No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 15 · ABRIL
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CAPÍTULO 15 · ABRIL

Mi padre duró siete minutos sentado antes de intentar ponerse de pie.

No exagero. Siete. Los conté porque necesitaba hacer algo con las manos y porque el lector acababa de tragarse el cambio de la mesa tres con una alegría muy propia de él.

Joan Rovira Serra estaba en aquella mesa, delante de Cinta, con un vaso de agua intacto, los hombros hundidos y esa cara de hombre que llevaba años yéndose antes de que las cosas se pusieran pegajosas.

—Tengo que hacer una llamada —dijo.

—No.

Se quedó a medio levantarse.

—Abril.

—He dicho que te quedas hasta cerrar.

Jana, que pasaba detrás con una bandeja de bravas, sonrió sin esconderlo.

—Castigo educativo. Me encanta. Muy poco Montessori.

—Mesa cuatro —le dijo Tina desde la cocina.

—Voy, mujer que manda con ollas.

Mi padre miró hacia la salida lateral, luego hacia el comprador, que ya se había ido dejando el olor de su perfume en la terraza y un mensaje sucio en mi móvil apagado. Después miró a Cinta, quizá esperando ayuda de hermana política, de adulta mayor o de cualquier autoridad que no fuera yo.

Cinta removió su café vacío.

—No me mires. Yo he venido a traer papeles y a molestar. Lo segundo ya lo estoy haciendo gratis.

Biel estaba en la barra, con el sobre de Lola en el bolsillo trasero.

No lo tocaba. No hacía falta. Yo veía cómo lo evitaba igual que se evita un morado: sin mirarlo y sin dejar de notarlo.

Me dolía verle con algo de mi madre encima.

Me dolía más no poder quitárselo sin volver a hacer lo de siempre: tocar donde no me habían llamado y luego decir que era ayuda.

—Necesito entender una cosa —dijo Vega, colocando la caja metálica sobre la mesa—. Joan, ¿el comprador contactó contigo antes de venir aquí?

Mi padre bebió agua. Por fin. Lo hizo lento, ganando tiempo con un vaso.

—Me llamó ayer.

—¿Y por qué no lo dijiste? —pregunté.

—Porque no sabía si importaba.

Tina soltó una risa seca desde la puerta de la cocina.

—En este local lo que no parece importar siempre acaba mojando el suelo.

El baño gorgoteó desde el fondo, con una puntualidad indecente.

—Gracias por participar —murmuró Jana.

Me apoyé en la mesa con las dos manos. Estaba pegajosa. La habíamos limpiado tres veces. Daba igual. Lola y Sal tenía una forma muy suya de quedarse en los dedos.

—¿Qué quería?

Joan miró al suelo.

—Saber si yo mantenía algún derecho sobre el local.

La palabra derecho hizo que todo el mundo se moviera un poco. No mucho. Una silla que rozó la arena, un vaso que Tina dejó con demasiada fuerza, el cuerpo de Biel enderezándose junto a la barra.

—¿Y lo mantienes? —pregunté.

—No como tú crees.

—Traducción, por favor. Estoy sin paciencia y con olor a váter viejo.

Cinta se inclinó hacia delante.

—Tu padre firmó hace años algunas comunicaciones cuando Lola no quería bajar al Ayuntamiento. Ocupación de terraza, renovación de actividad, esas cosas. Propietario, no. Pero su nombre quedó en papeles viejos.

—Papeles que ahora ese hombre ha encontrado —dijo Vega.

—O alguien se los ha señalado —añadió Cinta.

Mi padre levantó la cabeza.

—Yo no le he dado nada.

—Pero escuchaste —dije.

No dijo nada. Fue suficiente.

La terraza empezó a llenarse antes de que pudiera seguir abriéndole costillas a mi padre con preguntas.

Entró una pareja con sombrero de paja, dos niños con arena hasta las rodillas y un señor que pidió mesa a la sombra mirando los toldos con la fe de quien no sabía nada del mecanismo criminal que los sostenía.

Yas apareció con una caja de vasos bajos.

—¿Hoy hay reunión familiar o servicio?

—Las dos cosas —dijo Jana—. En Lola y Sal optimizamos desgracias.

—Pues optimizad también la mesa seis, que quiere almejas y no sé si quedan.

Biel salió del otro lado de la barra.

—Quedan pocas.

—Ponlas —dije.

Siguió ahí, firme.

—¿Todas?

—Todas. Hoy no guardamos cosas por miedo.

Fue una frase pequeña. De servicio. De almejas. De una bandeja que había que sacar antes de que la cocina se nos viniera encima. Aun así, Biel la entendió. Bajó la cabeza un segundo y asintió.

