No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 5 · ABRIL
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CAPÍTULO 5 · ABRIL

Dormí con la llave de Biel en el bolsillo del pantalón corto.

Dormí era una forma generosa de llamar a cerrar los ojos, abrirlos cada veinte minutos y meter la mano bajo la almohada para comprobar que una llave vieja no había aprendido a marcharse sola.

A las seis y once, cuando el Hostal Mar de Fora empezó a crujir con turistas arrastrando maletas por el pasillo, la tenía marcada en el muslo.

Una llave pequeña, sucia, con el diente gastado. Poco elegante para una amenaza sentimental.

Me levanté, la dejé sobre el lavabo y me lavé la cara.

El espejo del hostal me devolvió una mujer con el pelo aplastado, por un lado, una marca de sábana en la mejilla, los labios secos y un morado leve en la cadera que no supe si venía de una caja de cerveza, de una silla, del borde de la barra o de toda mi vida reciente haciendo esquina contra muebles.

El móvil vibró antes de que pudiera vestirme.

VEGA: No respondas a nadie. Hoy hay que ir al Ayuntamiento y pedir copia de todo lo relativo al espacio. Y no pongas cara de mártir. Te queda fatal.

Después llegó otro.

JANA: Si decides huir, avisa. Me pongo sujetador bueno para perseguirte con dignidad.

Y otro.

ONA: He buscado la cuenta que subió el vídeo. Eliminado. Creo. No estoy tranquila.

Y otro, de Tina.

TINA: Trae pan. El de ayer se puso triste.

Miré la pantalla hasta que volvió a apagarse. El comprador no escribió.

Aquello debería haberme calmado. Me molestó. Estaba empezando a reconocer el ruido de las trampas incluso cuando no sonaban.

Me vestí sin pensar bien: pantalón corto, camiseta negra, zapatillas, el pelo recogido con una pinza del hostal que mordía mal.

Cogí la llave de Biel del lavabo, la metí en el bolsillo y bajé al comedor, donde una pareja alemana removía café con gesto de estar teniendo una experiencia mediterránea completa.

Yo robé dos sobres de azúcar sin necesitar azúcar, porque mi madre decía que una nunca sabía cuándo iba a hacer falta endulzar una mala noticia.

Al llegar a Lola y Sal, la mala noticia ya estaba puesta. Cinta blanca y roja.

No mucha. Lo suficiente para partir la terraza en dos, dejar fuera cinco mesas y convertir nuestro lado de Platja Gran en una escena de obra barata.

La cinta salía de un poste, cruzaba por delante del toldo derecho y terminaba atada al respaldo de una silla, que cojeaba bajo la responsabilidad municipal con muy poca vocación.

Biel estaba agachado junto a la silla, intentando que la cinta no se soltara con el viento caliente. Llevaba una camiseta gris, el pelo húmedo y esa expresión de hombre que no había dormido y aun así había llegado antes que todas las catástrofes.

No levantó la vista enseguida. Bien. Mal.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Una reducción provisional.

—No me hables en idioma de ventanilla.

—Nos dejan cuatro mesas fuera hasta que presentemos alegaciones.

—¿Cuándo lo han puesto?

—A las siete y media.

—¿Y tú desde cuándo estás aquí?

Biel hizo un nudo a la cinta con una calma que merecía denuncia.

—Desde antes.

—Qué respuesta tan irritante.

—Es temporada alta. Optimizo.

Desde dentro, Jana asomó con una taza de café y gafas de sol.

—Yo he propuesto cortar la cinta y fingir que se la ha llevado el viento.

Tina apareció detrás con una bolsa del Forn Nuri.

—Yo he propuesto no cometer delitos con testigos.

—Qué aburrida te pones cuando hay pan —dijo Jana.

Ona estaba en la mesa de siempre, sentada con las manos quietas. Vega, al otro lado, tenía tres carpetas, una libreta y un boli rojo. Mal asunto. El boli rojo de Vega era quirúrgico.

Entré sin saludar bien. Abrimos feo, a medias y de verdad. No miré la puerta, pero cada vez que sonaba sabía a quién esperaba.

Dejé el bolso en la zona de servicio y saqué la llave de Biel del bolsillo. La puse sobre la madera. Biel la vio desde la terraza.

No vino a cogerla.

—Bonito gesto —dijo Jana—. Pareja separada que aún comparte contraseña de Netflix.

—No somos pareja.

—Eso decís mucho para gente que deja llaves encima de superficies con carga dramática.

Vega levantó el boli.

—A la mesa.

—No me mandes tú también.

—Sí te mando. Hoy soy la persona que evita que contestes al comprador con las vísceras.

Me senté.

La mesa de las cinco estaba llena de papeles, vasos de café, una servilleta con una mancha de tomate, un rollo de cinta adhesiva, un metro plegable y la libreta de Lola metida en su caja de galletas, cerrada. Me fijé en el metro.

—¿Por qué está aquí esto?

Jana bebió café.

—Porque Nil tiene herramientas, manos y un defecto grave: aparece cuando se le necesita.

—Le llamaste tú —dijo Tina.

—No le llamé. Le escribí “necesitamos medir el desastre”. Él decidió presentarse con equipamiento. Eso es otra cosa.

—Eso es llamarle con pasos extra —dijo Ona.

Jana la señaló con la taza.

—Tú, redes apagadas.

Ona bajó la mirada.

—Está apagado.

—Mentalmente también.

—Estoy intentándolo.

Biel entró con las manos llenas de polvo de silla. Pasó por detrás de mí para coger un trapo. No me rozó. Llevábamos dos días convirtiendo la ausencia de roce en una conversación entera. Era agotador y bastante eficaz.

