CAPÍTULO 4 · BIEL
Mover cinco mesas de una terraza en julio debería sonar simple.
Cinco tableros. Veinte sillas. Dos sombrillas cojas. Una línea de tiza que Abril había dibujado con tanta mala leche que seguía torcida incluso después de corregirla tres veces.
Pero al ver la terraza vacía, nada lo parecía.
Cada mesa retirada dejaba una marca clara en la arena compacta, un cuadrado pálido donde antes había sombra, vasos, platos, propinas pequeñas y discusiones de gente con crema solar.
La terraza quedó con dientes de menos. Lola y Sal seguía vivo, pero al verlo así daba la impresión de que alguien le hubiera quitado parte de la boca.
Abril no lloró. Abril hizo cosas peores. Contó sillas. Luego volvió a contarlas.
Después abrió la libreta, hizo números de pie, tachó, volvió a escribir, se manchó la muñeca de tinta y preguntó a Jana si podía reorganizar reservas sin “convertir la tarde en un funeral con bravas”.
Jana se quitó las gafas y miró la línea de tiza.
—Puedo. Pero voy a quejarme con intención artística.
—Permitido.
—Qué generosa estás al borde del desastre.
—No lo estropees.
Tina salió de la cocina con una caja de pan contra la cadera.
—Si quitamos mesas, reducimos carta. No pienso morir por una almeja con problemas de autoestima.
—No mates almejas de palabra delante de clientes —dijo Abril.
—Los clientes no saben lo que comen. Esa es la base del negocio.
Vega estaba en la mesa de las cinco con el portátil, dos carpetas y una botella de agua caliente que no bebía porque decía que sabía a piscina de agosto. Ona tenía la vista clavada en la terraza, como si por una vez no quisiera encuadrarla.
Nil Borràs Vidal apareció con una bobina de cinta de carrocero y cara de haber venido a ayudar sin saber en qué campo minado entraba.
—He pensado que si la línea de tiza se borra…
Jana giró la cabeza.
—¿Has pensado?
—A veces.
—Peligrosísimo.
Nil dejó la cinta sobre la madera.
—No la he comprado por ti.
—Claro. Has venido a seducir al Ayuntamiento con adhesivos.
—He venido porque Tina me ha escrito: “trae cinta o trae un ataúd”.
Tina levantó la mano desde la cocina.
—Contexto: hacía calor.
Jana cogió la bobina antes de que yo pudiera hacerlo.
—Dame.
Nil no se la soltó al instante. La dejó tirar un poco.
Jana tiró más. La cinta giró entre los dos, pegándosele al dedo a ella.
El gesto fue una tontería. También fue más que una tontería.
Jana se detuvo un segundo con su mano contra la de Nil, la boca lista para morder, los ojos un punto de más abiertos.
—Suelta —dijo.
—¿La cinta o la actitud?
—Tu esperanza de vivir.
Nil sonrió y soltó. Abril los miró de reojo. Cansada, pero los miró. En medio del golpe, todavía podía ver grietas ajenas. Eso me hizo quererla con una incomodidad que me enfadó.
Yo no estaba allí para quererla. Estaba allí voluntariamente. Qué palabra de mierda.
A las doce menos cuarto, el primer grupo sin reserva pidió mesa.
—Somos seis.
Jana miró la terraza reducida.
—Hoy somos todos menos de lo que éramos ayer.
—¿Perdón?
Abril intervino antes de que la queja creciera piernas.
—Podemos sentaros en veinte minutos. Barra de espera a la sombra y agua mientras tanto.
—¿Gratis?
Tina, desde la cocina:
—El agua sí. La paciencia no.
El hombre no supo si reír. Abril tampoco. Yo sí, pero por dentro. Si me reía fuera, ella lo usaría en mi contra.
La mañana se volvió una coreografía fea.
Nada de miradas largas ni manos rozándose por destino: cuerpos moviéndose para que cupieran menos mesas y menos margen.
Abril cruzaba la cinta con una bandeja; Jana la seguía con dos cañas.
