No apartes la mirada 49
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Carol duerme en su habitación de adolescente. Hace dos horas que le han dado el alta y en su cuerpo los relajantes siguen haciendo efecto. Carmen le baja la persiana y cierra la puerta muy despacio. Durante un segundo apoya la cabeza contra su hija y aspira y espira muy profundo. Muy lento.

Carlos, Diego y ella deciden ser quienes reciban el primer impacto de la información que Daniela tiene que darles.

Todos son conscientes de que ahora deben cuidar de Carol, que ya no puede soportar más dolor.

Entre el derecho de una madre de conocer la verdad y protegerla de la misma, optan por la protección.

Daniela se siente aliviada al no tener que ponerse frente a Carol.

Su amistad está herida de muerte. Sabía que eso pasaría si algún día su verdad salía a la luz.

Carol no iba a entenderla, y ella no sabía cómo hacerla entender.

Lo mejor para las dos será no volver a verse y fingir que nunca existieron la una en la vida de la otra.

En la cocina, el hervidor de agua emite un burbujeo constante. Carlos parece no escucharlo. Diego permanece de pie sin moverse, casi sin respirar. Daniela no se atreve a hacer nada.

Cuando Carmen entra se encarga de servir una infusión para todos. A ninguno le apetece, ni siquiera a ella.

Daniela remueve el líquido caliente buscando en ese movimiento constante la forma correcta de empezar a hablar. No la hay. No hay palabras que suavicen lo que tiene que decir.

Silencio.

—Hemos podido reconstruir lo que pasó esa tarde —suelta el aire con fuerza. El silencio se hace más espeso.

—¿Quién lo hizo? —pregunta Diego con los puños apretados.

Daniela niega con la cabeza.

—Lucas había quedado con dos compañeras de clase para ir al encuentro del juego en el parque.

—¿Qué compañeras? —quiere saber el abuelo.

Daniela vuelve a negar con la cabeza. Les dirá todo lo que necesiten saber, y eso, de momento no es importante.

—Al principio estuvo con ellas.

Se detiene.

No sabe cómo decirlo sin romper lo que queda de ellos.

—Había mucha gente. Grupos. Chicos grabando, hablando, moviéndose de un lado a otro, divirtiéndose... —Se le quiebra la voz—. Lucas estaba entre ellos.

Carmen gira la cabeza hacia Daniela. Despacio. Tiene los ojos hinchados, como si no hubiera terminado de despertar. O como si hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez que durmió.

—¿Entre ellos? —pregunta contrariada.

—Lucas pasó el tiempo solo.

—Has dicho que fue con esas chicas —apostilla Diego, acercándose a la policía.

—Fue con ellas, pero no estuvo con ellas.

Todas las miradas se clavan en Daniela. Ella da un sorbo largo a la infusión. El líquido caliente le quema la boca y le hace daño mientras baja por su garganta.

—Continúa —le insta Carmen.

—Lucas quiso volver a casa...

—¡Pero no lo hizo! —grita Diego. Con la cara a pocos centímetros de la policía—. ¿Quién se lo impidió, Daniela? ¡¿Quién?! —grita aún más.

—No fue una cuestión de que alguien se lo impidiera —dice frotando una mano contra la otra.

Diego retrocede y pone distancia con Daniela para estudiarla con la mirada. Carmen gira su cuerpo para quedar más cerca de la amiga de su hija. Carlos se levanta muy despacio. Daniela vuelve a beber.

—¿Entonces qué pasó? —pregunta Carlos agitando las manos con furia.

Daniela asiente. Tiene que decirlo ya.

—Lucas corrió en dirección contraria a la muralla. El parque estaba mojado de la lluvia de horas antes. Pasó por las piedras y resbaló. Tuvo la mala suerte de caer de una forma fatal. Fue... un accidente.

Un vehículo pesado circula por la carretera.

El ascensor emite un sonido ronco al detenerse en la misma planta en la que ellos están.

El vecino ha llegado a casa y su voz animada traspasa las paredes. Parece que habla con un niño. Ríen. Escuchan cómo otra voz, infantil, dice: «Mírame, papá, ya puedo hacerlo solo».

En la casa de los abuelos de Lucas el tiempo se ha detenido.

En Carmen la palabra accidente le alivia el dolor del centro del pecho. Y se siente culpable por ese alivio.

A Carlos, un accidente le parece la solución fácil. No lo cree. Los malditos policías no han hecho bien su trabajo y se han sacado de la manga una solución limpia. No se cree ni una sola palabra.

Diego aún está digiriéndolo. Se lleva las manos a la cabeza.

Un accidente fatal. Accidente. Cada una de esas letras tiene un sabor amargo.

Culpable. Su hijo ha muerto por la combinación de una piedra mojada y las suelas de unas zapatillas que le hicieron resbalar.

¡Qué muerte tan absurda! ¡Qué innecesaria!

Qué evitable habría sido si él hubiera estado a su hora en la puerta del colegio.

Ahora sobre sí hay un peso más con el que cargar.

Y siente que le aplasta. Que no podrá volver a levantarse.

Que no le importa no volver a hacerlo. Ya no importa nada.

O tal vez solo una cosa.

—Había mucha gente en el parque, has dicho antes —dice el padre con un tono distante, como si lo dijera para sí mismo—. ¿Nadie lo ayudó?

Daniela temía esa pregunta más que cualquier otra. Porque la respuesta duele más que cualquier otra cosa que haya dicho hasta ahora.

Coge la taza entre las manos. Mira el fondo. Da un sorbo largo. Ya está fría.

—Ni siquiera lo vieron.