No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 20 · BIEL
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CAPÍTULO 20 · BIEL

Abrimos con doce sillas menos, una ducha al descubierto y Abril con pinta de haber desayunado tiza municipal.

La terraza principal no estaba llena. Estaba apretada.

Hay una diferencia. Llena significa ruido, caja, platos que salen tarde y clientes que entienden que el mundo va con retraso porque ellos también están sudando.

Apretada significa codos contra respaldos, niños pasando entre mesas donde no caben, una señora protestando porque el sol le toca medio hombro y Jana respondiendo que el sol no acepta reservas.

—Esta mesa antes estaba fuera —dijo un hombre con camisa abierta.

—Antes todos éramos más jóvenes —contestó Jana.

—No me hace gracia.

—A mí tampoco trabajar con menos sombra. Empatía mutua.

Abril pasó detrás de ella con una bandeja de vasos y la uña envuelta en una tirita que ya se había manchado de limón.

—Mesa cuatro, dos claras y pan.

—Mesa cuatro acaba de descubrir que no somos culpables de la rotación terrestre —dijo Jana.

—Apúntalo en reclamaciones celestes.

Abril hablaba rápido. Se movía más rápido. Mal asunto. Cuando se aceleraba así, no trabajaba: corría por dentro. El móvil lo llevaba en el bolsillo trasero, boca contra su cuerpo, y cada vibración le cambiaba la nuca, aunque no lo sacara.

Me quedé en la barra porque desde allí veía cada vibración del móvil de Abril. No lo sacaba, pero cada aviso le tensaba la nuca. Tina volvió del centro médico con ojeras nuevas y una cara que nos prohibió preguntar.

Roc dejó dos bolsas de hielo junto a la puerta de cocina.

—Te lo apunto —dijo Abril.

—Luego.

Tina giró desde la plancha.

—No. Ahora. Aquí luego significa que alguien llora sobre una factura.

Roc levantó las manos.

—Ahora, entonces.

Abril apuntó el hielo. Roc miró a Tina un segundo. Ella no alzó la mirada, pero se le aflojó una línea junto a la boca.

Jana, que veía hasta cuando fingía no ver, dejó una copa bajo el grifo y dijo:

—Qué bonito es el hielo cuando trae subtexto.

Tina le lanzó un trapo. El trapo falló.

Nil, que había venido a recoger el altavoz y se había quedado enchufando un cable que nadie le pidió, lo cogió al vuelo.

—Buena puntería —dijo.

Jana le quitó el trapo de la mano.

—Tú no formes parte de mi escena.

—Estoy en medio del cable.

—Pues desenchúfate de mi vida.

—Eso sonó más intenso de lo que querías.

—Eso sonó a que te sobra cara.

Nil enseñó apenas los dientes.

Ella no. Abril los miró de pasada, con la expresión de quien reconoce una avería ajena y no tiene manos libres. Luego siguió hacia la terraza.

A las dos y media ya habíamos perdido tres mesas.

No metafóricamente. Se fueron. Una familia con dos niños no quiso sentarse dentro porque “había olor a cocina”.

Una pareja dijo que sin lateral no merecía esperar.

Un grupo de seis preguntó por la sombra y acabó en otro local con sombrillas nuevas y camareros que quizá no tenían el alma pegada al datáfono.

Abril los vio marcharse. No abrió la boca. Eso me preocupó más que si hubiera insultado al mobiliario.

Vega llegó con una carpeta y gafas de sol, se sentó en la mesa del lateral desplazada y abrió el portátil.

La mesa quedaba mal allí. La gente la esquivaba, los camareros la golpeábamos con la cadera y el enchufe cercano soltaba un chisporroteo leve si alguien conectaba el ventilador.

Aun así, verla ocupada por Vega, papeles, vasos y una servilleta bajo una pata mantenía algo vivo. Feo. Vivo.

—Hay que presentar alegaciones en cuarenta y ocho horas —dijo.

—No digas alegaciones mientras sirvo calamares —contestó Abril.

—Quieres vender bien o insultar bien.

—Hoy ambas.