Mi padre volvió a levantarse. Le puse una bandeja vacía delante.

—No.

—Abril, yo no sé…

—Aprendes. Mesa dos. Dos aguas con gas y pan.

Jana se preparó para añadir algo.

—Esto sí que es contenido.

Ona, desde la barra, le dio un codazo.

—Ni se te ocurra.

—He dicho contenido, no vídeo. Estoy creciendo.

Mi padre miró la bandeja con el cuidado de quien recibe una criatura con fiebre.

—No he servido una mesa en mi vida.

—Ya. Se nota en muchas cosas.

El golpe le llegó. Lo vi. Me arrepentí a medias, que era lo único que podía permitirme en aquel momento. Cinta chasqueó la lengua.

—Cógela por abajo, Joan. No por el borde. Parece mentira.

—Cinta.

—Qué. Si va a hacer el ridículo, que no tire el agua encima de un turista. Luego hablan.

Biel pasó junto a mí con una cesta de pan. Me rozó el brazo, sin querer o queriendo no querer. El sobre de Lola seguía en su bolsillo. Yo lo miré. Él lo notó.

—No ahora —dijo bajo.

—Literalmente no he hablado.

—Lo has dicho con toda la nuca.

Me habría reído si mi padre no estuviera llevando dos aguas con gas hacia la mesa dos con los hombros rígidos y la bandeja inclinada hacia una señora vestida de blanco. Milagrosamente, no la bautizó.

El servicio nos tragó.

Durante dos horas, Joan no pudo irse porque cada vez que intentaba desaparecer alguien le ponía algo en las manos.

Cinta le mandó recoger vasos. Jana le pidió que llevara servilletas.

Tina le encajó una bolsa de basura pequeña con una sonrisa peligrosa.

Yas le enseñó a no cruzarse delante de la cocina cuando Quimet iba con la sartén.

Vega siguió sentada en la mesa de las cinco, leyendo papeles con esa quietud suya que daba más miedo que un grito.

Yo trabajé con el móvil apagado dentro del cajón. Apagado.

La palabra tenía peso. Cada vez que pasaba por la barra, pensaba en encenderlo.

En ver si el comprador había escrito otra vez.

En recuperar la salida fácil, aunque ya no fuera tan fácil ni tan salida.

No lo hice. Me dediqué a cobrar, a equivocarme con una clara, a mancharme la camiseta con alioli y a discutir con un turista que quería cambiar bravas por “algo menos agresivo”.

—El tomate no agrede —le dije.

—Pica.

—Aquí todos.

Biel se rio desde la cocina.

Mi padre lo oyó. Miró a Biel, luego a mí, con una expresión que no supe leer. Tal vez sorpresa. Tal vez esa incomodidad tardía de quien descubre que su hija tiene vida en una habitación donde él solo había dejado silencios.

A media tarde, Vega me llamó con dos dedos.

—Ven.

Fui. Me limpié las manos en el pantalón y dejé una marca blanca de harina o sal. Ya no sabía qué llevaba encima.

—Esto es lo importante —dijo, señalando una copia vieja—. Si el comprador mueve “otra vía”, puede intentar presionar por la ocupación lateral. No comprar el local entero, sino provocar revisión del espacio, esperar a que tú te canses y entrar después con condiciones peores.

—¿Puede hacerlo?

—Puede intentarlo.

—Eso no es respuesta.

—Es la que hay.

Cinta resopló.

—En Cala Saurina todo el mundo puede intentar cosas. Luego viene Àngels Boix y decide quién le parece menos molesto esa semana.

—Cinta.

—¿Qué? La política municipal también tiene olor a crema solar.

Me giré hacia mi padre.

—¿Él te habló de Ayuntamiento?

Joan dejó una pila de platos sucios junto a la barra. Había sudado. Mucho. La camisa se le pegaba a la espalda. Fue ridículo sentir satisfacción por eso.

—Dijo que quería aclarar papeles.

—¿Con quién?

—Con Àngels.

El local se me estrechó. Biel dejó la cesta de pan sobre la barra.

—¿Cuándo?

Mi padre miró la entrada. Otra vez. La salida era su órgano más desarrollado.

—Mañana por la mañana.

—¿Tienes una cita con Àngels Boix y el comprador? —preguntó Vega.

—No exactamente.

—Joan —dijo Cinta—. A estas alturas, “no exactamente” merece una bofetada administrativa.

Mi padre se pasó una mano por la cara.

—Me citaron a las nueve y media. Para aclarar que yo no pongo problemas si hay cambios de uso del espacio lateral.

