No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 10 · BIEL #2
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CAPÍTULO 10 · BIEL #2

Los demás se fueron saliendo en grupos: Vega con la carpeta, Tina con una bolsa de basura y Roc apareciendo justo para quitársela de la mano sin preguntar, Ona prometiendo no subir la mesa castigada, Jana y Nil discutiendo en la puerta sobre una canción que él se negaba a poner. Al final solo quedamos Abril y yo.

Y la bomba. Y el baño. Y aquella mesa castigada.

—No la mires así —dijo Abril.

—Miro normal.

—No miras normal desde que la hemos movido.

—¿Tina te ha estado enseñando frases mías?

—Todas robamos material donde podemos.

Me apoyé en la madera.

—Has elegido bien.

—He elegido una solución fea.

—Eso suele ser elegir bien.

—Qué deprimente.

—Qué realista.

Abril miró la mesa. Luego la caja metálica en el estante bajo la barra. Después el móvil, boca abajo junto al TPV.

—No he contestado al comprador.

—Lo sé.

—Mañana a las doce retira propuesta.

—También.

—No te veo celebrarlo.

—Porque no quiero que pierdas una salida por mi cara.

—No es por tu cara.

—Mi cara sale en bastantes partes del problema.

—Tu cara es de las pocas cosas que no me dan ganas de tirar al contenedor ahora mismo.

Me quedé callado. No por frase limpia. Porque le salió cansada, con el pelo mal, la camiseta manchada y una bolsa de basura a nuestros pies. Eso la hacía mucho más peligrosa.

—Abril.

—No.

—Estoy callado.

—Lo ibas a decir con tono de hombre responsable.

—No tengo tono de hombre responsable a estas horas.

—Ya decía yo. Tienes tono de no vamos a hacer esto porque mañana dolerá.

Respiré por la nariz.

—Mañana dolerá.

—Hoy también.

Ella estaba al otro lado de la barra, con el móvil boca abajo junto al TPV y una bolsa de basura a nuestros pies. Yo tenía las llaves en el bolsillo y demasiadas razones para no moverme.

Abril rodeó la barra.

—No voy a decir que no deberíamos.

—Bien.

—Estoy harta de decir cosas obvias.

Se paró delante de mí. Olía a fritura, jabón barato y sudor seco. Nada de eso ayudó.

—Dime que pare —dije.

—No quiero que pares.

La besé antes de que pudiera convertirlo en otra condición.

No fue suave. Me agarró la camiseta por los costados y tiró de mí hasta que la barra me golpeó la cadera. Una caja de servilletas cayó al suelo. Abril se rio una vez contra mi boca y luego dejó de hacerlo cuando le metí una mano bajo la camiseta.

Tenía la piel caliente y húmeda en la espalda. Subí despacio, no por delicadeza sino porque necesitaba saber si iba a apartarme. No lo hizo. Me mordió el labio y abrió más las piernas.

—Aquí no —murmuré.

—Llevas siete años llegando tarde con esa frase.

La subí a la barra.

La madera estaba pegajosa. Se quejó, pero me atrajo de nuevo con los talones detrás de mis muslos. Su cuerpo encajó contra el mío con una facilidad que me dio rabia.

—La barra está asquerosa.

—Ahora te preocupa la higiene.

—Me preocupa que Jana encuentre una marca y haga una presentación.

Le tapé la boca con la mía. Funcionó durante poco.

Abril metió la mano entre los dos y me apretó por encima del pantalón. Se me fue el aire. La miré.

—Eso no ayuda.

—No estaba ayudando.

Le abrí el botón del pantalón corto. Esperé. Ella bajó los ojos hacia mi mano y después volvió a mirarme.

—Sigue.

Metí los dedos bajo la tela y la encontré ya mojada. Abril cerró la boca sobre mi hombro para no hacer ruido. Aquello me terminó de romper la prudencia.

La acaricié despacio al principio, aprendiendo otra vez dónde se tensaba, dónde me agarraba, dónde dejaba de fingir que podía controlarlo todo. Me clavó las uñas en la nuca.

—No vayas lento por hacerte el bueno.

