CAPÍTULO 9 · ABRIL
Comprar una bomba de achique a las nueve de la mañana debería contar como síntoma grave de pertenencia.
Lo pensé delante del escaparate de Taller Marí, con la persiana a medio subir, una bolsa del Forn Nuri colgada de la muñeca y el pelo pegado a la nuca por un calor que ni siquiera había terminado de empezar.
Dentro olía a goma, metal, polvo de estantería y ese aceite antiguo de los sitios donde se arreglan cosas antes de admitir que han muerto.
Biel estaba a mi lado, con las manos en los bolsillos y cara de no haber dormido. No cara de anuncio cansado. Cara de hombre que ha fregado agua dudosa, ha echado a un comprador por la puerta lateral y aún no ha tomado café suficiente para no contestar mal a todo.
—No hace falta que vengas —dijo.
—Buenos días a ti también.
—Buenos días funcional, entonces.
—Una forma de mandarme a otra parte con vocabulario de fontanero.
—No te estaba mandando.
—Tu ceja sí.
—Mi ceja está agotada.
La persiana subió con un chirrido. El hombre de Taller Marí nos miró desde dentro con la resignación de quien sabe que los chiringuitos no entran en una ferretería a por nada barato.
No fijé su nombre en la cabeza. No quería más gente con nombre propio dentro de esta ruina. Bastante tenía con el comprador sin nombre, que aun así ya me ocupaba una parte del estómago.
—¿La bomba pequeña? —preguntó Biel.
—La tengo. Pero pequeña para vosotros igual es insulto.
—Qué poético todo —dije.
El hombre me observó.
—¿Tú eres la de Lola?
No la de Abril. La de Lola.
En Cala Saurina una no heredaba apellidos. Heredaba referencias ajenas y manchas de aceite.
—Soy Abril.
—Ya. La de Lola.
Biel se movió un poco a mi lado. No para intervenir. Lo noté igual. Se le tensó el hombro, ese gesto mínimo de querer ponerse delante de una frase sin saber si debía.
—Necesitamos la bomba —dije—. No genealogía.
El hombre soltó una risa ronca.
—Sí que eres de Lola.
Me molestó que me gustara.
Nos enseñó una bomba azul, una manguera, abrazaderas, guantes y un alargador que, según él, “si no lo mojáis, no mata”. Muy tranquilizador todo. Biel revisó la bomba con demasiada competencia. Yo revisé el precio.
—Esto cuesta una barbaridad.
—Esto evita que el baño os cierre la mañana —dijo el hombre.
—No use argumentos sólidos antes de las diez.
Biel sacó la cartera. Le agarré la muñeca. Otra vez. No aprendía. Mi mano tampoco.
—Pago yo.
Miró mis dedos sobre su piel. La tienda estaba llena de cubos, tornillos, llaves inglesas y cosas con bordes. Nada de eso impidió que mi cuerpo eligiera el lugar equivocado para despertarse.
—Abril.
—Es el baño de mi chiringuito.
—No estábamos discutiendo propiedad sentimental de aguas fecales.
—Ahora sí.
—Tengo cuenta aquí.
—Yo tengo tarjeta.
—La cuenta evita que hoy sueltes caja.
—La tarjeta evita que tú sigas acumulando facturas que luego nadie te pidió cargar.
El hombre de Taller Marí se apoyó en la barra.
—Yo puedo mirar al techo, si esto es íntimo.
Solté a Biel.
—No es íntimo.
—Claro —dijo el hombre.
Biel no sonrió. Eso me fastidió.
Pagamos mitad en tarjeta, mitad apuntado a Lola y Sal. Lo llamamos acuerdo porque la palabra derrota ya estaba muy usada esa semana. Biel cargó la bomba. Yo cogí la manguera, el alargador y una bolsa de abrazaderas que parecía demasiado pequeña para arreglar nada serio.
