CAPÍTULO 7 · ABRIL
El Ayuntamiento de Cala Saurina olía a papel caliente, lejía barata y personas que llevaban demasiados veranos diciendo “eso no depende de mí”.
Llegué con la carpeta de Vega pegada al pecho, una camiseta limpia que ya empezaba a rendirse por la espalda y la sensación de que la noche anterior no había dormido: solo había cerrado los ojos para que el techo del Hostal Mar de Fora me echara en cara todo lo que seguía abierto.
Biel venía a mi lado. Ni detrás ni tapándome. A mi lado, que era la forma más peligrosa de todas.
—No hace falta que entres —dije.
—Ya lo sé.
—¿Entonces?
—Entro.
Vega, que caminaba delante con paso de mujer que había nacido para pelear con ventanillas, ni se giró.
—Podéis discutir después de que nos atiendan. Antes desgasta y no factura.
—Qué frase tan tuya —murmuré.
—Gracias.
—No iba como cumplido.
—Tampoco necesito tu permiso para abrir una carpeta.
Biel dejó salir una risa baja. Muy poca. Lo justo para que me molestara y me sostuviera al mismo tiempo.
Entramos.
La sala de espera tenía seis sillas de plástico, un ficus seco con una etiqueta de “no tocar” y un tablón lleno de carteles: cursos de pilates, campaña de prevención, horario de la piscina municipal de Marblava, recogida de muebles viejos.
En una esquina, un ventilador giraba con más fe que eficacia.
Había una señora con bolsa de la pescadería Noguera que nos miró la carpeta, luego a Biel, luego a mí.
La noticia ya había llegado antes que nosotros.
En Cala Saurina, si una iba al Ayuntamiento con su ex y una carpeta azul, ya podía llevar un cartel en la frente que dijera “no preguntéis”. Preguntaban igual, pero con los ojos.
Vega cogió número. La pantalla avanzaba con una lentitud ofensiva. Biel siguió de pie contra la pared, demasiado parte del papel para mi gusto. Abrí la carpeta por hacer algo.
Dentro había una copia del correo, la comunicación municipal, un plano viejo de la terraza y dos tickets pegados a una servilleta de San Juan. Los miré como si alguien hubiera guardado pruebas de una vida que ella todavía no sabía nombrar.
No recordaba haber escrito eso. La letra sí era mía. Biel miró la servilleta.
La vio. Se guardó la respuesta. A veces su silencio tenía manos.
—Número ochenta y tres.
Vega se levantó antes que yo.
La mujer de ventanilla no tenía edad clara. Tenía gafas en la punta de la nariz, un abanico de publicidad sobre el teclado y una capacidad visible para no impresionarse por nadie. Mejor. Si hubiera sido simpática, yo habría desconfiado.
—Lola y Sal —dijo Vega—. Venimos por la solicitud formal de interés sobre el espacio de terraza y por la actividad.
La mujer tecleó.
—Titularidad pendiente de actualización definitiva.
—En trámite.
—Ocupación exterior con delimitación provisional.
—En revisión.
—Solicitud de tercero para valoración alternativa del espacio.
—Por eso estamos aquí.
La mujer alzó la mirada.
—¿Titular?
—Yo —dije.
Biel se movió a mi lado. Un gesto mínimo. Lo noté de todas formas.
—Abril Rovira Mas.
La mujer miró el documento de identidad, luego a mí.
—La solicitud del tercero no adjudica nada.
—Ya.
—Pero obliga a revisar la ocupación real mientras se resuelve.
—Traducción —pedí.
Vega me tocó el antebrazo. Tarde. La mujer giró la pantalla un poco, no lo suficiente para que leyéramos bien, lo suficiente para que pareciera transparencia.
—Hasta que presenten alegaciones, usen solo la superficie que figura en el plano.
—Uso histórico significa mesas que llevan ahí desde que yo llevaba aparato —dije.
La mujer no sonrió. Biel sí, pero se lo tragó.
—Significa que hasta ahora nadie lo había discutido formalmente —contestó ella.
—Y ahora alguien lo discute porque quiere comprar barato —dije.
