No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 13 · ABRIL
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CAPÍTULO 13 · ABRIL

Mi padre no dijo perdón.

Tampoco dijo hola bien. Dijo mi nombre como si todavía tuviera derecho a dejarlo encima de cualquier mesa y esperar que yo lo recogiera sin preguntar de dónde venía.

—Abril.

El vaso seguía en mi mano. Mojado. Resbaladizo. Con una marca de labio ajeno en el borde que yo acababa de limpiar a medias porque el terminal había pitado, Cinta había soltado una bomba y mi padre acababa de entrar en Lola y Sal con el comprador detrás.

Qué orden tan bonito para una tarde de mierda.

Biel estaba a mi izquierda. Sin taparme. Sin protegerme. A mi izquierda, donde podía verlo. Le agradecí eso y me molestó agradecérselo, porque mi vida empezaba a parecer una lista de deudas pequeñas con su nombre escrito en servilletas.

Cinta no se levantó.

—Joan —dijo—. Llegas tarde hasta para molestar.

Mi padre se quitó las gafas despacio. Tenía el pelo más gris de lo que recordaba y la camisa arrugada por el cinturón. No parecía malo. Esa era la parte desagradable. Parecía incómodo. Evasivo. Un hombre al que la realidad siempre le rozaba demasiado el codo y prefería apartarse.

El comprador, en cambio, parecía satisfecho. Con los zapatos limpios, la carpeta bajo el brazo y esa cara de haber encontrado otra grieta por dónde meter la rebaja.

—No sabía que estabas con servicio —dijo mi padre.

Jana, desde la barra, murmuró:

—Claro, porque el cartel de abierto es decorativo.

Nil le quitó una bandeja de las manos antes de que la usara como arma. Jana ni lo miró, pero tampoco se resistió. Mi padre estaba allí, el comprador sonreía y mesa cuatro quería otra clara; no teníamos tiempo para mirarles demasiado.

—Estoy trabajando —dije.

Lo dije simple. Casi vulgar. Me sostuvo mejor que cualquier discurso.

Joan miró alrededor: la madera marcada, la mesa de siempre con los papeles de Cinta, el suelo todavía húmedo cerca del pasillo del baño, Quimet sacando bravas con pinta de condena, Yas cruzando con dos botellas de agua y Vega de pie con el boli preparado para clavárselo a alguien sin perder elegancia.

—Podemos hablar fuera.

—No.

El comprador intervino con voz suave.

—Abril, he venido porque creo que conviene aclarar posiciones antes de que esto se enquiste.

—Esto no se enquista. Esto se sirve con hielo y se cobra con un TPV que odia a la humanidad.

El TPV volvió a sonar, oportuno como una suegra. Tina soltó desde la cocina:

—Hoy la máquina está de tu parte.

Biel no sonrió. Le miré de reojo. Tenía la mandíbula quieta. Quieta de una forma sospechosa. Cuando Biel no hablaba, se le notaba más el cuerpo: las manos apoyadas en la barra, los hombros tensos, la camiseta manchada de agua del baño. El comprador lo miró un segundo. Otra vez calculando.

—La propuesta puede ordenarse —dijo el comprador—. Joan me ha transmitido que hay voluntad de facilitar una salida razonable.

—Joan no tiene voluntad sobre Lola y Sal.

Mi padre miró al suelo un momento.

—Soy tu padre.

—No incluye voto.

Cayó seca. Sin gritar. Me tembló una mano y cerré los dedos alrededor del vaso para que no se notara. Mala idea. El vaso estaba mojado y casi se me escapó. Biel se movió un centímetro. Se detuvo. Bien por él. Otra vez.

Cinta bebió café, tranquila.

—La niña ha salido a Lola. A ti no, Joan. Tú cuando te enfadas haces papeles.

—Cinta, por favor.

—No me pidas finura en un chiringuito con el baño recién desatascado.

El comprador abrió la carpeta.

—Hablemos claro. Si la deuda pendiente con Cinta se liquida dentro de la operación y Biel acepta una transición temporal, la cifra puede subir respecto a la última propuesta.

El local dejó de ser ruidoso durante medio segundo. Luego Quimet golpeó una sartén.

—¡Bravas para la dos!

La vida siguió, porque Lola y Sal tenía una habilidad miserable para no respetar humillaciones familiares.

Yo dejé el vaso sobre la barra. Con cuidado. Muy despacio. Si lo rompía, le daba una escena. Y aquel hombre ya se había alimentado bastante de mis escenas.

—Biel no acepta nada porque Biel no forma parte de esto.

El comprador inclinó la cabeza.

—Biel sostiene parte del valor operativo.

—Biel sostiene cajas, averías y a veces mi paciencia cuando decide no hablar. No sostiene tu oferta.

Jana levantó la palma sin moverse.

—Eso ha sido precioso y ofensivo. Me gusta.

—Jana —dijo Vega.

—Me callo. Pero me gusta.

Biel siguió sin intervenir. Le vi tragar. No mirarme le estaba costando. A mí no pedirle nada, también.

Mi padre dio un paso hacia la mesa que nunca callaba.

—Abril, no puedes cargar tú sola con todo lo que dejó tu madre.

Cinta soltó una risa sin alegría.

—Qué práctico. Has tardado años en venir a ayudar y llegas justo cuando hay comprador.

—No he venido a discutir contigo.

—Eso hacen los hombres que ya saben que pierden.

