No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 18 · BIEL
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CAPÍTULO 18 · BIEL

Cuadraba con su carácter: se quedó atravesada en la puerta principal.

La levantábamos Abril y yo, Jana daba instrucciones inútiles, Cinta insultaba a una pata, Joan sujetaba dos sillas como si fueran animales vivos y Tina repetía que dobláramos rodillas porque ella no tenía tiempo de coser lumbares esa semana.

—Gírala —dijo Abril.

—La estoy girando.

—Hacia el otro lado.

—Este es el otro lado.

—Desde mi punto de vista, no.

—Tu punto de vista acaba de discutir con un plano municipal. No está para presumir.

Jana señaló desde su silla.

—Confirmo que ninguno tiene razón y la mesa está ganando.

La mesa golpeó el marco. Abril soltó una palabra fea. Joan hizo ademán de ayudar.

—No —dijimos Abril y yo a la vez.

Su padre acabó con las manos en el aire, humillado y algo agradecido. Cinta chasqueó la lengua.

—Hasta para estorbar llegas tarde.

—Cinta —dijo Abril, sin girarse.

—Qué. ¿Ahora tampoco se puede hacer observación familiar?

Tina apareció con un trapo en el hombro.

—Podéis pelear después de meter el mueble. Si se queda en la puerta, no abrimos ni con lateral ni sin lateral.

La mesa entró al tercer intento, de lado, con una pata rozando la barra y otra llevándose por delante una caja de servilletas. Las servilletas cayeron al suelo como una nevada barata. Ona se agachó a recogerlas.

—No digas que esto es simbólico —le advirtió Abril.

—No iba a decirlo.

—Mentira.

—Sí, pero estoy moderando mi marca personal.

Colocamos la mesa dentro, junto a la pared del enchufe que hacía chispas si lo mirabas con confianza.

No quedaba bien. Nada queda bien en Lola y Sal cuando lo cambias por obligación.

La mesa parecía castigada. Más grande de la cuenta para estar dentro, demasiado vieja para fingir que aquello no le afectaba.

Abril la observó. Yo me limpié el sudor del cuello con el antebrazo. Me olían las manos a madera caliente, metal de silla y polvo de Ayuntamiento.

—Aquí molesta —dijo.

—Sí.

—Y fuera no puede estar.

—Sí.

—Qué útil eres cuando decides hablar poco.

—Estoy probando una versión nueva.

—No te queda natural.

Jana dejó el bolso encima de la mesa.

—Nueva ubicación temporal. Horrible iluminación, poca ventilación y riesgo de electrocución. Me representa.

—Quita el bolso —dijo Abril.

—Estoy ayudando a que no parezca secuestrada.

Nil apareció con una caja de cables y un altavoz pequeño justo cuando Jana obedecía.

No tuvo la decencia de llegar en otro momento.

—¿Dónde dejo esto?

Jana se incorporó a toda prisa y se golpeó la cabeza con el borde de la mesa.

—Joder.

Nil dejó la caja en el suelo.

—Empiezas fuerte.

—Tú vienes con cables. No juzgues presentaciones.

—Me dijo Ona que quizá necesitabais música si empezabais a mataros.

Ona alzó una mano desde la barra.

—Yo dije ambiente. Él interpreta violencia porque es músico y se cree profundo.

Nil miró el lateral vacío, luego la mesa dentro, luego a Jana.

—Vaya.

—No digas vaya así.

—¿Así cómo?

—Como si la mesa tuviera sentimientos.

—Igual los tiene y tú te haces la graciosa para no mirarla.

Jana perdió medio segundo de sonrisa. Poco. Suficiente.

—Uy, perdón. ¿Hoy venías en modo observador insoportable?

—Me ha salido solo.

—Pues guárdatelo donde guardas los acordes tristes.

Nil levantó las manos.

—Vale.

—No me digas vale con pinta de entenderme.

—Entonces no me lo pongas tan fácil.

Jana cogió la caja de cables y la dejó con una fuerza de más junto al altavoz.

