No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 6 · BIEL #3
24%

CAPÍTULO 6 · BIEL #3

Abril no miró al frente.

—Quiere el sitio sin tener que cargar con el nombre.

El local siguió funcionando alrededor. Dos clientes pidieron café. El congelador hizo su ruido feo. La cinta blanca y roja se movió en la terraza con un golpe flojo contra la silla.

Abril dejó el móvil en la mesa.

No lloró. No explotó. Eso me preocupó más.

—Abril —dije.

Ella levantó la cabeza. Tenía la cara tranquila de las peores decisiones.

—Mañana cierro la puerta antes de que me la arranquen.

—No.

La palabra me salió sola.

—No decidas por mí.

—No estoy mandando. Estoy contestando a una barbaridad.

—Es mi local.

—Y mi nombre en un expediente.

—Y mi madre muerta en una libreta. Y mi deuda. Y mi culpa. Y mis amigas perdiendo horas. Y tú convirtiéndote en blanco de un tío que no sabe ni pisar arena.

La mesa entera se quedó sin movimiento. Abril tragó.

—No voy a dejar que nos compre por desgaste.

—Cerrar por miedo también es dejarle sitio.

—No he dicho cerrar por miedo.

—Has dicho cerrar la puerta antes de que te la arranquen. Esa frase viene con miedo hasta en la gramática.

Me miró con una furia rota, de las que no se pueden devolver sin hacerse más daño.

—Entonces dime qué hago, Biel. Dímelo. Pero sin poner cara de que ya lo sabías todo. Sin salvarme. Sin convertirme en una alumna en mi propio desastre. Dímelo desde un sitio donde tú también puedas perder.

Ahí se me fue el orgullo. No del todo.

Lo suficiente. Dejé la caja de vasos sobre la mesa.

—Pelea. Pero pelea porque lo quieres vivo, no porque odias que otro lo toque.

Abril miró la cinta de la terraza.

—No sé si lo quiero vivo.

Eso hizo más daño que el correo. Porque sonó honesta. Porque no venía a atacar.

Porque tal vez esa era la herida que nadie en la mesa se atrevía a nombrar: que Abril podía defender Lola y Sal hasta desangrarse y aun así no saber si quería quedarse cuando ganara.

Vega cerró la carpeta.

—Entonces mañana no decidimos cierre. Mañana decidimos si presentamos oposición a esa solicitud.

Tina asintió.

—Y hoy sacamos servicio.

Jana cogió la bandeja.

—Y alguien fríe patatas porque si no hay grasa, esta familia se descompensa.

Ona se levantó.

—Yo puedo contestar reseñas.

Todas la miramos.

—O puedo no tocar el móvil. También sé estar quieta con resentimiento.

Abril soltó una risa breve.

Muy pequeña. Sirvió. A las once, cerramos con cuatro mesas, una solicitud formal contra nosotros y la sensación de que Lola y Sal había encogido físicamente. La terraza vacía se veía más pequeña. La cinta seguía allí, blanca y roja, ridícula y firme.

Después de bajar toldos, encontré a Abril junto a la ducha exterior. No la había abierto. Solo estaba allí, con los brazos cruzados, mirando el grifo.

—No voy a tocarte —dije.

—No te he oído llegar.

—Eso ha sido nuevo.

—Estoy cansada.

Me acerqué solo hasta el marco del almacén.

—Mañana vamos al Ayuntamiento.

—Mañana no sé qué voy a hacer.

—Sí lo sabes. Vas a levantarte, vas a venir aquí, vas a insultar el café, vas a decir que tienes controlado lo que no tienes controlado y luego vas a pelear con un señor de ventanilla con la misma cara con que has negociado almejas.

—No tienes derecho a hacerme una agenda.

—No la hago. Te estoy leyendo el ticket de mañana.

Se tapó la boca con una mano. Pensé que iba a llorar. Se rio. Una risa corta, rota.

—Eres idiota.

—Sí.

—Y muy pesado.

—También.

—Y… —se detuvo.

—No acabes si no quieres.

—No quiero.

—De acuerdo.

—Ese bien te lo guardas.

—Mesa.

Se volvió hacia mí. Durante dos segundos no hubo cinta, ni solicitud, ni comprador, ni culpa en forma de libreta. Solo Abril con la cara sucia de cansancio y yo con las manos en los bolsillos porque no confiaba en ellas.

—Biel.

—Qué.

—Si mañana pierdo esto, no sé qué me queda aquí.

Ahí sí me acerqué. Fui despacio, porque quedarme quieto habría sido otra mentira. Me paré a un palmo.

—Te quedas tú.

—No basta.

—Lo sé.

Lo dije sin orgullo. Sin usarlo contra ella. Sin pedirle que eligiera por mí.

Abril entornó los ojos un segundo. Cuando los abrió, seguía allí. No me besó. No la besé.

El deseo estaba en la garganta, en las manos quietas, en la camiseta pegada a su cintura, en mi boca cerrada para no pedir lo que no tocaba. Querer era fácil. Tocar, también. Lo difícil era no usarlo para tapar el hueco que nos estaban intentando quitar.

Desde dentro, Jana gritó:

—¡Si estáis teniendo una conversación con ropa, que sea corta, que Tina quiere cerrar gas!

Abril bajó la cabeza y soltó una risa contra su propia mano. Yo miré hacia la cocina.

—Vamos.

Ella pasó a mi lado. Esta vez me rozó el brazo a propósito. Fue un roce mínimo.

Suficiente para dejar claro que llevaba intención. No la seguí con la mano. Me odié un poco por eso.

Me respeté otro poco. Dos avances pequeños en un día de mierda.

Al cerrar la puerta, Abril guardó la copia del correo con la libreta de Lola.

—Mañana lo intentamos.

Antes de irse me pasó una hoja con tres tareas: fotos, medidas y declaración.

—Elige una.

Marqué fotos. Por primera vez no me daba una llave ni me la quitaba. Me daba una responsabilidad concreta.