No cierres sin mí (Lola y Sal 3) CAPÍTULO 1 · ABRIL
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No cierres sin mí (Lola y Sal 3)

No cierres sin mí (Lola y Sal 3)

Por Gala Mir

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CAPÍTULO 1 · ABRIL

La llave de Biel seguía sobre la barra. Yo llevaba veinte minutos sin tocarla.

La había dejado allí la noche anterior, después de apartarme de su cuerpo y aceptar mi orden sin regalarme una última discusión.

Eso era lo peor: que me hubiera hecho caso.

A las siete y diecisiete, el papel del Ayuntamiento esperaba junto a la llave. Cuarenta y ocho horas para demostrar que Lola y Sal seguía vivo.

El móvil vibró.

VEGA: Cuarenta y ocho horas desde recepción. No contestes sola.

La terraza estaba vacía. La habitación de arriba también. Había pedido espacio. Lo tenía. Me quedaba grande.

Cogí la llave. La grasa vieja del aro se me quedó en el pulgar.

La solté enseguida, como si todavía guardara calor.

La noche anterior, esa mano me había sujetado la nuca junto al almacén. Después Biel me había apartado porque yo se lo pedí. El cuerpo aún no había entendido la diferencia.

—Hoy abro yo —dije.

Mi voz sonó firme. Mis dedos no. Metí mi llave en la cerradura.

La puerta se resistió y tuve que levantarla con la cadera, igual que él me había enseñado. Aquello dolió más que el golpe contra la caja de cerveza.

La había dejado yo allí. O quizá él. Ya no sabía qué parte del local pertenecía a cada uno.

Abrí del todo. La luz enseñó la noche mal recogida: dos vasos, una silla torcida y la marca húmeda de una mano en la barra.

Pasé el trapo por encima. La marca no salió. Volví a intentarlo. Nada.

—Perfecto.

La cafetera arrancó a mi espalda con un golpe seco. Me sobresalté como una idiota.

Tina entró sin anunciarse, dejó una bolsa del Forn Nuri sobre la mesa y vio la llave antes de verme la cara.

—¿Has dormido? —preguntó.

—Sí.

—Mientes fatal cuando llevas las zapatillas limpias.

Miré mis pies. Me había puesto zapatillas blancas. Las había limpiado en el Hostal Mar de Fora antes de venir. Un acto absurdo, casi agresivo. A los diez minutos ya tenían arena pegada.

—He dormido dos horas y algo.

—Eso tampoco es dormir. Eso es cerrar los ojos en defensa propia.

Tina dejó el pan en la mesa del centro y vio la llave. Se quedó mirando la llave.

En Tina, aquel silencio ya era una opinión.

—No empieces —dije.

—Ni siquiera he empezado.

—La tienes preparada.

—La tengo cansada.

Tina abrió la nevera pequeña y soltó una palabrota. Faltaba hielo. En otro momento habría sido un problema de diez minutos. Aquella mañana todo lo que Biel solía resolver parecía una acusación.

Jana entró con dos cafés y unas gafas de sol demasiado grandes para la resaca. Vio la llave sobre la barra y se quitó las gafas.

—No ha venido.

—Le dije que no viniera.

—Y te ha hecho caso. Qué hombre tan poco considerado.

Me dio mi café. Llevaba una cantidad indecente de azúcar. Bebí para no contestar.

Ona llegó detrás, con el móvil apagado dentro del bolso y el pelo recogido mal.

Vega apareció a las ocho y diez con la carpeta azul, el portátil y dos bolígrafos clavados en el moño.

A esa hora ya estábamos las cinco alrededor de la mesa coja, mirando una llave como si pudiera declarar por nosotros.

—Resumen —dijo Vega—. Alguien ha preguntado si este espacio puede quedar libre. Si el Ayuntamiento cree que Lola y Sal está abandonado, nos abre una puerta muy fea.

—El comprador —dijo Tina.

—Probablemente.

Yo dejé el café.

—¿Qué necesitamos?

—Demostrar que abrimos y que no renunciamos. Fotos, caja, pedidos y una responsable clara.