—Entonces escucha. Necesito fotos antiguas del lateral, recibos de temporada, reservas, cualquier papel de Lola donde conste uso estable.

—La libreta.

—También.

Abril dejó la bandeja sobre la barra con un golpe controlado.

—No quiero usar a Lola para ganar una franja de suelo.

Cinta apareció desde la puerta con una bolsa de Ultramarinos Pepa y un abanico que tenía dibujos de naranjas. Lo agitaba con desprecio.

—Lola usó a todo el mundo para ganar una mesa más cuando hacía falta. No te pongas fina por ella.

—Cinta.

—Qué. Si la invocas, invócala entera. Tu madre habría puesto foto, recibo, amenaza y una tortilla si ayudaba.

Abril se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.

—No sé si eso me consuela o me empeora.

—Bienvenida a tener familia.

Su padre estaba en la entrada, sujetando una caja de servilletas que nadie le había pedido. Había venido otra vez. Abril no lo echó. Tampoco le habló. Joan había descubierto una nueva forma de castigo: estar presente cuando nadie sabía qué hacer con él.

Yo le señalé el almacén.

—Deja eso dentro.

Él asintió con una gratitud que me dio rabia. Él no era el centro. Eso era lo peligroso.

Por Abril. Por la cantidad de hombres que una puede acabar gestionando en un solo verano sin haberlos solicitado.

A las tres, el comprador cruzó la acera.

No entró. Se quedó justo donde empezaba la franja vacía, mirando las marcas de tiza. Llevaba el móvil en la mano. Hablaba con alguien. Vi que Abril lo veía. Vi que no lo miraba dos veces.

Eso me puso orgulloso de una forma poco útil.

—No cruces —me dijo sin girarse.

—No me he movido.

—Te has tensado por metros cuadrados.

—Mi cuerpo tiene sentido territorial.

—Tu cuerpo tiene tendencia a meterse en problemas.

—Y el tuyo a fingir que no.

Alzó los ojos un segundo. Mal momento. Buena mirada.

Tenía la cara roja por el calor, un mechón pegado a la sien, la tirita torcida y una gota de sudor bajándole por el cuello. Yo estaba junto al TPV, con el trapo en la mano y ganas de besarle la parte de la piel donde la gota iba a perderse bajo la camiseta.

El deseo, en Lola y Sal, tenía una puntería miserable. El lector se quejó.

—Salvado por el aparato —dijo ella.

—Nunca había caído tan bajo.

—Tú y el TPV os entendéis.

El aparato imprimió un ticket en blanco. Abril lo arrancó.

—Retiro lo dicho. Tú tienes más utilidad.

—Me emociona escalar posiciones.

La broma duró hasta que el comprador entró.

—Abril.

Entró sin pedir mesa ni mirar la carta. A nadie más le concedió siquiera un saludo.

La terraza bajó un grado de ruido. Eso ocurre en los pueblos sin que nadie lo organice: una frase entra y todo el mundo se sirve oído.

Abril dejó el ticket en la barra.

—Ahora no.

—Será un minuto.

—Estoy en servicio.

—Precisamente. Quería que vieras esto con servicio.

Sacó el móvil, se lo acercó y le enseñó una pantalla. Abril no lo cogió. Yo no debía mirar.

Miré. Era una solicitud registrada. Interés por explotación alternativa de la franja lateral en caso de quedar disponible.

El muy cabrón había movido la mano mientras nosotros cargábamos mesas. Abril no cedió espacio. No mucho. Lo suficiente.

Vega se levantó de golpe, golpeándose la rodilla con la mesa de siempre.

—No hables con él sin que yo vea eso.

—No he venido a discutir —dijo el comprador.

—Claro. Ha venido a apretar con captura de pantalla —contestó Jana desde la cafetera.

Tina dejó una sartén en la cocina con un golpe.

Nil desconectó el altavoz sin que nadie le pidiera quitar la música. Por una vez hizo algo útil sin comentario. Abril levantó la mano.

—Todos quietos.

Su voz salió baja. Funcionó. Hasta yo me quedé clavado.

—Mándamelo por escrito —dijo al comprador.

—Puedo explicarlo.

—No me explique nada en mitad de mi barra.