—No me estoy haciendo el bueno.

Apreté un poco más. Su cadera se movió contra mi mano. La barra crujió.

Los dos nos quedamos quietos.

Desde la cocina llegó el golpe del congelador. Nada más.

Abril soltó el aire y volvió a moverse.

—Como entre alguien, te mato.

—No parece el mejor momento para amenazas largas.

Me agarró del pelo.

—Biel.

Ahí sí dejé de hablar.

La toqué hasta que el cuerpo se le puso duro bajo mi mano y luego tembló de golpe, con la frente hundida en mi cuello y un sonido pequeño que intentó tragarse.

Le sujeté la cintura para que no resbalara.

Durante unos segundos no hubo comprador, ni plano, ni mañana.

Solo su respiración contra mi piel y mi mano atrapada entre los dos.

Cuando aflojó las piernas, no me soltó.

Yo seguía duro, pegado a ella, y Abril lo sabía. Bajó la mano hacia mi cinturón.

La detuve.

—No.

Su cara cambió.

—¿No quieres?

—Quiero demasiado. No quiero cobrar esto después.

—No te debo nada.

—Por eso.

Me aparté lo justo para sacar la mano y abrocharle el pantalón. Me costó más de lo que debería. A ella también le costó dejarme.

—No me conviertas en algo que te ha pasado —dije.

—No lo estaba haciendo.

—Todavía no.

Abril se bajó de la barra. Las piernas le fallaron un poco. Lo odió. Yo fingí no verlo y recogí la caja de servilletas.

—Eso ha sido bajo —dijo.

—Sí.

—Te pones bruto, dices una verdad fea y luego haces como que eso te vuelve limpio.

La caja se me quedó en las manos.

—Tienes razón.

—No me lo hagas tan fácil.

—No sé hacerlo bien.

La frase salió sin gracia. Mejor.

Abril se arregló la camiseta. Tenía los labios hinchados y una marca roja en el cuello. No la tapó.

—El beso no decide por mí —dijo.

—Ya.

—Ni esto.

—Te creo.

Lo dije antes de poder protegerme. Ella se quedó mirándome.

—Y no voy a llamarlo error mañana.

Eso sí cambió algo. No lo arregló. Lo dejó sin escondite.

El móvil vibró junto al lector.

EL COMPRADOR.

Abril miró la pantalla. No contestó. Tampoco la giró.

—Mañana —dijo.

—Mañana.

Recogimos la basura sin tocarnos. Fue bastante más difícil que besarnos.

Apagamos la última luz. Abril se quedó con la llave en la mano y yo esperé a que decidiera quién cerraba. Salimos a la terraza.

La mesa que nunca callaba, desplazada al lateral, parecía enfadada. La cinta blanca y roja apenas se movía. El mar sonaba detrás de la playa, sin hacer espectáculo. Cala Saurina olía a basura tibia, sal, fritura vieja y madrugada.

Abril cerró con su llave. Giró a la primera. La miré.

—Ni una palabra —dijo.

—No estaba opinando.

—Tu cara no sabe callarse.

—Mi cara está revisando condiciones.

Me empujó con el hombro.

Apenas. Lo suficiente. Caminamos separados hacia la calle. En la esquina del Forn Nuri, Abril se detuvo.

—Biel.

—Qué.

—Mañana no vengas a salvarme.

Tragué.

—De acuerdo.

—Ven a verme elegir mal o bien, pero no a salvarme.

—Eso puedo intentarlo.

—Es lo único que te pido.

Quise decir que no era poco.

Quise decir que a veces verla elegir ya me rompía más que cualquier espera. No lo dije.

Porque ella me había pedido algo concreto y, por una vez, no quería ponerle mi herida encima.

—A las diez y cuarto —dije.

—A las diez y veinte si necesito fingir rebeldía.

—Jana estaría orgullosa.

—No me insultes.

Se fue hacia el Hostal Mar de Fora con el pelo suelto, la camiseta arrugada y la llave de Lola y Sal cerrada en la mano.

Me quedé junto al cartel torcido. Al día siguiente tendría que verla elegir sin convertir mi miedo en una orden.