—No consta en el expediente.
—Qué cómodo.
—Abril —dijo Vega.
La mujer me observó por encima de las gafas.
—Puede presentar alegaciones.
—Las voy a presentar.
—Necesita memoria, actividad demostrada, personal, daño económico por la terraza reducida y titularidad.
Relación de personal. Biel respiró despacio a mi lado. No tuve que mirarlo.
—Biel no entra como garantía —dije.
La mujer pestañeó.
—¿Perdone?
—Si quieren saber quién trabaja, se lo digo. Si quieren usarlo para venderte o sujetarte, no.
—Aquí nadie habla de venta.
—Él sí.
No señalé al comprador porque no estaba allí. Lo noté igual, sentado entre nosotros con su camisa limpia y sus palabras de descuento.
Vega intervino.
—Presentaremos relación de actividad sin comprometer permanencia individual más allá de lo legalmente necesario.
La mujer asintió con alivio. La gente de ventanilla amaba las frases que parecían formularios. Biel, no.
—Yo firmo lo que haya trabajado —dijo—. Nada más.
Su voz salió tranquila. Me dio más miedo que si hubiera levantado la voz.
—Correcto —dijo Vega.
—Y no soy parte de ningún traspaso.
La mujer volvió a mirarlo.
—No corresponde a este trámite.
—Mejor.
El silencio que dejó fue feo, pero útil. Una caja colocada donde hacía falta, aunque molestara al paso.
La mujer imprimió dos hojas. La impresora tardó una vida y media, con ruidos secos, de animal pequeño obligado a trabajar en julio. Me entregó un justificante, una lista de documentos y una advertencia verbal que sonó a papel, aunque no viniera escrita.
—Mientras se resuelve, delimiten la terraza. Si hay inspección y se constata ocupación superior, puede perjudicarles.
—¿Cuánto espacio perdemos? —pregunté.
La mujer señaló el plano.
Dos líneas. Dos metros que, en papel, parecían poco.
En Lola y Sal eran tres mesas, doce sillas, una esquina de sombra y media caja de la semana. Sentí el golpe en el estómago.
Biel también lo entendió. Se le tensó la mandíbula.
—¿Hoy mismo? —preguntó Vega.
—Hoy mismo si quieren evitar problemas.
Como no. El Ayuntamiento siempre tenía una forma elegante de darte una patada con membrete.
Salimos a la calle con el sol en la cara y la carpeta pesando el doble.
No hablé hasta llegar a la sombra mínima de la fachada.
—Tres mesas.
Vega miraba el plano.
—Puede que dos si recolocamos bien.
—Tres —dijo Biel.
Lo miré.
—No necesito precisión ahora.
—Necesitas saberlo antes de que el servicio te lo grite.
—Hoy estás muy educativo.
—Estás buscando bronca conmigo porque el plano te da más miedo.
Le habría contestado algo cruel. Lo tenía casi en la lengua. Vega cerró la carpeta de golpe.
—No. Os lo prohíbo.
—No puedes prohibirnos discutir —dije.
—Puedo irme y dejaros a solas con un plano. Eso sí sería una desgracia.
Mi móvil vibró. No hacía falta mirar. Miré.
EL COMPRADOR: Me llega que vas a presentar oposición. Si complicas el expediente, la oferta vuelve a cambiar. Se lo enseñé a Vega.
Biel lo vio desde mi mano.
—Qué rápido corre lo formal cuando lo empuja un buitre —dijo.
—No contestes —ordenó Vega.
—No iba a contestar.
Biel levantó una ceja.
—Qué.
—Nada.
—Lo has pensado.
—He pensado muchas cosas. Algunas delictivas.
—Pues mira. Coincidimos.
Vega nos señaló con el boli.
—Hoy nadie delinque. Hoy volvemos, reducimos terraza, presentamos borrador de alegaciones y sacamos servicio con menos mesas.
—Dicho así parece hasta divertido —murmuré.
—Dicho así no lloro —contestó Vega.
Volvimos andando.
No quería meterme en la furgoneta con Biel.
