No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 8 · BIEL
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CAPÍTULO 8 · BIEL

Tres mesas menos no parecen nada hasta que tienes a doce personas esperando sombra y una señora te dice que el año pasado se sentó exactamente ahí, señalando una zona que ahora estaba al otro lado de la cinta blanca y roja, en territorio perdido.

—El año pasado no había cinta —dijo.

—El año pasado yo tenía menos ganas de tirar cosas al contenedor —contestó Jana desde detrás de mí.

—Jana.

—Qué. No he dicho qué cosas.

La señora me observó buscando autoridad. Error suyo.

—Hoy no podemos poner mesas ahí —dije.

—Pero si está vacío.

—Precisamente por eso se ve tan bien la prohibición.

No le hizo gracia. A mí tampoco.

La terraza reducida volvía todo más estrecho.

Las bandejas chocaban. Los clientes se movían mal.

La mesa de siempre había quedado girada hacia la barra, un poco coja, ocupando menos y pesando más.

La cinta golpeaba contra una silla cada vez que venía viento de Platja Gran.

Un golpe flojo, repetido, irritante. Tac.

Tac. Tac. Como un dedo sobre la mesa esperando que uno firmara algo.

Abril no se había sentado en toda la mañana. Ni una vez. Eso ya empezaba a ser un problema.

Iba de un lado a otro con la tirita manchada y la mandíbula dura. No paraba porque, en cuanto lo hiciera, tendría que mirarme. Yo quería decírselo.

Eso demostraba que seguía siendo idiota.

—Mesa cuatro quiere sardinas —dijo Ona, pasando con una bandeja.

—Mesa cuatro ya ha pedido sardinas.

—Quiere más. Dice que con menos terraza tiene más hambre.

—No hay relación científica.

—En este local, la ciencia se rindió con el baño.

Desde la cocina, Tina gritó:

—¡He oído baño y no quiero!

Abril pasó a mi lado con dos platos de bravas. No me rozó porque calculó la distancia con precisión. Aquello dolió más que rozarme. La gente que te evita bien está pensando en ti.

—Vas muy rápido —dije.

—La terraza va lenta.

—No iba por el mobiliario.

—Todo aquí acaba siendo una crítica al mobiliario.

—Abril.

—Estoy bien.

Mentía fatal cuando estaba cansada. Su “bien” tenía la misma estabilidad que el toldo derecho.

Nil apareció a mediodía cargado y con la camiseta pegada a la espalda. Miró a Jana antes que a nadie. Ella le contestó mal antes de que él abriera la boca.

—Deja eso en la barra —le dije.

—Tina me ha pedido hielo.

—Tina pide cosas para que los demás hagan lo que no queremos admitir.

Nil sonrió poco.

—También me ha pedido que no mire a Jana.

—Eso es más difícil.

—No he venido por ella.

Jana pasó justo detrás de él.

—Gracias por aclararlo antes de que alguna parte de mi autoestima se emocionara.

Nil se giró.

—No estaba hablando contigo.

—Ya. Es tu especialidad cuando vienes donde estoy yo.

—He traído limones.

—Qué romántico. Cítricos de evasión.

—Jana.

—Nil.

Se quedaron dos segundos mirándose sobre una caja. Ni beso ni declaración. Solo electricidad barata, de esas que saltan cerca de una nevera vieja y te obligan a desenchufar antes de que arda algo.

Abril los vio desde la barra.

—¿Qué pasa ahí? —preguntó.

—Lo mismo que con nosotros, pero con más limones y menos ruinas heredadas.

Me miró de lado.

—No compares.

—No. Lo nuestro tiene peor contabilidad.

Quiso no sonreír. Falló por una esquina. Eso me arregló tres minutos del día.

A las dos, el TPV mezcló dos cuentas. Vega se sentó a separar tickets con una paciencia homicida mientras Jana entretenía a los clientes. Abril y yo quedamos atrapados en la zona de servicio, demasiado cerca para fingir que solo era falta de espacio.

—No toques —dijo Vega.

—Solo miro.

—Mirar con intención tecnológica ya es tocar para ti.

Ona guardó las manos en los bolsillos.

—Estoy aprendiendo a existir sin intervenir.

