CAPÍTULO 5 · ABRIL #2
Me apoyé en la pared. Estaba caliente. La espalda se me pegó a la camiseta. Metí la mano en el bolsillo y toqué la llave de Biel.
—No puedo irme ahora —dije.
Vega levantó la mirada.
—No significa que tengas que quedarte para siempre.
—No empieces tú también con el siempre. Aquí todo el mundo tiene una relación tóxica con las palabras largas.
—Entonces usa una corta.
—No.
—Esa sirve para muchas cosas.
Guardé la copia en la carpeta.
—No dejamos hueco.
—Eso ya son dos palabras.
—Vega.
—De acuerdo.
Al volver a Lola y Sal, la terraza reducida me pegó en la cara. Cuatro mesas. Cuatro. El resto apiladas contra la pared, con la cinta marcando una frontera ridícula entre el sitio donde podíamos vender una caña y el sitio donde el comprador quizá ya imaginaba su propio cartel.
—Tenemos copia —dije.
Biel salió de la cocina. Me miró primero a mí. Luego al bolsillo donde llevaba su llave. Luego a la carpeta.
—¿Y?
—Hay una solicitud de información sobre disponibilidad.
—El comprador.
—Sí.
—¿Formal?
—Todavía no.
—Bien.
—No me lo adjudiques.
—No he dicho que sea por mí.
—Lo ibas a pensar con los hombros.
Jana, desde la cinta:
—Subtítulos en caja, por favor.
Vega abrió la carpeta y empezó a repartir funciones con el boli rojo.
Texto, fotos, caja de San Juan, mesas permitidas, una carta para decir aquí seguimos.
Palabras feas. Necesarias. Las dejamos sobre la mesa, pero ninguna importó tanto como la forma en que Biel seguía de pie a tres metros de mí, sin venir a coger su llave.
A las doce abrimos con cuatro mesas.
Cuatro mesas dan menos trabajo y más vergüenza.
Cada dos minutos alguien preguntaba si podía sentarse al otro lado de la cinta.
Un señor movió una silla prohibida y Tina le explicó dónde podía llevársela.
Jana convirtió otra espera en dos cañas de pie.
El resto del equipo sostuvo el paso sin regalarle al público otra escena.
Biel y yo trabajamos sin hablarnos más de lo necesario.
—Mesa dos, dos claras.
—Cobrado.
—Falta pan.
—Lo saco.
—Cuidado con la cinta.
—Avisa a la cinta, no a mí.
—Te lo digo a ti porque eres quien camina hacia ella.
—Tu lógica agota.
—Tu orgullo paga mesa.
—Ojalá.
Las cuatro mesas se llenaron. Luego se llenó la zona de espera. La zona de espera no existía, pero la gente la inventó junto a la cinta, de pie, mirando los sitios vacíos que no podíamos usar. El comprador no apareció. Eso lo volvió más presente.
A las cuatro, después de un servicio corto y rabioso, me refugié detrás del almacén con un vaso de agua.
Biel vino con una caja de botellas vacías. Claro.
—¿Me sigues?
—Tiro vidrio.
—Qué vida interior tan rica.
Dejó la caja en el suelo. El ruido de cristales me hizo apretar los dedos alrededor del vaso.
—¿Has contestado? —preguntó.
—Al Ayuntamiento, sí.
—Al comprador.
—No.
—Como quieras.
—Biel.
—Vale. No bien. Palabra neutral: mesa.
Se me movió la boca antes de poder evitarlo. Saqué la llave del bolsillo y se la tendí.
—Cógela.
Él miró mi mano.
—No.
—Me estás volviendo loca.
—Te manejas bien sola.
—No quiero tener tu llave.
—Entonces déjala en la caja metálica, en la barra, en el baño maldito o donde te dé más rabia. Pero no me la devuelvas para sentirte limpia.
—No estoy intentando sentirme limpia.
—Estás intentando que cada cosa tenga dueño claro para poder irte sin mirar atrás.
Le tiré la llave al pecho.
Con poca fuerza. Suficiente. Él la atrapó con la mano contra la camiseta.
—No me conoces tanto.
—No. Pero conozco tus salidas.
Nos quedamos de pie, detrás del almacén, con el calor metido entre los hombros, una caja de vidrio a nuestros pies y la ducha exterior goteando otra vez. Yo no miré su boca. Esta vez hice el trabajo. Miré la llave en su mano.
—He confirmado en el Ayuntamiento que no renuncio al espacio —dije.
—Ya lo he entendido.
—No por ti.
—Me he enterado.