—Biel, dile al músico que no estorbe.

—El músico ha traído cables.

—Encima protegido por logística. Asco.

Nil sonrió sin defensa. Jana no.

Abril me buscó con los ojos un segundo. También lo había visto. Las demás grietas empezaban a abrirse, aunque la nuestra todavía sangrara.

A las doce, el lateral estaba vacío: cuatro mesas, dieciséis sillas, dos sombrillas viejas, una jardinera de romero seco y el cubo donde Quimet tiraba tapones sin motivo.

Se veía la arena aplastada donde habían estado las patas, una línea de sal en la pared y la ducha exterior expuesta, vulgar, con la intimidad de una cortina arrancada de golpe.

Pepa pasó con dos cajas de agua y se plantó delante.

—Qué feo queda.

—Gracias, Pepa —dijo Abril.

—No, de verdad. Parece que os hayan quitado un diente.

—Necesitábamos precisión visual.

—Luego mando a mi sobrino con bridas para el cañizo.

—No hace falta.

—He dicho que lo mando, no que te parezca bien.

Dejó una caja y se fue. Abril la miró.

—Solidaridad con factura invisible.

—Bienvenida al pueblo cuando ayuda mal.

El servicio empezó con menos mesas y más ojos.

—¿Ya no ponéis aquí?

—Hoy no —contestaba Abril.

—¿Por qué?

—Porque el Ayuntamiento tenía ganas de hacernos ejercicio.

Una señora se rio. Otra no. Un hombre dijo que se veía venir, que las terrazas siempre ocupaban de más. Tina sacó la cabeza desde la cocina.

—Si usted sabe tanto, coja una silla y mida con el culo.

—Tina —dijo Abril.

—Estoy cansada.

—Eso no es permiso legal.

Quimet llegó tarde, miró el lateral vacío y dijo que él no trabajaba en un sitio mutilado. Abril le contestó que trabajaba en un sitio abierto o no cobraba. Quimet entró en la cocina llamándola Lola por error.

El error dejó el local quieto. Abril guardó silencio.

Quimet tampoco. Ella acabó con una bandeja en la mano, blanca de dedos alrededor del metal. Me acerqué.

—Abril.

—No.

—No he respirado fuerte.

—Ibas a decir algo con cuidado. Horror.

La bandeja tembló.

—Dame eso.

—No me quites cosas de las manos.

—Entonces deja de sujetarlas como si fueran a denunciarte.

Me lanzó una mirada rabiosa. Bien. La rabia la ponía otra vez en el cuerpo.

—Eres insoportable.

—Pero sin frase cuidadosa.

Me dio la bandeja. Jana pasó con cuatro vasos.

—Qué tierno. Os repartís objetos en vez de emociones.

—Lleva los vasos —dijo Abril.

A las tres y diez falló el TPV.

Claro. Terraza reducida llena, barra con gente esperando y el aparato imprimiendo un recibo en blanco que parecía una lengua enferma. Abril arrancó el papel con tanta fuerza que casi se llevó media máquina.

—No lo mates —dije.

—Tiene voluntad propia. Es defensa personal.

—Déjame.

—No.

Me aparté. Ella se agachó, buscó el cable correcto, no el de la cafetera, desconectó, contó hasta diez y volvió a conectar. El TPV encendió.

Funcionó. Abril se incorporó con polvo en la rodilla y la cara roja.

—Ya.

Levanté las manos.

—Ni he abierto la boca.

—Tienes cara de aplauso.

—Me la guardo.

Una clienta sonrió desde la barra.

—Da gusto ver pareja trabajando junta.

Abril y yo dijimos a la vez:

—No somos pareja.

Silencio. Jana, desde la terraza:

—Subtítulos, mesa tres.

La clienta se llevó dos cervezas y una sonrisa que no merecía.

A media tarde llegó correo de Àngels. Vega lo leyó junto a Abril, y yo seguí al lado sin pedir permiso ni tomarlo.

