CAPÍTULO 2 · BIEL #2
Abril miró hacia la calle.
—¿Dónde?
—Ayuntamiento.
Se le movió la garganta.
—Ya.
—Ese «claro» sobra.
—Hoy puedo decir lo que quiera. He abierto sin ti.
Lo dijo con orgullo y con una astilla.
—Lo he visto.
—¿Y?
—Has aguantado.
—No me felicites por no hundirme.
—No iba por ahí.
—Todo va por ahí últimamente.
La terraza lateral olía a calor, cubo de basura cerrado y hierbabuena aplastada de alguna bebida que no deberíamos haber servido.
Se oía la bomba dentro, chupando agua con un ruido indecente.
Cada pocos segundos alguien soltaba una frase desde el baño.
Jana estaba disfrutando demasiado de una crisis sanitaria menor.
Abril se frotó la frente con la muñeca.
—No quiero tu nombre en el escrito.
—No está.
—¿Te molesta?
—Sí.
Alzó la mirada.
—Pero también me molestaría estar.
—No me sirve.
—No he venido para que me des las gracias.
—Mentira.
—El baño necesitaba la bomba.
—No te lo crees ni tú.
Me apoyé en el cañizo. Se movió un poco. Ese mismo cañizo. El de la camiseta mojada, el vídeo, las bocas. Me aparté enseguida. Abril lo vio.
—También yo lo odio ahora —dijo.
—Es un cañizo con historial.
—Todo aquí tiene historial.
—Y deuda.
—Y humedad.
—Y gente opinando.
La sonrisa se le quedó a medias. No llegó.
—No puedo meterte en esto.
—Ya estoy.
—No de esa forma.
—Abril.
—No. Escucha una vez sin corregirme. Si pongo tu nombre, si te pido que estés mañana, si te convierto en prueba de que Lola y Sal sigue vivo, luego no sabré si te quedaste porque querías o porque te puse una cuerda administrativa al cuello.
Era horrible. Por eso funcionó.
—¿Cuerda administrativa? —pregunté.
—Estoy cansada. Mis metáforas también.
—Se nota.
—Imbécil.
Ahí sí sonreí. Se me quedó una sonrisa pequeña. Ella también, sin querer.
El segundo después dolió más porque recordó que todavía sabíamos hacerlo.
—Yo no quiero ser tu garantía —dije.
—Lo sé de sobra.
—Ni tu excusa.
—No se me olvida.
—Ni la forma de demostrar al Ayuntamiento que esto respira.
—Lo sé, Biel.
—Pero mañana voy a estar.
No dio un paso.
—No.
—Sí.
—Te dije que no vinieras por nosotros.
—Mañana no vengo por nosotros.
La frase me sonó falsa en cuanto salió. Así que la corregí.
—Voy porque ese tío ha pasado por el Ayuntamiento, porque hay una vista a las ocho y media, porque el baño todavía amenaza y porque, si alguien viene a comprobar si Lola y Sal está vivo, no pienso esconderme para que tú puedas sentirte limpia.
Abril bajó la vista al boli. La tinta azul le había llegado al pliegue del pulgar.
—Yo no me siento limpia.
—Ya lo veo.
—No seas cruel.
—No estoy siendo cruel. Estoy cansado de que confundas no usarme con apartarme.
Quedó entre los dos sin arreglar nada, pero al menos era verdad.
Ella miró mis manos. Las tenía manchadas de grasa del taller. La uña del pulgar negra por un golpe. La cicatriz del índice marcada de tanto cargar manguera.
Me miraba las manos cuando quería tocar y no iba a tocar. Yo también había aprendido alguna cosa.
—No sé hacerlo mejor —dijo.
—Yo tampoco.
—No nos deja muy bien.
—Nos deja como estamos. Bastante mal y todavía aquí.
Abril bufó una risa. Dentro, la bomba cambió de sonido. Tina gritó:
—¡Está chupando algo que no quiero identificar!
Jana contestó:
—¡Ponle nombre de ex y sigue!
Nil se rio tan fuerte que hasta yo lo oí. Abril dejó caer la frente un centímetro.
—Este local no nos deja tener una conversación entera.
—Por suerte.
—¿Por suerte?
—Si las termináramos, igual tendríamos que hacer algo con ellas.
Miró mi boca. Se me tensó la mandíbula.
Yo también la miré. Y eso pesaba más.
Por un instante, la bomba, la terraza y las voces quedaron detrás, lo justo para que pudiera mirarle la boca. Abril dio medio paso hacia mí.
