No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 19 · ABRIL
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CAPÍTULO 19 · ABRIL

La uña me volvió a sangrar en la puerta del Ayuntamiento.

No mucho. Un punto rojo al meter la mano en el bolso, justo cuando intentaba sacar el DNI con gesto de persona que no había arrancado un aviso municipal de un poste la noche anterior.

—Te dije que te harías daño —murmuró Biel.

—Y yo te dije que no me gustara.

—No dijiste eso.

—Lo pensé con mucha calidad.

Mi padre caminaba al final del grupo, callado y con una carpeta vieja bajo el brazo.

Cinta lo había obligado a traerla. Él no sabía si dentro llevaba papeles útiles o servilletas con pedidos antiguos.

Lo vi abrir la carpeta en la acera antes de entrar y cerrar enseguida, con gesto de haber mirado dentro de una caja donde algo se movía.

Biel siguió a mi izquierda. Al lado. Sin adelantarme.

La diferencia me llevaba molestando desde la reunión anterior.

Él estaba cumpliendo lo que yo había pedido y aun así mi cuerpo lo buscaba cada vez que una puerta se abría, cada vez que el técnico municipal pasaba por el pasillo, cada vez que mi padre respiraba de esa forma de hombre dispuesto a desaparecer si nadie le ponía una silla encima.

Àngels Boix nos recibió en la misma sala. La ventana daba a la misma pared blanca. El café olía igual de cansado.

Joan Prats estaba de pie, con cinta métrica, plano enrollado y polo institucional.

—Hoy medimos en el local —dijo.

—Antes de medir —intervino Vega—, necesitamos hablar del aviso.

Àngels me miró a mí.

—El aviso se emitió para notificación a la titularidad y revisión interna. No debía aparecer pegado en el espacio.

—Pero apareció —dije.

—Lo hemos comprobado. No salió de este Ayuntamiento con orden de exposición pública.

El comprador no estaba sentado. No estaba en la sala. No estaba. Eso me puso nerviosa.

—¿Y quién tenía copia? —preguntó Cinta.

Àngels juntó las manos sobre la mesa.

—Las partes notificadas.

Partes. Qué cómoda para esconder manos. Miré a mi padre. No levantó la cabeza.

—Joan —dije.

Cinta le clavó el codo antes de que pudiera fingir sordera.

Mi padre abrió la carpeta, sacó dos papeles doblados y uno se cayó al suelo. Biel no se agachó. Yo tampoco. Mi padre tuvo que recogerlo, y el gesto fue pequeño, torpe y necesario.

—Yo recibí copia porque aparezco en la documentación antigua —dijo.

—Eso ya lo sabemos.

—El comprador me llamó para preguntarme si era normal. Yo le mandé una foto. Solo una foto.

La sala hizo un ruido sin ruido. El cuerpo de todas colocándose un poco más recto. Jana dejó de masticar el chicle. Ona miró al suelo. Tina apretó la mandíbula. Vega cerró el boli despacio.

Biel no dio un paso. Eso me permitió enfadarme sin usarlo de pared.

—¿Le mandaste una foto del aviso? —pregunté.

—No pensé que fuera a ponerlo allí.

—No pensaste.

—Abril…

—No. Hoy esa frase no te sirve.

Mi padre abrió la boca, pero tuvo que intentarlo otra vez.

—Solo quería entender qué pasaba.

—Podrías haberme llamado a mí.

—Estabas con todo eso del local, con Biel, con…

Se calló porque Cinta lo miró con ganas de morder.

—Acaba la frase, Joan —dijo mi tía.

—No.

—Qué raro. Ahora lee antes de firmar y se calla antes de mancharse.

Àngels intervino antes de que aquello se nos fuera de las manos y acabáramos usando la cinta métrica para algo penal.

—La cuestión ahora es práctica. El aviso ya se retiró. Haremos constar que no procede exposición en el espacio. Pero la revisión sigue. Hoy Joan Prats medirá la franja y se mantendrá la retirada provisional del lateral hasta resolver alegaciones.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Depende de la documentación que aporten.

—No me diga depende a las nueve de la mañana.

—Abril —dijo Vega.

—No, Vega. Depende significa que esta noche abrimos con menos mesas, mañana también y pasado también, pero nadie pone cara de estar cobrándolo.

Joan Prats se ajustó las gafas.

—La medición nos dará una base.

—La base ya la tengo —dije—. Hemos perdido caja, intimidad, sombra y la mesa donde mis amigas se sientan a fingir que no me vigilan.

Jana alzó una mano a medias.

—Yo no finjo tanto.

Tina le dio con el codo.

Àngels me observó con una corrección sin maldad visible. Eso casi me irritó más.

—Entiendo la molestia. Pero el uso lateral no está consolidado de forma limpia en el expediente.

—Nada en Lola y Sal está limpio —dijo Biel.

Todos lo miramos. Él seguía sentado, manos sobre las rodillas, voz baja.

—Ni el baño, ni las libretas, ni las firmas viejas, ni la forma en que Lola pedía favores. Pero el lateral no apareció ayer. Lleva años sosteniendo noches enteras. Si ahora se mide, mídalo todo. También lo que se pierde al quitarlo.

Joan Prats apuntó algo.

—Eso no entra en plano.

