No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 11 · ABRIL
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CAPÍTULO 11 · ABRIL

Remei Casas me miró el cuello antes que la cara.

No preguntó por la marca roja que intentaba esconder bajo el pelo.

No preguntó por la camiseta arrugada, ni por qué había bajado a recepción con gesto de haber dormido dos horas y discutido otras tres con mi dignidad.

Remei tenía ese talento incómodo: verlo todo, cobrarte la llave y no convertirlo en conversación.

Empujó un café hacia mí por encima de la barra.

—Hoy el croissant está mejor que la cara que traes.

—Gracias.

—No iba de cumplido.

—Lo recibo igual.

El Hostal Mar de Fora olía a café recalentado, lejía suave y ventilador viejo.

El reloj de pared marcaba las diez menos diez.

A las once tenía que defender ante el Ayuntamiento una terraza reducida, una mesa desplazada y una palabra que la noche anterior me había salido de la boca sin pedir permiso: continuidad.

A las doce, el comprador retiraba o apretaba.

Y a las diez y veinte, Biel tenía que venir a verme elegir mal o bien sin salvarme.

Práctico hasta la vergüenza. Digno de una mujer que había acabado sentada en la barra con la boca de su ex en el cuello y una bomba de baño haciendo ruidos de animal enfermo.

—Si vas a discutir —dijo Remei sin levantar la vista de su libreta—, no lo hagas aquí. Las paredes son finas y luego preguntan si el desayuno incluye espectáculo.

—No voy a discutir.

Remei pasó una página.

—Entonces peor.

Salí con el café en una mano y la carpeta de Vega bajo el brazo. En la puerta del Forn Nuri, Nuri Vidal dejó de colocar bandejas dos segundos para mirarme. Dos segundos en Cala Saurina ya eran una nota de prensa. Me subí el pelo sin querer.

Mal. Confirmación involuntaria. Llegué a Lola y Sal a las diez y diecisiete. Ni puntual ni rebelde. Jana lo notó desde la mesa que nunca callaba, que seguía castigada en el lateral después de la redistribución de la noche anterior.

—Diecisiete —dijo—. Mediocre con intención. Me gusta.

—Buenos días.

—No me vengas educada. Traes carpeta institucional y marca de beso. Eso da miedo.

Me llevé la mano al cuello. Jana abrió los ojos.

—Ay, hija.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo has dicho con las pestañas.

—Mis pestañas no aceptan censura.

Vega apareció desde la barra con el pelo recogido, gafas de sol en la cabeza y una carpeta tan llena que parecía tener órganos. Miró mi cuello. Luego mi cara. Luego decidió no comentar, lo cual me pareció más alarmante que cualquier frase suya.

—A las once estarán Àngels Boix y Joan Prats —dijo—. Llevamos el plano y las fotos. Tú no improvisas ni conviertes la rabia en argumento.

—¿Puedo respirar?

—Si no interrumpe.

Tina salió de la cocina con una bolsa de basura y cara de haber odiado el día antes del café.

—El baño no ha explotado.

—Qué bonito cuando traes esperanza —dijo Jana.

—He dicho no ha explotado. No que merezca ciudadanía.

Ona estaba en la barra con el móvil girado delante, con la tensión de un animal que ya había mordido.

—He mirado redes solo una vez.

—No tranquiliza demasiado.

—A mí sí. Estoy en abstinencia.

Biel salió del almacén con una caja de servilletas. Al verme, no se movió un segundo. No miró mi cuello. O tuvo la delicadeza de no dejar que lo viera.

—Llegas a una hora rara —dijo.

—Estoy innovando.

—Peligroso.

Dejó la caja sobre la madera. Tenía polvo en los dedos y una uña marcada de negro. Anoche esas manos habían estado debajo de mi camiseta. Esa mañana tenían que quedarse quietas mientras yo hablaba de sillas, paso libre y titularidad.

—No vengas a salvarme —le dije bajo.

Biel me aguantó el pulso.

—He venido a abrir.

—Biel.

—Y a mirar cómo eliges.

Tragué.

—Está bien.

—Si te caes por las escaleras del Ayuntamiento, recogerte queda fuera del acuerdo.

—Qué generoso.

—Pongo límites.

Jana levantó el boli.

—¿Esto es coqueteo administrativo? Porque me está dando sueño y ganas de fumar.

—No fumas —dijo Vega.

—Por eso digo ganas. No plan.

Salimos a las diez y cuarenta. Vega caminaba delante, como si fuera a discutir con una impresora.

Yo llevaba la carpeta pegada al pecho. Biel venía a mi derecha sin tocarme.

En Cala Saurina la distancia también se veía.

En la esquina de Ultramarinos Pepa, dos mujeres dejaron de hablar.

Una miró a Biel. La otra a mí. Luego las dos al cuello.

Àngels Boix y Joan Prats nos esperaban en una sala con azulejos fríos, plantas de plástico y olor a papel caliente. Ella llevaba una camisa impecable; él, pinta de haber soñado con terrazas mal medidas.

Vega desplegó el plano. Ver Lola y Sal convertido en líneas limpias me dio una rabia absurda. La mesa del lateral parecía un rectángulo cualquiera. En papel no cojeaba, no guardaba vasos, no tenía a Jana robando patatas ni a Tina sosteniéndose con los codos.

—La redistribución mantiene actividad y respeta la zona marcada —dijo Vega.

Joan Prats se ajustó las gafas.

