No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 17 · ABRIL
52%

CAPÍTULO 17 · ABRIL

El Ayuntamiento de Cala Saurina olía a café recalentado, papel caliente y aire acondicionado trabajando con mala conciencia.

Entré con mi padre detrás y Biel a mi izquierda, sin taparme. Las llaves de Lola y Sal sonaron una vez dentro de su bolsillo. Me sostuvieron más de lo que pensaba admitir.

Vega me pidió con los ojos que no denunciara el edificio por ambiente hostil. Jana había venido «solo hasta la puerta» y ya estaba dentro. Tina avisó de que se marcharía si alguien decía potencial turístico.

Ona estaba junto a la caja. Cinta, pegada a mi padre, lo vigilaba como si pudiera escaparse por una rejilla.

Àngels Boix nos esperaba en una sala alargada con una ventana que daba a una pared blanca. Joan Prats, el técnico, estaba a su lado con una carpeta. El comprador ya estaba sentado.

Claro. Camisa clara. Bolígrafo alineado. Ninguna gota de sudor. Aquel hombre debía de tener el sistema nervioso plastificado.

—Abril —dijo.

No me dio dos besos. Algo habíamos avanzado.

Me senté frente a Àngels, no frente a él. Fue infantil. Me sirvió.

Biel se sentó a mi izquierda. Mi padre a mi derecha porque Cinta lo empujó por el codo.

—Donde te vea —le dijo.

—Cinta…

—Hoy no hay escapismo decorativo.

Àngels abrió la carpeta.

Àngels explicó que había entrado una solicitud sobre el uso del lateral y que una firma antigua de Joan obligaba a revisar la autorización.

—Yo solo he pedido claridad —dijo el comprador.

Cinta abrió el abanico.

—Y una palanca. No se deje esa parte.

Joan Prats desplegó un plano viejo. Tan viejo que el cartel de Lola y Sal aparecía escrito con otra letra y la terraza no coincidía del todo con la realidad.

Vi la franja marcada antes de que nadie la explicara: el lateral del cañizo, la ducha exterior detrás, las mesas que siempre iban primero cuando venía gente de más.

Y la mesa del lateral. Me sudaron las manos.

—Esta franja está ligada a la actividad de temporada —dijo el técnico—. Una anotación antigua obliga a revisarla si cambia quien explota el local.

—La titularidad está en trámite —dijo Vega.

—Precisamente.

El comprador llamó zona gris a la franja. Mi padre miró el plano como si el papel pudiera absolverlo.

Àngels señaló su firma antigua.

—¿Leyó lo que firmaba?

Tardó demasiado en responder.

—Lola me dijo que firmara para que no le quitaran mesas aquel verano.

La rabia me subió por las muñecas. Debajo estaba Lola sosteniendo el local con papeles doblados, favores y gente que firmaba sin mirar.

—Sin lateral, la actividad pierde valor —dijo el comprador.

—Cuatro mesas pierden caja —contestó Biel—. El valor se lo está inventando usted.

No habló por mí. Puso una cifra sucia encima de otra.

Yo miré el plano. La mesa de siempre quedaba dentro de la franja marcada. Una pata dentro, otra fuera. Muy nuestro todo: hasta los muebles discutían límites.

El técnico pasó una hoja.

—Hasta aclarar la situación, proponemos retirada provisional del mobiliario lateral antes de las veinte horas de hoy. Se mantiene actividad en terraza principal y barra. Si se usa la franja, puede revisarse la terraza completa.

Terraza completa. Ahí estuvo el golpe. El comprador, el plano y mi padre podían esperar. Mesas fuera antes de las ocho.

Caja rota. Y la mesa de siempre sin sitio.

—Esa zona lleva años usándose.

—Por eso la retirada es provisional —dijo Àngels—. Si no se cumple hoy, puede revisarse la terraza completa.

El comprador sonrió poco.

—No creo que te convenga contestar desde el enfado.

—Estoy enfadada. También sé contar mesas.

Biel giró la cabeza hacia mí. No me dio la razón en voz alta. Mejor.

Mi padre intentó hablar.

—Ahora no.

Se calló con alivio. Vega pidió copia, plazo y constancia de que mover las mesas no significaba renunciar al lateral. Eso sí quedó escrito.

El comprador guardó el bolígrafo.

—Mi oferta queda condicionada.

—Entonces ya tiene compañía —dije—. Nosotros también.

Se levantó esperando que lo llamara. No lo hice. Cuando salió, Àngels cerró la carpeta.

—Abril, hoy necesito el lateral vacío.

—Lo tendrá.

Biel aguantó ahí.

—Lo vaciamos nosotros.

—No.

Su mandíbula se tensó.

—Abril.

—No digo que lo haga sola. He dicho que no vas a convertirlo en otro favor escondido.

Me levanté.

—Joan también viene.

Mi padre palideció.

—Tengo que…

—Tienes que quitar mesas del lateral que firmaste sin leer.

Cinta sonrió con todos los dientes.

—Ahora sí.

Nos levantamos todos a la vez. Tina podía cargar hasta las cinco; Vega redactaría la respuesta; Ona avisaría de que abríamos con menos mesas sin convertir la pérdida en escaparate.

Jana levantó el bolso.

—Yo cancelo dos citas. Mi futuro romántico acaba de quedarse sin mesa favorita.

Fuera, Biel caminó a mi lado. Pepa nos vio bajar con las carpetas y la mala cara.

—Luego paso —dijo, sin preguntar más.

En Cala Saurina primero te miraban. Después opinaban. A veces, si la desgracia pesaba, cargaban una silla.

Al llegar a Lola y Sal, me planté delante del lateral.

Las mesas estaban como siempre: torcidas, gastadas, con marcas de vasos y patas que cojeaban según el humor del suelo. La mesa de siempre tenía una servilleta bajo una pata y una mancha vieja de pintalabios que Jana juraba que no era suya.

Biel se puso a mi lado.

—No hay que tirarla.

—Ya lo sé.

—Solo moverla.

—No uses solo.

—Vale.

No añadió nada más. Eso ayudó.

Me acerqué a la mesa, pasé los dedos por la esquina levantada y noté la madera caliente.

—A las ocho tiene que estar vacío.

Mi padre se frenó en la entrada. Lo miré.

—Tú empiezas por las sillas.

—Abril…

—Sillas, Joan.

No lo llamé papá. Me oyó todo el mundo.

Él también. Biel apartó la mirada un segundo. No respondió. Al lado.

Mi padre cogió la primera silla, la levantó mal y se golpeó la espinilla. Jana hizo una mueca.

—Esto va a ser largo.

—Mejor —dijo Cinta—. Así aprende despacio.

Yo agarré una esquina de la mesa del centro. Biel se colocó al otro lado.

—A la de tres —dijo.

—No me mandes.

—A la de lo que quieras.

—Tres.

Levantamos. La mesa pesó menos de lo que esperaba. Eso me molestó.

La apoyamos en el suelo. Las patas dejaron cuatro marcas limpias. Al intentar sacarla por la puerta principal, la mesa no pasó.