Al salir, el sol ya había calentado la calle. Ultramarinos Pepa tenía cajas de agua apiladas en la puerta. Desde el Forn Nuri salía olor a pan y a algo dulce que me dio rabia no poder comer de pie, sin pensar.
—Tengo que contestar al comprador —dije.
Biel miró la bomba, no a mí.
—Tienes que contestar cuando no estés de camino a meter una manguera en un baño inundado.
—Siempre hay una frase peor esperando.
—En Lola y Sal, sí.
—Me ha mandado otro correo.
Ahí sí levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—A las siete y media.
—¿Y no lo has dicho?
—Estábamos con agua saliendo del váter y un señor con zapatos limpios ofreciéndote continuidad como si fueras una freidora en buen estado.
Biel apretó la mandíbula.
—¿Qué dice?
Saqué el móvil. Había leído el correo tres veces en el hostal, sentada en el borde de la cama, con la camiseta limpia puesta y la sensación de que cualquier prenda recién lavada era una mentira ridícula.
Se lo enseñé.
EL COMPRADOR: Sin garantía operativa, la oferta no se sostiene. Para seguir hablando, necesito exclusividad hasta resolver la revisión del espacio. De lo contrario, entiendo que no hay interés real.
Exclusividad. La palabra tenía zapatos limpios. Biel leyó despacio. Luego me devolvió el móvil.
—No firmes eso.
—No me organices.
—No firmes eso, por favor.
Me dejó sin defensa. Cuando Biel pedía por favor, me dejaba sin sitio para pelear cómoda.
—No firmaré nada hoy.
—Hoy no es un plan.
—No hace falta repetirlo.
—¿Lo sabes o lo dices para que cierre la boca?
—Las dos cosas pueden convivir.
Se le movió una esquina de la boca. Casi sonrisa. Casi.
—Vámonos antes de que el baño decida independizarse del todo.
Volvimos andando porque la furgoneta estaba detrás de Lola y Sal y porque, según Biel, cargar una bomba pequeña no era “para tanto”. Según mi hombro, Biel tenía un concepto violento de lo pequeño.
Cuando llegamos, la terraza aún estaba vacía. La cinta blanca y roja delimitaba la zona perdida con una prepotencia absurda. Tac. Tac. Tac. Golpeaba contra una silla por culpa del viento. Cada golpe me sonaba a metro menos, mesa menos, margen menos, aire menos.
Tina nos recibió con dos fregonas cruzadas en la entrada del pasillo.
—El baño ha empeorado.
—Qué capacidad de sorpresa tiene este sitio —dije.
—Jana ha puesto un cartel.
Miré hacia la puerta azul del baño.
En un folio pegado con cinta se leía: NO ENTRAR SALVO QUE QUIERAS COMPROMISO A LARGO PLAZO. Biel cerró los ojos.
—La voy a matar.
—Haz cola —dijo Tina.
Jana apareció por detrás con gafas de sol, el pelo recogido a medias y una camiseta que decía Club Aleta, aunque ella no pertenecía a ningún club que no implicara provocar.
—De nada. He evitado tres traumas infantiles y una señora curiosa.
—Has puesto compromiso a largo plazo en la puerta de un baño —dijo Biel.
—Marketing preventivo.
—Esto no es marketing —dije.
—Claro que no. El marketing tendría tipografía mejor.
Ona llegó justo entonces, con el móvil apagado en la mano.
—No he grabado el cartel.
Todos la miramos.
—Lo digo para empezar bien.
—Pues no lo digas más —contestó Tina.
Vega estaba en la mesa que nunca callaba, portátil abierto, café intacto y expresión de haber encontrado otra cosa mala en un documento.
—Cuando el baño deje de ser una escena de guerra, necesito que veas esto.
—¿Ahora qué?
—Ayuntamiento mantiene la reducción provisional y cita para alegaciones presenciales mañana a las once.
—Maravilloso.
Biel aguantó mi mirada.
—Palabra no autorizada.
—Hoy amplío lista.
