No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 3 · ABRIL
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CAPÍTULO 3 · ABRIL

La vista municipal empezó con el toldo atascado.

La técnica del Ayuntamiento aún no había entrado y yo ya estaba peleándome con la cuerda derecha del toldo, que me dejó la fibra marcada en la palma.

—Tira suave —dijo Biel desde detrás.

—Estoy tirando suave.

—Eso es tirar con resentimiento.

—El toldo lo ha pedido.

—El toldo no tiene culpa de lo nuestro.

La cuerda cedió dos centímetros y me escupió polvo en la cara.

—Ahora sí —dije, tosiendo—. Ahora tiene culpa.

Biel estaba a mi espalda, sin tocarme, que era la forma más cruel disponible de estar cerca.

Había llegado a las ocho menos tres, con camiseta gris, pantalón corto, una caja de bridas en una mano y la cara cerrada de quien había dormido en trozos.

Había evitado la foto y también mi nombre. Solo dijo:

—El toldo se atasca por la mañana.

Y yo había contestado:

—Lo sé.

Mentira. Lo sabía porque él me lo había dicho la noche anterior.

A las ocho y doce, Lola y Sal olía a café recién peleado, a lejía barata, a pan del Forn Nuri y a baño vencido a medias.

Tina había pegado en la puerta un cartel escrito con rotulador negro: BAÑO VIVO.

NO PROVOCAR. Jana, que llegó con gafas enormes y una bolsa de hielo en la nuca, añadió debajo: EN CASO DE DUDA, AGUANTA.

Vega arrancó el segundo cartel.

—Esto no ayuda a la vista.

—Ayuda a la ciudadanía —dijo Jana.

—La ciudadanía hoy no es mi prioridad.

—Eso decía mi ex antes de pedirme perdón con croquetas.

—Jana.

—No funcionó. Eran congeladas.

Ona dejó el móvil boca abajo sobre la mesa y no lo tocó cuando vibró.

Tina iba y venía de la cocina con una energía fea, de mujer que llevaba dos días sosteniendo a todo el mundo por el borde de la camiseta.

Nil apareció por la entrada con el pelo mojado y una funda de guitarra al hombro. Se frenó al ver la tensión y dijo:

—Vengo en paz.

Jana ni lo miró.

—Eso dicen los que llegan con guitarra y cara de favor.

—La guitarra no tiene ideología.

—Contigo, no apostaría.

Nil dejó la funda junto a la pared y le sonrió de lado. Jana se giró hacia la barra con tanta prisa que casi se llevó por delante una silla.

Milagro. El grupo entero seguía de pie.

A las ocho y veintinueve, la técnica del Ayuntamiento entró por la terraza.

Venía con el mismo polo institucional del primer día, carpeta fina, cinta métrica y una expresión de funcionaria que ya había desayunado problemas peores.

La acompañaba un hombre más joven con una tableta y cara de estar aprendiendo que los chiringuitos de pueblo no cabían en casillas.

—¿Abril Rovira Mas?

—Sí.

No me limpié la mano en el pantalón antes de saludar. Mejoré. Poco.

—¿Titular actual de la actividad?

—Sí.

Me habría gustado que la palabra titular sonara menos prestada. En mi boca todavía llevaba etiqueta.

La técnica recorrió con la mirada los toldos viejos, las mesas ordenadas con prisa, la barra fregada y la pizarra escrita con mi letra. Después miró a Biel.

—¿Usted es Biel Ferrer Sintes?

Biel siguió en la barra.

—Sí.

—Nos consta su vinculación habitual al funcionamiento del establecimiento.

Cayó sobre la madera, entre el olor a café y sal. Yo abrí la boca. Biel habló antes.

—Estoy aquí voluntariamente para aclarar actividad pasada y actual. No para asumir permanencia ni transición.

Vega alzó la mirada de su carpeta con una aprobación discreta. Tina dejó de secar un vaso. Jana cerró la boca. Milagro documentable. La técnica asintió.

—Tomaremos nota de la precisión.

Precisión. Qué seca para un hombre que acababa de poner una frontera donde yo llevaba semanas chocando con el cuerpo.

La visita avanzó por la terraza, la barra, la cocina, el baño, el almacén y la habitación de arriba.

La técnica lo llamó recorrido. Mi espalda lo contó de otra manera: se puso rígida cada vez que medían una esquina.

Biel calló cuando podía humillarme con datos; Vega me empujó un papel antes de que olvidara un certificado; Tina cambió el cubo de la fregona para que el pasillo no oliera a rendición.

Jana sirvió cafés a todo el mundo menos a la técnica, porque Vega le había prohibido “sobornos líquidos”.

—Café no es soborno —murmuró Jana.

—Si lo haces tú, sí —dijo Tina.

El hombre de la tableta se agachó junto al límite de la terraza y clavó una cinta en el suelo. La extendió hasta el borde del primer toldo. La técnica miró los números.

—La ocupación real excede el plano antiguo.