Mi barra. No sé si se dio cuenta.

Yo sí. El comprador también, porque le cambió la boca.

—Abril, esto no tiene por qué ser una guerra.

—No. Una guerra requiere dos partes. Esto es usted intentando entrar por el lateral porque por la puerta principal no le ha salido barato.

Jana murmuró:

—Hostia.

Vega no la corrigió. El comprador guardó el móvil.

—Mi oferta de compra sigue abierta hasta mañana al mediodía. Después, me centraré en la otra vía.

—Qué descanso ponerle horario a la suciedad —dijo Cinta.

El comprador la ignoró.

—Piénsalo.

—Estoy pensando —dijo Abril—. Por eso sigue de pie.

Se fue. No con prisa. Con la incomodidad exacta de quien ha calculado mal el público.

El ruido volvió poco a poco: vasos, sillas, alguien pidiendo hielo, un niño llorando porque su pan tenía corteza. La vida tenía una capacidad vulgar para seguir después de una amenaza.

Abril se giró hacia la barra.

—Vega.

—Lo quiero reenviado ya.

—Biel.

—Qué.

—No salgas detrás de él.

—Dame otra tarea.

No lo dije en bonito. Lo dije porque necesitaba una cadena inmediata. Ella lo entendió. Señaló el almacén.

—Cajas de cerveza. Las del fondo. Y no rompas ninguna para expresar masculinidad herida.

—Las cajas suelen empezar.

—Pues acaba tú.

Fui al almacén. Obedecí porque no fiarme de mí mismo era una forma nueva de inteligencia.

El almacén estaba caliente, húmedo y peor ordenado desde que quitamos el cañizo.

Las sombrillas invadían el paso. Una caja de botellas vacías se había quedado junto a la puerta.

El congelador ruidoso vibraba contra la pared.

Cogí dos cajas del fondo y una lata cayó al suelo, rodando bajo el estante.

Me agaché para buscarla. Abril entró detrás de mí.

—He dicho cajas de cerveza, no exilio.

—Estoy en proceso de no cometer delitos.

—Entendido.

—No te estoy haciendo caso.

—Déjalo.

Se quedó en la puerta, pero dentro. Sudada, cansada, con el móvil en la mano y la tirita medio despegada.

—Me ha escrito mi padre —dijo.

Eso me colocó de pie.

—¿Qué dice?

Me enseñó la pantalla. Joan Rovira Serra: No pensé que él usaría la foto. Quería que vieras que hay salida. Yo solo quería que no acabaras atada a esto como Lola.

La leí dos veces. Abril no.

Ella ya se la sabía de memoria por la cara.

—No sé qué hacer con él —dijo.

—Hoy, nada.

—Siempre hago eso. Nada.

—No. Siempre lo dejas pasar hasta que vuelve en forma de papel firmado o foto enviada.

Aguantó mi mirada.

—Eso ha sido muy desagradable.

—Me pediste que te avisara si usabas vergüenza para decidir. Esto también cuenta.

—No estoy decidiendo.

—Estás a punto de llamarlo para perdonarlo por cansancio.

—No lo sabes.

—No. Pero lo hueles igual que yo huelo cuándo el baño va a reventar.

Soltó una risa mínima, fea, con la boca cerrada.

—Comparación preciosa.

—Tengo repertorio limitado.

Se apoyó en el estante y el móvil le quedó colgando de la mano. Yo veía la pantalla apagada, el dedo vendado, la marca roja de la uña, el cuello húmedo. Todo me pedía acercarme.

Y por eso no lo hice. Abril levantó la cabeza.

—No quiero venderle a él.

No sonó a declaración grande. Salió con tierra debajo. Con cansancio. Con rabia. Con la caja de cerveza entre nosotros y el congelador haciendo ruido detrás.

—De acuerdo.

—No digas vale con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de haber ganado algo.

Dejé la caja en el suelo.

—No gano nada si tú solo cambias de comprador para poder irte igual.

—Biel.

—Qué.

—Tampoco pierdes menos si me quedo solo porque tú no soportas verme marchar.

Ninguno quería pagarla. Se nos quedó en el almacén, entre sombrillas rotas y cartón húmedo.

