No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 14 · BIEL
45%

CAPÍTULO 14 · BIEL

La llave parecía una tontería.

Pequeña. Dorada por partes, negra en los bordes, con una etiqueta de plástico rojo donde Lola había escrito ARRIBA con rotulador permanente y mala letra.

Una llave de caja barata. De cajón viejo.

De cosa que una pierde durante años y encuentra pegada a una goma del pelo cuando ya ha dejado de buscar.

Abril la tenía entre dos dedos y no la miraba. Miraba a su padre.

Joan Rovira Serra soportó la mirada como soportaba casi todo: medio de lado. Sin plantarse. Sin irse. Una postura cómoda para no responder del todo.

—¿Desde cuándo la tienes? —preguntó Abril.

—Desde antes de que muriera Lola.

Cinta dejó la taza en la mesa.

—Meses antes.

Joan apretó la boca.

—No sabía cuándo era el momento.

Jana resopló desde la barra, casi una risa.

—El hombre ha esperado a que haya comprador, deuda, baño poseído y trauma colectivo. Qué concepto más exigente del momento.

Nil le tocó el codo.

—Jana.

—No me domestiques con los dedos, músico.

Él levantó las manos. Sonrió poco. Jana miró esa sonrisa y luego miró a otro lado demasiado deprisa. Esa sería otra bomba. Otro verano, si el mundo tenía piedad. Ahora ya teníamos bastante con la llave.

Abril la dejó sobre la mesa. La recogió. La volvió a dejar.

—Abril —dije.

No supe qué iba a decir después. Mejor. Ella siguió mirándome, quizá porque también quería saberlo y no tenía energía para otra frase mía a medio hacer.

—No.

—No he pedido nada.

—Ibas a ofrecerte a subir conmigo.

—Sí.

—Pues no.

Dolió, sí. En pequeño y muy cabrón. Como una uña rota justo cuando tienes que cargar cajas. Asentí.

—Vale.

Su boca se movió apenas. Había cansancio en el gesto. Y culpa. La culpa en Abril siempre salía disfrazada de organización.

—Vega viene conmigo.

—Voy —dijo Vega enseguida.

Cinta se levantó.

—Yo también.

—Tú no —contestó Abril.

Cinta alzó las cejas.

—A mí no me hablas como a una clienta de mesa seis.

—Entonces no te comportes como alguien que me ha soltado medio resto familiar encima de la barra.

—No uses esa palabra en un chiringuito con sardinas —dijo Jana.

—Restos familiares —corrigió Abril.

—Mucho mejor. Muy digestivo.

Cinta no se ofendió. Lo más inquietante de ella era eso. Parecía disfrutar cuando alguien le salía respondón porque, de alguna manera, confirmaba que seguía habiendo sangre en la sala.

—Sube —dijo Cinta—. Yo espero aquí y vigilo que tu padre no vuelva a perder un objeto durante siete años.

Joan apartó la mirada. Abril cogió la llave, la caja metálica y la funda de plástico. Subió con Vega por la escalera trasera.

No subí. Me quedé junto a la barra con las manos inútiles. Tina me pasó un plato de bravas.

—Mesa tres.

—Tina.

—Mesa tres. Si te quedas mirando la escalera con expresión de perro atado, Abril va a bajar y te va a morder. Trabaja.

Trabajé. Esa era la respuesta de Lola y Sal para casi todo. Trabaja. Sirve. Cobra. Friega. Luego ya decides si te mueres por dentro o solo necesitas agua.

Llevé bravas a la mesa tres, cambié un barril, abrí dos botellas, le dije a un turista que la terraza estaba reducida por revisión municipal y no por una moda minimalista, busqué el cable del TPV bajo la barra y me golpeé la cabeza con la misma madera de siempre. Arriba no se oía nada.

Abril bajó media hora después. Vega venía detrás con la expresión de quien ha encontrado una hoja que no quería encontrar.

Abril llevaba en la mano una caja metálica gris, abollada en una esquina.

De esas de guardar dinero pequeño, recetas viejas o secretos sin glamour. La puso en la mesa de las cinco.

—Cierra terraza media hora —dijo.

—Hay mesas.

—No el servicio. La parte lateral. Necesito espacio.

No pregunté. No la hice repetir. Moví dos mesas hacia el toldo derecho, pedí perdón a una pareja que ya estaba protestando antes de saber por qué, y Yas les ofreció aceitunas con una cara que invitaba a aceptar y callar.

Cuando volví, Abril había abierto la caja.

Dentro había dinero. Poco. Billetes doblados, monedas en una bolsa transparente, recibos sujetos con pinza, una pulsera cutre de verano, una foto vieja de las cinco con dieciocho años y una lista de canciones escrita por Lola en una hoja arrancada de una libreta. También había un sobre con mi nombre.

Mi nombre. Escrito por Lola. No me moví. Abril tampoco. Cinta cruzó los brazos.

—Ábrelo.

—No es tuyo —dijo Abril.

—Por eso no lo abro.

Vega apoyó una mano en la tapa de la caja.

—Hay recibos vinculados a reparaciones pagadas por Biel.

El local se me hizo pequeño.

—No.

Abril sacó un taco de papeles.

—Bomba de agua. Reparación de frío. Cambio de pestillo. Adelanto a Noguera. Dos facturas de cerveza.

—Abril.

—Hay cantidades apuntadas.

—No.

—No puedes decir no a un recibo.

—Puedo hacerlo con bastante convicción.