—La mesa del lateral sigue justa.

—Podría retirarse en horas de máxima circulación —dijo Àngels.

—No —dije.

Los tres me miraron. Profesionalísima, Abril. Elegante como una mancha en el pecho. Vega cerró los ojos un instante.

—La mesa no se retira —repetí—. Se mueve, se reduce, se queda con dos sillas menos. Pero sirve para ordenar comandas, cambios y pausa de personal. Si la quitamos, todo vuelve al paso y molestamos más.

Biel miró el plano. Vega no respiró. Joan Prats hizo una anotación.

—Eso se puede justificar.

Me dieron ganas de sentarme, aunque ya lo estaba.

Durante veinte minutos hablamos de sillas, cinta, horarios, fotos y continuidad. Yo contesté cuando tocaba. Me equivoqué una vez. Vega me pisó debajo de la mesa. Biel solo habló cuando le preguntaron por el toldo lateral y el acceso trasero. No me salvó.

Joan Prats señaló el borde derecho del plano con el boli.

—El toldo lateral sigue siendo un problema. Si vuelve a soltarse con viento y ocupa paso, se levantará acta.

Biel movió la mano encima de la mesa. Poco. Un gesto de quien ya tenía la reparación metida en el cuerpo antes de que nadie la pidiera.

Yo puse la palma sobre el plano antes de que él hablara.

—Lo reviso yo hoy.

Àngels levantó una ceja.

—¿Usted?

La pregunta traía pausa. Usted, la que ha vuelto tarde. Usted, la de los papeles incompletos. Usted, la que viene con un hombre práctico sentado al lado.

Me noté el calor subir por el cuello, justo donde no convenía.

—Yo —dije—. Con quien haga falta. Pero queda bajo mi responsabilidad.

Biel no corrigió. No añadió que él sabía dónde se guardaba la escalera, ni qué lado cedía primero cuando entraba viento por la tarde. No se movió, con la mandíbula apretada y los dedos manchados de tinta de haber tocado el plano.

Ese silencio me sostuvo más que si hubiera hablado. También me fastidió, porque una parte miserable de mí seguía esperando que me quitara algo de encima para poder enfadarme con él por hacerlo.

Vega anotó “toldo” en su libreta y me dio un golpe leve con el zapato. No de aviso. De bien, pero no te emociones.

Me costó no agradecérselo allí mismo y arruinarlo todo.

A las once y cuarenta y nueve, Àngels cerró la carpeta.

—Pueden seguir abiertos con la terraza reducida. Cuarenta y ocho horas de observación. Si invaden el paso o hay quejas, se revisa.

—Por escrito —dijo Vega.

—Joan enviará comunicación. Y debe constar que la titular asume la propuesta. No el personal de apoyo.

Personal de apoyo. Biel se quedó donde estaba, pero sentí la frase rozarle la piel.

—La asumo yo —dije.

Mi móvil vibró encima de la mesa.

EL COMPRADOR.

La pantalla quedó boca arriba. Nombre grande. Hora perfecta. Mala educación tecnológica.

Once cincuenta. Cogí el teléfono. No contesté. Abrí el mensaje.

EL COMPRADOR: Última hora. Respuesta antes de las 12:00. Si no aceptas la revisión, retiro.

La sala se volvió pequeña. Olía a papel, a sudor bajo mi camisa y a decisión con mal cuerpo. Vega bajó la voz.

—No respondas desde el golpe.

—No estoy en el golpe.

Mentira parcial. A veces una mentira parcial sirve para mantenerse de pie. Escribí con el pulgar húmedo.

No acepto la revisión. No acepto que mi vida privada ni el nombre de Biel por escrito bajen el precio. Si sigue interesado, envíe condiciones limpias después de la comunicación municipal.

Lo envié a las once y cincuenta y cuatro. La mano me tembló después. Àngels carraspeó.

—Entiendo que aceptan las condiciones provisionales.

—Sí.

Mi voz no sonó fuerte. Sonó usada. Me valió.

Salimos a las doce y diez. En la plaza, unos turistas intentaban encontrar la playa con el mapa al revés. Cala Saurina seguía siendo ridícula incluso cuando una acababa de no venderse barata.

Biel caminó a mi lado sin tocarme.

—No digas bien —le advertí.

—No iba a decirlo.

—Ni orgulloso.

—Tampoco.

—Ni que he elegido.

—Has escrito un mensaje.

Lo miré.

—Gracias por rebajarme la épica.

—Me lo pediste sin palabras.

El móvil vibró otra vez. EL COMPRADOR: Entonces hablaré con quien sí entienda la oportunidad. Le enseñé la pantalla a Vega.

—¿Qué significa eso?

Vega frunció el ceño.

—Puede ser una amenaza vacía.

Biel leyó el mensaje. Se le cerró la mandíbula.

—O puede que haya llamado a tu padre.

El nombre no salió. No hizo falta.

Joan Rovira Serra tenía esa habilidad: estar ausente y ocupar una frase entera.

Antes de que pudiera contestar, sonó mi móvil. Tina.

—Qué pasa.

—Tu tía Cinta está en Lola y Sal —dijo—. Ha pedido café, la libreta de Lola y saber si ya has hecho alguna estupidez cara.

Me quedé parada en la acera.

—¿Qué?

—También ha preguntado por tu padre. Así que venid. Y venid sin pinta de haber ganado nada, que esa mujer huele la sangre mejor que Jana huele un lío.