—Ponlo en una taza —dijo Jana.

—Te la tiro.

—Bienvenida al grupo.

Abril estaba atendiendo a la mesa de la señora del año pasado. La escuché explicar por tercera vez que no podíamos colocar sillas al otro lado de la cinta. Lo hizo con educación. Con los hombros rectos. Con la boca apretada.

La señora insistió.

—Pero vosotros siempre habéis ocupado hasta ahí.

—Y ahora nos han dicho que hoy no.

—¿Quién?

—El Ayuntamiento.

—Pero Lola nunca hacía caso de esas cosas.

Fue pequeño. Mal puesta. Le dio igual. Abril aguantó un segundo. Yo dejé la caja que tenía en la mano.

—Lola también se murió —dijo Abril.

La señora abrió la boca. Abril siguió, sin levantar la voz.

—Y yo estoy intentando que no me cierren el sitio mientras usted decide si una silla merece una guerra civil. Le puedo dar sombra dentro o puede esperar. Más no tengo.

La señora se puso roja. Jana, desde la barra, murmuró:

—Madre mía.

Tina asomó desde la cocina.

—¿Eso cuenta como atención al cliente?

—Cuenta como verdad con IVA —dijo Vega sin levantar la vista del portátil.

La señora aceptó esperar. Abril volvió a la barra con la cara blanca de rabia.

—No digas nada —me dijo.

—No iba a decir nada.

—Ni que he sido brusca.

—No.

—Ni que Lola habría contestado peor.

—Eso te lo compro.

Siguió mirándome.

—No ayudes.

—Estoy intentando elegir palabras autorizadas: pan, hielo, caja, cobrado, gracias.

Se le escapó una risa seca.

—Idiota.

—Gracias.

A media tarde, cuando la terraza bajó un poco y la cinta dejó de golpear porque el viento cambió, llegó el correo. No al móvil de Abril.

A la cuenta de Lola y Sal. El asunto era limpio, breve, venenoso. Propuesta revisada y condiciones de transición.

Vega lo abrió en el portátil.

Yo estaba en la barra, sacando vasos. Abril estaba al lado de Vega. Tina salió de la cocina secándose las manos. Jana dejó una bandeja. Ona se acercó. Nil siguió cerca de la puerta, fingiendo que esperaba a Jana.

El correo decía muchas cosas con palabras caras. Bajaba un poco más la oferta. Incluía una visita técnica.

Exigía entrega libre de cargas, revisión de ocupación exterior y, ahí estaba lo sucio, una transición mínima de treinta días con apoyo operativo “del personal clave actualmente vinculado al negocio”.

No ponía mi nombre. No hacía falta. Abril leyó esa línea y levantó la cabeza.

Yo no dije nada. Porque si hablaba iba a sonar exactamente como me sentía: comprado por el margen.

—No —dijo Tina.

Vega pasó al siguiente párrafo.

—Aquí habla de permanencia voluntaria negociable.

—No —repitió Tina.

Jana cruzó los brazos.

—Yo también voto no, aunque aquí nadie haya convocado democracia.

Ona miraba a Abril.

—¿Qué quieres hacer?

Abril tardó en responder. Ese momento me hizo daño.

Tenía derecho a dudar de todo. Aun así, me dolió verla mirar la cifra, el correo, las condiciones y la línea donde yo aparecía sin aparecer. La deuda. La licencia. La terraza reducida. La posibilidad de soltar el chiringuito y dejarme a mí debajo de la barra.

—Abril —dije.

Ella levantó la cabeza.

—No iba a aceptar eso.

—No he preguntado.

—Pero lo has pensado.

—He pensado que treinta días son treinta días para el que los firma y una vida entera para el que se queda abriendo con otro dueño.

Silencio. Nil miró al suelo. Jana también, cosa rara en ella. Tina no. Tina levantó la barbilla hacia mí con una rabia que no era contra mí. Vega cerró el portátil a medias, dejando el correo en una línea de luz.

Abril tragó.

—No te vendería.

No sonó perfecto. Gracias a Dios. Las frases perfectas no sirven cuando hay grasa en la barra y una cinta municipal pegando golpes fuera.

—No soy vendible —dije.

