50
Moreno se levanta cuando Pajés se acerca a la mesa. Antes de volver a sentarse se estrechan la mano. El juez lanza una mirada rápida a su alrededor y no oculta su desaprobación.
—¿No podíamos quedar en mi despacho? ¿O en la unidad?
Moreno mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y el metal hace ruido al caer sobre la mesa. Cinco llaves unidas por una anilla.
—Creo que aquí estaremos bien. —Un camarero se acerca a ellos y les deja la carta sin mediar palabra—. ¿Has leído el informe?
—Acabo de hacerlo —responde con sequedad.
—Lo tienes todo bien atado. —Moreno saca una carpeta marrón en la que la foto de Lucas está trabada con un clip.
Ambos miran la imagen.
—Me gustaría decir que habéis hecho un buen trabajo.
—Hemos hecho un buen trabajo.
—Te la has jugado para nada, Moreno.
El camarero se acerca y los hombres se centran en elegir la comida. Unas patatas revolconas para el capitán y una ensalada para el juez. Vino tinto para ambos.
—Nos la hemos jugado por él. Y él es alguien.
—Fue un accidente. Eso es lo que has firmado en el informe.
—La muerte, sí.
El mismo camarero se acerca con la botella de vino. Quiere saber quién dará el visto bueno al caldo. Moreno deja que sea el juez, quien lo hace girar en la copa, lo huele, lo saborea y asiente.
—No sé si serviría de algo ahondar en eso ahora —dice el juez.
—Quiero abrir ese melón, ya sabes cómo soy. —Moreno le dedica una sonrisa fría.
—Lo sé —responde el juez—. Y por eso mismo no sé si esto sirve de algo.
El juez mira con descaro el reloj. En dos horas le esperan en su despacho para hacer el traspaso de caso y no le apetece estirar más esta situación.
A Moreno le da igual la actitud del juez. En cuestión de horas ese hombre no será más que alguien a quien conocía y eso hace que la distancia entre ellos se desvanezca.
—¿Podrás dormir tranquilo esta noche?
—Siempre lo hago —responde el juez con frialdad.
—Yo no.
Se hace un silencio incómodo para ambos.
El camarero deja los platos frente a ellos. Ninguno se atreve a dar el primer bocado.
—Entiendo que te frustre no poder señalar a nadie —dice Pajés—. Pero no estoy dispuesto a permitir que me pongas en la palestra.
Moreno sonríe.
—No te confundas. No te pongo a ti, Pajés. Nos pongo a todos.
En la mesa de al lado alguien se ríe. Una carcajada limpia, ajena a ellos.
—Suelta lastre, Moreno. Te han concedido la prejubilación. Dentro de dos días no tendrás que preocuparte por otra cosa que no sea disfrutar de tu tiempo libre.
El capitán pincha con fuerza una patata que se queda a medio camino entre el plato y su boca.
Le suena el móvil.
Responde por inercia.
Al otro lado la voz de Lena suena por encima de las sirenas de una ambulancia.
—Es Blázquez. Le han dado una paliza. Estamos en el hospital.
Moreno deja la servilleta que no ha llegado a usar sobre la mesa y se marcha sin despedirse.