Tina salió de la cocina con un plato de bravas y lo dejó en la barra con un golpe suficiente para que todos recordáramos que había cuchillos cerca.

—Mesa dos espera.

Yas recogió el plato.

—Mesa dos puede esperar treinta segundos, que aquí hay sangre simbólica.

—Mesa dos deja propina —dijo Quimet.

—Entonces sangre rápida —contestó Yas.

Yo me limpié las manos en el trapo. Estaban húmedas. De vaso, de calor, de padre, de todo.

—¿Qué le has dicho exactamente? —pregunté a Joan.

—Que querías vender.

—Eso lo digo yo.

—Que estabas sobrepasada.

—Eso también lo digo yo sí me da la gana.

—Que este sitio te ha hecho daño.

Ahí sí me reí. La risa me salió fea.

—Este sitio al menos se quedó.

Mi padre recibió la frase sin levantar la cabeza. Dolió más que si se hubiera defendido. Los hombres evasivos tienen una forma muy sucia de darte la razón: se quedan callados y te obligan a parecer cruel por decir lo evidente.

El comprador intervino:

—No quiero entrar en asuntos familiares.

—Lleva dos días usando los asuntos familiares como descuento.

—Estoy evaluando riesgos.

—Evalúe el congelador. Hace más ruido que usted y al menos enfría algo.

Cinta se tapó la boca con la taza. No para beber. Para no reírse. Jana no tuvo tanta delicadeza. Vega se colocó a mi lado.

—La posición de Abril es clara. Cualquier propuesta se presenta por escrito y sin condiciones sobre terceros.

—También sin conversaciones con mi padre —añadí.

Joan alzó la mirada.

—Abril.

—No. Si quieres hablar conmigo, vienes y hablas conmigo. No llamas a Cinta, no tanteas al comprador, no preguntas cuánto vale quitar de en medio el ruido sentimental. El ruido sentimental soy yo, por si lo necesitabas en lenguaje fácil.

Mi padre se pasó una mano por la cara.

—Tu madre no quería que esto te tragara.

—Mi madre quería muchas cosas y pedía casi todas fatal.

Cinta asintió.

—Eso también es verdad.

—Pero al menos lo pedía desde dentro —seguí—. Tú vienes desde fuera con zapatos limpios y un señor al lado.

El comprador cerró la carpeta.

—Creo que no es el momento.

—Mira. Coincidimos.

Su sonrisa se rompió un poco. Bien. Yo no quería ganar. Quería que dejara de encontrarme blanduras.

—Retiro la mejora condicionada —dijo.

—No puede retirar lo que no he aceptado.

—La oferta inicial tampoco se mantendrá indefinidamente.

—Mi cansancio tampoco y aquí seguimos.

Tina murmuró:

—Esa la bordaría en un trapo.

El comprador miró a Biel. Error.

—Supongo que esto también te afecta.

Biel dio un paso, solo uno.

—No me mires para traducirla.

—No pretendía…

—Sí.

Una sílaba. Fea. Cerrada. Perfecta.

El comprador guardó la carpeta bajo el brazo, saludó a mi padre con un gesto mínimo y salió por la terraza sin pedir permiso ni mirar el cartel. Tampoco pisó ningún charco porque ya no quedaban. Una pena.

Joan no se fue. Eso me sorprendió. Y me enfadó. A esas alturas casi prefería que cumpliera con su tradición familiar y desapareciera antes de que alguien le pidiera algo concreto.

—Tenemos que hablar —dijo.

—Habla.

—Aquí no, con todo el mundo mirando.

Miré a mi alrededor. Jana fingía secar vasos con los ojos enormes.

Nil seguía detrás de ella, demasiado cerca y demasiado quieto.

Ona estaba junto a la barra, con las manos metidas en los bolsillos.

Tina en la puerta de la cocina. Vega a mi lado.

Biel a la izquierda. Cinta en la mesa que nunca callaba, café terminado y la boca preparada para morder.

—Todo el mundo lleva días sabiendo más que yo —dije—. Ahora me apetece variar.

Joan se humedeció los labios y no dijo nada.

—Lola me pidió que te diera algo si seguías aquí después de San Juan.

No me moví. El servicio siguió alrededor. Una mesa pidió pan. Yas contestó que ahora. Quimet gritó que quién había tocado la freidora. El congelador hizo su ruido nuevo. La terraza reducida parecía más llena porque todo el mundo estaba mal colocado y de pie donde no debía.

Mi padre metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó una llave pequeña, de esas que abren cajas metálicas baratas o cajones donde una guarda lo que no sabe mirar.

La dejó sobre la mesa coja. Al lado de la caja de Lola. Cinta entornó los ojos.

—Por fin.

—¿Qué abre? —pregunté.

Joan miró la llave como si acabara de soltar algo que llevaba más de la cuenta tiempo sudándole en la mano.

—Lo que tu madre no quiso dejar en la libreta.

El TPV volvió a quejarse. Jana susurró:

—La máquina está fatal de timing.

Yo no cogí la llave.

No todavía. Miré a Biel. Él no se movió.

Esta vez, no hacer nada fue lo único que me dejó tocarla por mí misma. Cogí la llave.

Pesaba poquísimo. La grasa del aro me manchó los dedos. Me limpié en el pantalón y la marca siguió allí. Biel guardó el sobre de Lola sin abrir; mi padre seguía dentro.