Vega extendió el primer papel.

—La terraza reducida nos baja la caja y deja el espacio expuesto. Hay que alegar y demostrar que lo usamos.

—¿Disponible para quién? —preguntó Jana.

—Para quien lo pida —contestó Vega.

Todas miramos mi móvil. Mi móvil.

La mesa. El comprador, aunque no estuviera, acababa de sentarse con nosotras.

—No le voy a contestar —dije.

—Nadie ha dicho que le contestes —dijo Tina.

—Lo habéis pensado.

—Yo he pensado que ojalá se le caiga una croqueta caliente en el empeine —dijo Jana—. No todo gira en torno a ti.

Biel se apoyó en la barra.

—Hay que abrir con cuatro mesas.

—Hay que ir al Ayuntamiento —dije.

—Vega irá contigo.

—Yo decido quién viene conmigo.

—Entonces decide bien.

Giré la cabeza.

—¿Tú vienes?

La pregunta salió antes de pasar por el filtro de orgullo. Mal. Mío hasta la vergüenza.

Biel miró la llave que seguía sobre la barra.

—No.

La palabra tuvo menos ruido que una silla arrastrada y me dolió más.

—¿No?

—Mi nombre ya está en el expediente. Mi manifestación también. Si voy contigo, el comprador gana otra forma de decir que dependes de mí.

—O de decir que somos dos personas defendiendo lo mismo.

—No defendemos lo mismo.

Jana cerró los ojos.

—Ay, qué bonito todo cuando decidís clavarlo antes del segundo café.

—Biel —dije.

—Tú defiendes tu derecho a no perder una salida. Yo defiendo no convertirme en parte de esa salida.

La mesa se calló. No bonita. Quieta de verdad, con Ona apretando la boca, Tina mirando al suelo y Vega dejando el boli sobre la carpeta para no usarlo contra nadie.

Yo tenía la llave delante. La cogí. Biel vio el gesto.

—No la uses para decir nada por mí.

—Es tu llave.

—Por eso.

—Entonces cógela.

—No.

—No hagas esto.

—No he empezado yo a dejar cosas encima de barras.

Me levanté tan rápido que la silla coja hizo un ruido feo.

—Me voy al Ayuntamiento.

—Te acompaño —dijo Vega.

—Claro que me acompañas. Si voy sola igual me caso con una fotocopiadora.

—La fotocopiadora por lo menos haría copias —dijo Jana.

Nadie se rio. Vega recogió sus papeles. Ona se levantó también.

—Yo voy.

—No —dijimos tres a la vez.

Ona tragó.

—Vale.

Tina le tocó la nuca con dos dedos, gesto mínimo, raro en ella.

—Quédate y no mires el móvil.

—Eso parece una condena.

—Lo es.

Salí hacia la calle con Vega. El sol de la mañana ya pegaba en las fachadas y en las piernas.

Cala Saurina tenía ese brillo hostil de los días en que todo el mundo decide comprar pan a la misma hora para poder enterarse de algo.

Pasamos por delante del Forn Nuri y dos mujeres callaron.

Una miró mis zapatillas. La otra miró mi bolsillo, donde la llave de Biel pesaba con una falta de discreción humillante.

—No mires a nadie —dijo Vega.

—Estoy mirando el suelo.

—Estás mirando el suelo con intención de empadronarte en una baldosa.

—Muy específico.

—Te conozco.

El Ayuntamiento de Cala Saurina estaba a cinco minutos.

Diez, si una llevaba resentimiento en los gemelos.

Entramos con calor en la nuca, arena en las zapatillas y el olor a papel, aire acondicionado flojo y desinfectante viejo recibiéndonos en la puerta.

Había dos personas esperando, una pantalla apagada que debía dar turnos y no daba nada, y un cartel escrito a mano que decía: “La máquina no funciona. Preguntar en barra.”

Me dio una ternura absurda. Hasta el Ayuntamiento tenía una máquina rota pidiendo paciencia.

Vega pidió copia de todo con una educación que habría puesto nervioso a un santo. Yo firmé donde me señaló. Respondí con monosílabos. La mujer de la barra, la misma voz educada y cansada de llamadas anteriores, nos miró por encima de las gafas.

—La reducción es preventiva. Si demuestran actividad real, se valorará.

—Queremos que conste que no soltamos el espacio —dijo Vega.

—Se puede presentar escrito.

—Lo presentaremos hoy.

La mujer me observó.

—¿La titular confirma que no renuncia al espacio?

La titular. Abril sin apellidos ni explicaciones. Ni hija de Lola, ni la que se fue, ni la del vídeo. Solo yo, con una llave ajena en el bolsillo.

La titular.

—Confirmo —dije.

La voz me salió más baja de lo que quería, pero salió. Vega no sonrió. Fue respeto.

La mujer nos dio una copia y señaló una línea con el dedo.

—Hay una solicitud de información sobre disponibilidad presentada ayer por un interesado.

Vega se inclinó sobre el papel. Yo no necesité leer el nombre.

—¿Información o solicitud? —preguntó Vega.

—Información. De momento.

De momento. Dos palabras feas, pero servían para no tirarlo todo encima de la barra.

Cala Saurina entera funcionaba con esa clase de amenazas pequeñas.

Salimos del Ayuntamiento sin hablar hasta la esquina del Camí de les Figueres. Allí Vega se detuvo, sacó el boli rojo del bolso y me señaló el papel.

—No ha solicitado el espacio formalmente. Está tanteando.

—Está esperando a que yo me caiga.

—Sí.

—Gracias por adornarlo.

—No me queda esmalte.