—Pues igual por eso los planos sirven para tan poco.

—Biel —murmuré.

No para callarlo. Para que no se pusiera delante. Me entendió. Cerró la boca.

Salimos del Ayuntamiento con la medición encima y el grupo en silencio. El sol ya pegaba en la acera. Mi padre caminaba a mi lado sin atreverse a mirarme. Yo llevaba la uña envuelta en una servilleta del Forn Nuri que Nuri no sabría jamás que había servido como material sanitario de emergencia.

—Podías haberme llamado —le dije.

—No sabía cómo hablarte.

—Pues abres la boca y pruebas. A veces funciona fatal, pero al menos una se entera.

—No quería empeorar las cosas.

Me reí. Me salió una risa sin humor.

—Buen trabajo entonces.

Mi padre mantuvo un paso atrás. Cinta, por una vez, no remató.

Joan Prats llegó detrás de nosotros, con la cinta métrica y la solemnidad de quien iba a medir una desgracia ajena. La medición empezó por la línea del cañizo y siguió junto a la ducha y la pared donde antes quedaba torcida la mesa de las cinco. Cada marca de tiza me dejó con menos aire.

Biel y yo nos quedamos junto a la ducha exterior cuando el técnico hizo la última marca.

—El cañizo móvil invade la franja —dijo Joan Prats.

—El cañizo tapa la ducha —contesté.

—Entiendo, pero hasta resolver no puede permanecer.

Miré la ducha. Allí me había empapado en San Juan. Allí Biel me había dado su camiseta. Allí Ona casi nos había grabado. Allí el pueblo había empezado a comernos por los bordes.

Ahora también perdíamos eso. Me entró una risa seca.

—Genial. Nos dejan la ducha desnuda. Muy turístico todo.

Biel se agachó para soltar una brida.

—La quitamos antes de las ocho.

—No.

Se detuvo.

—No digo que la quite yo solo.

—Yo suelto esa parte.

—Tienes la uña abierta.

—Y tú tienes complejo de herramienta multiusos.

—Lo estoy trabajando fatal.

Levanté la mano sana.

—Déjame.

Me dejó. La brida estaba dura, vieja, pegada por la sal. Tiré con los dedos, me resbaló, me manché de polvo negro y casi me clavé el plástico. Biel me dio unos alicates sin tocarme.

—No me mires tan fijo —dije.

—Estoy mirando la brida.

—Mientes fatal cuando te concentras.

—Estoy intentando no ayudar de más.

—Pues fracasa con menos cara de mártir.

Soltó una risa seca. La brida cedió. El cañizo se aflojó y una parte cayó hacia mí. Biel lo sujetó por arriba antes de que me diera en la cara.

—Eso era necesario —dijo.

—No discuto emergencias faciales.

—Progreso.

El cañizo dejó la ducha al descubierto. La manguera torcida, el grifo traicionero, la pared con marcas de humedad, un cubo verde que nadie recordaba haber comprado. Vulgar. Nuestro.

El técnico apuntó algo más. El comprador apareció a las dos y doce.

No entró. Se quedó en la acera, camisa clara, móvil en la mano, hablando con alguien y mirando las marcas de tiza. Biel lo vio.

Yo también. Mi padre bajó la cabeza. Eso me confirmó lo que no quería confirmar: le había escrito otra vez.

—Joan —dije.

Mi padre abrió la boca. No salió nada.

—¿También le has avisado de la medición?

—Me ha preguntado si era hoy.

—Y tú has contestado.

—Pensé que, si iba a comprar…

—No está comprando. Está mordiendo.

Lo dije bajo. Más hondo que si hubiera gritado.

Mi padre se encogió. Cinta lo miró con una mezcla de rabia y cansancio antiguo.

—Te ha salido hijo político, Joan. Siempre al lado de quien no limpia después.

El comprador saludó desde la acera. No devolví el gesto. Saqué el móvil. Tenía un mensaje suyo.

EL COMPRADOR: Veo que el lateral queda fuera. Para una salida razonable, hoy. Mañana puede ser tarde. Le enseñé el móvil a Biel. No necesitaba permiso.

Porque le había pedido que me dijera si usaba vergüenza para decidir. Biel leyó. Luego volvió la cara.

—Quiere que corras.

—Sí. Lo entiendo.

—¿Vas a correr?

Miré el lateral vacío, la ducha sin cañizo, la mesa que nunca callaba dentro, mi padre sudando con la carpeta inútil bajo el brazo y el comprador en la acera usando el sol con aire de propiedad privada.

—Hoy no.

El móvil vibró otra vez. EL COMPRADOR: También puedo pedir directamente la franja si queda libre. Ahí sí me tembló la mano.

El miedo era demasiado sencillo. Por ganas de cruzar la acera.

Biel se colocó a mi lado. Sin taparme.

—Respira antes de contestar.

—No me mandes.

—No te mando. Te estoy evitando antecedentes.

Jana apareció con una bandeja vacía.

—Si vas a pegar a alguien, avisa. Necesito quitarme los pendientes.

Me reí. Muy poco. Pero no crucé la acera. Escribí una sola frase. No pidas nada que todavía estoy defendiendo.

La envié. El comprador miró su móvil. Luego levantó la cabeza. La sonrisa se le borró. Leyó el mensaje otra vez.