No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 16 · BIEL
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CAPÍTULO 16 · BIEL

Abrí el sobre de Lola en la habitación de arriba porque abajo olía a fritura, lejía y padre acorralado.

No significa que arriba oliera bien. La habitación de Lola y Sal olía a papel caliente, ropa vieja, sal pegada en la madera y verano encerrado.

El ventilador pequeño seguía sin funcionar.

La silla plegable peligrosa estaba abierta contra la pared, esperando una muñeca distraída.

Una camiseta de Abril, manchada de alioli, colgaba del respaldo de otra silla junto a dos trapos secos y una bolsa de servilletas que nadie había bajado.

Abril subió detrás de mí sin avisar.

No protesté. Eso ya decía bastante del estado de mi cabeza.

—Puedes abrirlo solo —dijo.

—Has subido.

—He dicho puedes, no quiero.

Dejé el sobre encima de una caja de Lola vacía. La misma donde guardaban la libreta de Lola. Me pareció de mal gusto. También práctico. Lola habría aprobado la mesa improvisada y criticado el polvo.

Abajo seguían recogiendo. Joan lavaba vasos con una torpeza que hacía sufrir al fregadero.

Cinta le daba instrucciones no solicitadas.

Jana cantaba una canción horrible cambiándole la letra para incluir “ocupación lateral”, “padre fugitivo” y “bravas blandas”.

Tina no cantaba, pero se notaba que estaba a punto de matar a alguien con la espumadera si la noche se alargaba mucho más.

—Si pone otra deuda, bajo y me tiro a la freidora —dije.

Abril se apoyó en la pared, cerca de la ventana.

—Primero limpia el aceite. Cinta estaría orgullosa.

La miré.

Estaba agotada. Tenía el pelo medio suelto, la camiseta pegada a la cintura y una mancha de tinta en el antebrazo. Llevaba la cara de quien había tenido que mandar a su propio padre a recoger vasos para no romperse. Una cara nada bonita. Mucho peor para mi autocontrol.

—¿Seguro que quieres estar?

—No.

—Abril.

—Estoy aquí porque si te vas a enfadar con una muerta, prefiero que no lo hagas solo. Luego abajo hay servicio y te pones muy imbécil cuando te tragas cosas.

—Qué apoyo tan fino.

—Es el que hay con este calor.

Metí un dedo bajo la cinta vieja del sobre. Se resistió. Lola había cerrado aquello con cinta de embalar, no con pegamento de carta. Claro. Ningún gesto suyo sabía parecer delicado más de medio minuto.

El papel se rasgó, por un lado.

Dentro había dos hojas dobladas y un recibo pequeño, amarillento, con mi nombre escrito en una esquina. No lo toqué primero. Fui a la carta, porque soy así de cobarde: preferí una voz a un número.

La letra de Lola ocupaba media página con trazos torcidos.

Biel: Si lees esto, es que he muerto o Abril ha vuelto tarde, que viene a ser lo mismo en esta familia para según qué cosas.

Solté aire por la nariz.

—Empieza fuerte —dije.

Abril apartó la mirada. Seguí leyendo en voz baja. No toda la carta. Había partes que no me salían por la boca, así que las leí para dentro, con la lengua pegada a los dientes.

No seas mío después de muerta. No lo fuiste nunca, aunque yo te usara muchas veces para tapar huecos. Me abriste cuando no podía abrir. Me arreglaste lo que no sabía pagar. Me aguantaste la mala leche y la soledad. Eso no te da una deuda. Me la deja a mí.

Tragué saliva. La habitación se achicó alrededor. Abril no cedió espacio.

No aceptes dinero si es para comprar perdones. Acéptalo si sirve para salir vivo de este sitio. A los hombres también se les pudre el cuerpo de aguantar, aunque luego os creáis muy enteros cargando cajas.

—Hija de puta —murmuré.

Abril cerró los ojos.

—Sí.

—Era tu madre.

—Precisamente.

Seguí.

El día que Abril se fue, me enfadé con ella porque era más fácil que pedirle que no se me rompiera delante. Te dejé creer que, si no corrías detrás, hacías lo correcto. No sé si lo era. Yo tampoco sabía querer sin poner trabajo de por medio.

No pude seguir un momento.

La hoja me tembló. Poco. Lo suficiente para que Abril lo viera y no dijera nada. Ese fue el detalle que me desarmó. Abril sabía meter el dedo en una herida con precisión y, cuando quería, sabía no tocar.