—Yo.

Vega miró la llave antes de mirarme.

—Tu firma sí. Su trabajo no hace falta convertirlo en aval.

—No voy a poner el nombre de Biel.

—No te lo he pedido.

—Todavía.

Jana levantó un dedo.

—Pregunta impopular: ¿esto se podría haber evitado sin la ruptura de anoche?

—Jana —dijo Ona.

—Qué. Todas lo pensamos.

Tina se cruzó de brazos.

—Anoche no empezó nada. Solo dejó de taparse.

La llave siguió sobre la barra.

—Hoy se abre —dije—. Hoy no se habla de anoche.

—Eso funciona fatal —dijo Jana.

—Hoy funciona.

Noguera llamó media hora después para preguntar por Biel. Le pedí género justo y colgué antes de que su silencio pudiera explicarme quién creía que mandaba allí.

Jana escribió a Nil por el hielo. Él contestó con un pulgar arriba. Nada más.

A las nueve, Nil apareció con dos bolsas de hielo, camiseta sin mangas, el pelo mojado y una pinta de haber dormido lo justo para seguir siendo peligroso. Dejó las bolsas en la barra y miró a Jana.

—Me debes una.

Jana le quitó una bolsa de las manos.

—Te debo hielo derretido, no una fantasía.

—Yo no he dicho fantasía.

—Lo has pensado con los bíceps.

Nil bajó la cabeza con una sonrisa. El ambiente hizo un pequeño movimiento hacia ellos. Lo noté. Todas lo notamos. Jana también y por eso se puso más borde.

—Gracias, Nil —dije.

—A ti. ¿Biel no está?

Ahí otra vez. El nombre como una silla vacía en medio del paso.

—No.

Nil miró la llave en la barra. No dijo nada. Bien por Nil. Mal por mi estómago.

A las nueve y veinte, el TPV se encendió solo y empezó a imprimir papel en blanco. Jana levantó las manos.

—El niño está nervioso por la ausencia paterna.

—No digas eso —solté.

Rápido. Demasiado. Jana se calló.

Tina también. Ona apartó la mirada. Vega siguió escribiendo, pero más lento.

Yo arranqué el papel del TPV y lo tiré a la basura. Fallé. Cayó al suelo. Lo recogí.

—Perdón.

—Qué nueva —dijo Jana, suave.

—No te acostumbres.

—Ni loca.

A las diez abrimos con la pizarra reducida: bravas, sardinas, ensalada, almejas si se portaban, café, cerveza fría mientras el hielo resistiera y dignidad bajo pedido.

Jana añadió esa última línea con tiza.

La borré. Ella la volvió a escribir más pequeña.

La dejé. El primer cliente preguntó por Biel a las diez y ocho. El segundo, a las diez y dieciséis.

Pepa entró antes del mediodía con una caja de tomates. No preguntó por Biel. Miró la llave, me agarró la barbilla con una mano que olía a harina y dijo:

—Una cosa es abrir sola y otra hacer de columna. Las columnas se agrietan y luego todo el mundo asegura que se veía venir.

—No hago de mártir.

—Perfecto. Entonces págame mañana y deja de poner esa cara de estatua mal cocida.

Me soltó. Jana miró los tomates.

—Qué bonito es el comercio local.

A mediodía el local funcionaba. Mal, pero funcionaba.

El toldo quedó torcido, la cafetera escupió vapor y el hielo empezó a rendirse antes del mediodía. Vega reunió las pruebas en la mesa coja; la cocina aguantó y las fotos del local se hicieron sin caras.

Cobré, serví, llamé a Marblava, discutí un albarán con Noguera y no lloré.

Aguantar las lágrimas tampoco contaba como victoria. Contaba como tarea.

A las cuatro, el calor se pegaba en la nuca. Tenía la camiseta manchada de salsa en el costado, el pelo lleno de arena y los dedos con tinta azul de haber escrito tres veces el mismo número para no olvidarlo. La llave de Biel seguía en la barra, aunque la había movido dos veces para limpiar debajo.

