CAPÍTULO 21 · ABRIL
El ticket en blanco se quedó colgando de la ranura.
Nadie se rio, pero Jana alzó una mano con la jarra todavía llena.
—El aparato está claramente de nuestro lado.
—El aparato lleva tres días intentando morirse —dijo Vega.
—La resistencia adopta formas raras.
Yo miré la pantalla del móvil. El mensaje al comprador seguía allí, enviado, azul, imposible de recoger sin quedar todavía peor.
La frase no sonaba elegante. Tampoco prudente.
Tenía la suciedad justa de mi dedo sobre la pantalla, la tirita de la uña levantada, la espalda sudada y el olor a fritanga en el pelo.
La había escrito con la mesa que nunca callaba desplazada hacia dentro, el lateral vacío delante y mi padre sosteniendo una bandeja con el respeto torpe que se le da a un animal desconocido.
Biel seguía a mi lado. No me tocaba. Eso ya empezaba a parecer un idioma completo.
El comprador respondió antes de que el TPV dejara de hacer ruido.
EL COMPRADOR: Entonces paso por registro. Constará que te di opción. Le enseñé el mensaje a Vega.
—Qué educado cuando amenaza —dijo Jana, asomándose por encima de mi hombro.
Tina se limpió las manos en el delantal.
—Los hombres con camisa clara deberían venir con etiqueta de advertencia.
—No generalices —dijo Ona.
—No he dicho que todos. He dicho los que no pisan agua del baño.
Joan, mi padre, dio un paso hacia mí con la bandeja medio inclinada. Había dos vasos encima, una servilleta doblada mal y un plato pequeño con un limón usado. El limón rodó hacia el borde.
—Abril, igual podríamos…
—No.
—No sabes qué iba a decir.
—Si empieza por igual podríamos, sí.
El limón cayó al suelo. Jana lo recogió con dos dedos.
—El limón se abstiene.
Mi padre se aflojó el cuello de la camisa. La tenía pegada bajo los brazos y la carpeta de papeles, esa extensión cobarde de su cuerpo desde que había aparecido, apoyada en una silla. Sin carpeta parecía más viejo. No de edad. De costumbre.
—Yo solo quería…
—Hoy tampoco.
—Abril.
—Mesa tres ha pedido agua. Sirve eso.
Le puse una botella en la bandeja.
Castigo fino, tampoco. Perdón tampoco. Era trabajo. Una cosa vulgar, con peso y clientes esperando, que en Lola y Sal siempre dejaba menos sitio a las frases inútiles.
Joan miró la botella como si dentro hubiera una respuesta legal.
—La mesa tres está…
—Ahí —dijo Biel, señalando con la barbilla—. La que lleva veinte minutos mirando cómo se nos deshace la vida y aun así quiere gas.
Mi padre cogió la bandeja con las dos manos. Cinta, desde la entrada, cruzó los brazos.
—Si no sabes caminar con eso, no mires al suelo. El suelo huele a miedo y a calamar.
—Cinta —murmuré.
—Qué. Estoy ayudando.
No lo estaba. O sí. En nuestra familia la ayuda llegaba casi siempre con una piedra dentro.
La noche volvió a moverse entre clientes, vasos y humo de cocina. Nil Borràs Vidal apareció con un altavoz pequeño y cables colgándole de la muñeca. Jana lo vio desde la barra y se recompuso demasiado deprisa.
—Tú vienes mucho para no trabajar aquí —le dijo.
—Y tú hablas mucho para no estar nerviosa.
Yo no tenía energía para mirarla bien. Mi móvil vibró otra vez.
EL COMPRADOR: La franja no está en uso. Si tú no puedes explotarla, alguien podrá hacerlo mejor. Eso me calentó la nuca. Preferí no abrir la boca.
Biel leyó desde donde estaba, sin tocarme el teléfono y sin esperar permiso.
—Quiere que saltes.
