CAPÍTULO 12 · BIEL
Cinta Mas Pujol estaba sentada en la mesa del centro como si hubiera pagado alquiler por aquella silla desde antes de que yo tuviera memoria.
No ocupaba el sitio de Abril. Ocupaba el de Lola, y eso sí me partió donde no tocaba.
Tenía un café corto delante, un bolso grande sobre las rodillas y unas gafas colgando de una cadena fina.
El pelo, blanco en las sienes y castaño a base de terquedad, lo llevaba sujeto con una pinza negra.
Cinta no había envejecido con suavidad. Había envejecido como la gente que discute mucho y pierde poco: estrechando la mirada.
Jana estaba tras la barra, callada. Eso ya era bastante grave.
Tina limpiaba la cafetera sin apartar la oreja. Ona fingía ordenar vasos. Nil sujetaba la puerta del almacén con una prudencia que le quedaba nueva. Quimet miraba desde cocina como si la familia de Abril fuera un plato que pensaba sacar otro.
Yas pasó junto a mí con dos botellas de agua.
—Ha dicho que estás más viejo —murmuró.
—Gracias por el parte.
—También ha dicho que no te queda mal.
—A terraza.
—Voy, pero esto está mejor que mesa cuatro.
Abril entró detrás de mí, con Vega pegada a un lado y la carpeta del Ayuntamiento contra el pecho.
Venía del sol, de la sala municipal, de escribirle al comprador que no iba a dejarnos como rebaja.
La marca del cuello seguía medio escondida por el pelo.
Tuve que hacer un esfuerzo muy concreto para no mirarla.
Cinta sí la miró. Claro. Luego miró a Abril a los ojos.
—Tu madre habría dicho que por lo menos te peinaras si vas a dejar que el pueblo te coma.
Abril dejó la carpeta sobre la mesa.
—Hola, Cinta.
—Hola, heredera.
—No me llames así.
—No heredes tan visible.
Jana amagó con hablar, se lo pensó y me miró con admiración contenida. Acababa de reconocer a una depredadora de su especie.
Abril se sentó frente a su tía.
—¿Qué haces aquí?
—Tomar café malo y comprobar si es verdad que has vuelto con intención de regalar el chiringuito a un señor con camisa limpia.
—No voy a regalar nada.
—Eso dicen todas antes de aceptar menos por cansancio.
Tina hizo un ruido de aprobación desde la cafetera. Cinta la miró.
—Tú eres Tina.
—Eso intento.
—Ya. Lola decía Tina con esa voz de siéntate antes de caerte.
Tina dejó la mano inmóvil. Golpe bajo, sin levantar la voz. Cinta no necesitaba cuchillo. Tenía memoria. Abril apoyó las manos en la mesa.
—Tina ha dicho que has pedido la libreta de Lola.
—La he pedido.
—No es tuya.
—Tampoco era solo de ella.
El local se apretó alrededor de esa frase. Por familia. Por recibos viejos. Por todo lo que en Cala Saurina aparece tarde y con olor a café malo.
Abril se inclinó un poco.
—Explica eso.
Cinta abrió el bolso. Sacó una funda de plástico doblada y la dejó sobre la mesa sin soltarla del todo.
—Primero quiero saber qué has hecho esta mañana.
Vega intervino.
—El Ayuntamiento nos deja abrir con la terraza reducida durante cuarenta y ocho horas.
Cinta la miró.
—Tú debes de ser Vega. La de hablar como papel con uñas.
Jana soltó una carcajada y se atragantó. Vega parpadeó.
—Acepto la descripción de forma provisional.
—Lola decía que eras la correcta.
Vega se cerró un poco. No mucho. Lo justo para que Abril también lo viera.
—Lola hablaba demasiado —dijo Abril.
Cinta volvió a ella.
—Hablaba cuando ya era tarde. En eso os parecéis.
Abril no mordió. Eso me preocupó más que si lo hubiera hecho.
Me apoyé junto a la barra, intentando ocupar poco. Fracaso. En ese local yo ocupaba incluso cuando no quería. El comprador lo había visto. Cinta también. Abril llevaba días peleándose con eso.
Cinta señaló la funda.
—Tu padre me llamó esta mañana.
Abril quedó inmóvil. Joan Rovira Serra no aparecía nunca hasta que encontraba la forma de fastidiar una habitación.
—¿Para qué? —preguntó Abril.
—Para preguntarme cuánto valía este sitio si se quitaba de en medio el ruido sentimental.
Jana susurró:
—Qué frase tan de hombre con manos limpias.
Nadie la mandó callar. Abril miró la funda.
—Mi padre no decide sobre Lola y Sal.
—No debería.
—No decide.
Cinta sonrió apenas.
—Esa segunda vez ha sonado a deseo.
Abril se levantó. La silla chirrió. La mesa cojeó, ofendida.
—No he venido del Ayuntamiento para que me hagas numeritos.