Dejamos la bomba junto al baño. El pasillo olía a lejía, humedad y humillación. El agua había avanzado poco, pero con ambición. Biel se agachó para mirar la conexión. Tina sujetó la puerta. Jana guardó una distancia prudente, que en ella significaba cerca suficiente para opinar.
—Yo ayudo —dije.
—No —dijeron Biel y Tina a la vez.
—¿Perdón?
—Esto es estrecho, huele fatal y no sabes conectar la manguera —dijo Biel.
—Puedo aprender.
—No todo lo que se aprende tiene que ser esta mañana.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que quiere seguir siendo imprescindible.
El golpe entró. Lo vi.
Mal. Biel soltó la manguera y se levantó despacio.
—Conéctala tú.
Tina levantó la barbilla con una cara que venía a decir: enhorabuena, acabas de ganar un premio horrible.
—Biel…
—No. Adelante. Dueña.
Me agaché. El suelo estaba húmedo. La manguera era más rígida de lo que parecía. La abrazadera se me escapó dos veces. A la tercera, me pillé la piel del dedo con el metal.
—Joder.
—No aprietes ahí —dijo Biel.
—No me digas dónde apretar.
—Estás sangrando.
—Estoy pagando una formación completa.
Jana murmuró:
—Esto tiene una tensión que ni el baño merece.
Tina la empujó hacia atrás con la fregona.
—Fuera.
—Estoy fuera. Por dentro también.
—Más.
Yo seguí peleándome con la abrazadera. La tirita del dedo anterior se mojó y se abrió como una flor fea. Biel ni pestañeó. Estaba cumpliendo. Me estaba dejando hacerlo. Qué maravilla. Qué mierda.
Al final conecté la manguera.
—Ya.
Biel se agachó a mi lado, sin tocarla.
—Está torcida.
—No.
—Sí.
—Funciona igual.
—Si la enciendes así, va a saltar.
Lo miré.
—¿Quieres hacerlo tú?
—Quiero que no te dé una ducha de váter.
—Qué considerado.
—Estoy creciendo.
Me aparté medio palmo. No del todo.
—Corrígela.
Biel metió la mano. Sus dedos rozaron los míos al girar la abrazadera. Necesario no era. O quizá sí. En espacios tan pequeños, lo necesario era una mentira amplia.
—Así —dijo.
—Lo tenía casi.
—El casi aquí salpica.
Encendimos la bomba. Durante dos segundos pareció funcionar. Dos segundos buenos. Luego la manguera pegó un latigazo.
El chorro salió hacia el pasillo, chocó contra la pared y nos empapó de rodillas para abajo. Tina soltó un taco. Alguien gritó que el baño había elegido violencia y una mano amagó con sacar el móvil antes de arrepentirse.
—No quiero saberlo si no afecta a la alegación.
Yo me reí. No debería. Estaba mojada, sangrando un poco por el dedo, con agua dudosa en las zapatillas y un correo del comprador exigiendo exclusividad. Pero me reí. Una risa fea, demasiado alta, con los ojos picándome.
Biel mantuvo los ojos en mí.
—No es tan gracioso.
—No. Es que, si no me río, igual acepto venderle hasta la fregona.
Se le fue la dureza de la cara. Solo un poco.
—Ven.
—No.
—Abril, estás sangrando.
—Es un arañazo.
—Y te lo vas a infectar con agua de baño con pasado.
—Qué romántico.
—No estoy en mi mejor material.
Me cogió la mano. No pidió permiso. Me iba a quejar.
No lo hice. Me llevó hasta la barra y abrió el botiquín. El local siguió moviéndose alrededor: una discusión con la manguera, el portátil de Vega y Jana maldiciendo un congelador muerto.
Biel me limpió el dedo. El desinfectante picó.
—Joder.
—Lo sé.
—No digas lo sé con tono de gestionar también el escozor.
—Puedo apuntarlo en una libreta.
—No te burles de la administración documental.