No quería su rodilla cerca de la palanca de cambios, ni el olor a cartón viejo, ni la posibilidad de que la Carretera de la Cornisa nos dejara sin conversación fácil.
Así que fuimos a pie por el Camí de les Figueres y bajamos hacia Platja Gran con la carpeta contra mi pecho y el móvil vibrando en el bolsillo cada pocos minutos.
Biel no preguntó. También preguntó así.
Al llegar a Lola y Sal, Jana estaba sobre una silla, intentando colocar una tira de luces que nadie le había pedido tocar.
—Antes de gritar: lo hago por estética y para no acabar lanzando vasos.
—Baja de ahí —dijo Tina desde la barra.
—La autoridad no me intimida.
—La caída sí.
Nil Borràs Vidal sujetaba la silla por detrás.
Nil sujetaba la silla por detrás y fingía que aquello no iba con él. Llevaba una camiseta gris y pantalón corto.
Jana bajó al verme.
—Por vuestra cara, el Ayuntamiento no nos ha regalado nada.
—Nos reduce terraza —dije.
Ona, detrás de la barra, levantó la cabeza.
—¿Cuánto?
—Tres mesas.
Tina soltó un insulto bajo. Jana miró a Nil.
—No hagas cara de saber medir.
—Sé medir.
—Qué pena. Otro defecto.
—La cinta sigue debajo de la barra.
—Nadie te ha preguntado.
—Tina.
Tina alzó una mano desde la barra.
—Yo sí. Porque aquí sois todas muy dramáticas hasta que hay que clavar algo recto.
Jana lo miró con una traición íntima pegada a la cara.
—Podías haberme avisado.
—Te habría avisado si hubieras contestado algún mensaje que no fuera un sticker obsceno —dijo Nil.
—Mis stickers tienen contexto.
—Tienen antecedentes.
Biel pasó entre ellos con el plano.
—Guardad energía. Hay que mover mesas.
—Sí, capitán estrechez —dijo Jana.
—Mesa dos y tres fuera de línea —dijo él, ignorándola—. La cinco se pega al toldo. La de las cinco no se toca.
Lo dijo sin mirar a nadie. Yo lo miré a él.
La mesa de las cinco no se toca.
Un detalle estúpido. Una frase práctica. Me hizo algo en un sitio donde no convenía hacer cosas en horario laboral.
—La mesa del lateral también ocupa —dije.
—Ocupa menos si la giramos.
—Biel.
—No la quito.
—No he dicho quitar.
—Lo has pensado con el plano.
Jana señaló hacia arriba con un dedo.
—Estoy con el señor que no manda. Esa mesa es patrimonio sentimental con pata coja. Se gira, se amenaza, se le pone una vela, pero no se quita.
—No vamos a poner velas —dijo Vega.
—Entonces qué clase de resistencia es esta.
Movimos mesas bajo el sol.
Épico, nada. Hubo sudor, madera que raspaba, sillas con arena en las patas, clientes tempranos mirando desde la calle, una cinta blanca y roja que se enrollaba donde no tocaba y Nil diciendo “un poco más a la izquierda” hasta que Jana le respondió que su izquierda tenía intención de controlarla.
Biel y yo levantamos la mesa de la esquina juntos.
Pesaba menos de lo que yo esperaba y más de lo que mi orgullo quería admitir.
—A la de tres —dijo.
—Sé levantar una mesa.
—Entonces levanta en tres.
—No me des órdenes.
—Uno.
—Biel.
—Dos.
Levanté en tres.
La mesa se nos fue de lado porque una pata enganchó en la arena húmeda.
Biel corrigió con la cadera y mi mano quedó bajo la suya en el borde.
Accidente largo, tampoco. Fue piel, presión, madera caliente y mi cuerpo recordando que la noche anterior yo le había rozado el brazo a propósito y él no me había seguido.
—¿Bien? —preguntó.
—Ahórrate el bien.
—Estás sangrando.
Aparté la mirada. Me había hecho un corte pequeño en el lateral del dedo, seguramente con una astilla o una brida mal cortada. Sangraba poco. Lo suficiente para que Biel soltara la mesa y me cogiera la mano.
