No apartes la mirada 46
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Lena observa a Duarte por encima de la pantalla.

Ha llegado hace media hora. Respondió a todas las preguntas sobre el informe del nuevo forense, les preguntó por sus avances y luego se sentó en el sofá.

Ahora está dormida, con el móvil en la mano, en una posición incómoda; sin embargo, parece estar en calma.

Ella, en cambio, tiene taquicardias y le sudan las palmas de las manos.

El irremediable rechinar de sus dientes le está provocando dolor de mandíbula.

Estaría genial tener un maldito chicle a mano.

Blázquez agradece el aire frío que le llega a la cara.

Necesitaba correr. Diez minutos más encerrado en la casa de Moreno y hubiera estallado contra Lena.

Y contra Duarte. ¿Cómo es posible que las dos estén tan ciegas?

No sabe en qué punto han perdido el norte, pero tiene claro que no va a dejarse arrastrar por su locura.

Necesita despejar la mente y centrarse en encontrar la mejor fórmula de salir de ese agujero negro sin salir demasiado perjudicado.

Aprieta el ritmo de la carrera.

Solo el ruido del tráfico y su respiración.

Y su cabeza comienza a trabajar a mayor velocidad que sus piernas.

Moreno juega a sacar y guardar la punta del bolígrafo mientras Pajés relee el informe que acaba de entregarle. Está cogido con papel de fumar. Ni en su época de novato hizo un trabajo tan básico.

Con la segunda autopsia se aseguran de que la fiscalía no invalide los resultados y les abran una causa paralela. En eso, Moreno ha andado listo.

—No me presentas un indicio claro.

—¿Importa eso? —cuestiona Moreno.

—Es lo único que importa. Bien lo sabes.

—No en este caso, Pajés. Aquí importa un niño que tenía toda la vida por delante y se le ha terminado a los ocho años. Importa su familia, que necesita respuestas. Importa cerrar el caso.

Pajés mira la foto de Lucas una vez más. Moreno la ha puesto al comienzo del informe, en grande, en color, para que se vean bien claros los matices del color de sus ojos.

El juez toma aire de forma sonora y rompe el silencio de aquel despacho que al policía le parece demasiado grande.

Se percata de que todo lo que está a la vista pone distancia entre ellos.

La maciza mesa de madera es en realidad una frontera que marca el límite entre los que miran a la cara la realidad de los casos contra los que los observan como letras en un papel.

—Sigo sin verlo claro, Moreno.

—Salen en un vídeo en compañía del niño. Necesitamos que hablen. Un interrogatorio normal no es posible. ¡Es la hija de uno de los componentes de la unidad!

—No me gusta que repitas cosas que ya tengo claras —responde el juez con sequedad.

—Pues permíteme obtener más información y te daré nuevos datos.

Ambos se miran con la determinación marcándoles las arrugas en la frente.

La toma de declaración en una sede judicial en un caso de menores es un tema sensible, demasiado sensible. Pajés teme estar traspasando normas éticas que pueden acarrearle consecuencias en su trabajada reputación.

Una reputación que tal vez nunca mejore es la del chaval de la gasolinera.

Toda la ciudad lo tiene como asesino. Su madre acaba de decirle que ha pedido vacaciones en el trabajo y que su abuela los espera en el pueblo.

El chaval ha montado un circo. Gritos, insultos, llantos, amenazas de irse de casa y no volver nunca más.

Un golpe seco contra la pared de la cocina y enseguida unos alaridos de mucho dolor. Y algo de rabia.

Sale de la casa y deja a su madre hablando sola.

También habla sola Lena. No se atreve a despertar a Duarte, a pesar de que le vendría muy bien otro par de ojos que le ayudara a ir más rápido. Tres pares de ojos, para ser exactos, porque Blázquez ha hecho mutis por el foro.

En realidad, necesita todos los pares de ojos del mundo.

Todos.

Lena chasquea los dedos y suelta una carcajada.

Pausa la reproducción del clip de vídeo que está viendo ahora y minimiza la pantalla. Es una idea un poco loca, pero no pierde nada en intentarlo.

Se levanta y le cruje la espalda, la cadera, los hombros; tiene todo el cuerpo resentido tras tantas horas obcecada en los vídeos. Vuelve a lavarse la cara. Pone la cafetera de Moreno en el fuego y mientras espera le escribe un mensaje corto: «Quiero intentar algo».

Con la taza llena sale al pequeño balcón del piso. La luz de mediodía le hace entrecerrar los ojos. No sabe qué hora es. Ni qué día. Solo sabe que acaba de encontrar una pequeña luz al final del túnel.

La misma sensación que tiene Moreno cuando escucha decir a Pajés que sí, que hará la toma de declaración a las chicas.

Exactamente la misma que se le ocurre a Blázquez cuando ve andando por la acera de enfrente al chico de la gasolinera.