—Mañana medición presencial a las ocho y media —dijo Vega—. Si detectan uso del lateral antes de resolución, pueden levantar incidencia sobre toda la terraza.

Toda la terraza. La palabra dejó de ser trámite y se convirtió en caja vacía.

Sin terraza, Lola y Sal se quedaba reducido a barra, cocina pequeña, calor encerrado y gente de pie mirando dónde sentarse. Sin terraza, el comprador no tenía que bajar precio: el precio se caía solo.

Abril dejó el móvil con la pantalla hacia abajo.

—Vale.

—No vale —dijo Vega.

—No he dicho que valga. He dicho que lo he oído.

Tina entró con una bandeja de bravas.

—¿Qué pasa?

—Mañana vienen a medir —dijo Jana.

—¿A medir qué?

—Nuestra paciencia, pero con cinta oficial.

Tina apoyó la bandeja y exhaló por la nariz.

—Tengo turno. No puedo venir.

—No pasa nada —dijo Abril.

—Sí pasa.

—Tina.

—No hagas esa voz de puedo con todo porque te tiro las bravas.

Abril amagó con hablar. Dejó el silencio ahí.

Otro avance mínimo. Si los sumábamos, igual al final del verano salía una persona entera.

A las siete, el comprador apareció en la acera de enfrente. No entró.

Solo se paró bajo la sombra del Forn Nuri cerrado, miró el lateral vacío y habló por teléfono. Pepa salió de Ultramarinos Pepa con una bolsa de hielo y se plantó delante de él. No oí qué le dijo. Vi suficiente: él sonrió, respondió algo breve y se fue hacia su coche.

Pepa cruzó hasta Lola y Sal.

—Ese no tiene hambre.

—¿Qué quería? —preguntó Abril.

—Mirar.

—Eso ya lo hace medio pueblo.

—Sí, pero medio pueblo al menos compra aceitunas.

Dejó la bolsa de hielo junto al almacén y se fue. Abril miró la acera vacía.

—No voy a llamarlo.

Lo dijo para ella. Yo lo oí.

—Hecho.

—No te acostumbres a darme órdenes.

—Hoy te lo concedo por costumbre.

Aguantó la mirada. La tarde le había dejado una mancha de salsa en la camiseta, polvo en las piernas y una línea roja en el hombro de cargar sillas. Tenía el pelo suelto por un lado y recogido por el otro, una versión física de su cabeza.

—Necesito bridas —dijo.

—Están en el almacén.

—Voy.

—Voy contigo.

—No hace falta.

—Lo sé, Biel.

Me siguió igualmente. El almacén estaba peor después del traslado: sillas, mesas plegadas, cajas y cartón húmedo. Abril empezó a mover cosas sin pedirme ayuda. La dejé hasta que intentó levantar una mesa sola.

La caja se le resbaló. La agarré por detrás antes de que le cayera en la cara. No la caja.

A ella. Una mano en su cadera, la otra en la estantería. Abril quedó inmóvil.

—La caja —dijo.

—Está arriba.

—Pues bájala.

—Sí.

No me moví. Ella tampoco.

Fuera seguía el servicio: voces, platos, Jana gritando que la mesa dos no podía pedir “lo de siempre” porque nadie allí era adivina, Quimet insultando una sartén.

Abril apoyó la mano en mi muñeca. No para apartarme. Ese fue el problema.

—Biel.

—Dime que me aparte.

—No quiero que te apartes.

Eso me bajó por la espalda con una lentitud poco conveniente.

—Abril.

—Lo sé.

Se giró dentro del poco espacio entre mi cuerpo, la estantería y una pila de cajas. Quedamos frente a frente. El deseo venía sucio de cansancio, rabia, papeles municipales, su padre fregando, el comprador mirando desde la acera y una reunión a las ocho y media.

Gracias a Dios. El deseo limpio se habría podido tirar a la basura. Esto no. Abril miró mi boca.

—No lo hagas si luego vas a usarlo para decirme que me quedo por ti.

—No voy a decirte eso.