No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 6 · BIEL #2
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CAPÍTULO 6 · BIEL #2

La reunión duró veinte minutos: lenguaje seco, papeles, un ventilador inútil y Abril sentada a mi lado, sin tocarme, tan cerca que podía oler el jabón del hostal en su piel. Firmó donde tocaba con la mano firme. Me entraron orgullo y tristeza a la vez, una mezcla bastante inútil.

Al salir, Jana nos miró desde el banco de fuera.

—Por vuestras caras, deduzco que no nos han concedido una terraza nueva con camareros musculados.

—La reducción sigue provisional —dijo Vega.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es una patata caliente con sello.

Jana levantó la bolsa del Forn Nuri.

—Entonces comemos.

Abril guardó silencio hasta que llegamos al Camí de les Figueres. Allí se detuvo.

—Voy a llamar al comprador.

Todas paramos. Yo no dije no. Me costó, pero no lo dije.

—¿Ahora? —preguntó Vega.

—Ahora. Con vosotras delante. Con Biel delante. Sin esconderlo en un cajón ni contestar desde la vergüenza.

Jana se puso una mano en el pecho.

—Estoy orgullosa y asustada. Mi estado natural, vaya.

Abril sacó el móvil. Marcó. El comprador contestó al tercer tono.

—Abril.

Ella puso el altavoz.

—He presentado oposición a disponibilidad del espacio. No voy a renunciar al uso de Lola y Sal para facilitarte una entrada por fuera.

Vega levantó las cejas. A su lado hubo dos asentimientos mínimos. Jana sonrió con dientes. Al otro lado hubo una pausa.

—Eso complica las cosas.

—Sí.

—Mi oferta por el traspaso baja en esas condiciones.

—Entonces baja.

El comprador soltó una risa corta.

—Abril, estás decidiendo en caliente.

Yo di un paso, pero Tina me agarró del antebrazo.

Fuerte. Abril me vio. Negó apenas con la cabeza. Se defendía ella.

—Estoy tomando una decisión cara —dijo—. En caliente decidiste tú que podía darte vergüenza defender mi propio local.

Jana abrió la boca sin emitir sonido. Milagro local.

—No te conviene cerrarte puertas —dijo él.

—Estoy aprendiendo a distinguir puerta de salida y agujero.

Aquello sonó a Abril de verdad: torcido, poco pulido, útil.

—Hablaremos cuando se te pase el golpe.

—No. Hablaremos si presentas una oferta limpia por Lola y Sal. El espacio vacío, Biel, los rumores y mi prisa se quedan fuera. Si no puedes hacerlo así, no hablamos.

Colgó. Abril miró el móvil.

Nadie aplaudió. Menos mal. Porque otra frase bonita y habría mordido a alguien. Jana se limitó a decir:

—Necesito una patata y quizá una silla.

—No hay patatas aquí —dijo Tina.

—Entonces una vida nueva.

Abril guardó el móvil. Tenía la cara blanca bajo el calor.

—Tengo ganas de vomitar.

—Eso significa que ha salido decente —dijo Vega.

—Tu manera de tranquilizar da miedo.

Volvimos a Lola y Sal con el pueblo mirando desde persianas, bolsas de pan y mesas de bar. La llamada tardó menos de cinco minutos en llegar a algún sitio sin haber salido de nuestros teléfonos. En Cala Saurina las noticias no necesitaban cobertura; usaban piernas.

Al abrir, tuvimos cuatro mesas y quince personas molestas.

Un señor dijo que antes podía sentarse donde quisiera.

Tina le recordó que antes ella tenía menos canas.

Jana vendió la espera a una pareja joven y los dejó bebiendo de pie.

Vega pasó la mañana justificando la distribución mientras el resto mantenía el local abierto.

—Gracias —dijo él.

—No lo he usado para nada raro.

—Tiene grasa.

—Eso te pasa por prestarlo a una mujer con historia.

—No te lo presté.

—Detalles.

Nil se guardó el metro, pero no se fue.

—¿Necesitáis otra cosa?

Jana lo miró por fin.

—Necesito que la gente deje de necesitar cosas.

—No lo arreglo con un metro.

—Poco ambicioso.