—No. Has venido porque por fin has dicho que no a un comprador y ahora necesitas saber qué puede usar cuando deje de apretarte por el chico y empiece a apretarte por la familia.
El chico. Me mordí la lengua.
Abril me encontró la mirada un segundo. Ahí estaban la barra de anoche, su boca, mi frase baja y su forma de prometer que no iba a convertirlo en error.
Me guardé la respuesta. Bien por mí. Una medalla barata. Vega se sentó junto a Abril.
—¿Qué hay en esa funda, Cinta?
—Papeles de Lola. No todos. Algunos.
—La libreta está aquí —dijo Abril.
—La libreta era lo que Lola quería que encontraras sin que yo te diera con ella en la cabeza.
—Muy suyo.
—Sí.
Cinta soltó la funda. Abril tardó en cogerla. Al final la abrió.
Tres hojas dobladas. Un justificante de pago. Dos notas con la letra seca de Lola.
Nada espectacular. Lo vulgar siempre llegaba peor. Abril leyó la primera hoja.
—¿Le prestaste dinero a mi madre?
—Le pagué una parte de la deuda con bebidas y frío cuando el congelador decidió morirse por segunda vez y ella decidió no decírtelo por tercera.
—¿Cuánto?
Cinta se lo dijo. Jana dejó el vaso que tenía en la mano. Abril volvió a mirar el papel.
—Esto no aparece en la carpeta azul.
—Porque Lola quería devolvérmelo antes de que tú volvieras. Luego se puso peor, se enfadó conmigo y metió medio mundo en cajas de galletas y lo llamó sistema.
Quimet, desde cocina, gruñó:
—Era un sistema.
Cinta giró la cabeza.
—Era un desastre con tapa.
—También.
Abril se sentó despacio. Yo quise acercarme. No lo hice.
Me acordé de lo que me había pedido: verla elegir, no salvarla. Verla leer aquello sin moverme me costó más que cargar el congelador entero.
—¿Por qué vienes ahora? —preguntó ella.
—Porque tu padre ha preguntado cuánto aceptaría yo si el comprador se encarga de liquidar lo pendiente.
A Abril se le escapó una risa seca.
—Mi padre no sabe ni dónde está la caja de galletas.
—No. Pero sabe que hay papeles que no le conviene que leas tarde.
Vega se inclinó sobre la mesa.
—¿Joan Rovira Serra figura en algo de la deuda?
—No directamente.
—Entonces no puede negociar.
—Puede coger el teléfono y ensuciarte la mañana. Eso ya lo ha hecho.
Ona dio un paso.
—¿El comprador lo llamó a él o él al comprador?
Cinta la miró.
—Tú eres Ona.
—Sí.
—La del móvil.
Ona se tensó.
—Sí.
—Guárdalo.
Ona lo guardó, aunque no lo tenía en la mano.
Nil soltó una risa baja. Jana le lanzó una servilleta sin mirarlo. Le dio en el pecho. Él sonrió igual. Cinta volvió a Abril.
—No sé quién llamó primero. Sé que tu padre está cómodo dejando que otros pregunten lo que él no quiere sentarse a decirte.
Cómodo. La palabra vestía a Joan Rovira Serra mejor que cualquier insulto.
Abril pasó la yema del dedo por una nota de Lola.
—Aquí pone “no dejar que Biel firme nada”.
Me moví. Apenas. Abril lo notó. Cinta también.
—Tu madre sabía que se te daba fatal no usarlo de pared —dijo Cinta.
—No he hecho eso.
Cinta miró la barra, mis llaves, el almacén, la bomba del baño, la mesa desplazada, los papeles del Ayuntamiento.
—A ratos sí.
Abril apretó la boca. Yo debería haber disfrutado de no ser el único acusado. No pude.
—Y tú —Cinta me señaló con un dedo—, no pongas cara de santo maltratado.
—No estaba poniendo cara.
—Tienes la cara de todos los hombres que se creen generosos por quedarse donde también quieren estar.
Jana apoyó las dos manos en la barra.
—Cinta, ¿das talleres?
—Tú necesitas morder menos y pedir mejor.
Jana perdió la voz. Nil abrió mucho los ojos. Yo casi sonreí.
Cinta Mas Pujol podía convertir un chiringuito lleno en una mesa de operaciones sin ponerse guantes. Abril cerró la funda.
—¿Quieres que te devuelva el dinero?
—Quiero que sepas que existe antes de vender. Si vendes, vende con la cara limpia. Si no vendes, no uses la deuda como excusa para quedarte mártir. Tu madre ya hizo bastante teatro con eso.
—No soy mi madre.
—No. Tú haces daño con más estudios.
Vega tosió. Tina miró al techo. Jana susurró algo sobre casarse con aquella señora.
Abril se levantó otra vez. Esta vez apartó la silla con cuidado. Eso nunca acababa bien. Cuando Abril controlaba los objetos, por dentro se le movía demasiada cosa.
—Voy arriba.