—Ya estoy saltando por dentro.
—Por fuera estás sirviendo claras.
—Eso es peor. Las claras no respetan una crisis.
El TPV volvió a pitar, más corto.
—Ni él —dijo Biel.
Trabajamos hasta que el local dejó de pedir cosas a gritos y empezó a pedirlas con restos: vasos abandonados, servilletas en el suelo, arena en las patas de las sillas, una mancha de alioli bajo la mesa seis y mi padre preguntando si el cubo amarillo era para vidrio.
—No —dijo Tina.
—¿Y el verde?
—Tampoco.
—¿Entonces cuál?
Tina lo miró sin parpadear.
—Joan, llevas cuarenta minutos mirando cubos. El vaso va en el lavavajillas.
Mi padre se puso rojo. Cinta chasqueó la lengua.
—Treinta años tarde, pero se esfuerza.
—No ayudes —dije.
—Estoy decorando la verdad.
A las once y media cerramos cocina. A medianoche quedaban tres mesas, una pareja peleándose en voz baja y un grupo de turistas que querían saber si podían mover una silla al lateral porque “ahí corre más aire”.
Jana se plantó delante de ellos.
—El lateral está de baja.
—Solo una silla —dijo uno.
—Solo una multa —contestó ella.
Biel apareció antes de que el turista insistiera. Se mordió la respuesta. Cogió la silla, la volvió a colocar donde tocaba y miró al hombre con la paciencia exacta de quien ya había decidido no tenerla.
El hombre se sentó.
—Qué bonito cuando no hay que usar palabras —murmuró Jana.
A la una, cuando por fin cerramos la puerta, el lateral seguía vacío y parecía más grande de noche.
Sin mesas, sin cañizo, sin la ducha escondida detrás, el espacio tenía una indecencia nueva.
Enseñaba demasiado. La pared donde había estado el cañizo conservaba marcas claras, cuadrados de sombra antigua, bridas cortadas y un tubo de agua que salía junto a la ducha exterior con una obstinación pobre.
La ducha goteó. Una gota.
Otra. Biel la miró. Yo también. No dije lo que los dos estábamos recordando. San Juan. Mi camiseta mojada. Su mano en el codo. Querer no daba guerra. Todo lo demás sí, incluido un tubo oxidado perdiendo agua delante de medio pueblo.
—Mañana vendrá algo —dijo Vega detrás de mí.
—Ya ha venido demasiado.
—No. Me refiero a registro. Si ha dicho que pasaba, pasará.
—Qué ganas de trabajar tiene la gente que molesta.
—La gente que quiere quitarte algo madruga mucho.
En el Hostal Mar de Fora, subí, me quité las zapatillas con los pies negros de arena y apoyé el teléfono girado en la mesita. A los dos minutos lo giré. Nada. A los cuatro, otra vez. Nada. A las cinco y veinte de la mañana entró un correo del Ayuntamiento de Cala Saurina.
No lo abrí hasta las seis y doce, porque mi valentía también necesitaba lavarse la cara.
Asunto: Comunicación relativa a franja lateral de ocupación temporal. Bajé al chiringuito antes de las ocho. Biel ya estaba allí.
Ya estaba allí. Estaba sentado en el escalón trasero, con un café en vaso de cartón, los codos sobre las rodillas y el pelo húmedo. No tenía pinta de haber dormido. Tenía pinta de haber hecho cuentas y perdido con todas.
—Has abierto el correo —dijo.
—Buenos días a ti también.
—Tienes esa cara.
—Mi cara está en guerra con el Ayuntamiento.
Me senté a su lado. La madera del escalón estaba caliente, aunque el sol apenas había empezado a caer sobre la playa. Olía a basura recogida tarde, pan del Forn Nuri y sal vieja.
Le enseñé el móvil. Leyó sin tocarlo. Eso también lo hacía últimamente: no quitarme las cosas de la mano. Esperar a que yo las sostuviera.