Vega negociaba por teléfono desde el Camí de les Figueres.
Lo demás era cocina, reservas en papel y gente preguntando por sillas que ya no existían.
Roc Sallarès Montoliu apareció a la una y veinte. No pidió mesa. Pidió agua. Siempre agua. Siempre la excusa más pobre.
Tina lo vio desde la cocina y giró la cara hacia la freidora.
—Hay botellas en la nevera —dije.
Roc me miró.
—Ya.
Siguió en su sitio. Le di una botella. Él la pagó, aunque no hacía falta. Luego dejó un rollo de papel absorbente sobre la barra.
—Pepa dijo que os faltaba.
Tina salió en ese momento con una sartén en la mano.
—Pepa habla mucho.
—Y acierta.
—No te vengas arriba por traer celulosa.
Roc miró el rollo.
—Era mi plan para conquistar.
Tina lo miró mal. Luego volvió a la cocina con el rollo bajo el brazo.
No éramos los únicos tensando algo hasta casi romperlo.
A las dos, la línea de cinta empezó a levantarse por una esquina. Abril la vio desde la barra y salió con una tiza en la mano.
—No hace falta —dije.
—Sí hace falta.
—Va a durar diez minutos.
—Entonces la dibujo cada diez minutos.
—A eso no le llames gestión. Es castigo.
—Hoy las dos cosas facturan.
Se agachó junto a la primera pata del toldo.
El sol le daba en la nuca. Tenía el pelo recogido con una pinza que no resistía la jornada y varios mechones pegados al cuello.
La camiseta gris de Lola y Sal se le había quedado grande de hombros y ajustada por sudor en la espalda.
Llevaba las rodillas manchadas de tiza y una raya azul de boli en el muslo.
No debería haberla mirado así. La miré igual.
—Si sigues mirando, por lo menos sujeta la cinta —dijo ella sin levantar la cabeza.
—No estaba mirando.
—Tu mentira ha levantado polvo.
Me agaché al otro lado.
El espacio entre los dos quedó bajo, caliente, lleno de arena. Una mesa retirada nos tapaba de la terraza, por un lado. Por el otro, cualquier cliente podía vernos si decidía interesarse por la restauración sentimental de baja calidad.
Abril estiró la cinta. Se le pegó al dedo.
—Mierda.
—Es el objetivo del adhesivo.
—No me informes de objetos hoy.
Cogí la punta de la cinta y la despegué de su dedo. Despacio, porque si tiraba se llevaría piel. Su mano no se apartó de la mía. Tenía tiza en las uñas, calor en la palma y una pequeña rozadura en el nudillo.
—¿Duele? —pregunté.
—No.
—Mientes.
—Hoy tengo cupo.
Le solté el dedo. No lo bastante rápido.
Sus ojos subieron a los míos. Cerca, con la línea de cinta entre los dos y media terraza mirando hacia otro lado por pura casualidad.
—Lo de esta mañana —dijo.
—No.
—Déjame acabar.
—Cuando empiezas así, acabas cargando un cuchillo con el mango hacia dentro.
—No quería usar tu presencia.
—Ya.
—Ese ya te lo guardas.
—No tengo una palabra autorizada.
—Pan, hielo, caja, cobrado, gracias.
—Gracias.
—Imbécil.
Casi sonreí. Ella casi también. Eso dolió de una forma práctica, cercana, sin poesía.
—No quería que el Ayuntamiento te pusiera nombre de garantía —dijo.
—Y aun así lo hizo.
—Por eso me asusté.
La palabra salió baja. Asusté.
Abril no usaba mucho esa familia de verbos. Prefería enfadarme, largarme, vender, decidir, resolver. Asustar le quedaba incómodo en la boca.
—No necesito que me saques de las frases —dije.
—Lo sé.
—No lo sabes.
—Estoy aprendiendo.
Un cliente golpeó una copa contra la mesa.
—¿Nos traen la cuenta?
Abril entornó los ojos. No por dramatismo. Por ganas de no asesinar a la hostelería entera.
—Voy.