—Por Lola y Sal.
—Lo sé.
—No sabes nada si solo dices lo sé.
Biel metió la llave en el bolsillo.
—Has ido —dijo—. Has firmado. No le has contestado. Y ahora buscas pelea porque te ha temblado la mano.
El miedo en su boca sonó vulgar. A cosa con manchas. Soportable y odioso.
—No digas miedo.
—Entonces dime otra palabra.
—Asco.
—A veces viene junto.
—No me hagas hablar.
—No te estoy tocando.
Me entró por un sitio delicado. Era verdad. Llegaba tarde y me pillaba sin una frase decente para devolverla. No me estaba tocando.
Se quedó donde estaba, sin cogerme la muñeca ni ponerme una silla, sin meter el cuerpo entre el comprador y yo. Llevaba la llave en el bolsillo y las manos vacías. Aun así, lo notaba en cada esquina del día, precisamente porque no venía a salvarme.
—Pues tócame o vete —dije.
Me salió sucia. Desnuda. Mala. Biel cerró la mandíbula.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Pedir con rabia para poder arrepentirte con dignidad.
El vaso de agua me tembló en la mano. Lo dejé sobre una caja antes de tirarlo.
—Eres cruel cuando quieres.
—Y tú cuando no sabes qué quieres.
La puerta del almacén se abrió de golpe.
Ona asomó la cabeza, vio la distancia entre nosotros y retrocedió un palmo.
—Perdón. Buscaba servilletas.
—En el armario bajo la barra —dijimos a la vez.
Ona nos miró.
—Vale. Eso ha sido asquerosamente íntimo para hablar de papel.
Se fue. A Biel se le escapó aire por la nariz. No llegó a risa.
Yo también. Sin ganas. Con demasiadas ganas. La risa nos dejó peor. Él dio un paso hacia mí.
—Abril.
—No.
Se paró. Me odié por decirlo. Lo agradecí. Las dos cosas en el mismo sitio.
—Hoy no —dije.
—Me vale.
—No me vendas el bien.
—Mesa.
Esta vez sí sonreí. Poco. Fatal.
Volvimos dentro separados por la llave, por la cinta, por la oferta que no habíamos contestado y por una decisión que ya no se podía vender como trámite.
A las siete, Vega imprimió el escrito de oposición en la copistería del Ayuntamiento y volvió con veinte páginas grapadas, una cara de muerte y una frase que no ayudó a nadie.
—Mañana hay que presentarlo con registro.
—Voy yo —dije.
—Vamos —corrigió Biel.
Lo miré.
—Has dicho que no venías.
—He cambiado de opinión.
—Qué cómodo.
—No. Cómodo habría sido dejarte pelear sola y luego poner cara de digno si sale mal.
—No necesito escolta.
—No voy de escolta. Voy por mi nombre.
La mesa se calló otra vez. Biel tocó el bolsillo donde había guardado la llave.
—Si mi nombre está en ese expediente, voy yo a decir qué significa. Ni tú ni el comprador.
No contesté. Respuesta tenía; cualquiera me dejaba peor.
Jana, que siempre encontraba la forma de hablar cuando nadie más podía, levantó el bocadillo de Nil.
—Bueno. Esto huele a desastre con madurez. Me descoloca.
Tina se secó las manos en el pantalón.
—Mañana entonces Ayuntamiento. Hoy se cierra sin matar a nadie.
—Promesas realistas —dijo Ona.
Mi móvil vibró en la mesa.
EL COMPRADOR: Me consta que has confirmado oposición a disponibilidad. Error. El espacio seguirá siendo problema mientras no decidas salir.
Lo leí. Luego dejé el móvil girado.
—No contesto.
Biel siguió mirándome. No dijo bien. No dijo mesa.
Acertó. Aquella noche cerramos con cuatro mesas, menos caja, más cansancio y la cinta blanca y roja todavía puesta. Al bajar el último toldo, la cinta se enganchó en una esquina y Biel tuvo que soltarla con los dientes porque tenía las manos llenas de sillas.
Jana lo vio y murmuró:
—El erotismo de la precariedad.
—Cállate —dijimos Tina, Vega y yo a la vez.
Me reí. No lo pude evitar. Biel también.
Cuando todos se fueron, dejé la carpeta del Ayuntamiento sobre la mesa de las cinco y la llave de Biel a su lado.
Metí la llave en la caja metálica. Abrí el cuadrante y escribí: BIEL — APOYO SI ACEPTA.
La frase le dejaba elegir por primera vez; ni orden ni súplica.