—Consulta previa —dijo.
—Consulta previa, revisión de elementos instalados, abstención de uso de franja hasta resolución y revisión del punto de agua.
—La ducha.
No lo miré. La palabra quedó entre los dos con una falta de educación tremenda.
A las nueve llegaron Àngels Boix y Joan Prats.
No llegaron juntos de casualidad. En Cala Saurina nadie que trae malas noticias llega solo si puede repartir la incomodidad.
Àngels llevaba una carpeta blanca, gafas de sol y un vestido sin una sola arruga.
Joan Prats, polo municipal, cinta métrica y cara de hombre que preferiría estar midiendo un bordillo sin testigos sentimentales.
Vega llegó cinco minutos antes, con el pelo recogido, un café intacto y la mandíbula en modo sentencia.
Tina salió de cocina con un trapo al hombro.
Jana apareció detrás de ella bostezando, pero con eyeliner perfecto, porque algunas personas tenían pactos oscuros con la vergüenza. Ona llegó detrás, callada.
Mi padre entró por la terraza con gesto de no saber si debía estar allí.
—Pasa —le dije.
—No quiero molestar.
—Eso no lo has podido evitar del todo. Ahora pasa.
Cinta se rio desde la barra.
Àngels Boix miró el lateral vacío, la ducha, el tubo, la pared con marcas y la mesa de siempre metida dentro.
—No vengo a cerrar nada hoy —dijo.
—Precioso comienzo —murmuró Jana.
Vega le dio con el codo.
—Hay una consulta formal sobre el lateral. Tenemos que comprobar qué parte sigue ocupando la actividad.
—Traducción —dije.
Joan Prats se ajustó las gafas.
—Hasta que se resuelva, no puede colocarse mobiliario ni elementos de servicio en la franja. Tampoco puede mantenerse operativo el punto de agua si queda dentro de la delimitación provisional.
—La ducha —dijo Tina.
—Sí.
El mundo hizo un gesto mínimo y feo. No se cayó nada. No sonó una música triste. Solo la ducha goteó otra vez, un ploc contra el suelo, en medio de todos.
—La ducha no vende sardinas —dijo Jana.
—La ducha forma parte del lateral —contestó Àngels—. Mientras se revise, mantenerla activa les perjudica.
—Qué gran palabra para decir que nos arrancan un grifo —dijo Cinta.
Àngels no perdió la compostura.
—Nadie arranca nada. Se desconecta y se deja sin uso hasta que se aclare la situación.
Biel cruzó los brazos.
—Si desconectamos la ducha, no podemos limpiar arena, cubos ni enjuagar bandejas fuera.
—Me he enterado.
—Nos obliga a meter más agua dentro.
—Ya.
—Y dentro el baño pierde.
—También lo sé.
—Pues sabe mucho para venir con esa carpeta.
—Biel —dije.
Él se calló. Lo hice por mí. Se notó. A todo el mundo. Àngels me miró, no a él.
—Abril, esto no concede la franja a nadie. Pero si queréis defender su uso, ahora mismo os conviene no incumplir nada. Ni una silla, ni un toldo lateral abierto sobre esa línea, ni el punto de agua funcionando.
—¿Y si incumplimos?
Joan Prats miró su carpeta.
—Se puede revisar la terraza completa.
La terraza completa. Las palabras no hicieron falta repetirlas.
Aquella mesa dentro. El lateral vacío. Los toldos viejos. El bar, pequeño, caliente, insuficiente. Media terraza menos era un golpe. La terraza entera era otra liga de desastre.
Mi padre dio un paso.
—Àngels, quizá si explico que yo…
—No —dije.
Me salió sin mirarlo.
—Pero yo puedo aclarar que no sabía que el comprador iba a…
—Joan.
Esta vez no dije papá. Tampoco dije padre. Dije Joan con todo el cansancio que llevaba desde que aprendí a no pedirle cosas.