Silencio. Del fondo llegó el ruido de Quimet tirando algo metálico y jurando por lo bajo. El TPV soltó un pitido, porque incluso las máquinas reconocían un golpe bueno.

—¿Cambios de uso? —dije.

—No firmé nada.

—Qué detalle.

—Abril…

—No firmaste nada todavía.

Lo dije con veneno suficiente para que hasta Jana dejara de hacer chistes. Biel se acercó un paso.

—Voy contigo mañana.

—No.

Su mandíbula se tensó.

—Abril.

—No voy a usar tu cuerpo como escudo delante de Àngels, del comprador ni de mi padre.

—No he dicho escudo.

—Lo sé. Por eso no te he dicho que no por eso.

Me miró, confundido y cabreado a partes iguales. Buen resumen de nosotros.

—Voy contigo —dijo Vega.

—Sí.

—Y yo —añadió Cinta.

—Tú no.

—Yo sí. Alguien tendrá que traducir a Joan cuando diga cosas de persona que se ha escondido media vida detrás de un buzón.

—Cinta —protestó mi padre.

—He dicho media por ser elegante.

Tina salió de la cocina con un plato en cada mano.

—Yo no puedo ir. Trabajo en Marblava a primera hora.

Roc entró justo entonces por la terraza, con una bolsa de hielo al hombro.

—Yo puedo traer hielo mañana si hace falta.

Tina lo miró.

—Nadie te ha preguntado.

—Ya.

—Pues eso.

—Lo dejo al otro lado de la barra.

Jana se inclinó hacia mí.

—La fuerte está empezando a parecer un toldo con una cuerda floja.

—Jana.

—Qué. Es una observación técnica.

Yo miré a Biel. El sobre de Lola seguía ahí.

—Después de cerrar —dije.

Él no fingió no entender.

—No sé si quiero.

—Ya.

—Abril.

—No te estoy mandando. Te estoy diciendo que, si lo abres, no lo hagas solo por castigo.

Dejó caer la mirada. Sus dedos fueron al bolsillo, se quedaron encima del sobre y se retiraron.

Mi padre dio un paso hacia la puerta.

—Me voy a cambiar. Mañana…

—Te quedas hasta cerrar —repetí.

—Ya he servido mesas.

—Y te quedan vasos.

Jana sonrió con expresión de asistir a una coronación municipal.

—Abril está cogiendo el punto.

—No me llames así.

—Hoy te lo has ganado con sudor ajeno.

Mi padre no se fue.

No por dignidad. No por valentía. Porque, por primera vez en muchos años, alguien le había puesto una tarea sencilla en las manos y le había cerrado la puerta de salida con una bandeja.

A las nueve, cuando la terraza volvió a llenarse, encendí el móvil solo para llamar al Ayuntamiento. No al comprador.

Llamé al Ayuntamiento. Después de la centralita y dos esperas, Àngels Boix confirmó una reunión breve para la mañana siguiente.

—Perfecto —dije.

—¿Vendrá usted? —preguntó.

Miré a mi padre, con un trapo en la mano. A Vega, ya tomando notas. A Cinta, bebiéndose otro café que no había pagado. A Biel, quieto detrás de la barra, con Lola en el bolsillo.

—Sí.

—Estaba convocado Joan Rovira Serra.

—Ahora también voy yo.

Hubo una pausa.

—De acuerdo.

Colgué antes de que mi voz hiciera algo raro. Biel volvió la cara hacia mí.

—¿A las nueve y media?

—A las nueve y media.

—Voy.

—No como escudo.

—Como testigo de que el baño huele fatal, si hace falta.

Casi sonreí.

—Eso sí puedes ser.

—Currículum completo.

El servicio siguió. Mi móvil, esta vez, no volvió al cajón.

Lo dejé encima de la barra, boca abajo, apagado otra vez.

Biel pasó junto a mí y esta vez sí me rozó la mano. Poco. Nada que alguien pudiera señalar desde una mesa. Yo no la aparté.

Mi padre lo vio. Cinta también. Jana, por supuesto, también.

—Mesa seis quiere pan —dijo Jana, mirándonos con expresión de haber pillado algo mejor que un beso.

—Pues dales pan —contesté.

—Ay, qué seca cuando se emociona.

—Jana.

—Voy.

Y fui consciente, con la camiseta pegada al cuerpo, los dedos sucios de caja y mi padre atrapado en el turno, de que al día siguiente no iba a pedir permiso para defender un sitio que todavía no sabía si quería conservar.

Me remató más de lo previsto.

Por primera vez no me sonó absurdo. El alivio me dio más miedo que la rabia. Cuando subí, el sobre de Lola ya no estaba en la caja metálica.