—Biel —dijo al fin, muy bajo.

—No.

—No iba a arreglarte.

—Ya.

—Iba a preguntarte si quieres que pare.

Miré la hoja. La mancha de café en la esquina tenía forma de nada. Solo café. Solo Lola manchando incluso lo que había querido dejar ordenado.

—No.

Leí el último párrafo.

Si Abril quiere vender, no hagas de mártir en mi nombre. Si Abril quiere quedarse, no la castigues por tardar. Y si ninguno sabe qué quiere, cerrad una noche sin decidir nada y comed. La gente piensa mejor con algo en el estómago, aunque sea pan duro.

Debajo había una posdata: La frase de Sal sigue sirviendo: aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas. Yo no aprendí. A ver si vosotros sois menos burros.

No había firma bonita. Solo Lola, con una raya debajo.

Abril se limpió la mejilla con el nudillo antes de que una lágrima llegara a hacer algo. Rápido. Casi violento.

—No llores por ella si no quieres —dije.

—No me mandes tampoco eso.

—No iba como orden.

—Todo lo tuyo suena a orden cuando estás roto.

Callé. Tenía razón y me caía fatal que la tuviera justo ahí, con una carta de su madre abierta entre los dos y un recibo esperando como una cucaracha administrativa.

Cogí el recibo. La hoja reunía reparaciones, cerveza, hielo, adelantos y una parte de la bomba del baño. Ninguna cifra era enorme. Juntas explicaban por qué yo había puesto dinero sin decirlo y por qué yo seguía confundiendo ayuda con deuda.

Me reí. Abril se tensó.

—¿Qué pone?

Le tendí el papel. Lo leyó.

Vi cómo se le cerraba la cara, no por frialdad; por esfuerzo. Abril contenía las emociones con la tensión de una bandeja cargada: tiesa, con los brazos duros, esperando llegar a la barra antes de derramar.

—Voy a pagártelo —dijo.

—No sigas.

—Biel.

—No quiero que me pagues esta noche con tu padre fregando abajo y mañana una cita en el Ayuntamiento.

—No es pagar por culpa.

—Hoy todo aquí huele a culpa.

—También huele a baño y seguimos trabajando.

Tuve que reírme. Mal momento. Buena frase. Abril dobló el recibo con cuidado y lo dejó encima de la carta.

—Entonces lo revisamos con Vega. Números. Fechas. Lo que haya.

—No tienes que arreglarlo todo antes de dormir.

—No sé dormir con cosas abiertas.

—Ya lo he notado.

Se cruzó de brazos. La tela de la camiseta se le subió un poco en la cintura. Aparté la vista porque seguía siendo idiota y porque la carta de su madre no me había vuelto santo. Me había dejado peor.

—Yo tampoco sé dormir con esto —dije.

Abril ni pestañeó.

—¿Con qué parte?

—Con que Lola me diga que no la use de excusa para seguir siendo el que aguanta.

Con que tu padre aparezca y todo el local se comporte igual que una ventana cerrada durante años que por fin alguien abre.

Con que tú apagues el móvil del comprador y yo lo vea como una victoria mía cuando no debería serlo.

Abril bajó los brazos.

—Tu victoria, no.

—Lo sé.

—Fue mía.

—También lo sé.

—Entonces por qué te molesta.

—Porque quiero que sea por mí.

Sin alioli. Sin sarcasmo. Sin caja de cerveza que poner delante. La frase quedó encima de la habitación de arriba, torpe y adulta, con el ventilador muerto al lado y el ruido de Jana cantando abajo una barbaridad sobre trámites municipales.

Abril no respondió enseguida. Eso me dio tiempo a arrepentirme.

—No he querido decir…

—Sí has querido.

—De acuerdo.

—Y yo no puedo darte eso así.

—Ya.

—Pero tampoco quiero que no cuente.

La miré. Ella estaba mirándome a mí. No a la carta. No al recibo. A mí, con los ojos cansados, la boca seca y una honestidad sin maquillaje que no sabía dónde colocar.

—Biel, si mañana voy al Ayuntamiento, no quiero que vengas delante.

—Ya lo has dicho.

—Quiero que vengas al lado.

La diferencia fue pequeña. Ridícula para cualquiera que no llevara años confundiendo sitio con permiso. Para mí pesó más que el sobre.

—Puedo hacer eso —dije.

—¿Sin hablar por mí?

