No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 10 · BIEL
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CAPÍTULO 10 · BIEL

Abril eligió defender la terraza a las tres y diecisiete de la tarde. Yo lo apunté sin querer.

No en papel. En algún sitio donde luego cuesta borrar.

No significaba quedarse. Lo dejó claro con la cara, con la boca y con esa forma suya de levantar la barbilla para que nadie le metiera una promesa entre los dientes.

Significaba defender la terraza al día siguiente.

Significaba no regalarle al comprador una exclusividad de mierda antes de saber si el Ayuntamiento nos quitaba tres mesas, cinco o la paciencia entera.

Pero en Lola y Sal las palabras, cuando se decían cerca de la barra, cogían grasa y empezaban a pesar.

El baño funcionaba a ratos y la manguera cruzaba el pasillo hasta el desagüe exterior. Tina había pegado un cartel que decía: SI ENTRAS, NO HAGAS PREGUNTAS. Nadie preguntó.

—Te juro que te voy a prohibir escribir —dijo Tina.

—Eso es censura cultural.

—Es prevención de daños.

A las cinco, el comedor de tarde se llenó con gente que decía venir solo a tomar algo y acababa ocupando una mesa durante dos horas con una clara y una conversación sobre lo mal que estaba aparcar.

La terraza reducida nos obligaba a girarnos de lado.

Cada roce se notaba. Cada bandeja pedía permiso.

Cada silla fuera de sitio era una amenaza.

Abril se movía con el dedo vendado, las zapatillas manchadas y una concentración que la hacía parecer más peligrosa que descansada. No había comido. Lo sabía porque el bocadillo que le había dejado Tina en la barra seguía envuelto.

—Come —le dije al pasar.

—Pan, hielo, caja, cobrado, gracias. No incluye órdenes alimentarias.

—Añádelo.

—No.

—Te vas a caer.

—Me he caído metafóricamente varias veces esta semana y sigo sirviendo mesas.

—La metáfora no paga ambulancia.

—Qué romántico te estás poniendo hoy.

—Es el olor del baño. Me inspira.

Me miró con cansancio y algo más. Algo que se había quedado desde la bomba, desde la tirita y desde aquella decisión junto a la barra.

—Después como.

—Eso significa nunca.

—Eso significa que, si sigues mirando el bocadillo con pinta de padre decepcionado, se lo doy a Jana.

Jana apareció de la nada.

—Acepto hijos alimentarios abandonados.

Abril cogió el bocadillo.

—Vale. Como.

—Milagro —dije.

—No lo estropees.

No lo estropeé. Durante seis minutos.

A las seis menos cuarto, Vega recibió llamada del Ayuntamiento. Se levantó de la mesa de las cinco y salió al Camí de les Figueres con el móvil pegado a la oreja. Abril la siguió con la mirada mientras mordía el bocadillo. Dos mordiscos. Luego lo dejó en la barra.

—No —dije.

—¿Qué?

—Termina.

—Vega está hablando.

—Vega sabe hablar sin que tú mastiques alrededor.

—Biel.

Le acerqué el bocadillo.

—Tres mordiscos más y luego te pones nerviosa con base sólida.

—Eres insoportable.

—Y tú estás perdiendo contra jamón.

Jana, desde la cafetera:

—Yo pagaría por ver esa pelea.

Abril me quitó el bocadillo de la mano, dio un mordisco enorme y me miró sin ceder mientras masticaba. Podía haber sido ridículo.

Lo fue. También me calentó un sitio que no tenía ninguna relación con el hambre. Aparté la vista. Por dignidad tardía.

Vega volvió diez minutos después con expresión de haber tragado un papel.

—Mañana a las once. Quieren el plano actual, fotos y una propuesta que deje libre la zona marcada.

Abril dejó el bocadillo otra vez.

—No tenemos plano.

—Tenemos un dibujo de Jana en una servilleta donde la mesa seis parece una croqueta —dijo Ona.

Jana pidió paso con una mano.

—Era perspectiva. La croqueta sois vosotros.

—Hacemos plano esta noche —dijo Vega.

—Esta noche hay servicio —contestó Tina.

—Después del servicio.

Todos miramos la terraza, la cocina, la cinta, el baño con manguera, el TPV con tendencias suicidas y el cielo empezando a ponerse naranja por encima de Platja Gran.

Abril tragó.

—Después del cierre hacemos plano.

—No —dije.

Alzó la mirada hacia mí. Mal comienzo.

—¿Perdón?

—Después del cierre duermes.

—No me organices la noche.

—Vega puede hacer plano con medidas. Yo puedo ayudar. Tina puede amenazar a las sillas. Jana puede dibujar croquetas si hace falta. Tú mañana tienes que hablar.

—Precisamente por eso tengo que saberlo.

—Lo sabrás sin matarte encima de una cinta métrica a la una de la mañana.

La cara se le cerró.

—No decidas qué puedo con mi cuerpo.

Me dio directo. Porque tenía razón.

Porque yo estaba usando cuidado para tapar miedo. El miedo se parece mucho al mando cuando no lo lavas bien.

—Vale —dije.

Eso la descolocó.

—¿Vale?

—Haces el plano si quieres. Pero comes.

Jana dejó una bandeja sobre la barra.

—Me agota que negociéis como dos administraciones con ganas de follar.

—Jana —dijeron Abril y Vega a la vez.

—Qué. Estoy usando lenguaje de calle.

Tina asomó desde cocina.

—Usa lenguaje de sacar mesa siete, que lleva diez minutos esperando bravas.

Jana cogió la bandeja.

—La represión siempre empieza por la patata.

El servicio de noche fue un castigo comparado con el de tarde. La reducción de terraza nos dejó sin margen justo cuando llegaron tres mesas sin reserva, dos familias con carritos y un grupo de franceses que preguntó si podían juntar sillas al lado de la cinta.

