
—No me agradezcas. Luego me toca limpiar.
Cinta se acercó, miró la pared y chasqueó la lengua.
—Tu madre habría dicho que menuda chapuza.
—Lo es —dijo Abril.
—Y luego habría pedido otra caña.
Abril miró el cubo.
—También.
Joan dio un paso.
—Puedo guardar eso.
Abril lo miró. El cubo entre los dos, la ducha dentro, agua goteando todavía.
—No.
—Abril…
—Lo guardo yo.
—Vale.
No discutió. Ese fue su primer acierto visible en horas.
La guardamos en el almacén, dentro de una caja de cerveza vacía, envuelta en la toalla de Tina. Abril se agachó para dejarla en el suelo y se le subió la camiseta mojada por la espalda. Aparté la vista. Tarde, claro. Siempre tarde cuando no servía de nada.
—No tienes que hacer de estatua —dijo ella.
—¿Perdón?
—Puedes mirar. Ya me ha visto medio pueblo con camisetas peores.
—No estoy intentando respetar al pueblo.
Abril entró detrás de mí y cerró la puerta. El almacén se quedó con una raya de luz por debajo y el ruido del servicio al otro lado.
Tenía los nudillos rojos, la camiseta pegada al pecho y el pelo mojado en la cara.
—¿A quién respetas entonces? —preguntó.
—A lo que dijiste.
—Digo muchas cosas.
—Que no querías usarme para decidir.
La boca se le endureció.
—Y no quiero.
—Entonces no voy a aprovechar que estás empapada, cabreada y con ganas de romper algo.
—Qué considerado.
—No. Me está costando una barbaridad.
Miró mis manos.
—Pero quieres.
—Sí.
—Dilo sin que parezca una reunión.
Me acerqué hasta dejarla contra la estantería.
—Quiero meterte la mano debajo de esa camiseta desde que has empezado a pelearte con la ducha.
Abril tragó. Después me agarró de la nuca.
—Mucho mejor.
Me besó con agua en la piel y rabia en la boca. La caja de cerveza vacía golpeó la pared cuando su cadera chocó contra ella. No nos separamos.
Le quité la camiseta mojada por encima de la cabeza. Se quedó en sujetador, con marcas rojas en los hombros y una gota bajándole entre los pechos. La seguí con la boca. Abril apoyó la cabeza contra la estantería y cerró los dedos en mi pelo.
—La puerta —murmuró.
—La has cerrado tú.
—No he dicho que la abras.
Le bajé una copa del sujetador y le pasé la lengua por el pezón. Se le escapó un gemido demasiado alto. Me tapó la boca con la mano, tarde.
—Medio pueblo está fuera.
—Tú has preguntado a quién respetaba.
—No respetas nada.
—Ahora mismo, poco.
Le abrí el pantalón corto. Abril me miró mientras lo hacía. No apartó los ojos ni cuando metí la mano dentro.
—Esto no es por la ducha —dijo.
—No.
—Ni por el comprador.
—No.
—Es por ti.
La frase me dejó quieto.
—Y por mí —añadió—. No lo conviertas en una deuda.
—No podría, aunque quisiera.
La besé otra vez. Ella me empujó hacia abajo por los hombros.
—Entonces deja de hablar.
Me arrodillé entre una caja de cerveza y la pared húmeda. Le bajé el pantalón y la ropa interior hasta medio muslo. Abril se agarró a la estantería cuando puse la boca sobre ella.
Sabía a sal y a agua de ducha. Se mordió la mano para no hacer ruido. Yo la sujeté por las caderas y seguí hasta que dejó de intentar quedarse quieta.
Fuera, Jana gritó una comanda. Quimet respondió con una palabrota. El servicio continuó a un metro de nosotros.
Abril me apretó la cabeza contra ella.
—Biel.
No sonó a orden. Tampoco a súplica.
La hice correrse con la boca, de pie, temblando contra una estantería llena de servilletas. Cuando aflojé, seguía agarrándome el pelo.
Me levanté despacio. Ella tenía la respiración rota y la cara abierta de una forma que no le gustaba enseñar.
Metió la mano en mi pantalón.
—Abril.
—No te debo nada.
—Ya lo sé.
—Entonces cállate.
Me acarició sin prisa, mirándome como si aquello también fuera una decisión. Tuve que apoyar una mano en la pared. Me corrí en su mano con la frente contra la suya y la vergüenza absurda de estar oyendo a su padre mover un cubo fuera.
Nos quedamos quietos. Respirando. Mal colocados.
Abril fue la primera en reírse, muy bajo.
—Esto sí que tiene mala logística.
—No voy a discutirlo.
Se limpió con la toalla de Tina y me la tiró al pecho. Luego se subió el pantalón. La camiseta mojada seguía en el suelo.
—No quiero esconderte —dijo.
—Salir medio desnuda quizá es excesivo para empezar.
—No he dicho que quiera anunciarlo.
Cogió mi camiseta de trabajo de una caja donde la había dejado por la mañana y se la puso. Le quedaba grande y olía a grasa.
—Eso es peor —dije.
—Lo sé.
Abrió la puerta.
Jana estaba al otro lado con una jarra vacía. Miró la camiseta, mi cara y después la toalla que yo aún tenía en la mano.
—Uy.
—Ni una vocal —dijo Abril.
Jana se apartó. Nil levantó la cabeza desde los cables. Abril salió primero sin bajarse el dobladillo de mi camiseta ni fingir que venía de buscar servilletas.
Yo salí detrás.
No de la mano. Tampoco separados lo suficiente para mentir.
El servicio de mediodía fue una prueba barata de lo que significaba perder el lateral.
Mesa cuatro se quejó de que no había sitio para el carrito.
Mesa dos pidió mover una silla al borde prohibido.
Una familia se fue porque no podíamos sentarlos juntos sin invadir la línea de tiza.
Yas tuvo que pasar de lado entre la barra y la mesa del lateral cada vez que llevaba platos.
Quimet gritó tres veces que con ese pasillo no sacaba bravas, sacaba lesiones.
Tina casi se llevó por delante a Joan con una bandeja de sardinas.
—Perdón —dijo él.
—Eso no aparta tu cuerpo —contestó Tina.
Joan se apartó. Solo medio paso. Cinta, desde una silla donde se había instalado sin permiso, le dijo:
—Mira, Joan, algo haces cuando una mujer te lo dice claro.
Abril oyó el comentario y no intervino.
Estaba detrás de la barra, seca por fuera ya, pero con el pelo todavía húmedo en la nuca. Trabajaba más recta que de costumbre. No miraba el móvil. Eso, en ella, era casi una huelga contra sí misma.
A las tres y media, Vega abrió la caja y puso números sobre una servilleta.