Vega se enderezó.

—El plano antiguo no refleja los ajustes de temporada que se han mantenido durante años.

—Precisamente por eso hay que revisar.

Revisar. Ya conocíamos la palabra y siempre acababa costando dinero.

—¿Qué implica revisar? —pregunté.

La técnica me observó con esa educación que nunca trae rebaja.

—La actividad está acreditada. La terraza no. Necesitamos un plano actualizado y una memoria de temporada.

Jana hizo un ruido bajo.

—Ha dicho muchas cosas para no decir “os quito mesas”.

Vega le clavó una mirada. La técnica no sonrió, pero tampoco la ignoró.

—Eso no. He dicho que, hasta que se revise, conviene no ampliar más allá del uso acreditable.

—Traducido —dije.

Vega contestó antes que nadie:

—Si usamos más terraza de la que podemos defender, les damos la cuerda para apretarnos.

Nos. Ya ni peleaba la palabra. Estaba cansada y tenía las manos llenas de polvo de cuerda.

Biel miró la línea imaginaria que iba desde la pata del toldo hasta la mesa del lateral.

—Habría que quitar cuatro mesas.

—Cinco —dijo la técnica.

Tina dejó el vaso que secaba.

—Cinco mesas en julio es media caja de la tarde.

—No estamos valorando caja —dijo la técnica.

—Ya. Caja la valoramos los pobres.

—Tina —murmuré.

—No he dicho ninguna mentira administrativa.

El hombre de la tableta apuntó sin levantar la cabeza. Espero que no apuntara pobre. Aunque igual nos habría definido con bastante rigor.

En la cocina pidió ver la salida de humos. En el baño apenas asomó la cabeza. En el almacén, Biel respondió con los brazos cruzados mientras la bomba amarilla esperaba en una esquina. Cuando preguntó quién había hecho la reparación, contestamos a la vez.

—¿Quién realizó la actuación de urgencia? —preguntó la técnica.

—Yo —dijo Biel.

—Y yo —dije al mismo tiempo.

Él siguió mirándome.

—Tú sujetaste la manguera al revés.

—Y tú gritaste “no así” con mucha poca pedagogía.

—Porque estabas inundando la caja de cerveza.

—La caja de cerveza salió más fuerte.

La técnica miró a Vega.

—¿Esto queda reflejado en la memoria?

—No con ese nivel de detalle —contestó Vega.

—Una pena —dijo Jana desde la puerta—. La manguera tiene arco.

Biel bajó la cabeza. Se estaba riendo. Lo vi. Me vio verlo. El almacén era estrecho, olía a humedad y detergente, y nuestras rodillas quedaron cerca cuando la técnica se giró para medir el paso. Cerca y sin tocar. A esas alturas, no tocar empezaba a ser una actividad física.

Subimos a la habitación de arriba. El calor pegó en la cara al abrir la puerta. Vega puso la carpeta contra el pecho. Ona siguió abajo, obediente por culpa. Tina no subió porque dijo que si entraba otra vez allí iba a tirar tres cajas “por higiene espiritual”.

La técnica miró la caja de Lola encima del cajón.

—¿Archivo?

—Más o menos —dije.

Biel no miró la caja.

Ese gesto, pequeño y torpe, me hizo más daño que si la hubiera abierto.

Después de cuarenta minutos, volvimos a la terraza. El sol ya castigaba la madera y los toldos daban una sombra cansada. La técnica cerró la carpeta.

—La actividad queda acreditada de forma preliminar. Mantienen apertura real, personal presente y uso efectivo. Eso juega a favor.

Juega. Qué verbos usan cuando no son ellos quienes apuestan.

—Pero la terraza se revisará —añadió.

—Plazo —dijo Vega.

—Cuarenta y ocho horas para el plano, la memoria y el uso de temporada. Mientras tanto, ajusten la terraza a lo que puedan demostrar.

Cinco mesas menos. No lo dijo así. Lo dijo con palabras limpias. Yo lo oí con platos vacíos, caja más baja, sillas apiladas antes de tiempo y clientes mirando hacia el Club Aleta porque allí sí habría sitio.

—¿Y si no se acepta? —pregunté.

La técnica guardó el bolígrafo.

—Podría abrirse un procedimiento de disponibilidad o nueva autorización sobre el espacio.

El espacio. Para ella era espacio. Para mí eran la barra, la freidora y mi madre escrita en una libreta.

El sitio exacto donde Lola y Sal ponía sus mesas desde antes de que yo aprendiera a odiar las sardinas. Biel no habló. Eso me obligó a mirarlo.

Estaba quieto, con la vista en la primera fila de mesas.

La que quedaba fuera de la línea fácil. La mesa de la sombra buena.

La de los turistas que pedían cañas. La de Jana cuando quería hacer daño con público.

La mía, durante años, cuando todavía no sabía que una podía irse y seguir sentada en un sitio por dentro.

—Entonces alguien más podría pedir ese espacio —dijo Vega.

