No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 2 · BIEL
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CAPÍTULO 2 · BIEL

La foto de la llave llegó cuando yo estaba sentado en la furgoneta, delante del Taller Marí, con una bomba de achique en el asiento del copiloto y un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio sobre las rodillas.

La bomba era pequeña, amarilla, fea y llevaba escrito con rotulador: NO PERDER MANGUERA.

El bocadillo tenía aceite saliendo, por un lado. La foto, en cambio, hizo mucho más daño con menos recursos.

Mi llave sobre la barra de Lola y Sal. La madera marcada. Una servilleta sucia.

La hoja municipal doblada. Abril no escribió nada. Abril. Una foto en lugar de una frase. Me mordí la lengua.

Me comí medio bocadillo sin hambre, manchándome el pulgar de aceite, mientras el hombre del Taller Marí discutía con alguien dentro sobre una manguera, una rosca y una deuda que, por tono, venía de lejos.

El taller olía a hierro caliente, grasa, rueda vieja y café malo.

No olía a fritanga. Esa diferencia debería haberme aliviado.

El móvil vibró otra vez.

VEGA: No sé si Abril te ha escrito. Hemos enviado alegación sin vincular tu permanencia. Mañana 08:30 hay vista preliminar. Te aviso porque tu ausencia se nota, aunque no quieras que se use.

Leí el mensaje dos veces. Tu ausencia se nota. Qué frase tan maleducada.

Dejé el móvil girado encima del salpicadero y terminé el bocadillo por orgullo. Masticar era una forma aceptable de no coger la furgoneta y volver como un imbécil con bomba, manguera y cara de perro mojado.

El hombre del Taller Marí salió con la manguera enrollada al hombro.

—Cuídala —dijo—. La última que presté volvió mordida.

—¿Por quién?

—Prefiero no saberlo. Era agosto.

Me tendió la manguera. La cogí, la metí en la parte trasera de la furgoneta y cerré de golpe. La puerta no encajó. La cerré otra vez con la cadera.

Abril habría hecho un comentario sobre mi cadera.

Abril no estaba allí. El taller siguió oliendo a grasa, como si eso bastara.

—¿Lo de Lola y Sal va mal? —preguntó el del taller.

—Va.

—Eso ya es mucho.

—Según el día.

El hombre se limpió las manos con un trapo negro que quizá alguna vez había sido blanco.

—Dicen que hay quien pregunta por el sitio.

—La gente pregunta por todo cuando no tiene faena.

—También preguntaban por ti esta mañana en Bar L’Estaca.

—Qué honor.

—No. De honor poco.

Dejé que la pregunta se quedara ahí. En el pueblo ya hablaban. Con eso bastaba.

Subí a la furgoneta. La bomba traqueteó en la curva de salida del taller.

Bajé hacia Port Saurí en vez de ir directo a Lola y Sal.

Lo hice para no volver. Para no hacer exactamente lo que Abril creía que yo hacía: aparecer con una herramienta y convertir una emergencia en excusa para quedarme al lado.

Port Saurí estaba lleno de barcas quietas, cuerdas húmedas, olor a gasoil y redes apiladas.

Aparqué mal, bajo un pino que no daba sombra suficiente, y bajé para estirar las piernas.

En la pared del muelle, alguien había dejado una camiseta mojada secándose.

Azul marino. Por un segundo pensé en la de Abril.

En la mía. En todas las camisetas que nos habíamos dejado encima como pruebas baratas de que no sabíamos irnos sin marcar territorio.

Me reí solo. Me salió una risa seca. Un pescador me observó desde una barca.

—¿Todo bien, Biel?

—No.

—Ya.

En un pueblo, decir no a veces ahorraba cinco minutos de cortesía.

Me apoyé en el muro y abrí el chat de Abril. La foto seguía allí. Escribí: ¿Quieres que vaya?

Lo borré. Escribí: La bomba está en la furgoneta.

Lo borré. Escribí: Mañana a las 8:30 estaré. También lo borré. Verdad era. Ese era el problema.

Porque parecía una orden. Y yo estaba cansado de que mi forma de querer sonara siempre a instrucción. Guardé el móvil en el bolsillo.

A las seis y cuarto, Pepa me encontró en Port Saurí porque Pepa encontraba a la gente cuando no quería ser encontrada. Llevaba una bolsa con agua fría, una barra de pan y una pinta de haber decidido algo sobre mí sin pedirme permiso.

—Toma.

—No necesito pan.

—Ya. Por eso te traigo agua.

Me dio la botella.

—¿Abril te ha mandado?

—Abril bastante tiene con no morder hoy.

—Entonces vienes a morder tú.

Pepa se apoyó en el muro, a mi lado, y miró las barcas.

—Le has dejado la llave.

—Sí.

—Muy teatral para alguien que presume de práctico.

—Era del candado.

—Claro. Y yo vengo aquí porque me gusta ver redes oliendo a sol.

Bebí agua. Estaba fría. Me dolieron los dientes.

—Me pidió que no fuera.

—¿Y tú qué has hecho?

—No ir.

Pepa me miró.

—Qué obediente te pones cuando te conviene estar dolido.

—Gracias por venir a traer agua y violencia.

—De nada. Me queda de camino a ninguna parte.

Me guardé la botella entre las manos.

—Si voy, dirá que vuelvo a ocupar.

—Si no vas, dirá que la has dejado sola.

—No lo dirá.

—Más incómodo. Lo pensará y hará una cosa fea con los hombros.

Me salió una risa baja.

Pepa conocía a Abril desde niña. A veces mejor que yo. A veces de otra manera, que fastidiaba más.

—No puedo ser su prueba de continuidad —dije.

—No te ha pedido eso.

—Pero el expediente sí.

Pepa giró la cabeza.