Cogió la funda, la carpeta del Ayuntamiento y la caja de galletas.
—Abril —dije.
Se detuvo sin mirarme.
—No voy a huir. Voy a leer sin público.
Subió por la escalera trasera y cerró la puerta de la habitación de arriba.
Suave. Más frío que un portazo. Nadie habló hasta que Cinta bebió el último trago de café.
—Está más delgada.
—Eso ya se lo dijo Pepa —dijo Tina.
—Pepa siempre llega antes a lo obvio.
Vega empezó a recoger papeles.
—Necesito copia de todo.
—La tendrás.
Yo miré la escalera. Me dolían las manos de no subir. Tina se acercó a mi lado.
—No.
—Estoy quieto.
—Estás quieto como una silla en mitad de paso.
A las doce y cuarenta y tres, el móvil de Abril sonó desde arriba. Una llamada. Otra. Silencio.
No bajó. A la una, Yas entró desde la terraza.
—Hay tres mesas esperando y un señor preguntando si hoy el baño sigue siendo aventura.
—Dile que hoy es experiencia avanzada —dijo Tina.
Quimet gritó desde cocina:
—Si no sacamos bravas en cinco minutos, experiencia va a tener la freidora.
El servicio empezó encima de los papeles de Cinta, la deuda escondida, el mensaje del comprador y Abril encerrada arriba con la libreta de Lola. Trabajamos como se trabaja cuando hay algo abierto en canal, pero entran mesas: mal, rápido y con educación intermitente.
No subí. Cada minuto que no subía me volvió un poco más bruto.
A las dos menos diez, Abril bajó con el pelo recogido, la funda en una mano y la caja en la otra. Tenía los ojos secos. Eso me gustó menos que si hubiera llorado.
—Vega, después del servicio revisamos esto.
—Sí.
—Cinta, no te vayas.
—No pensaba.
—Biel.
Me giré.
—Qué.
—No firmarás nada.
—Ya lo sabía.
—No por mí. Ni por Lola. Ni por el comprador. Nada que te deje atado a una decisión mía.
Eso me dio en medio del pecho. No arreglaba. Solo estaba intentando no romper más, que para nosotros ya era una hazaña bastante pobre.
—Vale.
—Y yo no aceptaré ninguna oferta que te meta como condición.
Cinta murmuró:
—Mira. Un músculo.
Abril la ignoró.
—Gracias —dije.
—No es un regalo.
—Lo sé de sobra.
—Es llegar tarde a algo obvio.
—También lo sé.
El móvil de Abril vibró en la mesa de siempre.
EL COMPRADOR: Joan escucha. Tú verás si te quedas fuera de una salida razonable.
Cinta dejó la taza con un golpe seco.
—Qué hijo de la gran paciencia.
Abril cogió el móvil. Durante un segundo pensé que iba a tirarlo al cubo. Dejó la palabra donde estaba. Escribió una línea.
Mi padre no decide por Lola y Sal. Yo sí.
Me enseñó la pantalla antes de enviarlo. No para pedirme permiso. Para que lo viera.
Asentí. Lo envió. El mensaje salió y el local siguió funcionando. Esa fue la parte injusta. Una podía mover algo importante con un dedo y, aun así, mesa cuatro quería otra clara.
A las tres y media, Roc entró con hielo sin que nadie se lo pidiera. Tina dejó de hablar a mitad de una frase. Él dejó la bolsa sobre la barra.
—Traía yo.
—Entonces no preguntes.
—No he preguntado.
—Tu cara sí.
Roc sonrió apenas. Tina cogió la bolsa sin darle las gracias. Él se detuvo un segundo mirándole el hombro, donde la camiseta se le había pegado por sudor y cansancio. Luego se fue.
Cinta lo siguió con la mirada.
—Ese hombre ve más de lo que molesta.
Tina se tensó.
—Ese hombre tiene un bar.
—Y ojos.
—Cinta.
—He venido a repartir incomodidad. No voy a dejarte sin la tuya.
Tina se metió en cocina con la bolsa de hielo. Abril casi sonrió.
A las cinco, llegó la respuesta del comprador.
Mensaje, no. Fue una aparición. Entró por la terraza con Joan Rovira Serra detrás.
El padre de Abril llevaba camisa arrugada, gafas oscuras y esa expresión evasiva de los hombres que llegan tarde y esperan que el retraso cuente como argumento.
Hacía años que no lo veía dentro de Lola y Sal.
No así. No con su hija en la barra, los papeles de Lola en la mesa, Cinta sentada como una sentencia y medio pueblo dispuesto a mirar sin disimulo.
Abril estaba secando vasos. El vaso se le quedó quieto en la mano. Joan se quitó las gafas.
—Abril.
Nadie dijo nada. Ni Jana.
Ni Cinta. Ni yo. El TPV pitó. Muy bajo.
La pantalla se apagó. Cinta no apartó los ojos de Abril. La puerta lateral volvió a abrirse. Entró su padre.