—Me ha quedado claro.

—No cuando te conviene.

Ahí se le endureció la cara.

—No me hagas esto delante de todos.

—No lo he traído yo al correo general del local.

Me giré antes de decir más. Cogí una caja vacía y la llevé al almacén con una urgencia bastante teatral para alguien que odiaba montar numeritos.

Abril me siguió. Cerró la puerta del almacén con el pie.

—No te vayas a cargar cajas para no hablar.

—Estoy trabajando.

—Estás huyendo en versión musculada.

—Mira quién habla de huir.

La caja se me resbaló un poco en las manos. La dejé sobre otras dos.

El almacén estaba caliente, lleno de olor a cartón, cerveza, humedad y detergente.

El congelador seguía haciendo su ruido grave.

La ducha exterior goteaba al otro lado de la pared.

Afuera, la terraza reducida seguía pidiendo cosas.

Dentro, Abril me miraba con esa mezcla suya de miedo y mala leche que siempre me había dejado sin mapa.

—No voy a aceptar condiciones sobre ti —dijo.

—Pero lo pensaste.

—Pensé en el dinero. Pensé en la deuda. Pensé en cómo coño se paga todo si mañana nos quitan otra mesa.

Pensé en mi madre, en la licencia, en tus horas, en Vega perdiendo tardes, en Tina fregando agua del baño, en Jana haciendo de camarera sin pedir nada y en Ona tragándose la culpa cada vez que alguien la mira. Pensé en todo. Sí.

Me callé. Defensa, precisamente, no. Era cansancio con nombres.

—Y también pensé —añadió— que, si firmaba algo que te dejara aquí por obligación, ya no podría mirarte ni, aunque vinieras a odiarme a la cara.

Me entró despacio. Sin música.

Sin limpieza. Me dejó en un sitio difícil.

—No quiero ser tu razón para perder dinero —dije.

—No eres mi razón.

—Abril.

—Eres una de las cosas que no quiero ensuciar más.

Miré hacia la puerta. Error. Quería salida. Ella lo vio.

—No salgas ahora.

—No decidas por mí.

—Hoy sí.

Me giré.

—¿Ah, sí?

Dio un paso hacia mí. No mucho. El almacén tampoco permitía grandes gestos. Entre los dos había un cajón de botellas, una fregona apoyada mal y siete años haciendo ruido bajo frases cortas.

—Sí. Quédate aquí diez segundos y escúchame sin convertirte en mártir de barra.

Casi sonreí.

—Mártir de barra es bueno.

—No me distraigas.

—Lo intento poco.

—No sé pedirte que te quedes sin pensar que te obligo, ni verte marchar sin creer que lo haces por orgullo. Y estoy cansada de usar el cuerpo para aplazar decisiones. Sobre todo, mientras un tío con camisa limpia pone condiciones a algo que ni entiende.

Lo dijo todo a toda prisa.

Humano. Torpe. Con una mano cerrada sobre la otra, la tirita sucia en el dedo y los ojos brillantes de rabia. Mi cuerpo tuvo una idea clarísima.

Mi cabeza, por una vez, hizo su trabajo.

—Si te beso ahora —dije—, lo vamos a usar mal.

Abril cerró la boca. Le dolió. A mí también.

—Ya.

—Querer no es el problema.

—No lo arregles.

—No estoy arreglando. Estoy dejando claro dónde está la avería.

El congelador resopló. A Abril se le rompió una risa mínima.

—Hasta el congelador tiene opinión.

—La suya suele ser cara.

Nos quedamos quietos. Ella dio otro paso. No para besarme. Para cogerme la mano.

Lo empeoró. Me agarró la mano derecha, la de la cicatriz del índice, y pasó el pulgar por encima de la marca. No preguntó esta vez de dónde venía. No hacía falta. El cuerpo también acumula facturas.

—No firmo eso —dijo.

—No lo hagas por mí.

—No puedo vivir con eso.

Asentí. Paz, precisamente, no. Era un punto de apoyo en mitad de un almacén que olía fatal.

Abril soltó mi mano antes de que aquello se convirtiera en otra cosa.

Bien. Mal. Las dos. Volvimos a la barra.

