CAPÍTULO 6 · BIEL
Abril metió mi llave en la caja y no me miró al hacerlo.
Eso decía más que las miradas largas, que siempre quedan bien por fuera y luego no sirven para abrir una puerta cuando toca.
La dejó junto a la libreta de Lola, encima de una goma vieja con arena, al lado de una foto de las cinco chicas con dieciocho años, quemadas por el sol, apoyadas en la mesa de la terraza con vasos de plástico, bocas pintadas con helado barato y esa confianza arrogante de quien todavía no ha tenido que pagar una factura tarde.
En la foto, Abril llevaba un vestido rojo y el pelo mojado. Yo no salía. Me acordaba de esa tarde.
Estaba detrás de la cámara porque Lola me había dicho: “Haz una bien, Biel, que estas se mueven más que el TPV cuando le entra calor.”
Abril no sabía que la foto la había hecho yo.
O quizá sí y había decidido no recordarlo, que era una modalidad bastante suya.
—¿Vas a quedarte mirando la caja toda la noche? —preguntó Tina desde la cocina.
—Estoy pensando.
—Mala hora para empezar.
El local estaba cerrado, pero el congelador y la nevera seguían haciendo ruido. Afuera, el toldo golpeaba a intervalos contra la estructura. Abril estaba junto a la barra, descalza, con el pelo recogido mal y una mancha de salsa en la camiseta.
Abril estaba fuera, junto a la cinta, con Vega. No hablaban fuerte. Vega señalaba el papel de registro. Abril asentía con los brazos cruzados y el mentón levantado, esa postura de mujer que lleva un susto en el bolsillo y prefiere que le duela la espalda antes de sacarlo.
Jana y Nil discutían cerca del cartel.
—No puedes poner el metro ahí —decía ella.
—Puedo poner el metro donde mide.
—Esa frase te define de una forma muy poco sensual.
—No estaba intentando seducirte con normativa de terraza.
—Pues menos mal, porque casi me duermo desnuda.
Nil clavó los pies. Yo miré el vaso que estaba secando para no reírme. Tina no tuvo esa decencia.
—Jana, deja vivo al chico hasta después de cerrar.
—¿Mi qué?
—Nada —dijo Tina, y me miró de una forma que significaba: ni se te ocurra preguntar.
Roc pasó por la puerta lateral con una caja de agua que no habíamos pedido.
—Me dijo Tina que faltaba.
Tina apretó la mandíbula.
—Yo dije “mañana faltará”.
—Me he adelantado.
—Qué manía con aparecer antes de que una pida.
Roc dejó la caja junto a la barra. No sonrió.
Roc hacía pocas cosas de más. Miraba, dejaba agua, reparaba un taburete sin decirlo y se iba.
A Tina eso la ponía más nerviosa que cualquier baboso de terraza.
Se le notaba en las manos: empezaba a ordenar vasos por tamaño, aunque ya estuvieran ordenados.
—Gracias —dijo ella, mirando el grifo de cerveza.
—De nada.
Roc salió. Jana levantó el dedo hacia Tina.
—A ti también te pasa.
—Acabo de limpiar el baño con una bomba y dos toallas que no volverán a la sociedad. No me provoques.
—Retirada táctica —dijo Jana.
Nil se le acercó por el lateral con el metro aún en la mano.
—Te has comido mi bocadillo entero.
—Te equivocas. Dejé papel.
—Era el envoltorio.
—Generosidad estructural.
—Me debes uno.
—No colecciono deudas con hombres que miden terrazas.
—¿Las coleccionas con los que traen limones?
Jana perdió medio segundo. Muy poco.
Suficiente para que yo lo viera. Ella también lo notó y le quitó el metro de la mano.
—Vete a medir tu ego fuera.
Nil enseñó apenas los dientes.
—Luego vuelvo por el metro.
—No sueñes.
Él se fue hacia la calle. Jana lo miró hasta que llegó a la esquina de Ultramarinos Pepa. Después volvió a la mesa con gesto de no haber visto nada en su vida.
Abril entró con Vega.
—Mañana a las nueve en el Ayuntamiento —dijo.
—Mañana a las nueve —repetí.
—No hace falta que vengas.
—Sí hace falta.
—No para defenderme.
—No voy por ti.
Mentí a medias. Abril me conocía lo suficiente para oler esa clase de mezcla.
—Qué descanso —dijo.
Vega se quitó las gafas y las dejó sobre la carpeta.
—Vais los dos. Cada uno habla por su nombre. Yo hablo por los papeles. Jana no habla.
Jana abrió la boca.
—No —dijo Vega.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Eso me protege.
Ona levantó la mano.
—¿Yo puedo hablar?
—No —dijeron Vega, Tina y Abril.
Ona bajó la mano.
—Qué grupo tan castrador.
—Qué móvil tan descansado —contestó Tina.
Abril no se rio. Estaba mirando la cinta blanca y roja desde dentro. Cuatro mesas permitidas. Cinco apiladas. Un trozo de vida cerrado por prevención, que era una palabra con vocación de mordisco.
—Mañana después del Ayuntamiento abrimos con menú reducido —dijo.
—Mañana después del Ayuntamiento abrimos lo que se pueda —dije.
—He dicho menú reducido.
—Y yo he dicho lo que se pueda.
—No me corrijas cada frase.
—No conviertas cada frase en plan de evacuación.
La mesa de las cinco hizo lo que hacía cuando Abril y yo empezábamos a pinchar: quedarse ocupada sin moverse. Un trapo se dobló dos veces, un papel se revisó al revés y un móvil siguió apagado. Jana olió el peligro y sonrió, que era su peor instinto.
Abril cruzó los brazos.
—No estoy evacuando nada.
—Hoy has guardado mi llave en una caja de galletas.