La técnica eligió cada palabra.

—Si se declara disponible, sí.

Ona se tapó la boca con la mano. Jana dejó el café en la mesa. Tina dijo:

—Ni de coña.

La técnica nos recordó plazos, papeles y recomendaciones con un tono tan impecable que cada frase parecía quitar un poco de suelo.

Cuando se fueron, la terraza quedó rara. Igual de sucia, igual de calurosa, pero con una línea invisible cruzándola. Una línea que yo podía ver, aunque nadie la hubiera pintado todavía.

Biel fue el primero en moverse.

—Hay que retirar esas mesas.

—No.

Me salió automático. Él mantuvo los ojos en mí.

—Abril.

—Si las quitamos, parece que aceptamos que no son nuestras.

—No son nuestras. Las usamos. Hay diferencia.

—Qué cómodo te sale decir eso ahora.

—Me sale porque si hoy nos saltamos la recomendación, mañana nos pueden usar también eso.

—Nos.

—Sí. Nos. Quédate con la palabra o tíramela a la cara, pero mueve las mesas.

Le odié un segundo. Tener razón no era suficiente. Por tenerla desde el lado de la herida.

—No decidas por mí.

—No te estoy mandando. Estoy evitando que el comprador se siente a mirar cómo nos disparamos en el pie.

Mi móvil vibró en la barra. Nadie tuvo que leer el nombre. Ya todos lo conocíamos.

EL COMPRADOR: Me informan de que la ocupación no está consolidada. Hablemos antes de que eso cambie la operación. Lo leí dos veces. La segunda me desarmó.

Me informan. En Cala Saurina no hacía falta conspiración para que una frase saliera de una ventanilla y llegara a una camisa limpia antes de que el café se enfriara.

Biel vio mi cara.

—¿Qué dice?

Le enseñé el mensaje. No lo tocó.

—Quiere que corras.

—Todo el mundo quiere que corra en una dirección distinta.

—Yo quiero que pares.

Eso me golpeó bajo, sin adorno.

Jana bajó los ojos. Al otro lado de la mesa alguien fingió revisar papeles, la puerta de cocina se cerró y un móvil se apagó.

Demasiados testigos para una frase sin beso.

—No puedo parar —dije.

—Entonces no vendas mientras te empujan.

—Eso tampoco es parar.

—Es no tirarte por la salida más sucia.

Quise contestar con crueldad. No encontré nada que no me salpicara.

Cogí una tiza de la pizarra y salí a la terraza.

—¿Qué haces? —preguntó Vega.

—Pintar la maldita línea.

Me agaché junto a la pata del toldo. La tiza raspó la madera, luego la arena compacta. Una línea blanca, torpe, vulgar, atravesando Lola y Sal.

Biel se agachó al otro extremo sin avisar.

—Recta no va así.

—La línea tampoco tiene por qué lucirse.

—Si vamos a perder mesas, al menos perdámoslas sin hacer una serpiente.

—Qué exquisito para la derrota.

—Qué pesada para necesitar ayuda.

Nuestras manos se encontraron sobre la tiza.

Aquel roce no tuvo nada de bonito. Hubo polvo blanco, dedos sucios, uñas cortas, una astilla en la madera, su pulgar cerca del mío y mi cuerpo recordando sin permiso el almacén, la ducha, la habitación de arriba, todo lo que aún no tenía sitio porque el sitio también estaba en revisión.

Retiré la mano. Biel guardó silencio. La línea quedó torcida igual.

—Cinco mesas —dije.

—Cinco mesas.

—Media caja.

—Quizá.

—No me tranquilizas nada.

—No vengo a tranquilizarte.

—Ya. Tú vienes voluntariamente.

Su mirada cambió. Me arrepentí tarde.

—Biel…

—Mueve la mesa de la esquina.

Esta vez sí sonó a orden.

No protesté. Entre todos retiramos las cinco mesas. Las apilamos junto al lateral, bajo el cañizo, cerca de la ducha exterior. La terraza perdió el aire de temporada larga. También un poco de futuro.

A mediodía abrimos con menos sitio, más miradas y una línea blanca atravesando la arena. El primer cliente preguntó:

—¿Esto qué es?

Jana miró la tiza.

—Una decisión estética muy triste.

El hombre se rio. Yo no.

Biel tampoco. A las dos, con la terraza llena hasta la línea y cinco mesas muertas bajo el cañizo, recibí otro mensaje del comprador.

EL COMPRADOR: Si ese espacio sale a revisión, hay otras vías. No hace falta comprarlo todo para quedarse con lo importante.

Se me enfriaron las manos pese al calor. Biel lo leyó por encima de mi hombro.

Esta vez no dijo que no aceptara. No dijo que parara.

Miró la terraza reducida, la línea de tiza y el cartel de Lola y Sal peleando con el sol.

—Ahora sí —dijo.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora no quiere comprarte el chiringuito.

Tragué.

—Quiere quedarse el sitio.