CAPÍTULO 18 · BIEL #2
—Lo vas a pensar.
—Sí.
—Gracias por mentir fatal.
Me besó ella.
Suave, nada. Me agarró la camiseta con una mano y se levantó sobre las puntas de los pies, como si quisiera quitarse la duda de encima con la boca.
Yo tardé medio segundo en responder. Medio segundo de decencia o miedo.
Luego la besé con todo lo que llevaba días apartando con cajas, recibos, chistes malos y órdenes mal dadas.
Abril sabía a agua, café frío y rabia. Me mordió el labio sin querer.
—Perdón.
—No pares por educación.
Soltó una risa mínima y volvió a besarme.
Mi mano subió por su espalda, noté la camiseta húmeda, el calor de su nuca, un mechón enredado en mis dedos.
Ella me empujó contra la estantería y una caja de vasos de plástico cayó al suelo.
El almacén volvió a hacer lo que mejor sabía: recordarnos que cada deseo allí dejaba prueba.
—Mierda —murmuró.
—Luego.
—A eso no le llames gestión responsable.
—Estoy de descanso moral.
Sus dedos se metieron bajo mi camiseta, lo justo para tocar piel donde no debía y recordarme que el cuerpo archiva muy bien, pero también falsifica coartadas cuando le conviene.
Le metí una rodilla entre las piernas, no para arrinconarla —el almacén ya hacía ese trabajo—, sino porque necesitaba algún sitio donde colocar todo lo que me estaba haciendo. Abril soltó aire contra mi boca y se movió sobre mi muslo. Una vez. Sin accidente.
Su mano bajó por mi vientre. Encontró el botón del pantalón y lo abrió con más rabia que habilidad. La cremallera sonó demasiado en aquel espacio pequeño. Fuera alguien pidió otra ronda. Dentro, yo dejé de acordarme de cómo se servía una cerveza.
Le subí la camiseta hasta las costillas. Tenía la piel húmeda, una marca roja del delantal y el sujetador torcido de trabajar. Nada preparado. Nada limpio. Le pasé el pulgar por encima de la tela y se le cortó la respiración.
—Biel.
No era una orden ni una queja. Era mi nombre saliéndole del cuerpo.
Me apretó contra ella y volvió a buscarme con la cadera, despacio esta vez, exactamente donde los dos sabíamos.
El deseo dejó de ser un beso y se convirtió en una decisión que podía hacernos daño antes de la medición de las ocho y media.
Le agarré la muñeca. Apenas.
Solo para parar. Ella no se movió. Respirábamos mal los dos.
—¿Qué? —preguntó.
—Dime por qué.
Se le endureció la cara.
—No me hagas un cuestionario ahora.
—No te pregunto bonito. Te pregunto si me besas porque quieres o porque hay medición mañana, comprador en la acera y tu padre apilando sillas.
Abril apartó la vista. La respuesta fea ya estaba ahí.
—Quiero —dijo.
—Abril.
—Y estoy hecha un desastre.
Solté aire.
—Eso te lo creo.
—No quería usarlo.
—Pero podrías.
—Sí.
La honestidad debería tener peor prensa. Le solté la muñeca.
—No quiero ser otra forma de no llamar al comprador.
—No lo eres.
—Hoy no lo sabes.
—No.
Eso hizo que no la besara otra vez.
Su no. El deber, la reunión, la mesa coja arrinconada y el comprador buscando una grieta quedaron fuera durante un momento.
Ese no. Bajé la caja de bridas y se la di. Nuestros dedos se tocaron al pasarla. Esta vez no hicimos nada con eso.
—Vamos —dijo.
Salimos con la caja, la boca marcada y una distancia nueva, peor que la anterior porque ya sabía exactamente a qué sabía romperla.
Jana nos vio en cuanto cruzamos hacia la barra. Claro.
—Uy.
Abril le apuntó con la caja.
—Hoy no.
—Nunca he respetado tanto unas bridas.
A las ocho menos diez, el lateral estaba vacío, el cañizo sujeto y la mesa que nunca callaba dentro, mal colocada, pero en pie.
Joan seguía allí. Había roto solo un vaso, lo cual Cinta consideró “progreso de guardería”.
Ona avisó a reservas sin usar palabras dramáticas.
Vega preparó carpeta para la medición. Tina se fue al centro médico con olor a freidora en el pelo y la amenaza de volver si alguien tocaba el cubo del baño sin guantes.
Abril no llamó al comprador. Tampoco volvió a besarme. Las dos cosas me parecieron importantes y bastante injustas.
Cerramos tarde, con menos caja y más ojos. La terraza principal aguantó hasta donde pudo. El interior quedó incómodo con la mesa que nunca callaba atravesada y la gente preguntando lo que no debía.
Cuando apagamos luces, Abril vio un papel pegado en el poste del lateral.
Salimos juntos. Era una copia del aviso municipal, sujeto con cinta transparente donde hasta esa mañana colgaba una guirnalda vieja.
Alguien lo había puesto a la vista. A la vista de todos.
Abril arrancó la cinta de un tirón, pero el papel se rompió y una parte quedó pegada.
—Joder.
Metió la uña para despegarlo. No salía. Fui a ayudarla.
—No —dijo.
Me quedé quieto. Siguió rascando, con la uña doblada, la piel roja y la respiración corta.
—Abril.
—He dicho que no.
—Te vas a hacer daño.
—Lo sé.
La palabra salió seca. No como respuesta. Más bien como permiso.
Rascó hasta despegar el trozo entero. Se le rompió una uña y sangró un punto mínimo junto al dedo.
Me enseñó el papel roto sin mirarme.
—Mañana entramos otra vez por la puerta principal.
—Sí.
—Y si me ves usando vergüenza para decidir, me lo dices.
—No te va a gustar.
—No he pedido que me guste.
Le miré la mano.
—Estás sangrando.
—Es una uña.
—Es sangre.
—Responsable operativo, qué observador.
No pude evitarlo. Sonreí. Ella también, medio segundo.
Luego el TPV sonó dentro, apagado y absurdo, como si también quisiera opinar sobre el lateral. Abril entornó los ojos.
—Mañana compro otro aparato.
—Eso dijiste hace veinte disgustos.
Abrió un ojo.
—¿Veinte?
—Más o menos.
—Qué horror de historial.
Me reí. Ella dejó el papel roto encima de aquella mesa desplazada y siguió de pie, mirándolo. No llamó al comprador. No me besó.
Al cerrar, Abril esperó a que girara la llave con ella. Su mano se quedó sobre la mía.