Ella levantó la cabeza. Tenía los ojos secos otra vez. Ese día iba a matarme con ojos secos.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no estabas.

Fue una frase mala. Se notó al salir. Demasiado corta para todo lo que llevaba dentro.

Abril la recibió como recibía los golpes que esperaba: con la barbilla alta y la boca quieta.

—Ahora estoy.

—Y ahora no quiero convertirme en una línea de deuda en tu libreta.

—No te estoy convirtiendo en nada.

—Sí.

Tina dejó de limpiar una mesa. Jana tampoco se movió. Incluso Quimet bajó el fuego de la plancha, quizá por accidente, quizá porque Lola y Sal tenía orejas hasta en la campana extractora.

—No eres una deuda sentimental —dijo Abril.

—Pues no me pagues como si eso arreglara que me quedara.

—Te pago lo que pagaste.

—Yo lo pagué porque hacía falta.

—Y eso no te da derecho a desaparecer del papel.

—No quiero estar en el papel.

—Ya estás en el papel, Biel. Lo que no quiero es seguir fingiendo que sostener no cuesta nada porque a ti te queda más digno.

Me calló la boca. Nada bonito. Eficaz, que a veces daba más miedo. Abril había aprendido a pegar en zonas nuevas.

Joan, que seguía junto a la entrada con el cuerpo medio fuera, habló por primera vez en más tiempo del prudente.

—Tu madre no quería que tú cargaras con eso.

Abril se giró hacia él.

—Mi madre debería haber pedido menos secretos y más transferencias.

Cinta soltó una carcajada seca.

—Por fin una frase útil.

—Y tú —Abril señaló a Cinta con el sobre cerrado— podrías haber venido antes.

—Sí.

La respuesta dejó sin aire a la pelea. Cinta no se defendió. Abril no supo dónde poner el golpe siguiente.

—Sí —repitió Cinta—. Pero tu madre era mi hermana, y las hermanas se hacen daño con una precisión muy vieja. No vine antes. Ahora estoy.

Abril bajó la mano. Yo miré el sobre con mi nombre. Estaba amarillento por los bordes, cerrado con cinta adhesiva y una mancha de café cerca de la esquina. Lola, incluso escribiendo mensajes finales, manchaba cosas.

—No quiero abrirlo aquí —dije.

—No lo abras —dijo Abril.

—Pero…

—No ahora.

Volvió la cara hacia mí. No me estaba cuidando. Me estaba dando opción. Eso pesó más.

Guardé el sobre en el bolsillo trasero. Mal sitio. Lo noté contra la piel en cuanto me moví. Una presencia pequeña. Una orden sin abrir.

El servicio volvió de golpe. Abril se alejó para atender una mesa y yo tardé demasiado en soltarle la muñeca. Abril cerró la caja metálica.

—Después de cerrar, revisamos cantidades con Vega.

—Abril.

—No voy a pagarte hoy. No voy a convertir esto en una escena de recibos. Pero voy a saber cuánto hay. Y tú vas a dejar de hacerte el invisible en lo que has puesto aquí.

—No sé hacer eso.

—Aprende. Yo estoy aprendiendo a no huir con correo electrónico.

Jana apareció entre nosotros con dos platos.

—Me encanta esta academia. Huele fatal, pero promete.

—Mesa dos —dijo Tina.

—Voy, jefa cansada.

—No me llames jefa.

—Pues deja de mandar con los pómulos.

Tina fue a contestar, pero Roc entró en ese momento con dos bolsas de hielo más. Guardó silencio. Solo las dejó junto a la barra. Tina miró las bolsas de hielo.

—No he pedido hielo.

—Ya lo recuerdo.

—¿Entonces?

—Ayer dijiste que nunca sobra.

Tina abrió la boca. La cerró. Cogió una bolsa con demasiada fuerza.

—No te acostumbres a escucharme.

—Tarde.

Roc se fue antes de que ella pudiera tirarle un cubito. Cinta sonrió hacia su café vacío.

—Ese bar va a dar trabajo.

Tina señaló la cocina.

—Cinta, te juro que te meto en la freidora.

—Primero limpia el aceite.

No pude evitarlo. Me reí. Abril también. Poco. Cansada. Pero se rio.

Y entonces su móvil vibró encima de la mesa, junto a la caja metálica.

Todos lo miramos. Ya parecía un animal venenoso.

EL COMPRADOR: Oferta condicionada retirada. Mañana: aceptación simple o muevo otra vía. Joan sabe localizarme. Joan parpadeó despacio.

Abril leyó el mensaje sin coger el teléfono.

—Otra vía —dijo Vega.

—¿Qué vía? —preguntó Ona.

Cinta miró a Joan.

—La que le has abierto tú, supongo.

Mi mano fue al sobre del bolsillo. No sé por qué. Tal vez porque el nombre de Lola, ahí dentro, pesaba más que el mensaje.

Abril cogió el móvil y lo apagó. No lo silenció. Lo apagó. Luego miró a su padre.

—Tú te quedas hasta cerrar.

Joan se pasó una mano por la boca.

—Abril…

—No. Hoy no te vas antes de que acabe el turno.

Jana dejó una bandeja en la barra.

—Ay. Eso ya es castigo de la casa.

El TPV protestó. Quimet gritó algo sobre las bravas.

El sobre de Lola siguió cerrado en mi bolsillo mientras Abril apagaba su primera salida fácil delante de todos. Quise ayudarla. Me callé.