—Entonces decide si eres un papel o una persona.

—Qué fácil.

—No. Fácil es vender tomates. Y aun así hay quien lo complica.

Se fue dejándome el pan encima del muro, porque Pepa no aceptaba negativas completas. La vi subir hacia Ultramarinos Pepa con el paso corto, decidido, de quien llevaba años viendo a gente joven equivocarse con vocabulario nuevo.

A las siete menos diez arranqué la furgoneta. No fui a Lola y Sal. Fui al Ayuntamiento de Cala Saurina.

No entré. Eso es importante. Aparqué al otro lado de la calle, con el motor apagado y la bomba de achique golpeando atrás cada vez que alguien pasaba cerca.

La fachada del Ayuntamiento estaba limpia, excesivamente limpia para un sitio donde se decidían cosas tan sucias: si un chiringuito viejo seguía ocupando su sitio o si alguien podía esperar a que se cayera del todo.

El comprador salió a los seis minutos.

Camisa clara otra vez. Carpeta. Teléfono en la mano. Ninguna prisa. Los hombres que creen tener tiempo siempre caminan igual. No me vio.

Lo observé cruzar la plaza pequeña, detenerse junto a un coche oscuro y hablar por teléfono. No escuché nada. Tampoco hacía falta. La espalda, la carpeta, la forma de mirar hacia la calle de Platja Gran bastaban para entender que aquello ya había dejado de ser una oferta de compra.

Estaba esperando disponibilidad. Una palabra de ventanilla para decir: que se cansen, que se peleen, que fallen, que no puedan más. El móvil vibró.

VEGA: Acaba de figurar anotación de tercero interesado. No podemos saber más de momento. Abril no debe entrar en pánico. Si la vez, no se lo digas con tu cara de entierro.

Miré al comprador. Luego el mensaje. Luego la bomba de achique en el retrovisor.

Mi cara de entierro, por desgracia, venía de serie. Le contesté a Vega.

YO: Ya lo he visto salir.

VEGA: ¿Del Ayuntamiento?

YO: Sí.

VEGA: No hagas nada.

YO: Qué poca confianza.

VEGA: Toda basada en pruebas.

Guardé el móvil antes de escribir una tontería.

El comprador subió al coche y se fue hacia la Carretera de la Cornisa. No lo seguí. No estaba para persecuciones. Estaba en una mierda más concreta: una mañana donde lo urgente llevaba sello y te obligaba a discutir con la mujer que te había pedido distancia.

Volví a Lola y Sal a las ocho y veinte.

Aparqué detrás, junto al almacén. No entré por la puerta lateral. Me quedé un minuto dentro de la furgoneta, con las manos en el volante y el olor a manguera, hierro y pan de Pepa llenando la cabina.

La terraza estaba llena, aunque no como en San Juan. Jana corría con una bandeja; los platos salían, un pack de agua cambió de manos y Vega ocupaba la mesa de siempre con el portátil.

Abril estaba en la barra. Tenía a medio pueblo alrededor. Y aun así la vi sola.

Bajé de la furgoneta, abrí la parte trasera y saqué la bomba. Jana fue la primera en verme.

—Uy.

—No.

—He dicho uy de logística.

—No existe.

—Existe desde ahora. ¿Eso es para el baño o para tu orgullo?

—Para el baño.

—Siempre decís eso.

Nil apareció detrás de ella con una bolsa de cubitos en cada mano.

—¿Te ayudo?

—No hace falta.

—Eso tampoco responde.

Dejé que cogiera la manguera porque, si no, iba a convertirme en una estatua absurda en la puerta. Jana lo miró cargarla y puso una cara que no debía pertenecer a una mujer que fingía no tener ganas.

—No babees sobre el hielo —le dije.

—No te pongas paternal con mi deseo, Ferrer.

A Nil se le escapó una sonrisa.

—¿Tu deseo?

—He dicho hielo. Aprende a escuchar.

Pasé junto a ellos y entré por la terraza principal. Por delante. Abril me vio enseguida.

Siguió apretando lo que tenía en la mano. Un boli, al final. El plástico crujió un poco.

—Te dije que no vinieras.

—He traído la bomba.

—No has respondido.

—Me lo has enseñado tú.

—Te mandé una foto.

—Exacto. Comunicación avanzada.

—No hagas chistes.

—Estoy haciendo fontanería.

Tina apareció en la puerta de la cocina.

—La bomba entra. Vosotros podéis quedaros fuera si vais a romper algo.

—Gracias —dijo Abril.

—Apoyo, no. Cálculo de daños.

Nil dejó la manguera en el pasillo y Jana entró detrás. La bomba arrancó con un ruido horrible. Tina insultó al enchufe; Nil se rio; Jana hizo un comentario que nadie necesitaba. La avería nos dio un minuto de cobertura.

Abril salió a la terraza lateral. Yo la seguí. El gesto no salió por reflejo. Lo elegí. Muy bien, Ferrer.

—No tenías que venir —dijo, sin girarse.

—Ya.

—No uses ya.

—No sé qué palabra autorizaste hoy.

Se giró. Tenía la camiseta verde manchada cerca de la cintura, una raya de tiza en la mejilla y las ojeras de alguien que había abierto un negocio, enviado un escrito y sostenido la mirada de medio pueblo sin negociar con el cuerpo.

—La foto no invitaba a nada.

—Ya lo sé.

—¿Entonces qué era?

—Una forma muy tuya de decir muchas cosas y ninguna.

Cerró los dedos sobre el boli. Sí, era un boli. Azul. Tenía tinta en el pulgar.

—Mañana vienen a las ocho y media.

—Ya.

—¿Vega?

—Vega.

—Y has visto al comprador.

Lo supo por mi cara antes de preguntar. La maldita cara, otra vez.

—Sí.