Él sonrió. Jana apartó la vista. Punto para Nil. Ella iba a negarlo hasta la tumba.

A las tres, el calor apretó la terraza reducida. Abril tropezó dos veces con la misma silla; yo cargué platos y fingí no mirarla cuando se secó el cuello con el borde de la camiseta. Cada vez cabíamos peor.

—Deja eso —le dije.

—No.

—Estás cansada.

—Estoy viva.

—No siempre se nota la diferencia en esta barra.

Me miró mal. Bien. Mejor rabia que ese blanco de después de la llamada.

El TPV imprimió un ticket largo, blanco, inútil.

—Perfecto —dijo Abril.

—La palabra te está quedando fea.

—La he aprendido de ti.

—Entonces úsala menos.

—Mira quién habla.

Jana pasó con una bandeja.

—Os aviso: la mesa dos acaba de preguntar si sois matrimonio.

—No —dijimos los dos.

—A toda prisa. Sospechoso.

—Jana.

—Voy.

Se fue riéndose. Abril se agachó a revisar el cable del TPV. La barra era estrecha, el hueco pequeño, el calor indecente. Me agaché también porque era estúpido y porque ella iba a tirar del cable equivocado.

—No —dije.

—Sé qué cable es.

—Estás tocando el de la cafetera.

—Estoy reconociendo el terreno.

—Estás a punto de dejar sin café a Tina.

Abril retiró la mano.

—Eso sería grave.

Nuestras rodillas chocaron bajo la barra. Ella apoyó una mano en el suelo para no caer. Yo le sujeté el codo. Solo el codo.

Otra vez. No apartó los ojos.

—No empieces con la prevención de riesgos.

—Te estaba evitando una caída.

—Pues deja de ser útil durante diez segundos.

—No sé.

—Ya lo he visto.

El espacio bajo la barra olía a cerveza seca, polvo, cables calientes y el jabón de las manos de Abril. Tenía un mechón pegado a la mejilla y una gota de sudor en el labio superior. La miré ahí. Mal. Ella lo vio. Y se me notó en la cara.

—Biel.

—Qué.

—No me mires así si luego vas a salir corriendo hacia la dignidad.

—No corro. Tropiezo con mesas y finjo que era logística.

Se le escapó una risa. El sonido me dio ganas de besarla. No la besé. Eso casi dolió físicamente.

—Hoy no —dije.

Abril miró mi mano en su codo.

—Lo sé.

Plantó los pies. Yo tampoco. Y odié lo mucho que me descansó no tener respuesta.

El TPV sonó sobre nuestras cabezas, ofendido por no ser el centro.

—Mesa dos pregunta si debajo de la barra también se pide turno —dijo Jana desde arriba.

Me golpeé la cabeza al incorporarme. Abril se rio.

—Te pasa por digno.

—Me pasa por trabajar contigo.

—También contaba.

Nos levantamos, despeinados, sudados, sin haber hecho nada y con la cara de haberlo hecho todo. La mesa dos nos miraba con un interés que merecía recargo. Abril fue hasta ellos, les cobró con una sonrisa educada y les dijo:

—Debajo de la barra no hay servicio. Solo averías.

El hombre se atragantó con la cerveza. Yo tuve que entrar en la cocina. No para reírme. Para no ir detrás de ella.

A media tarde, cuando la presión bajó un poco, llegó el correo de Vega al móvil de Abril. Ella lo abrió en la mesa de las cinco. Yo estaba cerca, sacando vasos de una caja, y vi cómo se le quedó la cara.

—Qué pasa —dije.

Vega, que acababa de entrar con el pelo pegado a la nuca y una carpeta nueva, respondió por ella.

—Han incorporado al expediente una solicitud formal de interés por el espacio.

La caja de vasos me pesó de golpe.

—¿De quién?

Vega miró a Abril. Abril miró la pantalla.

—Del comprador.

Jana dejó la bandeja sobre la mesa con demasiado cuidado.

—Será cerdo con persistencia.

Tina salió de la cocina.

—¿Formal?

—Formal —dijo Vega—. No le adjudica nada. Pero ya no está tanteando.

Ona se sentó sin pedir silla.

—O sea que quiere Lola y Sal muerto.