—Hoy vas a aclarar sujetando cubos.
Cinta soltó:
—Amén, pero sin iglesia.
Biel bajó la cabeza. Creo que estaba evitando sonreír. O partir algo. A veces en él se parecía. Àngels me tendió una copia.
—Tenéis veinticuatro horas para dejar constancia de la retirada temporal del punto de agua y los elementos asociados. La reunión técnica será mañana a las nueve. Ayuntamiento. Sala pequeña.
—Mañana traigan fotos, facturas y cualquier prueba de que el lateral se ha usado así durante años.
—Tengo fotos —dijo mi padre.
Lo miré.
—¿De qué?
—De temporadas. De Lola. Del lateral. Ella me mandaba a veces para que viera cómo quedaba.
—¿Y al comprador también le mandaste para que viera cómo quedaba?
Se le borró la cara.
—Abril…
—Solo pregunto porque últimamente tus fotos viajan más que tú.
Àngels cerró la carpeta.
—No voy a entrar en eso.
—Qué suerte —murmuró Tina.
Cuando se fueron, nadie se movió durante unos segundos.
Luego la cocina llamó con el pitido de la freidora, el congelador grande hizo su ruido de animal viejo y un turista asomó la cabeza por la entrada.
—¿Abierto?
Jana se volvió hacia él con la sonrisa más cansada del mundo.
—Abierto, pero con duelo hidráulico.
El turista no entendió nada. Mejor.
A mediodía, con el local funcionando a medias y el lateral vacío haciendo daño a pleno sol, me encontré delante de la ducha exterior con una llave inglesa en la mano.
No sabía muy bien de dónde había salido.
Probablemente de Biel. O de Taller Marí.
O de esa parte de Lola y Sal donde las herramientas aparecían cuando ya era tarde.
Biel estaba a mi lado. Mi padre detrás, con un cubo. Cinta en la barra. Las amigas dispersas, pero mirando.
—No tienes que hacerlo tú —dijo Biel.
—Sí.
—Abril.
—Estoy cabreada. Eso aguanta más que la fuerza.
—Eso te lo creo.
Puse la llave en la tuerca. La ducha goteó sobre mi muñeca. El agua estaba tibia.
Me dio rabia que mi cuerpo recordara antes que mi cabeza. Apreté. La tuerca no se movió.
—Está dura —dijo mi padre.
Lo miré por encima del hombro.
—La familia, Joan.
Cinta se atragantó con algo en la barra. Biel expulsó el aire. La tuerca siguió sin moverse.
Apreté más. La llave se me resbaló y me golpeé los nudillos contra la pared.
—Joder.
Biel dio un paso.
—Déjame.
—No.
—Te has hecho sangre.
Miré mis nudillos. Una línea roja pequeña. Ridícula. Escandalosa por cómo se veía sobre la piel mojada.
—Dame un trapo.
Me lo dio. No la llave.
El trapo. Bien. Me envolví la mano, volví a colocar la herramienta y apoyé todo el peso.
La tuerca cedió con un quejido feo. El agua salió disparada hacia mi camiseta. Jana gritó desde la terraza:
—¡La ducha se despide con carácter!
El chorro me empapó el pecho, la barriga y parte del pantalón antes de que Biel cerrara la llave de paso desde abajo.
No me moví, chorreando delante de mi padre, mis amigas, Biel y medio chiringuito.
Allí estaba yo: empapada, con el orgullo haciendo aguas y medio pueblo mirando.
—Ahora sí —dijo Tina—. Desmontada por dentro.
Quise reír. No pude del todo. Biel aguantó mi mirada. Esta vez me miró un segundo de más.
Yo tampoco aparté la mirada. Tina dejó caer una bandeja y los dos nos sobresaltamos. Biel soltó mis ojos, fue hacia la ducha exterior con la llave inglesa y la pieza no cedió.