—No es nada.
—Calla.
—No me mandes sangrando.
—Entonces deja de sangrar con tanta actitud.
Jana hizo un ruido detrás.
—Os juro que esto en otra vida sería adorable.
—En esta vida coge la cinta —dijo Tina.
Biel me llevó hasta la barra, sacó el botiquín del cajón donde yo ni recordaba que hubiera botiquín y me limpió el corte con una gasa. Tenía las manos firmes. No suaves. Firmes. Manos de cajas, hielo, cables, vasos, cubos. Manos que sabían no temblar, aunque la mía sí lo hiciera un poco.
—No tiembles —dijo.
—No estoy temblando.
—Entonces el dedo tiene vida propia.
—Debe de ser de aquí.
Levantó la mirada. Tan cerca.
La madera olía a humedad, café recalentado y crema solar. Afuera, Nil y Jana discutían por la cinta; desde el Camí de les Figueres llegaba la voz de Vega al teléfono. En cocina, alguien gritó que nadie tocara las patatas.
Dentro de todo eso, Biel me puso una tirita en el dedo.
Una tirita. Qué forma tan ridícula de querer tocar a alguien sin tocarlo donde quema.
—Ya está —dijo.
—Gracias.
—No lo hagas.
—¿Dar las gracias?
—Poner cara de que una tirita pesa más que una mesa.
Me habría reído si no hubiera acertado.
—No sabes qué cara pongo.
—Abril.
—No.
—Vale.
Retiró la mano. Otra vez antes de tiempo.
Acabé con la mano en el aire un segundo más de lo prudente, con la tirita blanca en el dedo y ganas de arrancarle la camiseta para dejar de discutir por centímetros.
Eso era todo mi aplomo: una tirita, un papel ardiendo y ganas de arrancarle la camiseta. Volvimos a la terraza.
La cinta blanca y roja dejó una línea nueva entre Lola y Sal y la parte de playa que ya no podíamos ocupar. Dos metros. Tres mesas. Un montón de dinero y una humillación visible.
Una señora se paró delante.
—¿Ahora sois más pequeños? —preguntó.
Jana sonrió con todos los dientes.
—Estamos en modo degustación.
—Ah.
—Más íntimo, más caro, menos sitio para suegras.
La señora se fue sin saber si se había reído o la habían atendido. Yo miré la terraza reducida.
La mesa de las cinco estaba girada, torcida y viva. El cartel de Lola y Sal seguía con la ese atada con bridas. La ducha exterior goteaba. El lector sonó desde dentro sin que nadie lo tocara.
Mi móvil vibró otra vez. No lo saqué. Biel lo notó.
—¿Comprador?
—Sí.
—¿Vas a mirar?
—No.
—Está bien.
—Y no pongas esa cara. No has ganado.
—Hoy no he dicho nada.
—Has dicho bien.
—El bien se me escapa.
Me apoyé en la mesa de siempre. Tenía arena pegada en las pantorrillas, el dedo con tirita, la espalda mojada y una línea municipal dividiendo mi vida en zonas autorizadas y zonas discutidas.
Cogí la libreta de Lola de la caja metálica y la abrí por una página en blanco. Escribí solo tres palabras. No cierro hoy.
Biel estaba a mi lado. No intentó leer.
—Lo has leído igual —dije.
—La letra es grande.
—Excusa pobre.
—Nivel Ayuntamiento.
Se me escapó una risa. Pequeña. Con calor y rabia.
Guardé la libreta, cerré la caja y la dejé junto a la barra, no arriba.
A las doce abrimos con tres mesas menos, un requerimiento encima y el comprador apretando desde el móvil. El terminal volvió a pitar.
Lo desenchufé.
—Cobramos a mano hasta que venga el técnico.
Le pasé a Biel el cartel para la puerta.
Dejamos de mirarnos y empezamos a ejecutar el mismo plan. El croquis final dejaba tres mesas fuera. Biel marcó la pérdida con el dedo. —Mañana nos las quitan.