No apartes la mirada 47
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El juez Pajés tiene una voz profunda que modula según el contexto. Ahora está delante de una joven que no puede disimular los temblores y que, además, es la hija de un compañero de batallas. A la otra chica no la conoce, tampoco a sus padres, aunque eso no hace que sienta menos lástima por ella.

—Buenas tardes. Quiero pensar que los respectivos letrados han informado a las implicadas de la razón de esta toma de declaración en sede judicial —dice con una cadencia premeditada para no estresar más a las jóvenes.

Los abogados responden de forma afirmativa casi al unísono—.

Y, por lo tanto, son conscientes de que si mienten incurren en un delito de falso testimonio.

—De nuevo una afirmación casi simultánea—.

En ese caso, procedamos con las testificaciones. Señorita, comenzaremos por usted.

Alicia no sabe qué debe hacer al sentirse señalada por el juez. ¿Debe ponerse de pie? Lo hace. Se seca el sudor de las manos en los pantalones y luego saluda al juez agitándolas como si él fuese un conocido al que te encuentras por los pasillos de clase.

Error. Error. Error.

Las letras pasan a cámara lenta por la frente de su abogado.

¡Joder! Se han pasado la noche anterior preparando la declaración y no le ha dicho cómo se saluda a un juez y, ahora la mira con esa jodida cara de reproche.

Igualito a como lo hace su padre. Vaya...

su padre. Le encantaría que estuviera en la sala en este momento.

—Señorita, cuando quiera.

Alicia no quiere. De verdad que no quiere. Le lanza una mirada de reojo a Patricia, que está poniendo su cara de perrito abandonado con la que siempre consigue dar pena a la gente. ¡Joder! A ella también le encantaría saber poner esas caras. Traga saliva. Vuelve a secarse el sudor de las manos.

—Sería aconsejable que empezara para no eternizar el día —insiste el juez.

Alicia carraspea. Ahora también le suda el labio superior y la espalda. Esto tiene que ser un puto ataque de ansiedad. ¡Ay, Dios! Si se desmaya el juez pensará que es culpable y ella no tiene culpa de nada.

—¿Por dónde tengo que empezar? —susurra sin ser capaz de levantar la mirada del suelo.

—Por el principio estaría bien.

¿Cuál era el principio? ¿La primera vez que le escribió a Lucas o la otra primera vez que hablaron de la quedada, o la primera vez que pasó de él? Menudo lío. Bueno, hará lo que le ha dicho el abogado, dirá literalmente todo lo que sabe de Lucas.

En el colegio hay dos clases de personas: los NPC y el resto.

Lucas era de los primeros. Siempre lo fue.

A ella no le caía mal, tampoco bien. Patricia pensaba igual.

No tenían ningún tipo de relación, ni siquiera se saludaban cuando se encontraban en el patio, y no solo porque había una diferencia de edad enorme, es que Lucas era invisible.

Tenía un pelo normal, una cara del montón y no era bueno en nada. No tenía dudas.

Se quedó muerta al enterarse de que estaba invitado al encuentro de Trenit. Literal que todo el colegio flipó con la noticia. Era un fake , tenía que serlo. Aquel niñato no podía estar en la posición de maestro y ella ser una aprendiz. Sí, era un engaño.

Aunque no lo era.

Al final de la semana todo el mundo quería ser su amigo. Ya no era un NPC. Los maestros pueden llevar a un aprendiz como invitado. Y ella quería ser esa invitada. Se merecía ser esa invitada. Su padre era compañero de trabajo de una mujer que alguna que otra vez había venido a buscarlo a la salida.

Alicia mira a su examiga. Patricia le mantiene la mirada.

Carraspea.

Hicieron un plan. Entre las dos. Un plan perfecto. Dejarían que los demás se pelearan por Lucas en el colegio; ellas lo harían fuera.

Alicia reconoce que le costó menos y nada comenzar a chatear con él. Se frota las manos. No quiere que el juez crea que es una interesada, pero es que ella quería ir a ese encuentro. Todo el que era alguien estaría ahí. Y ella era alguien.

—¿Cuándo comenzaron esa especie de amistad? —quiere saber el juez.

—Dos semanas antes del encuentro.

El juez le hace un gesto con la mano para que continúe.

Que no quiere que piensen mal de ella; que lo hagan de Patricia le da igual. Total, ya ni siquiera se hablan.

La noche que Lucas le dijo que no iba a ir al encuentro casi se cae de la cama. ¿Cómo no iba a ir si estaba invitado? Le costó un montón que le dijera la verdad: sus padres no le dejarían. Su frustración la hizo gritar.

Tuvieron que improvisar otro plan. Uno con el que convencer a Lucas de que ellas podrían hacer que sus padres no se enteraran. Solo era cuestión de escaparse del comedor; algo fácil porque Rosa nunca está pendiente de nada.

Lucas, al principio, dijo que no. Pero para eso estaba ella, con su voz suave, con su sonrisa, tirando de las ganas que tienen los invisibles de tener amigos de verdad.

Lo hizo.

Durante diez días fue la mejor y única amiga de Lucas. Patricia también, que de nada vale que se ponga muy digna delante del juez. Ella fue la que pensó en todo esto.

Lucas no dijo que sí hasta el mismo día del encuentro. A las dos les costó la vida no dar saltos de alegría en mitad de la clase de Lengua.

Carraspea de nuevo.

Al recordar la sonrisa de Lucas y la mirada ilusionada con la que las esperaba frente a la entrada del comedor le tiembla la mandíbula.

No es hasta ahora que se da cuenta de que, sin su insistencia, Lucas no hubiera ido al parque. Las lágrimas se le escapan.

Y la palabra amiga la atraviesa.

Porque él dijo que ellas eran sus amigas cuando llegaron al parque. Ella estaba ahí para conocer a otros jugadores. Se había currado el maquillaje, quería hablar con todo el mundo, conocer a un par de chicos con los que había chateado.

Tienen que entender que si en el mundo Trenit no te conocen no eres nadie en la vida.

Ellos son mayores, no saben lo importante que es que se te conozca y que cuenten contigo para los eventos.

Si conseguía entrar en el círculo de los grandes, ganaría seguidores para cuando diera el salto a tener su propio canal.

Suscriptores, marcas peleándose por ella, fama, sería algo en la vida.

Eso que sus padres le repetían. Y sin necesidad de tanto estudiar y tanto hacer deberes.

Lucas quiso marcharse cuando solo hacía una hora que habían llegado. Así, por la cara. Dijo que su padre estaría preocupado. Ella le dijo que se fuera, por supuesto.

Lucas insistió en que se fueran juntos. Le daba miedo volver solo a casa.

Alicia vuelve a mirar a Patricia. Su amiga se ha tapado la cara con las manos.

Lucas se puso pesado. Que si sus padres se iban a enfadar mucho. Que si lo castigarían. Que se fueran ya. Que si era tarde. Se la estaba liando parda y, por si fuera poco, ¡empezó a llorar!... ¡Qué vergüenza!

Lucas tiró de la manga de su jersey, quería obligarla a marcharse y ella... ella no quería irse, así que lo agarró de las muñecas y lo zarandeó para que la dejara en paz.

Por su culpa se le fastidió el esmalte en una de sus uñas.

A los diez minutos dejó de verlo.

Alicia hace una pausa.

Su abogado le hace un gesto para que continúe.

Lo vio salir corriendo en dirección opuesta por donde habían entrado. Por donde están las piedras grandes. Podría haberle gritado que por ahí se alejaba de casa. No lo hizo.

No lo vio alejarse.

No lo vio salir del parque.

Suspira.

No volvió a verlo.