No la guardé ni después de limpiar debajo. La dejé donde dolía. Ahí se quedó.

Vega me llamó a la mesa de siempre.

—Tenemos borrador.

Me senté. La silla cojeó.

—Lee.

—Abril.

—Lee, que si lo miro yo sola igual muerdo.

Vega resumió el borrador: actividad real, apertura, caja, pedidos, fotos y una negativa clara a abandonar el espacio. Todo cabía en una página. Lo que no cabía era Biel.

Voluntad expresa. Otra frase limpia para algo sucio: no nos echéis antes de que sepamos quedarnos.

—Falta una parte —dijo Vega.

—No.

—Ni siquiera he dicho cuál.

—La sé.

Jana se sentó al revés en una silla.

—Yo también. Y eso que suelo llegar tarde a las partes legales.

Tina apoyó una cadera en la mesa.

—Su nombre ayuda.

Miré a las cuatro.

—¿También vosotras?

Ona fue la primera en contestar.

—No queremos usarlo.

—Entonces no lo digáis.

—Pero fingir que no ha sostenido esto también es borrarlo.

Aquello vino de Ona, no de Vega. Por eso me pilló peor.

—No estoy borrándolo.

—Le dijiste que no viniera —dijo Tina.

—Por nosotros.

—Y hoy todo el mundo ha preguntado por él. Incluido el TPV, en su idioma de impresora traumatizada.

Jana levantó dos dedos, como si pidiera turno.

—Duele, pero el TPV ha sido muy elocuente.

Me levanté. La silla golpeó la mesa. Un vaso tembló.

—No voy a convertirlo en prueba.

—Nadie te pide que lo metas en una vitrina —dijo Vega.

—No. Me pedís que lo ponga en un escrito para salvar un espacio que él ya ha salvado demasiadas veces.

Tina cruzó los brazos.

—Pues dilo así en el escrito.

Me quedé parada.

—¿Qué?

—Di que el local se sostiene con actividad de la titular, apoyo del grupo y memoria de trabajo previa. Sin ponerlo como garantía. Sin venderlo. Sin borrarlo.

Vega ya estaba escribiendo. Jana miró a Tina.

—La fuerte hoy ha venido con sintaxis.

—Me duele la espalda. Algo bueno tenía que salir.

Me senté otra vez. Leí la frase que Vega escribió:

Lola y Sal seguía vivo porque abría, cobraba, servía, manchaba vasos, acumulaba tickets y tenía gente sosteniéndolo sin convertir a nadie en rehén. Esa era la verdad que Vega quería poner por escrito.

Persona concreta. Biel convertido en eso para no convertirlo en otra cosa. Me pareció feo. Me pareció justo.

—Vale —dije.

Vega alzó la vista hacia mí.

—¿Vale de verdad o vale de firmar con veneno?

—Vale de que lo mando antes de volverme idiota.

Adjuntamos tickets, albaranes, la pizarra y una foto del cartel desgastado. A las cinco y treinta y seis llegó la respuesta: visita presencial al día siguiente, a las ocho y media.

Mañana. Ocho y media. El cuerpo me hizo una cosa pequeña, cobarde. Miré hacia la puerta antes de querer mirar. Biel no estaba.

Jana siguió mi mirada sin decir nada.

—Puedes llamarlo.

—No.

—Puedes no llamarlo y mirar la puerta cada diecisiete segundos. También es una actividad.

—Le dije que no viniera.

—Y él te hizo caso. Qué falta de consideración.

Me levanté con el móvil en la mano. No sabía qué iba a hacer hasta que llegué a la barra. La llave seguía allí.

La fotografié. Una foto absurda. La llave, la barra marcada, una servilleta manchada, la hoja municipal al lado. Todo lo que pesaba en una imagen fea.

Abrí el chat de Biel. Escribí: No vengas.

Lo borré. Escribí: Mañana vienen a las 8:30.

Lo borré. Escribí: Tu llave sigue aquí. Borré también eso. Al final envié solo la foto.