Yo no me moví.
—No —dijo ella, muy bajo.
—Vale.
—No lo digas tan fácil.
—No lo estoy haciendo fácil.
—Lo parece.
—Pues mírame mejor.
Aquello fue un error. Aguantó mi mirada.
De verdad. Con la tiza en la mejilla, el boli en la mano, las ojeras, la rabia, la culpa, las ganas. Y yo quise tocarla con una claridad que me dejó mal colocado por dentro.
No la toqué. La bomba se apagó de golpe. Tina apareció por la puerta del pasillo.
—El baño vive. Mal, pero vive.
Jana asomó detrás, con una mueca.
—Yo ahora necesito una ducha ética.
Nil llevaba la manguera y sonreía de lado. Jana le quitó el paso con una bandeja.
—No te creas imprescindible por haber sujetado un tubo.
—No me lo creo. Me lo estás diciendo tú con la cara.
—Mi cara tiene jet lag.
Abril se apartó de mí.
Volvimos dentro. La noche siguió con ese ritmo roto de los días importantes: mesas que pedían agua justo cuando había que leer correos, cuentas mal sumadas, un niño que tiró una silla, una señora que preguntó si el baño ya era seguro y Tina contestó que seguro no había nada en la vida.
A las diez menos cuarto, Vega levantó la cabeza del portátil.
—Han contestado a la alegación.
Abril dejó una botella sobre la madera. Con más fuerza de la necesaria. No se rompió.
—¿Y?
Vega leyó en silencio. Luego miró a Abril. Luego a mí.
La cara de Vega no traía nada bueno.
—Mantienen la vista de mañana. Piden presencia de la titular y constancia de actividad durante la apertura. También indican que podrán valorar testimonios o manifestaciones de personas vinculadas al funcionamiento habitual si se aportan voluntariamente.
Voluntariamente. La palabra se puso en medio como una silla mal colocada. Abril giró hacia mí enseguida.
—No.
—No he dicho ni media.
—Lo vas a decir.
—Quizá.
—Biel.
—No firmaré que me quedo. No voy a prometer transición. No voy a ponerme precio. Pero puedo decir una verdad sin venderme.
—¿Qué verdad?
Miré la barra. La mesa del centro. La cocina. El cartel recto por fuera. La llave que seguía sobre la madera, porque Abril la había dejado allí todo el día.
—Que Lola y Sal no está abandonado.
Vega no intervino. A su lado nadie encontró una frase decente. El móvil permaneció apagado sobre la mesa. Abril respiró despacio.
—No quiero deberte esto.
—No me lo debes.
—Siempre dices eso y luego lo llevas en la cara.
—Puede ser.
—Qué mal vendes tus virtudes.
—No tengo tantas. Y las que quedan están tocadas.
Jana no aguantó.
—Vale, eso ha sido casi mono y me molesta.
—Jana —dijimos Abril y yo a la vez.
Nos miramos. Vega cerró el portátil.
—Mañana a las ocho y media. Titular presente. Local abierto. Documentación impresa. Y, si Biel quiere manifestar algo, que lo haga por voluntad propia y sin comprometer permanencia.
Abril recogió la llave de la barra.
Por fin. La sostuvo un segundo. Luego me la tendió.
—Es tuya.
No la cogí.
—Del candado.
—Biel.
—Mañana la usas tú.
Empujó la llave hasta mi palma sin llegar a tocarme. El gesto me subió por todo el brazo.
—No me dejes una emergencia para tenerme cerca —dije.
Su cara cambió.
—Fue una cabronada.
—Sí.
—Y un poco cierto.
—También.
La llave quedó en su mano.
A las once cargué la bomba y dejé la manguera lavada detrás del almacén. Me fui sin cerrar y Abril no intentó retenerme. Aquella noche nos bastaba con no convertir cada gesto práctico en una súplica.
Cuando salí, ella estaba en la terraza, bajo el cartel de Lola y Sal, con la llave colgándole de un dedo.
—Mañana a las ocho —dijo.
—La vista es a las ocho y media.
—El toldo se atasca.
Asentí.
—A las ocho.
—No te emociones. Puedo con el toldo.
—Claro.
—El claro te lo guardas.
—Entonces no lo dejes tan a mano.
Esta vez no sonrió. Pero tampoco apartó la mirada.
Me fui hacia la furgoneta con la bomba golpeándome la pierna y la sensación de que al día siguiente no íbamos a salvar nada limpio.
Salvaríamos lo que quedara. Lo demás tendría que esperar.