—Voy a fallar alguna vez.

—Ya cuento con eso.

—Qué confianza.

—Es lo que tenemos.

Me acerqué un paso sin plan. Grave error. Abril no retrocedió. Levantó la barbilla apenas, ese gesto suyo de pelea que mi cuerpo siempre había leído en un idioma indecente.

—No deberías estar tan cerca —dijo.

—Estoy en mi distancia de lectura de recibos.

—No tienes un recibo en la mano.

—Detalles.

Sonrió. Poco. Con la cara manchada de cansancio. Yo le toqué la muñeca.

Solo eso. La tenía caliente. El pulso rápido bajo mi pulgar. No la sujeté. No tiré. Dejé la mano ahí, sin darle nada que pudiera convertirse en una orden, y esperé.

Abril miró mis dedos.

—No me hagas fácil querer quedarme por las razones equivocadas.

—No sé hacer fácil nada.

—Eso ayuda.

—Pésimo informe de pareja.

—No somos pareja.

Me salió con una prisa poco prudente. Nos miramos. Abajo, Cinta gritó:

—Joan, si rompes otro vaso, lo apunto en tu frente.

La realidad tenía un talento lamentable para entrar sin llamar.

Abril se rio y se le quebró a mitad. Yo también. Me habría gustado besarla ahí, con esa risa rota, la carta abierta y el recibo entre los dos. Precisamente por eso no lo hice.

Le solté la muñeca. Ella tardó medio segundo en bajar la mano. Medio segundo también cuenta.

Guardé la carta y el recibo en el sobre roto.

—No voy a leer más hoy.

—No hay más.

—Con Lola nunca se sabe.

—Cierto.

Bajamos juntos. No pegados. Juntos.

En la planta de abajo, Joan seguía fregando vasos.

Tenía la camisa mojada por el pecho y una expresión humillada que no me dio pena suficiente.

Cinta estaba sentada con la autoridad de una reina fea en la mesa de las cinco.

Vega había vuelto, no sé cuándo, y revisaba papeles con el móvil cargando en el enchufe de la cafetera.

Ona recogía vasos al fondo. Tina cerraba la cocina con movimientos lentos, agotados, y Roc había dejado otra bolsa de cubitos junto al almacén antes de irse sin decir nada.

Jana nos vio bajar. Claro.

—Uy.

—No —dijo Abril.

—Solo era una vocal.

—Guárdala.

—Qué agresiva. Eso es el polvo de arriba.

—Jana.

—Me callo. Pero me lo guardo para una ocasión peor.

Vega miró al frente.

—Hay novedad.

Abril se detuvo en el último escalón.

—Dime que no empieza con “el comprador”.

—Empieza con Àngels.

Ahí estaba el daño. Vega giró el móvil hacia nosotros. Había recibido un correo reenviado desde una dirección municipal. Lo leyó en voz alta porque, al parecer, la noche aún no había cobrado bastante.

—“Se adelanta la reunión de mañana a las nueve. Asistirán la titular actual, Joan Rovira Serra en calidad de firmante histórico y la parte interesada que ha solicitado valoración alternativa del espacio lateral.”

—Parte interesada —repitió Abril.

—El comprador —dijo Cinta.

Mi mano se cerró alrededor del sobre roto.

Joan dejó caer un vaso en el fregadero. Esta vez no se rompió. Sonó peor. Abril bajó el último escalón.

—Entonces a las nueve.

—Abril —dijo su padre.

Ella lo miró.

—Vas a venir limpio. Y no vas a hablar primero.

Cinta sonrió.

—Esto mejora.

Tina apagó la luz de la cocina con el codo.

—Esto empeora, pero al menos ya somos conscientes.

Abril me miró. Sin taparla. Al lado.

Asentí. El terminal sonó desde la barra, apagado, sin motivo aparente. Jana se acercó, lo miró y dijo:

—La máquina también quiere ir al Ayuntamiento.

Nadie se rio al principio.

Después Abril sí. Una risa mínima, cansada, de pie junto a su padre, con el móvil de Vega iluminándole la cara y el comprador esperándonos en una sala municipal que olía, seguro, mucho menos a fritanga.

Yo guardé el sobre de Lola contra el pecho y miré la puerta lateral por donde el comprador había entrado sin permiso aquella mañana. Abril siguió mi mirada.

—Mañana entramos por la puerta principal —dijo.

Jana abrió la boca y la cerró. Fuimos hacia la puerta principal.