—La cinta no es decoración —dijo Abril.

—Pero hay sitio.

—También hay sitio en la arena y no por eso ponemos allí la freidora.

El francés no entendió la frase. Mejor. A veces la dignidad comercial se conserva gracias a la barrera idiomática.

A las nueve y media el TPV mezcló dos cuentas. Poco después, la bomba empezó a chillar desde el baño. Tina apagó el aparato de un golpe y una niña preguntó si podía usar «el baño raro». Mientras todos miraban la avería, Abril y yo nos quedamos solos un segundo detrás de la barra.

Todos teníamos asuntos pendientes y poco espacio para esconderlos.

Abril aguantó. Se equivocó menos que yo. Eso también lo apunté sin querer.

A las once y media, cuando por fin bajamos el cierre de cocina, Vega sacó una cinta métrica de su bolso.

—No preguntéis —dijo.

—Yo no iba a preguntar —contestó Jana—. Tengo claro que eres la clase de mujer que lleva cinta métrica a un chiringuito por si el mundo decepciona.

—El mundo ha decepcionado.

—Entonces buen bolso.

Medimos la terraza entre vasos sin recoger y sillas calientes. La cinta municipal seguía pegando golpes suaves. Tac. Tac. Tac. Abril sujetaba un extremo de la cinta métrica. Yo el otro.

—Un poco más a la derecha —dijo Vega.

Abril se movió. Yo también.

La cinta métrica nos unió por la mitad de la terraza con algo ridículo: una línea amarilla, flexible, barata, tensada entre sus dedos y los míos.

—No la sueltes —dijo Vega.

—No la suelto —contestó Abril.

No me miró. Yo sí.

Error mío. O quizá ya no quedaban errores originales. Solo variaciones.

—Biel, marca hasta la pata de la mesa —dijo Vega.

Me agaché. Abril también. La mesa coja estaba en medio, coja y orgullosa, obligándonos a pasar cerca. Su rodilla rozó mi muslo. No se apartó.

—Lo estás haciendo adrede —susurré.

—Estoy midiendo el paso.

—Qué peligrosa te ha salido la regla.

—La has sacado tú primero.

Alcé la mirada. Ella me miró sin ceder, por fin.

Tenía el pelo suelto por la nuca, los labios secos, una mancha de alioli en la manga y la tirita nueva en el dedo. No parecía una mujer a punto de salvar nada. Parecía una mujer cansada que había decidido no regalar otra cosa ese día.

Me entraron ganas de besarla allí mismo, delante de la cinta, de Vega, de Jana, de las mesas vacías y del baño con manguera.

Lo que demostraba que mi sentido común estaba en mínimos históricos.

—Está mal —dijo Vega.

Abril se incorporó.

—¿Qué está mal?

—Si mantenemos la mesa del centro donde está, no podemos justificar paso suficiente. Hay que moverla o quitar una mesa de venta.

Jana dejó de moverse. La mesa de las cinco tenía poco de mesa y mucho de sitio donde habían vuelto, peleado, comido sobras, firmado no pactos y se habían mentido mal. Fea, coja y ocupaba demasiado. Bastante humana, para ser madera.

—No se quita —dijo Jana.

—Jana —dijo Vega.

—No.

—Si no se quita, perdemos otra mesa útil.

—Pues se pierde otra mesa útil.

Tina cruzó los brazos.

—Por una vez estoy con Jana.

Ona miró la mesa.

—Yo también.

Abril calló. Esa vez la decisión venía hacia ella sin comprador, sin mí, sin excusa sentimental limpia. Una mesa vieja contra una mesa que daba dinero. Me habría gustado ayudar.

No lo hice. Abril pasó la mano por la superficie marcada de la mesa. Tenía una línea vieja de quemadura cerca de una pata, manchas de vasos, una esquina astillada.

—Se mueve —dijo.

Jana tomó aire para intervenir.

—Pero no se quita. Se mueve al lateral de la barra. Menos bonita, más incómoda y sin estorbar el paso. Bastante nosotras.

Jana cerró la boca. Tina asintió una vez. Ona sonrió. Vega apuntó.

—Funciona.

La movimos entre todos. La mesa protestó con un chirrido. Jana insultó a una pata. Nil, que seguía en la puerta con una excusa cada vez peor, sujetó el otro lado junto a ella. Sus manos coincidieron bajo el tablero. Jana retiró la suya tarde.

—Cuidado —dijo él.

—Cuidado tú.

—Estoy sujetando.

—Ya veo que sabes hacer algo con las manos.

Nil casi soltó la mesa.

—Jana.

—Qué.

—Ni lo intentes.

—No he empezado ni la mitad.

La mesa quedó junto a la barra, torcida, estrecha, viva. Abril la miró con los brazos cruzados.

—Parece castigada.

—Se integrará —dijo Tina.

—Todas nos hemos integrado peor —añadió Jana.

Vega nos hizo repetir medidas. Luego fotos. Luego croquis. A las doce y media teníamos un plano feo, una terraza un poco menos imposible, tres bolsas de basura por sacar y a Abril con los ojos demasiado brillantes de cansancio.

—Vete —le dije.

—No.

—No lo dije como orden.

—Mentira.

—Era una súplica de mis ganas de no verte caer encima de la mesa recolocada.

—Muy específica.

—Soy detallista.

Vega guardó el portátil.

—Mañana a las diez y media revisamos antes de ir al Ayuntamiento.

—A las diez —dijo Abril.

—A las diez y media —dije.

No bajó los ojos.

—No.

—A las diez y cuarto —dijo Jana—. Así los dos sentís que habéis perdido.

Nadie discutió. Buena señal o agotamiento general.