—Jamás.
Sus dedos eran cuidadosos cuando no intentaba demostrar nada. Eso me cabreaba más que la brusquedad. La brusquedad se puede devolver. La delicadeza se te queda pegada debajo de las uñas.
—Lo de antes —dije.
—¿Cuál de todas las cosas desagradables de antes?
—Lo de imprescindible.
Terminó de pegar la tirita. No soltó mi mano enseguida.
—Daba en algún sitio, sí.
—No quería decirlo así.
—Pero lo pensaste.
—Pensé que me da miedo necesitarte.
Me arrepentí al instante. Falsa no. Desnuda, y eso asustaba más.
Biel miró la tirita. A mi dedo. A la barra. A cualquier sitio que no fuera mi cara.
—A mí me da miedo que lo llames necesitar cuando solo es dejar que esté.
El ruido del baño llenó el hueco. La bomba empezó a funcionar de verdad, esta vez sin latigazos. Tina gritó victoria con una palabra que no cabía en una boca fina. Jana aplaudió con la fregona en alto. Nil se rio. Jana le dijo que no se riera tan guapo. Nil dejó de reírse fatal.
Biel soltó mi mano. Bien. Mal.
—Ayuntamiento mañana a las once —dije.
—Lo he oído.
—Voy yo.
—Vale.
—No me uses claro como si fuera fregona.
—He dicho claro normal.
—En ti no existe.
Se apoyó en la barra.
—Vas tú porque eres la dueña. Pero no vas sola si no quieres.
—No sé lo que quiero.
—Esa frase empieza a ser más útil que tus planes.
Bufé. El móvil vibró sobre la madera.
EL COMPRADOR.
Biel no miró. Esa vez no. Lo cogí. Leí.
EL COMPRADOR: Exclusividad hasta mañana 12:00 o retiro.
Doce. Una hora después de la cita en el Ayuntamiento.
Cala Saurina tenía una manera muy suya de poner horarios para que una se ahogara con orden. Biel seguía sin mirar.
—Ha escrito —dije.
—Ya.
—¿No vas a preguntar?
—Estoy practicando no meterme en todo.
Me quedé con el móvil en la mano. Tina salió del pasillo con el pelo pegado a la frente.
—La bomba funciona. El baño sigue siendo una falta de respeto, pero ya no avanza.
—Gran titular —dijo Jana.
Vega miró al frente.
—Abril, necesito una respuesta para preparar la alegación. ¿Mañana vas a defender la terraza o solo pedir plazo?
Todo el mundo me observó. El móvil pesaba poco. La pregunta, no.
Defender aquello significaba enseñar los tickets, las manchas, la terraza medio llena, el baño amenazando y mis manos aún oliendo a limón. Demostrar que Lola y Sal no era un local muerto esperando a que alguien lo recogiera.
Pedir plazo era más limpio. Más mío. Más puerta entreabierta. Miré a Biel. No como permiso. Eso intenté.
—La defiendo —dije.
Vega no sonrió. Bien por ella.
—Entonces trabajamos con eso.
El comprador llamó justo entonces. El nombre iluminó la pantalla. No lo cogí.
Biel no era la razón que quería admitir. El orgullo tampoco.
Porque tenía agua en las zapatillas, una tirita nueva, la bomba gimiendo en el baño y la idea de quedarme todavía caliente en la boca.
Jana levantó la fregona.
—Procede una caña para la libreta de Lola.
—Procede limpiar el pasillo —dijo Tina.
—La emoción siempre pierde contra la fregona.
—En este local, sí.
Me guardé el móvil en el bolsillo. Biel no apartó los ojos de mí.
—Mañana la defiendes —dijo.
—No te emociones.
—No.
—No significa quedarme.
—Ya.
—Biel.
—He dicho ya, no claro.
Me reí. Lo suficiente para no llamar al comprador. Guardé el móvil. Cuando volvió a vibrar, lo dejé sonar.