—Para no usarla contra ti.
—También para no tenerla encima.
—Porque pesaba.
—Bien.
—Ahórrate el bien.
—Entonces no me devuelvas cosas con excusas.
Jana susurró:
—Qué pena que no podamos monetizar esto sin que Ona nos exponga a todos.
Ona le tiró una servilleta. Abril cogió la carpeta.
—Me voy al hostal.
—Te acompaño —dije.
—No.
—Abril.
—No voy a escaparme por la calle de Platja Gran con una carpeta municipal y una camiseta sudada. Puedes relajarte.
—No estoy pendiente de que escapes.
Ella no apartó los ojos.
—Cómo no.
La palabra en su boca sonó a piedra pequeña contra un cristal. Salió antes de que pudiera contestar. No fui detrás.
Eso me costó más que ir.
A la mañana siguiente, me desperté a las seis y media con dolor en la mandíbula.
Había dormido poco y mal, en el sofá de mi casa, con olor a detergente de hostal todavía metido en la camiseta blanca que Abril había lavado y devuelto.
Me hice café en una cafetera que protestaba menos que la de Lola y Sal y seguí de pie junto a la ventana, mirando una calle que aún no se había puesto a opinar.
A las ocho y veinte estaba en el chiringuito. Abril ya había llegado. Aquello fue una novedad con mala intención.
Estaba tras la barra, revisando la caja del día anterior, con el pelo recogido bajo y una camiseta azul oscuro. Tenía una mancha de tinta en la muñeca y los ojos de quien ha dormido poco por voluntad propia: orgullo tonto, pero orgullo.
—Llegas tarde —dijo.
Miré el reloj.
—Llegar antes que el horario acordado no es tarde.
—Para alguien que presume de abrir, sí.
—Buenos días también a ti.
—He hecho café.
—Eso ya es amenaza.
Me sirvió un vaso de plástico con café. Lo probé. Estaba malo.
—Está malo —dije.
—Lo sé.
—Entonces hay esperanza.
No sonrió, pero la boca se le ablandó.
Trabajamos cinco minutos sin discutir. Yo revisé la nevera y saqué cerveza; ella contó cambio, apuntó pan y apartó la carpeta del Ayuntamiento antes de que se mojara. Nos movíamos bien juntos. Era una habilidad incómoda.
—No tienes que decir nada si no quieres —dijo.
—¿En el Ayuntamiento?
—Sí.
—Voy por mi nombre.
—Ya lo dijiste.
—Lo mantengo.
Abril dejó el boli.
—No quería que mi vuelta te convirtiera en trámite.
—Pues llegaste tarde.
Le pegó. A mí también.
—Perdón —dije.
Aguantó la mirada. Yo no pedía perdón bien. Casi nunca. Lo mío era arreglar cosas hasta que nadie recordara la frase que había hecho daño. Esa mañana no había caja suficiente para taparla.
—No lo retires solo porque me ha dolido —dijo.
—No lo retiro. Lo digo menos afilado: mi nombre ya estaba en este sitio antes de que tú volvieras. Y no sé dónde ponerlo ahora.
Abril miró la caja.
—Yo tampoco.
No añadió nada. Mejor.
Fuimos al Ayuntamiento caminando. Vega nos esperaba en la puerta, con el pelo recogido, carpeta bajo el brazo y expresión de mujer que había elegido no asesinarnos por falta de tiempo. Jana apareció dos minutos después con un vestido corto, gafas grandes y el metro de Nil colgando del bolso.
—¿Por qué llevas eso? —preguntó Abril.
—Secuestro probatorio.
—¿Nil lo sabe?
—Saber es una palabra amplia.
Vega miró al techo, buscando paciencia.
—No entras con el metro.
—Es simbólico.
—Por eso mismo.
Tina llegó con Ona y una bolsa del Forn Nuri, con pinta de haber traído carbohidratos para evitar un altercado.
—¿Venís todas? —pregunté.
—No —dijo Vega—. Ellas esperan fuera.
—Nosotras hacemos presencia coral —dijo Jana.
—Vosotras no habláis —dijo Tina.
—¿Eso te incluye? —preguntó Ona.
—No. Yo no hago promesas inútiles.
Abril miró al grupo. Las cinco allí, en la puerta del Ayuntamiento, con legañas, café, una carpeta, pan, un metro robado y cero solemnidad. A veces el amor de las amigas tenía esa forma: no salvarte, pero ir todas al sitio donde ibas a pasar vergüenza.
La funcionaria nos recibió en una sala pequeña con una mesa, tres sillas y un ventilador que movía papeles sin refrescar a nadie. Entramos Abril, Vega y yo. Abril se sentó en medio. Vega dejó la carpeta. Seguí de pie hasta que la funcionaria señaló una silla.
—Puede sentarse.
Me senté. Abril mantuvo la vista lejos de mí.
Vega explicó el escrito. Fotos, caja, mesas usadas, una frase seca para decir que Lola y Sal seguía vivo y otra para decir que no soltábamos el sitio.
Todo correcto, seco, útil. Yo escuchaba palabras que llevaban semanas girando por el local y, en aquella sala, pesaban más.
Una cosa es discutir una licencia con olor a fritanga. Otra, verla escrita en papel con sello.
La funcionaria revisó mi manifestación.
—Usted declara que ha colaborado en la actividad y que no asume compromiso de permanencia frente a terceros.
—Sí.
—Pero confirma continuidad operativa actual.
—Confirmo que Lola y Sal está abierto y vivo. No que yo sea garantía de nadie.
Abril miró sus manos. La funcionaria escribió.
—Conviene que esa diferencia quede clara.
—Por eso estoy aquí.
Vega alzó la vista hacia mí un segundo, y por una vez no me corrigió.