Se levantó. La cinta se le enganchó en la zapatilla y casi tropieza. La sujeté por el codo.
—Ya estás recogiendo mis dientes otra vez —dijo.
—Hoy solo codos.
Se miró mi mano en su brazo. La retiré.
—Gracias —dijo.
—Cobrado.
Ahora sí sonrió. La sonrisa apenas le duró. La sonrisa no salvó nada. Pero durante tres segundos mejoró el turno.
A las cuatro, la caja iba peor que la víspera. Vega lo confirmó con una frase que logró ser útil y desagradable:
—Con cinco mesas menos, el margen cae justo donde duele.
—Me encanta cuando traes poesía contable —dijo Jana.
—No es poesía. Es decir que no podemos sostener mucho tiempo esta configuración.
Abril plantó las manos sobre la madera.
—¿Cuánto es mucho tiempo?
Vega no respondió al instante. Mal asunto.
—No lo sé todavía.
No ayudaba. El lector se quejó en ese momento y escupió un ticket con la mitad de la tinta. Jana lo cogió.
—El TPV también se niega a comprometerse.
—El terminal es de la familia —dijo Ona.
Abril se rio sin ganas. Luego miró la terraza. Las mesas llenas hasta la línea. Las apiladas al fondo. La gente esperando bajo el cartel, algunos mirando hacia Club Aleta, otros preguntando si “ya no poníamos mesas fuera”.
Yo sabía lo que estaba viendo. No un negocio. Perder sitio sin moverse.
A media tarde llegó un correo al móvil de Vega. Ella lo abrió, leyó, y luego levantó la cabeza hacia Abril.
—Hay que presentar memoria antes del plazo. Plano, fotografías de actividad, relación de personal y uso habitual.
Abril se tensó en la palabra personal. Yo también.
—No —dije.
Vega alzó la vista hacia mí.
—No digo que sea compromiso de permanencia. He dicho relación de personal y uso habitual.
—El comprador va a usar cualquier papel donde salga mi nombre.
—Por eso se redacta bien.
—Las redacciones bonitas no impiden que la gente sea sucia.
Abril dejó un vaso sobre la barra.
—No pondremos a Biel como garantía.
—No he propuesto eso —dijo Vega.
—Lo sé. Lo digo antes de que el local lo intente.
Jana levantó una ceja.
—El local tiene mucha iniciativa últimamente.
—Y mala leche —dijo Tina.
A las seis y media, el calor cedió un poco. La terraza reducida empezó a funcionar con un ritmo raro: clientes esperando menos, mesas girando rápido y Jana reorganizando la cola con una sombrilla al hombro. Ona fotografiaba el suelo para la memoria y le pasaba las imágenes a Vega sin publicar nada.
Abril no paró. Pasó de largo junto al agua, la comida y la silla coja que seguía junto a la barra desde San Juan, justo donde yo la había dejado.
A las siete, le puse un vaso de agua delante.
—Bebe.
—No me organices.
—Pan, hielo, caja, cobrado, gracias, agua.
—Agua no estaba en la lista.
—La he añadido por supervivencia.
No bebió. La miré. Bebió.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de estar ganando sin tocarme.
Eso me entró por debajo de las costillas.
No había espacio para contestar. Un niño pidió una pajita. Un señor quería pagar. El baño volvió a hacer un ruido preocupante, pero pequeño, de animal que todavía respeta jerarquías.
La noche cayó despacio y Lola y Sal siguió trabajando con media boca.
A las diez, cerramos cocina. A las diez y media, aún quedaban tres mesas. A las once, Jana y Nil discutían sobre quién había perdido la cinta de carrocero. Nil la tenía pegada al antebrazo sin saberlo. Jana se la arrancó y él soltó un taco.
—Drama masculino por depilación simbólica —dijo Jana.
—Me has arrancado media identidad.
—No exageres. No había tanto pelo.
Tina se apoyó en la puerta de la cocina y miró a Roc, que seguía sentado en la esquina con una botella de agua vacía delante desde hacía veinte minutos.
—Puedes irte.
—Puedo.
—¿Entonces?