—No —dije.

—No qué.

—No te quiero aquí así.

Abril miró la llave y respiró por la nariz.

—Pues eso es un problema, porque yo todavía no sé estar de otra manera.

Me acerqué un paso. Ella no retrocedió.

—Entonces no decidas desde mí.

—¿Y desde dónde?

—Desde esa barra que acabas de llamar tuya delante del hombre de camisa clara.

Bajó los ojos. El móvil vibró en su mano. Los dos miramos.

Mi padre. No. Su padre. Joan Rovira Serra llamando. Abril cerró los dedos alrededor del teléfono.

—Si contesto ahora, voy a hacer daño.

—Entonces no contestes.

—Y si no contesto, soy la misma de siempre.

—No. Hoy estás en un almacén, con olor a humedad y un cajón de botellas, diciéndome que no quieres venderle a ese hombre. La misma de siempre se habría ido al Hostal Mar de Fora a contestar sola.

La llamada se cortó. Entró un mensaje. Joan Rovira Serra: Abril, por favor. Estoy fuera.

Ella levantó la cabeza. Desde el almacén se veía un trozo de terraza y, más allá, la acera. Joan estaba allí, junto al lateral vacío, mirando la ducha al descubierto con la carpeta contra el pecho.

Abril dejó el móvil encima de una caja.

—Ven conmigo.

—¿Al lado?

—Sí.

A mi altura. Salimos.

El servicio siguió moviéndose alrededor, pero esta vez nadie fingió no mirar. Jana acabó con una jarra en la mano. Vega cerró el portátil. Tina salió de cocina. Ona se quedó quieta. Nil apoyó el altavoz en la mesa que nunca callaba y guardó silencio.

Abril cruzó hasta su padre. Yo fui a su lado.

Joan empezó antes de que ella abriera la boca.

—Solo quería ayudarte a no perderlo todo.

Abril miró el lateral vacío. Luego la mesa de siempre dentro. Luego a su padre.

—Lo has ayudado a él.

—No quería hacerlo.

—Esa frase tampoco te sirve hoy.

Joan bajó la carpeta.

—No quería que acabaras atrapada.

—Pues mira qué fino. Has abierto otra puerta para que me saquen a empujones.

La calle se quedó pendiente.

Pepa miraba desde Ultramarinos. Remei desde la puerta del Hostal Mar de Fora. Un hombre fingía atarse una sandalia junto a una farola.

Cala Saurina, presente en pleno, sin cobrar entrada. Abril respiró una vez por la nariz.

—No vuelvas a hablar con él.

—Abril…

—No vuelvas a mandarle fotos, avisos, papeles, opiniones ni miedos míos. Si quiere algo de Lola y Sal, habla conmigo. Si tú quieres algo de mí, también.

Joan abrió la boca. La cerró. Cinta, desde la entrada, murmuró:

—Milagro. Ha entendido una frase entera.

Abril no sonrió.

—Y ahora entra. Hay mesas que limpiar.

Su padre parpadeó.

—¿Qué?

—Has querido salvarme de quedar atada a esto. Hoy te toca ver qué significa esto.

Le puso una bandeja en las manos. No como castigo bonito.

Como trabajo. Joan la cogió mal. Una servilleta cayó al suelo. Jana levantó la jarra.

—Bienvenido al infierno flexible.

Abril volvió a la barra sin mirar si su padre la seguía.

Me quedé un segundo en la acera. El comprador ya no estaba. El lateral seguía vacío. Las marcas de tiza seguían allí.

Pero Abril había dejado de hablarle a todo el mundo desde la salida más cercana.

Cuando entré, estaba delante de la mesa de las cinco, con el móvil en la mano.

—Voy a responderle —dijo.

—¿A quién?

—Al comprador.

Me acerqué. No le toqué la mano.

Escribió despacio, con la tirita sucia, la espalda recta y la cara hecha polvo.

No acepto la oferta. Y si pide la franja, la pelearé.

Lo envió. El TPV sonó en la barra y escupió un ticket sin una sola cifra.

Jana dejó el vaso sin terminar y miró la puerta.