Todos fingieron que no esperaban. Fatal. Jana tenía cara de haberse mordido la lengua durante un rato de más. Tina estaba quieta junto a la puerta de la cocina. Ona había apartado la vista. Nil miraba el suelo con un interés sospechoso. Vega abrió el portátil de nuevo.

Abril se colocó junto a la barra.

—Escribe —le dijo a Vega.

—¿Qué?

—Respuesta. Por ahora no acepto condiciones de transición sobre personas. Si quiere oferta, que sea por el local, la licencia, el estado real y la documentación. No por Biel.

Jana hizo un gesto con la mano.

—Yo añadiría “no por Biel ni por su preciosa capacidad de abrir cosas atascadas”, pero entiendo que no es jurídico.

Vega empezó a teclear.

—No es jurídico.

—Es verdad.

—La verdad no siempre cabe en un correo.

Tina se acercó.

—Añade que la terraza reducida se va a recurrir.

—Alegar —corrigió Vega.

—Como se llame cuando una no se deja pisar.

Ona miró a Abril.

—¿Estás segura?

Abril tardó un segundo. Menos que antes.

—No. Pero esto no lo firmo.

Esa respuesta valía más que una seguridad falsa.

Vega redactó. Abril leyó y cambió dos frases que sonaban a súplica. Vega eliminó otra que parecía amenaza penal. Jana propuso añadir “zapatitos sin arena” y quedó fuera del proceso. El resto volvió al trabajo.

El correo salió a las seis y doce.

Buena hora para mandar una negativa. En Cala Saurina algunas desgracias tenían puntualidad propia.

A las seis y trece, el terminal se bloqueó.

—Maravilloso —dijo Abril.

—Palabra no autorizada —contesté.

—Pan, hielo, caja, cobrado, gracias y vete a la mierda.

—Esa última es nueva.

—La he incorporado por necesidad operativa.

Me agaché bajo la barra para revisar el cable. Abril se agachó también.

—No hace falta.

—Voy a aprender cuál es.

—El de la derecha.

—¿Desde mi punto de vista o desde el tuyo?

—Desde el del TPV, que es quien nos odia.

Nuestras rodillas chocaron. Otra vez.

Ella no apartó la pierna. Yo tampoco. Y por una vez no convertí la falta de respuesta en chiste.

Por un instante, con el correo enviado, la terraza reducida, el comprador esperando y medio local necesitando cosas, tuvimos algo parecido a una pausa debajo de la barra.

No paz. No solución. Pausa. Abril encontró el cable correcto.

—Este.

—Sí.

—No pongas cara de profesor orgulloso.

—Estoy intentando no poner cara de nada.

—Te sale regular.

Arriba, Jana gritó:

—Si debajo de la barra hay comité de reconciliación, quiero acta.

Abril se golpeó la cabeza al incorporarse.

—Joder.

Le puse la mano en la nuca por instinto. Solo un segundo. Ella parpadeó despacio. Solo un segundo. Luego se apartó.

—Estoy bien.

—Ese bien te lo guardas.

No cedió.

—Mesa.

La palabra salió de ella esta vez. Me reí. Fue breve. Sucio. Cansado. Funcionó.

La noche cayó con dos mesas menos, el correo contestado, la cinta golpeando menos porque alguien la había atado mejor y una caja que no llegaba a lo que necesitábamos.

Lola y Sal seguía perdiendo por varios frentes.

Pero por primera vez en dos días, el comprador no estaba dictando la siguiente frase.

Al cerrar, Abril dejó la copia impresa del correo dentro de la caja de Lola, encima de la libreta de Lola.

—Para que insulte con datos —dijo.

—Lola habría pedido una caña antes.

—Entonces mañana le ponemos una.

—¿A Lola?

—A la libreta. Total, aquí todo funciona raro.

No dije que sí. No hacía falta. El baño gorgoteó desde el fondo. Tina gritó:

—¡No quiero saberlo!

Abril cerró la caja metálica con cuidado.

—Mañana compramos la bomba.

—Para el baño.

—Y llamamos a Vega. No firmo nada sin ver el expediente completo.

Aún no nos habíamos reconciliado, pero acabábamos de tomar la primera decisión conjunta desde que me pidió que no volviera.