—Estoy pensando si quiero otra agua.
—Muy intensa tu vida.
—Últimamente sí.
Abril pasó detrás de mí con una bandeja de vasos. Me rozó la espalda.
Accidente. Nos giramos a la vez. No accidente.
—Perdón —dijo.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Bajó la voz. La terraza estaba casi vacía, pero Cala Saurina no necesitaba público visible.
—Pasa todo el rato.
No respondí. Porque sí. Pasaba. Pasaba en las manos, en las llaves, en las mesas retiradas, en la forma en que ella buscaba mi cara antes de mirar correos y en la forma en que yo fingía no estar calculando cuántas salidas le quedaban.
—Abril…
—No.
—Vale.
—No lo digas así.
—No sé decirlo de otra manera sin tocarte.
Ahí quedó. Corto. Sucio por lo honesto. Ella agarró la bandeja con más fuerza.
—Entonces no lo digas.
Se fue a la barra.
Acabé con el paño en la mano y la sensación idiota de haber obedecido y fallado a la vez.
Después del cierre, Vega imprimió un borrador de memoria en una impresora portátil que había traído “por si acaso”. Nadie preguntó por qué Vega vivía preparada para desgracias administrativas. Todos nos beneficiábamos.
—Necesito confirmar nombres de actividad habitual —dijo.
Abril se puso rígida.
—El mío. Tina. Jana cuando trabaja. Ona en apoyo puntual. ¿Nil si aparece en tareas de apoyo?
—No me metas en papeles —dijo Jana.
—Has cobrado tres mesas y amenazado un grupo familiar.
—Eso es voluntariado con amenazas.
Vega escribió igual. Luego levantó los ojos.
—Y Biel. Como persona vinculada al funcionamiento habitual sin compromiso de permanencia futura.
Abril parpadeó despacio.
—Vega.
—Si no ponemos la verdad, nos la pondrá otro peor.
Tenía razón. No facilitaba nada.
—Ponlo así —dije.
Abril abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—Biel.
—No soy una garantía ni una pieza de la venta. He abierto, he cerrado y puedo decir que este sitio está vivo.
—Eso me deja debiéndote otra cosa.
—Entonces apúntala en una servilleta y piérdela. Aquí funciona muy bien.
Jana levantó el índice.
—Esa ha sido buena. Me irrita reconocerlo.
Abril no se rio. Firmé el texto de manifestación voluntaria con una frase revisada por Vega tres veces y por Tina una, porque Tina dijo que “si pone permanencia le parto el boli”.
No dolió firmar. Dolió ver a Abril mirar mi nombre en el papel.
Dolió que quisiera arrancarlo y guardarlo a la vez.
A las once y cuarenta, cuando todos se fueron apagando, llegó el último mensaje. No a mi móvil. Al de Abril.
Estaba sobre la mesa de las cinco, boca arriba, porque ya no teníamos fuerzas para escondernos de las pantallas.
EL COMPRADOR: Si el espacio sale a disponibilidad, puedo optar por él directamente. Hablemos antes de que lo haga otro. Abril lo leyó.
Vega también. Jana soltó un “será cerdo” muy claro.
Ona se puso blanca. Tina dejó una caja en el suelo con tanto cuidado que eso asustó más que un golpe.
Yo miré la terraza: la línea de cinta levantada por una esquina, las cinco mesas apiladas, el cartel de Lola y Sal aguantando con bridas, la barra marcada, la silla coja detrás, la mesa de siempre llena de papeles.
El comprador acababa de dejar de esconder la mano. No necesitaba a Abril convencida. No necesitaba que yo me vendiera.
Le bastaba esperar a que el suelo bajo nuestras mesas quedara libre. Abril levantó la cabeza.
—No quiere Lola y Sal.
Negué despacio.
—Quiere el hueco que dejaríamos.
Abril cogió la llave y llamó a Vega.
—Prepara las alegaciones. Y saca la venta de cualquier borrador.
Colgó. Esta vez no me ofreció la llave. Me dio una tarea: medir cada centímetro que querían quitarnos.